Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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Libertador José de San Martín
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DOCUMENTOS

019 | RELATOS DE CONTEMPORÁNEOS (Recopilados por José Luis Busaniche)


El solitario de Bruselas

El 10 de febrero de 1824, partió el general con su hija Mercedes comenzando así su voluntario exilio, que finalizaría años después en la villa costera francesa de Boulogne-sur-Mer. Desembarcó en el Havre, pero no le fue dado entrar en Francia. Después de una corta gira por Inglaterra -donde visitó a su amigo el Lord Fife- se instaló en Bruselas, a fines de 1824. Allí se consagró a la educación de su hija que internó en un pensionado. El vivía oscura y pobremente. "El general Miller -dice Vicuña Mackenna- que le visitó entonces y le trató con la intimidad que San Martín permitía sólo a sus camaradas, nos ha referido que la existencia de aquel ilustre americano no podía ser más sencilla ni más austera. Su hija estaba en una pensión y él mismo, que vivía en un lejano arrabal, se veía obligado a andar a pie todos los días más de una milla para comer a la mesa redonda de un café a que estaba abonado".

La salud no le favorecía y soportaba crisis frecuentes. De América, llegáronle noticias de las victorias de Junín y Ayacucho que pusieron fin a la dominación española. Llegábanle también diarios de Buenos Aires, en que se veía zaherido por la prensa. Él no podía comprender que se atacara a un General "que por lo menos no ha hecho derramar lágrimas a su Patria". La soledad, y la injusticia de los hombres, poníanle, a veces sombrío y melancólico. "Si no fuera por los consuelos que me presta la compañía de Mercedes -escribe- mi vida sería insoportable". En un día de 1825, (fines de ese año), estuvo en su casa de Bruselas el coronel peruano Juan Manuel Iturregui, que pasó a Bélgica desde Inglaterra "con el único objeto de saludarle y presentarle sus respetos". Iturregui hizo, años más tarde, revelaciones históricas de interés sobre lo tratado en aquella visita.

"Hallándome de gobernador de una provincia en 1823, fui llamado por el finado general don José de la Riva Agüero, presidente entonces de la República, quien, a consecuencia de un descenso del ejército español sobre la capital y de fuertes contestaciones con el congreso, había pasado a esta ciudad de Trujillo, y el que procedió a nombrarme Enviado Extraordinario ante el gobierno de Chile, y asimismo del general San Martín.

"La primera parte de esta misión debía expedirse en corto tiempo, siendo sus objetos primordiales solicitar auxilios de fuerza de aquel gobierno y que se suspendiese la entrega de un millón de pesos que había ofrecido dar de empréstito al Perú, mientras desaparecía de éste la anarquía que se había introducido y se restablecía la utilidad administrativa. Nada me era practicable sobre esto último porque cuando ingresé a Santiago ya había tenido lugar casi totalmente la entrega de aquel empréstito. Mas, habiendo sido recibido en mi carácter público por el gobierno de esa República, tuve la satisfacción de tratar a su presidente, el muy distinguido y muy caballero general Freire, a quien manifesté, muy por extenso, los peligros que amenazaban la causa de la independencia en el Perú, y la necesidad de que Chile procediese sin demora a auxiliarle para acabar de destruir en América el poder peninsular. El general Freire se manifestó muy penetrado de la exactitud de mis exposiciones, y, dejando ver el más vivo patriotismo, me aseguró que pondría cuantos medios estuviesen a su alcance para que en efecto se prestase al Perú el deseado auxilio. "La segunda parte de dicha misión tenía por objeto el regreso del general San Martín al Perú. El presidente Riva Agüero y el senado existente en Trujillo, me entregaron comunicaciones para dicho general y me dieron poderes para que negociase su vuelta al Perú, recomendándome con la más grande eficacia, que emplease todos los medios posibles para obtener este resultado. Procedí, por tanto, sin demora a atravesar los Andes con dirección a Mendoza, mas cuando ingresé a esta ciudad, tuve el sentimiento de instruirme que hacía algún tiempo que el general San Martín había marchado para Buenos Aires. Frustrado hasta allí mi viaje, me propuse continuarlo corriendo las pampas; pero cuando me hallaba haciendo los preparativos necesarios, fui atacado de una fiebre maligna que me invalidó en lo absoluto, más de un mes. Extenuado, en consecuencia, asegurándoseme en Mendoza que el general San Martín se había embarcado para Inglaterra, desistí de mi proyectada marcha, mas considerando que acaso podía ser inexacta la noticia del viaje a Europa de aquel general, le dirigí a Buenos Aires una extensa comunicación con inclusión de las que para él se me habían entregado, haciéndole una relación exacta de los últimos acontecimientos desgraciados, tanto políticos como militares, que habían tenido lugar el Perú, e interesándolo, por lo más sagrado, para que volviese a asegurar la independencia que con tanta gloria había proclamado en el Perú, en circunstancias de hallarse amenazado. No recibí contestación ninguna del general San Martín, y la noticia de su marcha a Europa me fue confirmada.

"Subsiguientemente, verifiqué mi regreso al Perú y a mediados de 1825 me embarqué para Inglaterra. Allí me informé de que el general San Martín se había establecido en Bruselas, y, hallándome lleno de gratitud a este general, no sólo por los servicios que había prestado a mi país, sino también por las consideraciones y amistad que invariablemente me había dispensado, pasé a esa ciudad con el único objeto de saludarlo y presentarle mis respetos. "Hablándole sobre la misión que se me había dado para procurar su regreso al Perú, y sobre las comunicaciones que le habían dirigido desde Mendoza, me indicó haberlas recibido en Europa, y me manifestó una fuerte animosidad contra el señor Riva Agüero, a quien consideraba autor del movimiento tumultuario de la población de Lima para deponer al ministro Monteagudo, exponiéndome al mismo tiempo lo siguiente: "Que jamás había temido ni por un instante que hubiese podido fracasar la independencia del Perú, una vez proclamada y estando sostenida por la opinión pública y por un ejército, aparte de las innumerables partidas de guerrilla que el odio a los españoles había creado en todos los ángulos de su territorio"; que no obstante, había creído justo y conveniente entrar en un acuerdo de unión y amistad con el general Bolívar, así por la identidad de la misión de ambos en Sud- América, como para que aquel general auxiliase al Perú con parte de su ejército y se pusiese un término más corto a la guerra con los españoles, del mismo modo que el Perú había auxiliado a Colombia en la batalla de Pichincha, con cuyo objeto había procurado la entrevista que tuvo lugar con dicho general Bolívar en Guayaquil; que desde luego había encontrado en este general las mejores disposiciones para unir sus fuerzas a las del Perú contra el enemigo común, pero que al mismo tiempo le había dejado ver muy claramente un plan ya formado y decidido de pasar personalmente al Perú y de intervenir en carácter de Jefe, tanto en la dirección de la guerra como en la de su política; que no permitiéndole su honor asentir a la realización de este plan, era visto que de su permanencia en el Perú, debía haber resultado un choque con el general Bolívar, (cuya capacidad militar y recursos para terminar pronto la guerra eran incontestables) y además el fraccionamiento en partidos, del Perú, como sucede siempre en casos semejantes, y conociendo las inmensas ventajas que todo esto debería dar a los españoles, se había decidido a separarse del teatro de los acontecimientos, dejando que el general Bolívar, sin contradicción ninguna, reuniese, sus fuerzas a las del Perú y concluyese la guerra; que al tomar esta determinación había conocido muy bien que su separación del Perú le haría perder la gloria de concluir la obra que había, no sólo planteado, sino conducido, venciendo inmensas dificultades, hasta muy cerca de su término, exponiéndose al mismo tiempo a las glosas detractoras de la emulación y la maledicencia; pero que se penetró de que era un deber suyo hacer este nuevo, aunque grande sacrificio, ante las aras de la causa de América, a que había consagrado su vida.


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