Argentina 200 años de Independencia

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007 | A BORDO DE LA SANTA BALBINA (Por Jorge Guillen Salvetti)


La fragata "Santa Balbina" era una airosa embarcación velera de la Armada Real inglesa, construida en astilleros británicos, seguramente los de Plymouth. El 9 de agosto de 1780, cuando custodiaba con otras dos fragatas un importante convoy de velas, fue sorprendida y apresada junto a ellas, a la altura de las Azores por la escuadra del general Córdoba, e incorporada a la fuerzas navales españolas con el nombre de "Santa Balbina". Se la asignó al apostadero naval de Montevideo en 1781, donde efectuó diversas misiones, como la de perseguir a las naves inglesas y francesas que se dedicaban a la pesca de ballenas en aguas españolas.

En noviembre de 1783 fue designada para trasladar a España, llevando de transporte a diverso personal del Ejército con sus familiares. Los viajeros fueron fletados partir del 5 de noviembre hasta el 6 de diciembre, en que el buque salió a la mar.

La familia más numerosa de las embarcadas fue la del ayudante D. Juan de San Martín, que se presentó acompañado de su mujer, Doña Gregoria Matorras, y de sus hijos María Elena, de doce años, Manuel Tadeo, de once, Fermín de diez, Justo Rufino de ocho, y José Francisco, el futuro emancipador de Argentina, de seis.

El escribiente naval que anotó la edad de los niños consignó a José un año más del que le correspondía, suponiendo que su fecha real de nacimiento fuera la comúnmente admitida del 25 de febrero de 1778. No creemos que se equivocara, pues, en caso contrario, no hubiera podido ingresar el 21 de julio de 1789 como cadete de Regimiento de Murcia, ya que el articulo 2do., tratado 2, título XVIII de las "Ordenanzas" del Ejército, instituida por Carlos III en 1768, determinaba que el que se recibiere por cadete no había de ser menor de doce años, prescripción que se cumplía rigurosamente. El autor conoce muchos casos de influyentes militares, como el de general Conde de España, que tuvo que esperar hasta los doce años para que su hijo ingresara en el Ejercito como cadete. Se duda entonces de que un oficial de poca relevancia, como el padre de nuestro héroe, pudiera conseguir una dispensa de edad. Acompañaba a la familia San Martín un criado, esclavo negro, llamado Antonio, adquirido seguramente por D. Juan con los ahorros que pudo reunir en su destino de Yapeyú.

En total, los pasajeros eran nueve oficiales de infantería, caballería y dragones, con dos esposas y catorce hijos, una viuda de oficial, dos sargentos, cuatro cabos, un tambor con su hijo, un soldado, dos marineros ingleses, un presidiario y nueve criados.

La fragata media 69 pies de eslora y 18 de manga. Su velamen se componía de dos palos mesanos, dos mayores y dos trinquetes, y portaba treinta y cuatro cañones. Su tripulación estaba formada por once oficiales, un guardiamarina, dieciocho oficiales de mar, veintidós soldados de infantería, cincuenta y seis artilleros, cuarenta y siete marineros, treinta y seis grumetes y cuatro pajes. Transportaba también veinticinco guanacos destinados al Monarca, para los que se habilitaron a bordo divisiones, comederos y bebederos.

Mandaba la fragata el capitán de navío D. Roman Novia de Salcedo, un vasco de cuarenta y siete años, hijo de un alcalde de Bilbao, que poco después se retiraría del servicio activo. Complementaban la oficialidad tres tenientes de navío (uno de ellos era D. Juse van Halen, el célebre aventurero, tío carnal de Juan, que coincidiría años después con San Martín en la Guerra de la Independencia de Bélgica, otro, Casimiro Lamadrid, antepasado del general Francisco Franco Bahamonde), un contador, dos capellanes, dos cirujanos y dos pilotos.

Durante el viaje, tuvieron que soportar algún temporal que les rompió por la cruz la verga mayor. Además, los guanacos enfermaron de sarna, por lo que murieron todos.

El joven San Martín, que recorrería con curiosidad todos los compartimentos del buque y realizaría mil travesuras a pesar de los esfuerzos de Antonio, conservó siempre un recuerdo entrañable de la navegación y cierta inclinación a la Marina, que le movería catorce años más tarde a embarcar voluntariamente en Cartagena, en la fragata "Santa Dorotea".

A los ciento ocho días de navegación, la fragata entraba en la bahía de Cádiz, donde anclaba el 23 de marzo de 1784. Ante los ojos infantiles y asombrados de José Francisco se mostró el paisaje de las poderosas murallas de la ciudad y la blancura de sus numerosas torres y casas. El muchacho no pudo sospechar entonces el glorioso porvenir que le aguardaba. Al día siguiente desembarcó con su familia, pero eso es otra historia.


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