Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

INSTITUTO NACIONAL SANMARTINIANO

Ministerio de Cultura Escudo Nacional Presidencia de la Nación

Libertador José de San Martín
Click

 

 

DOCUMENTOS

020 | LOS AÑOS DE GRAND BOURG (Por Pedro Luis Barcia)


Es posible que hacia 1828 -no hay certeza informativa- San Martín se encontrara en París o en Bruselas, con el noble español Alejandro Aguado y Ramírez, marqués de las Marismas del Guadalquivir, antiguo compañero de armas, que en 1808 había sentado plaza en el Regimiento de Campo Mayor, en el que el argentino ya se distinguía por sus relevantes méritos; fue entonces que trabaron amistad. Aguado era, veinte años después, un acaudalado banquero. Había sido hombre de consejo económico para Fernando VII y para el mismo rey francés, que le otorgara la Cruz de la Legión de Honor. Radicado en Francia, alejado del mundo de los negocios y convertido en mecenas artístico, administraba sus cuantiosos bienes y se desempeñaba como intendente de la comuna de Evry, en la que estaba comprendido el predio de Grand Bourg. Residía en el castillo Petit-Bourg, a 25 kilómetros de París.

Cuando en 1830 San Martín abandonó Bruselas y se trasladó a París, su situación económica era harto difícil, pues solo subsistía gracias a las rentas exiguas de su finca mendocina y de una casa porteña, puesto que la estimable pensión que le asignara por decreto el gobierno peruano había dejado de pagársele. Los gobiernos de Chile y de Argentina tampoco lo ayudaban en el exilio. Y, en fin, la devaluación de la moneda lo había llevado a una situación afligente. Su intención de radicarse en Mendoza se había frustrado en su viaje al Plata en 1828-1829, al hallarse frente a un país convulsionado por la guerra civil.Precisamente, al retornar a Francia se produjo entonces, ahora en 1830, el reencuentro con Aguado, que fue providencial, pues acudió con ayuda económica a su amigo: "Me puso a cubierto de la indigencia. A él debo, no solo mi existencia, sino el no haber muerto en un hospital", escribe en una carta. Gracias, al parecer, a aquel auxilio, y con alguna base propia, es que el héroe pudo adquirir una finca en la localidad de Grand Bourg, el 25 de abril de 1834. Un año después, compró también una casa en París, sita en la Rue Nueve Saint- Georges, cerca de la residencia del célebre Thiers.

Pasaba en la capital temporadas muy breves; la mayor parte del año permanecía en su finca de campo, junto al Sena, vecino de Aguado, a quien visitaba con frecuencia. Grand-Bourg, se hallaba a 7 kms. de París. Su extensión era de escasas 70 áreas. La casa tenía un piso bajo y dos altos: en la planta baja se encontraban el salón, el comedor y la cocina; el primer piso tenia cinco habitaciones y tres el segundo. Su techo era de pizarra. El nuevo habitante introdujo algunos cambios edilicios. La sede actual del Instituto Nacional Sanmartiniano de Buenos Aires es una réplica, con leve modificación de escala, de la residencia francesa. La casa estaba rodeada de un vasto parque: una huerta con árboles frutales, un jardín, un invernáculo y algunas dependencias en ese terreno circundante. El Libertador se entretenía en el cuidado del jardín y algo de la huerta. Casada Merceditas con Mariano Balcarce, en 1832, fueron a vivir a Grand- Bourg y allí crecieron las dos nietecitas: Mercedes, nacida en Buenos Aires, y Josefa, en aquella casa de campo, en 1836. Allí lo visitaba, dominicalmente, Florencio Balcarce, hermano de Mariano, el autor de "El cigarro", poema escrito en Grand Bourg, en el que reflexiona sobre lo efímero de la gloria humana.

A San Martín le placía la vida reposada y aislada que el lugar le permitía. Sus jornadas eran ordenadas y apacibles. Allí pasaba de 8 a 9 meses del año, con salidas a sitios mas cálidos durante el invierno. Sus cartas registran su gusto por esa sosegada existencia. Se levantaba con el alba, preparaba su desayuno, consistente en te o café, que tomaba en un mate con bombilla. Luego pasaba a sus tareas habituales: el picado de tabaco, que fumaba en pipa y, a veces, en chala; el trapicheo, como llamaba a la tarea de limpiar y lustrar su colección de armas; la realización de pequeñas obras de carpintería, a la que era afecto; o, bien, iluminaba litografías, como entonces se decía al colorear de estampas, particularmente de barcos, paisajes marinos y escenas campestres; algunas de estas piezas han llegado hasta nosotros. El mismo cosía sus ropas, según el habito adquirido en el ejercito, que no quería abandonar pese a los reclamos de su hija. Tenia un perrito de aguas, un "choco", traído de Guayaquil, al que adiestraba en pruebas de obediencia. Hacía paseos a caballo por las inmediaciones. De regreso, descansaba en una vieja poltrona, donde tomaba mate, fumaba y leía. La lectura fue la más sostenida de sus distracciones. Lo hacía en inglés, italiano y, naturalmente, francés. Era amigo de leer periódicos particularmente americanos. En 1848, el agravamiento de sus cataratas lo limitó en ello. Su librería personal aún se conserva en nuestra Biblioteca Nacional. Dormía en una simple cama de hierro, comía asado, de preferencia, y bebía vino con sobriedad.

Parte considerable de su tiempo lo destinaba a ordenar los papeles y documentos de su archivo personal. Había planeado escribir sus memorias, que esperaba se dieran a publicidad después de muerto. No avanzó en esta tarea; solo alcanzó a trazar una cronología de los hechos que protagonizó, desde 1813 a 1832, acompañada con documentos probatorios. Quizá, les agrego algunas notas y glosas a dichos papeles, pero, es de lamentar, no compuso finalmente sus Memorias.

Cultivó un activo dialogo epistolar desde su retiro de Grand-Bourg. Es abundante y reveladora su correspondencia con los amigos distantes, a los que confía sus opiniones siempre francas y definidas, sobre la evolución política de los pueblos americanos o de Europa, y se franquea sobre rasgos de su salud o sobre la intimidad familiar. Varios de sus corresponsales -v.g. los chilenos Joaquín Prieto, Manuel Antonio Pinto o Joaquín Tocornal- le encomendaban sus hijos de viaje por Europa, que visitaban al varón venerable con el respeto inculcado por sus padres. De los prohombres americanos, quien le arrancó epístolas mas fraternales fue Bernardo O'Higgins. Y las más duras y contundentes las provocaron Manuel Moreno (diplomático argentino destacado en Londres, hermano de Mariano Moreno), quien, aviesamente, animó el rumor de que el general planeaba proyectos monárquicos para América; y el peruano Riva Agüero, "despreciable persona". También respondía las cartas de historiadores y publicistas que requerían su información sobre cuestiones en las que había sido ejecutor principal. Así, las epístolas a Gastón Lafond de Lurcy, quien componía sus "Viajes alrededor del mundo", en uno de cuyos tomos insertó la polemizada carta en la que se revelaría la situación de la entrevista de Guayaquil. O, de igual manera, a Guillermo Miller, que había servido a sus órdenes y redactaba por entonces sus Memorias, para las que obtuvo noticias de primera mano y el último retrato de San Martín en Grand- Bourg. Miller lo invitaba a un vasto viaje a Oriente -Constantinopla, Irán, Jerusalén... Nueva York-, casi una vuelta al mundo, pero no cuajó el proyecto amical. San Martín hizo viajes europeos en los meses de invierno, pues el de París le resultaba nocivo a sus ataques nerviosos que a veces lo aquejaban.

En 1841 hizo una excursión a Bretaña y a la región de la Vandee. Al año siguiente, al Havre, la Baja Normandía y el Mediodía de Francia. En 1845 visitó Florencia, luego Nápoles, donde permaneció hasta enero del año inmediato; se desplazó a Génova y a Roma, regresando a su finca en febrero. En 1847 hizo un viaje a los Pirineos Orientales, visitó Port-Vendres y Colliure, retornando a Grand-Bourg, para no emprender ningún otro viaje de estación. El año 1842 fue doblemente luctuoso para San Martín: murió O'Higgins, en su destierro peruano y murió Aguado, en viaje por España, nombrándolo albacea testamentario y tutor de sus hijos y dejándole, como legado, sus joyas y medallas. El prócer cumplió cabalmente su tarea de albacea y curador, concluida en 1845.

Una satisfacción vino a morigerar el dolor por la muerte de sus amigos: el gobierno de Chile, presidido por don Manuel Bulnes, reconoce los méritos del Libertador, considerándolo en servicio activo hasta el fin de sus días e invitándolo a residir en aquel país. Un año antes de 1842, Sarmiento, con su artículo sobre la batalla de Chacabuco, publicado en "El Mercurio" de Valparaíso, había reavivado la conciencia chilena de gratitud. En 1838, al enterarse del bloqueo francés a Buenos Aires, escribió a Rosas ofreciendo sus servicios en defensa de nuestra soberanía. Cambiará varias cartas con el Gobernador de Buenos Aires hasta 1850. En una de ellas, el mismo le informa que se lo ha designado ministro plenipotenciario frente al gobierno del Perú, pero San Martín rechaza el honor y ofrece sus gestiones en otros terrenos, en favor del suelo patrio. Y lo hará en un par de epístolas con sensatas y oportunas consideraciones que llamarán a la reflexión a los gobiernos de Inglaterra y Francia. La primera es la respuesta a Jorge Federico Dickson, representante del alto comercio de Londres, que fue difundida por la la prensa inglesa. La segunda, dirigida al ministro francés Bineau, fue leída en el Parlamento por Mr. Bouther. Ambas surtieron poderoso efecto. La ultima decía: "establecido y propietario en Francia veinte años ha y contando acabar aquí mis días las simpatías de mi corazón se hallan divididas entre mi país natal y la Francia, mi segunda patria." Sarmiento en una conferencia de 1847 en el Instituto Histórico de Francia, dijo que todos los americanos de paso por ese país concurrían a un punto: "Grand-Bourg se llama el lugar de esta romería "(...) El monumento que los americanos solicitan ver allí es un anciano de elevada estatura, facciones prominentes y caracterizadas, mirar penetrante y vivo, en despecho de los años, y maneras francas y amables. La residencia del general San Martín en Grand-Bourg es un acto solemne de la historia de América del Sur, la continuación de un sacrificio que principió en 1822 y que se perpetúa aún, como aquellos votos con que los caballeros o los ascéticos de otros tiempos ligaban toda su existencia al cumplimiento de un deber penoso." Señalaba así el largo ostracismo del héroe y el desfile incesante de personalidades que acudían a su retiro campestre a conocerlo. Entre ellos, cabe destacar a tres argentinos ilustres: Juan Bautista Alberdi, quien en 1843, tras conocerlo en París, en casa de los Guerrico, acudió a Grand-Bourg y pasó una velada allí. Al año siguiente, lo hizo Florencio Varela; y en el verano de 1846, el mismo Sarmiento, quien dialogó extensamente con el Libertador en el petit cottage. Todos ellos han dejado páginas evocativas de aquellos encuentros dignas de relectura y que registran, con diversidad de ópticas, ricas y diferentes impresiones sobre la figura prócera y los temas de la conversación. A medida que los años pasaban y no podía San Martín quebrar su exilio, regresando a su patria querida, se afirmaba en sí "el sentimiento doloroso de no poder dejar mis huesos en la patria que me vio nacer." Su anhelo, nunca amortecido, de retornar al Plata, reflotaba recurrentemente, pero siempre se lo impedían las circunstancias políticas mal barajadas.

En 1844, redacta y firma en París su testamento ológrafo. Cuatro años después, ante el clima revolucionario creciente en Francia, abandona Grand- Bourg y París, y se instalará en Boulogne- sur-Mer. A mediados de 1849 venderá su querida finca de Evry, junto al Sena, que le dio sereno cobijo desde 1834 hasta 1848, casi tres lustros de apacible vida retirada, con el cálido entorno familiar de los suyos.

Allí, en Grand-Bourg, cultivó las tres dimensiones del diálogo humano: el hablar con los muertos, que era la lectura de su selecta biblioteca; el hablar con los vivos, los distantes, mediante las epístolas, y los cercanos, con sus visitas; Y, finalmente, el hablar consigo mismo, la meditación, de la que extrajo luz de desengaño y verdad para iluminar su estoico ostracismo.


Instituto Nacional Sanmartiniano
Ministerio de Cultura de la Nación