Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

INSTITUTO NACIONAL SANMARTINIANO

Ministerio de Cultura Escudo Nacional Presidencia de la Nación

Libertador José de San Martín
Click

 

 

DOCUMENTOS

022 | SAN MARTÍN EN FRANCIA (Por Tomás Diego Bernard)


Cuando San Martín termina su gesta, formula su voto de renunciamiento, renunciamiento que no será nunca suficiente loado, y resuelve emprender un exilio voluntario en la sola compañía de su hija Mercedes Tomasa. Toma un navío francés, "Le Bayonnais", que se dirigía al puerto de El Havre. No era éste el destino final de José de San Martín en su segunda salida del Plata. La primera vez había dejado el chato y pequeño puerto de la Gran Aldea, cuando era apenas un niño que no alcanzaba a los seis años, a bordo de un pesado velero que debía hacer la trayectoria a España, donde empezaría su formación, su educación militar. Ahora tomaba un navío no mucho más rápido que el que conoció en su infancia, que en una navegación de setenta días debía llegar al afamado puerto francés.

El embarque se produce el 10 de febrero de 1824. San Martín tiene entonces 46 años de edad, es decir, está en su madurez física y espiritual. Tenía su pasaporte, el dinero del alquiler de su casa de Buenos Aires, dos años de pensión del Perú y unos 6.000 pesos ahorrados. Le escribe a Brandsen, su apreciado amigo y le dice que piensa retornar posiblemente en un año; eso demuestra que la partida para el exilio voluntario, fue, en origen, un propósito totalmente temporario; el retorno estaba previsto y para corto plazo.

Tras setenta y dos días de navegación llega a El Havre. Este puerto de Francia, en la región de Artois, tiene una significación muy entrañable en los anales sanmartinianos. Muchos años más tarde, cincuenta y seis, después de esta llegada de San Martín al Havre en 1824, iba a partir de allí el transporte "Villarino" para transportar sus restos mortales de regreso a la Patria, consumada ya la glorificación definitiva. Resulta de particular interés saber cómo recibieron en Europa, particularmente en Francia, a este militar que no quería ser un militar afortunado –según lo declaró en el Perú- para no entorpecer la constitución de los modernos estados americanos y fundar así el nuevo derecho público político llamado a conformar el novel "status" de las jóvenes nacionalidades independientes. Cosa curiosa, Francia recibió a San Martín muy mal, bajo grandes sospechas; fue, podemos decir, un "huésped molesto". Los pocos días que debió permanecer en El Havre, días alongados casualmente por las intrigas a que dio lugar su presencia, luego de las campañas libertadoras americanas que lo habían exaltado a la condición de conductor del movimiento independentista, fue sometido a la irritante requisa de su equipaje. Le encuentran en él, diarios y publicaciones. No olvidemos que estamos en la Francia borbónica, en la Francia integrante de la Santa Alianza, donde todos los movimientos separatistas, independentistas, de tipo republicano, constituyen un estigma que es necesario erradicar y cuanto antes. Este sospechoso personaje trae un pasaporte donde solamente figura su nombre: José de San Martín, pero al desembarcar dice que es "Generalísimo del Perú", que es "Gran Capitán de los ejércitos del Río de la Plata", afirma que es "Fundador de la independencia de Chile", todo lo que causa, ciertamente, una conmoción que obliga al prefecto de El Havre a dirigirse casi instantáneamente al Ministro del Interior y al Ministro de Relaciones Exteriores, para informarles de la presencia de este señor, que pese a no registrar en su pasaporte tales títulos, sin embargo los proclama y dice ser titular de ellos. Le hacen un interrogatorio, le secuestran los diarios y aunque San Martín informa que él va hacia Londres, que su destino final es Londres, que viaja para atender asuntos personales, y que esos periódicos -la mayoría en lengua española y portuguesa- están, incluso, etiquetados para los destinatarios, ninguno de ellos franceses sino ingleses, la situación queda tensa y el Ministro del Interior al enterarse de estas comunicaciones que le llegan de las autoridades portuarias se dirige inmediatamente al embajador francés en Londres, que era el Príncipe de Polignac y le dice que preste mucha atención, que esté alerta porque un titulado general criollo, rioplatense, se dirige a Londres y es muy posible esté vinculado a intrigas políticas, dada la documentación que se le ha secuestrado y que, prima facie, demuestra es un fervoroso revolucionario republicano. Con esto estaría dicho todo en aquella época, para que quedase, por supuesto, bajo la vigilancia y la cautela especialísima del embajador francés. Pero aquí no terminan las cosas; también Francia se dirige a España, pensando que es la más perjudicada por la aparición en el escenario europeo de este jefe revolucionario, de este jefe rebelde. España, alertada, contesta la nota a la cancillería francesa, diciendo que agradece mucho la información y que, efectivamente, constituyen un dislate los títulos que este señor pretende exhibir, siendo evidente que ha de estar en alguna intriga de carácter republicano y revolucionario. Superado el desagradable episodio consigue finalmente San Martín recuperar sus cosas y seguir viaje a Inglaterra.

El primer contacto, como podemos ver, con Francia, con Europa, fue bastante desalentador para el Libertador. No deben, por otra parte, alarmar tales suspicacias; es la época con todas sus implicancias, la "circunstancia histórica" de que habla Ortega y Gasset. Con esas mismas fechas, he encontrado, y algún autor argentino también transcribe esta documentación, oficios del embajador de España en Francia presentados a la cancillería parisina, pidiendo se impidiera la venta de retratos del "faccioso" Bolívar, venta que realizaban algunos "espíritus aviesos" en Francia y, cosa curiosa, el gobierno galo que guardaba buenas relaciones con España, hace una investigación para esclarecer la denuncia de los españoles, y existe un informe muy interesante en la cancillería francesa en cuyo mérito se contesta a la recurrente que no puede hacerse nada por vía policial, en virtud de un decreto del Rey que establece que los mandatarios o soberanos de países que se consideren molestados, agraviados, deben iniciar la acción judicial pertinente ante las autoridades que correspondan. Por tanto, no habiendo "prima facie" delito y no habiendo formulado el embajador la demanda ante los tribunales del Poder Judicial, no puede impedir la autoridad local la reproducción de los retratos del "faccioso" Bolívar. No interesa ahora reconstruir lo que pasa después de este primer contacto con Francia de José de San Martín, lo que escapa al tema que nos ocupa. Por supuesto, San Martín va a Londres y de ahí a Bélgica. El propósito inicial, de una permanencia temporaria se va dilatando. Coloca a Mercedes, en Bruselas, en un pensionado de señoritas, para comenzar su educación, aquella magnífica educación que, según Vicuña Mackenna, convirtió en un dechado de mujer soberana y cautivante, con un acopio de virtudes personales y una cultura primorosa y delicadamente dirigida, bajo la mirada rectora de su padre, a la infanta mendocina. Pero estando ya en Bruselas, en enero de 1828, San Martín, aquejado por la artritis reumatoidea que siempre lo había molestado, resuelve hacer un viaje a Aix- la- Chapelle para aliviarse con las aguas sulfurosas de las termas. Se dirige entonces a la ciudad de Carlomagno y allí resuelve extender el viaje a Marsella. Va luego a Lille y a Tolón, y de Marsella retorna a París por la ruta de Nimes. Parte del invierno de 1828 lo ocupa en recorrer el mediodía de Francia y a cruzarla por una de las rutas más pintorescas. Después de estas visitas, un poco a vuelo de pájaro, de villas, ciudades y campiñas de Francia que se alternan en la ruta de Nimes, San Martín prepara su famoso viaje de retorno del año 1829 al Río de la Plata, el frustrado viaje a bordo de la "Condesa de Chichester", ya en buque a vapor. Se habían superado las dificultades de las travesías, tan prolongadas de los navíos movidos sólo por la fuerza del viento. Recuerdo esto, porque San Martín fue el primero que propició la incorporación de buques a vapor en la guerra naval del Pacífico, avanzando en esto muchísimo sobre todos los estrategas y los tácticos de la época. No olvidemos que cuando Fulton llevó por primera vez la máquina de vapor para aplicarla a los navíos de Napoleón Bonaparte, el genio de la guerra, éste lo despidió de malos modos diciendo "estas cajitas de hacer humo nunca servirán para nada". Selló así el destino de las campañas napoleónicas, por cuanto es sabido y comprobado que Napoleón no fue derrotado en Waterloo, sino en Trafalgar, al perder el dominio de los mares y quedar aislado en el continente; teoría francesa de la continentalidad que ha traído tantos perjuicios al mundo europeo. Pero el hecho es que de regreso al Río de la Plata, San Martín resuelve ya retornar a Europa, sin desembarcar en Buenos Aires. Aquí se produce su condenación de las guerras civiles, de las luchas fratricidas. Se anoticia en Río de Janeiro del fusilamiento del mártir de Navarro, el Gobernador de Buenos Aires Dorrego, en manos del insurrecto Lavalle y resuelve, por tanto, no intervenir en las guerras intestinas y dar su último llamado a favor de la pacificación la concordia del Río de la Plata. Regresa. entonces, con otra visión de América y del panorama Europeo, a Londres. En 1830, es decir, ya hecho el voto personal de un exilio de otro carácter, distinto a aquél temporario inaugurado cuando el viaje de 1824, piensa en radicarse en Francia. Aquel escarceo por tierras francesas, aquel conocer la realidad geográfica, física, la gente, las modalidades, la vida intelectiva y moral del pueblo francés, lo lleva a elegir en este viaje, casi en forma definitiva, el suelo de Francia para su ostracismo. Un exilio que no sabe cuanto va a durar, aunque tampoco es dable afirmar aquí, que San Martín lo considerara tan permanente como para que incluyera su muerte y la permanencia de sus restos, y la de su familia, más allá de sus días mortales. En 1830 deja Bruselas y va para fin de año a París, luego de pasar nuevamente por Aix-la- Chapelle para tomar baños termales y retemplar su quebrantada salud. Tiene San Martín cincuenta y dos años de edad y hasta su muerte, a los setenta y dos, casi veinte años, los va a pasar casi permanentemente en Francia, salvo algunos pequeños viajes que hizo a Italia. Son veinte años, los veinte postreros años de San Martín vividos en Francia; las dos décadas que él recuerda en la carta del año 1848 al Ministro de Obras Públicas Bineau (que fue leída en el parlamento francés) y en la que se refiere, con una extraordinaria lucidez y con una perfecta visión de la política americana y europea, a las intervenciones anglo- francesas en el Río de la Plata y al fracaso a que estaban destinadas habida cuenta de las características geográficas, de la idiosincrasia y de lo que había sido una constante en el sentir y el pensar, en las voliciones del pueblo rioplatense y americano. Primeramente, a su llegada a Francia, a París, San Martín arrienda una casa en la Rue de Provence. Francia era entonces una potencia importantísima: París, una ciudad de fama mundial, debió cautivar en grado superlativo a San Martín. Ya existían para ese entonces, para esa década del 30 del siglo pasado en que San Martín llega, cuatro de los hermosos y célebres arcos de París; estaban el arco del Carrousel, de L'Etoile, de Port de Saint Denis y de Port de Saint Martín, los que debieron llamar poderosamente la atención de nuestro héroe. Tenía también la ciudad, para entonces, 169 fuentes, que daban hermosa frescura a los aires de París (uno de esos surtidores de agua, la célebre fuente de Chatetelet. todavía perdura); estaban en uso los jardines de Luxemburgo y Los Inválidos en construcción; el Louvre no se había terminado aún, pero lucía su silueta inconfundible el Palais Royal. Cuando San Martín se instaló un tanto precariamente en París, la epidemia del cólera morbus había hecho estragos en Europa y fue una de las causales, según su correspondencia, que lo determinó a salir de Bruselas en busca de mejor clima (epidemia de cólera morbus que el ilustre profesor de clínica quirúrgica, doctor Federico Christmann. ha afirmado que no era tal cólera morbus, sino una de las formas de la disentería, en esa época poco conocida y poco estudiadaque causó entonces estragos en Europa). San Martín resuelve, ante los avances del mal, salir a las afueras de París y se dirige a Montmorency en marzo de 1832.

Hay una carta patética de San Martín en la que cuenta las vicisitudes del padre y de la hija, librados al sólo cuidado de una criada en esta residencia de Montmorency. La enfermedad los atacó del modo más terrible sobre todo a la hija: tres días después cayó también San Martín víctima de la epidemia, con altas calenturas -como llamaban entonces a la fiebre-. Pero, según es sabido, no hay mal que por bien no venga y de esta crítica situación de la familia San Martín, va a surgir uno de los hechos más felices en la vida del proscripto: el conocimiento del que había de ser su futuro hijo político, Mariano Severo Balcarce, hijo de su camarada en las guerras de la independencia, de aquel célebre general Antonio González Balcarce, que comandó en jefe la expedición al Alto Perú, luego de la renuncia de Ortiz de Ocampo y que logró el primer lauro, la primera victoria para las armas argentinas en los campos de Suipacha.

El joven Balcarce había llegado de Londres, donde estaba empleado en la legación argentina. Fue a visitar a los San Martín y se enteró de la tragedia en que se encontraban sumido el general y su hija a raíz de la epidemia, y se convirtió en el asistente y en el protector de la familia, ayudándolos a superar el mal trance. San Martín en una carta dice: "Balcarce fue nuestro redentor". Allí conoce Mariano a Mercedes, intima con ella y sobreviene el matrimonio. Los recién casados viajan a Buenos Aires donde va a nacer la nieta del héroe. Por primera vez desde su exilio, salvo el viaje del "Condesa de Chichester", cuando el frustrado retorno de 1829, San Martín se encuentra solo en Francia, añorando la presencia de sus hijos bien amados. Aguarda las noticias de este matrimonio en que cifraba sus esperanzas y, sobre todo, cuando se enteró de que en la tierra de sus desvelos, en este Río de la Plata, había nacido la primera nieta: Mercedes, del mismo nombre de su madre. De aquí en adelante, la vida del prócer está indisolublemente unida a la del matrimonio San Martín- Balcarce, a la armoniosa pareja que constituyen su hija y su yerno, el que va a ir escalando posiciones en la diplomacia argentina, hasta llegar a ser Ministro Plenipotenciario y encargado de la Legación Argentina en París. San Martín, por entonces, experimenta un vuelco favorable en sus finanzas; al retorno, sus hijos le traen haberes que le debían y rentas impagas y puede con ellas adquirir dos propiedades, que tienen muy particular significación en su vida; las dos casas sanmartinianas de Francia que luego serán tres, si incluimos el santuario de Boulogne-sur-Mer donde fallece y vive de 1848 a 1850. Estas dos casas son la campestre de Grand Bourg, que adquirió en 1834, con la ayuda y el consejo del Marqués de las Marismas del Guadalquivir, Alejandro María de Aguado, ubicada en el condado de Evry Petit Bourg y la de París, que adquiere en 1835 un año después, ubicada en la Rue Saint George 35. Estaba muy próxima, y vaya el dato como una referencia a las entrañables cosas de París, de la casa de Thiers.

El 14 de julio de 1836 nace Pepita (su segunda nieta) en Grand Bourg. Florencio Balcarce (hermano del yerno de San Martín), que está entonces en París y visita reiteradas veces al Libertador en su casa de campo hace emotivo relato de la vida familiar del héroe, mostrándolo en la plenitud de su integridad cívica y moral.

Los argentinos que han visitado Boulogne- sur- Mer, conservan la estampa incancelable de la Digne St. Beuve donde se ubica el monumento e cuestre del Libertador, aquel que inspiró la famosa frase de Belisario Roldán, cuando en su inauguración dijo: "Padre Nuestro que estás en el bronce". Yo he ido de niño, con las manos trémulas, acompañado de mi padre y de mi madre, a llevar violetas de los Alpes, como hacían todos los con nacionales, al pie de ]a estatua ecuestre del Gran Capitán, que en vez de tener el dedo índice indicando el camino de la victoria, como el monumento de Buenos Aires, en su brazo levanta la bandera azul y blanca de sus devociones, confundiéndola con los colores del cielo.

En Boulogne, San Martín, hace fraterna amistad con un francés que no podemos dejar de mencionar: el doctor Alfred Gerard, dueño de la casa que habitó y que era bibliotecario de la ciudad. A Gerard debemos un maravilloso artículo necrológico de San Martín que publicó en "El Imparcial" de Boulogne cuando su muerte.

Boulogne-sur-Mer fue desde siempre un puerto importante. Habitado por pescadores y navegantes pasó a ser ciudad de turismo cuando se inauguraron, por primera vez. los baños de mar. Allí fue a veranear el famoso "dandy" Brummel ("beau"), a lucir su elegancia y, por supuesto, a dejar impagas sus cuentas de hotel. En ese lugar de Francia existía todo lo que el movimiento turístico de aquellos tiempos podía exigir como novedad. San Martín conversó con los pescadores, con los hombres rudos que se internan en el mar y con las gentes sencillas de trabajo tanto como con los intelectuales y profesionales, entre éstos el propio doctor Gerard y su médico de cabecera el doctor Jordán.

En 1847, poco antes de radicarse San Martín, Boulogne-sur-Mer tenía treinta mil habitantes, treinta hoteles y más de dos mil ingleses iban a disfrutar anualmente de sus afamados baños de mar. Es en Boulogne-sur-Mer, un predio unido nada menos que a la memoria de Quintus Pedicus durante las invasiones romanas, a Godofredo de Bouillon y a Charles A. St. Beuve, donde va a ocurrir, en 1850 la muerte del justo.

Quedaría incompleta la imagen incancelable de Francia en los recuerdos sanmartinianos, si no evocara a otros de los fundadores del Instituto Nacional Samartiniano, el pintor Antonio Alice. Cuando este gran artista argentino debió llevar con paleta maestra al lienzo la estampa de San Martín, no halló mejor motivación, no encontró más maravillosa representación de esta vida, que presentarlo anciano, envuelto en su capa volandera, sobre las costas rocosas de Boulogne sur-Mer, con la mirada ya casi ciega, perdida en el Atlántico, como queriendo reencontrar las costas americanas en el otro confín. El bastón que Alice pone en la mano del anciano, es el mástil de la bandera que simboliza su capa. Y mástil y bandera lucen una vez más la silueta inconfundible del prócer, afirmado en tierra de su segunda patria; proclamando, en la línea infinita del firmamento, la hermandad de Argentina y Francia a través de las comunes glorias sanmartinianas.


Instituto Nacional Sanmartiniano
Ministerio de Cultura de la Nación