Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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086 | La revolución americana - Por Enrique Mario Mayochi

Con repique de campanas, música, iluminación extraordinaria y enarbolamiento de bandera en el Fuerte, Buenos Aires celebró el 25 de mayo de 1810 la instalación y juramento de la Junta Provisoria de Gobierno del Virreinato del Río de la Plata. La jornada, con la que culminó una semana intensa, mereció de un agudo testigo este interesante juicio crítico: “No es posible que mutación como la anterior se haya hecho en ninguna parte con el mayor sosiego y orden, pues ni un solo rumor de alboroto hubo, pues todas las medidas se tomaron con anticipación a efecto de obviar toda discordia, pues las tropas estuvieron en sus cuarteles, y no salieron de ellos hasta estar todo concluido, y a la plaza no asistió más pueblo que los convocados para el caso, teniendo éstos una cabeza que en nombre de ellas, y de todo el pueblo, daba la cara públicamente y en su nombre hablaba; cuyo sujeto era un oficial segundo de las reales cajas de esta capital, don Antonio Luis Beruti. Verdaderamente, la revolución se hizo con la mayor madurez y arreglo que correspondía, no habiendo corrido ni una sola gota de sangre, extraño en toda conmoción popular, pues por lo general en tumultos de igual naturaleza no deja de haber desgracias, por los bandos y partidos que trae mayormente cuando se trata de voltear los gobiernos e instalar otros; pero la cosa fue dirigida por hombres sabios, y que esto se estaba coordinando algunos meses hacía; y para conocerse, los partidarios se habían puesto una señal, que era una cinta blanca que pendía de un ojal de la casaca, señal de la unión que reinaba, y en el sombrero, una escarapela encarnada y un ramo de olivo por penacho, que lo uno era paz, y el otro sangre contra alguna oposición que hubiera a favor del virrey.” (Biblioteca de Mayo, Senado de la Nación, Buenos Aires, 1960, incluye en su T. IV varios Diarios y Crónicas anónimos, así como las “Memorias Curiosas de JUAN MANUEL BERUTI”, textos todos que dan amplia información sobre los festejos). De la alegría, casi euforia inicial, han pasado poco menos de dos años al ocurrir el regreso de San Martín a su tierra nativa. ¿Cómo se presenta la situación política y militar a los ojos y a la inteligencia del recién llegado en sus primeros meses de estada en Buenos Aires?

El gobierno se ha ido desacreditando gradualmente y al presente carece de apoyo significativo aún en la capital. Sin recato, se habla de dictadura. De la Junta inicial -la Primera, según el nomenclador tradicionalmente aceptado- se pasó a la Junta Grande, así denominada porque a los miembros originales comenzaron a agregarse en diciembre de 1810 los diputados de los pueblos del interior, con lo que, sin duda, se había logrado mayor representatividad y aceptación. Mas en setiembre de 1811 -so pretexto de agilitar la gestión oficial- se da un verdadero golpe de Estado: se constituye un Poder Ejecutivo compuesto por tres vocales y tres secretarios. Aquellos serán Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan José Paso; éstos, Julián Pérez para Gobierno, Bernardino Rivadavia para Guerra y Vicente López y Planes para Hacienda. Con el resto supérstite del gobierno anterior, se integra una denominada Junta Conservadora de los derechos de Fernando VII, a la que -con expresión de José Luis Busaniche- “quedan relegados los diputados de las provincias”. Y el 7 de noviembre culminará la situación al ser disuelta la Junta Conservadora por el Triunvirato, organismo que, al sancionar un Estatuto Provisional hecho a su gusto y medida, se autocalificará de Gobierno Superior de las Provincias Unidas del Río de la Plata a nombre de Fernando


Situación en el antiguo virreinato

Los criollos que promovieron la revolución sabían desde un principio que no les sería fácil imponer su autoridad sobre todo el Virreinato y menos, en tres lugares bien determinados: el Alto Perú, el Paraguay y Montevideo. El tiempo demostró que no estaban equivocados. El control sobre el Alto Perú quedó perdido de hecho como consecuencia del desastre de Huaqui, ocurrido cerca del lago Titicaca el 20 de junio de 1811. Tras la derrota, nuestras tropas retrocedieron a la desbandada y sólo la energía de Juan Martín de Pueyrredón, designado poco después nuevo general en jefe, pudo poner algo de orden en medio de la confusión reinante, salvar caudales y metálico, reordenar los dispersos.

En Yatasto, posta entre Salta y Tucumán, el 27 de marzo de 1812 -o sea, a poco del arribo de San Martín a Buenos Aires- entregó el ejército a su nuevo conductor, Manuel Belgrano. En el futuro, y por dos veces, las tropas rioplatenses tornarán a penetrar en el Alto Perú, mas nunca se volverá a alcanzar la posibilidad de controlar un área tan vasta como la dominada durante la primera entrada. Y ahora, los ejércitos del virrey del Perú quien prácticamente ha ampliado su jurisdicción a la región altoperuana muestran sus bayonetas a la retaguardia de los soldados de Buenos Aires, cuya morosa retirada no cesa. En Paraguay, los hechos se plantearon y resolvieron de distinta manera. Allí existían “motivos de resentimiento con Buenos Aires. Las actividades comerciales provocadas por la reglamentación del comercio libre y la autorización dada por Cisneros en 1809 en favor del tráfico inglés habían mermado la importancia de su ya precario potencial económico. La formación de la Junta Provisional Gubernativa no fue, en consecuencia, recibida con entusiasmo. Paraguay se sentía más alejado de Buenos Aires que lo que estaba por la distancia que los separaba. Recibida en Asunción la noticia de lo acaecido en Buenos Aires en mayo de 1810, una asamblea popular, integrada por vecinos de la ciudad y representantes de toda la gobernación intendencia, decidió el 24 de julio jurar lealtad al Consejo de Regencia formado en España y mantener armoniosas relaciones con la Junta de Buenos Aires, cuyo reconocimiento de superioridad quedaría en suspenso hasta tanto el monarca resolviese lo que fuese de su agrado. Por ser el Paraguay zona de frontera con los portugueses, siempre dispuestos a invadir, el gobernador intendente Bernardo de Velasco y Huidobro disponía de efectivos militares harto superiores en número aunque - escasamente organizados- los que, al mando de Manuel Belgrano, penetraron en el territorio de su mando en diciembre de 1810. El fracaso de los rioplatenses fue grande -con sendas derrotas en Paraguarí y Tacuarí- y Belgrano, con los pocos efectivos que le quedaban, debió dejar el Paraguay el 15 de marzo de 1815. Corridos apenas dos meses, un movimiento cívico militar formó el 14 de mayo un gobierno interino -a Velasco se asociaron Juan Valeriano de Zeballos y José Gaspar Rodríguez de Francia-, que enseguida convocó un Congreso General. Este se inició el 17 de junio, privó de todo mando a Velasco e integró una Junta de cinco miembros para que gobernase el territorio. Corridas las semanas, llegaban a Asunción, como comisionados de la Junta de Buenos Aires, Manuel Belgrano y Vicente Anastasio de Echevarría. Estos firmaron con la representación local, el 12 de octubre, un tratado por cuyo artículo 5 se reconocía la independencia del Paraguay, acuerdo que el Triunvirato porteño aprobó poco después. Más allá de cuanto pudiere argüirse o intentarse en el futuro, el pueblo paraguayo quedó así al margen del proceso revolucionario nacido en Buenos Aires y no participará de ninguno de los congresos que congreguen a diputados de los pueblos del antiguo virreinato. Así como Buenos Aires se erigió en rival de Asunción casi desde el momento en que la fundó Juan de Garay, Montevideo, surgida menos de un siglo antes de la Revolución de Mayo, enseguida pretendió serlo de la futura capital virreinal. En gran mayoría, los comerciantes allí instalados eran metropolitanos o respondían a personas o grupos residentes en España. Y si bien carecía de relevancia por las tropas terrestres de guarnición, la tenía y harta en el orden marinero por ser apostadero de la escuadra real destacada en el Plata. Llegada oficialmente a Montevideo el 30 de mayo de 1810 la noticia de la formación en Buenos Aires del gobierno provisional, un cabildo abierto reunido el 1 de junio, resolvió que “convenía la unión a la Capital y reconocimiento de la nueva Junta a la seguridad del territorio y conservación de los derechos de nuestro amado rey, el señor Don Fernando VII”. Mas como también se decidió que dicha unión “debería hacerse con ciertas limitaciones”, las estaba tratando al día siguiente la asamblea popular en momentos en que irrumpió el jefe del apostadero naval, José María de Salazar, para avisar la llegada de un navío con agradables noticias sobre la situación en la Metrópoli y la instalación en Cádiz del Consejo de Regencia. Esto hizo que se cambiase la decisión tomada el 1 por la de condicionar el reconocimiento de la Junta bonaerense al que ésta prestase al Consejo gaditano. Ante este giro de la situación los revolucionarios porteños optaron por enviar a Juan José Paso a Montevideo en misión conciliadora. Recibido el 8 por la asamblea, sólo obtuvo una rotunda declaración de no reconocimiento. Quedó así planteada una situación que se resolvería por las armas en 1814. Ínterin, todo se complicó por los intentos portugueses de apoderamiento de la Banda Oriental: el 24 de marzo de 1811 -mientras en Montevideo gobernaba Francisco Javier de Elío con el título de virrey- las tropas lusitanas trasponían la frontera para ocupar zonas del Este. Así se llegará -derrota de Huaqui por medio-al 24 de octubre, día en que el Triunvirato ratifica el tratado de paz suscripto por su representante cuatro días antes en Montevideo, tratado por el que ambas partes protestan “que no reconocen ni reconocerán jamás otro soberano que al señor D. Fernando VII y sus legítimos sucesores y descendientes”. Y mientras Buenos Aires se comprometía a retirar sus tropas de la Banda Oriental - jurisdicción sobre la que se aceptaba en plenitud la autoridad del virrey Elío-, éste no pasaba de ofrecer el retiro de las tropas portuguesas. Como miles de orientales no quisieron convalidar la situación emergente del tratado, todos siguieron a José Gervasio de Artigas - militar constituido en caudillo popular- en el éxodo que él inició en los finales del año a la tierra entrerriana. Vuelto Elío a la Península, se encargó del gobierno oriental don Gaspar de Vigodet, quien a principios de 1812 reinició las hostilidades. El 4 de marzo de 1812 - pocos días antes de la llegada de San Martín- la artillería de ocho buques de guerra montevideanos bombardeaba a Buenos Aires.


La Revolución en Hispanoamérica

“Sabedores de los primeros movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc....”, dirá San Martín en su ya recordada carta a Ramón Castilla. ¿Cuáles eran esos movimientos ? La invasión napoleónica, la crisis de la Monarquía hispana y la posterior disolución de la Junta Central de Sevilla habían puesto a toda Hispanoamérica en crisis. Y la evocación del Libertador sigue un correcto orden cronológico. El primer movimiento se dio en Caracas, de Venezuela, donde el 19 de abril de 1810 se reúne un Cabildo Abierto, se logra la dimisión del capitán general Vicente Emparán y se integra una Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII. Un Congreso General, que delibera a partir de marzo de 1811, el 5 de julio declara la independencia y elabora una Constitución. La lucha militar que se traba prontamente favorece a las llamadas tropas del Rey. En 1812, el general español Monteverde hace suya a Caracas.

Francisco de Miranda -el Precursor- es entregado por sus compatriotas a los metropolitanos y Simón Bolívar -que algo ha tenido que ver en ello y que aspira a la jefatura del movimiento- dejará el país. El independentismo parece estar condenado al fracaso. En Nueva Granada, la situación no presenta caracteres mucho más favorables para los revolucionarios debido a las disensiones internas. Producida la agitación popular en Santa Fe de Bogotá, el 20 de julio de 1810 se depuso al virrey Amar y enseguida hubo Cabildo Abierto, del que surgió una Junta de Gobierno presidida por el ex mandatario y subordinada al Consejo de Regencia. Poco duró esto: el 26 se eliminaba a Amar y se anulaba el juramento de lealtad al Consejo. Convocado un Congreso General, éste no logró imponer su autoridad y casi de inmediato varias provincias se declararon independientes y constituyeron juntas. Así, en Bogotá se creó el Estado de Cundinamarca, en tanto que Cartagena y Antioquía formaban el Congreso de Medellín. Agréguese a esto que en diciembre de 1811 también había proclamado Quito su absoluta independencia. Poco antes quedaba suscripta el Acta de Confederación de las Provincias de Nueva Granada, documento que sólo quedó en tal. La acción del famoso patriota revolucionario Antonio Nariño logró la unión de varias provincias y conducir la lucha armada contra las tropas reales, mas fue vencido.

En el Virreinato de Méjico, la revolución, iniciada el 16 de setiembre de 1810, asumió un carácter a la vez popular y religioso. A poco, el párroco de Dolores, Miguel Hidalgo, encabezaba alrededor de cien mil indios y mestizos, quienes recorrieron buena parte del territorio al grito de “¡Viva la Virgen de Guadalupe y mueran los gachupines!” Vencido por tropas que respondían al virrey Francisco Javier Venegas -al igual que San Martín, él se contó entre los vencedores de Bailén-, el padre Hidalgo murió fusilado el 30 de julio de 1811. La jefatura del movimiento pasó a su discípulo, el sacerdote José María Morelos, cura párroco de Caracuaro. A poco, los desordenados agrupamientos de indígenas cedieron su lugar a guerrillas móviles, las que, sobre la base de una elemental coordinación, dominaron los distritos sureños. Y si bien la independencia será declarada el 22 de octubre por un congreso reunido en Chilpacingo, el movimiento, entre 1812 y 1815, año del fusilamiento de Morelos, parecerá carecer de futuro.

La crisis de la Monarquía también se dejó sentir en Chile y especialmente en Santiago, donde una reunión de vecinos, realizada el 18 de setiembre de 1810, resolvió constituir una Junta para que rigiese a la Capitanía General mientras se mantuviera el cautiverio de Fernando VII. Constituida con la presidencia de don Mateo de Toro y Zambrano, pronto se iniciarían los contactos con Buenos Aires. Elegidos en abril de 1811 los diputados para el Congreso General, pudo apreciarse que buena parte de ellos, si no la mayoría, eran de espíritu timorato y poco decididos a llevar adelante la acción revolucionaria. Precisamente, esto hizo que al designarse una segunda Junta se dejase fuera a Juan Martínez de Rozas, líder de los decididos. A poco, éstos encontraron un nuevo jefe en José Miguel Carrera, joven criollo recién llegado de España, donde había sido oficial real. Un movimiento producido el 4 de setiembre determinó que tomasen el control gubernativo los progresistas. Poco después, Carrera logró incorporarse a la Junta y el 2 de diciembre, mediante un golpe de Estado, disolvió el Congreso. Mientras tanto, Martínez de Rozas había organizado en Concepción una junta provincial que no respondía a Santiago. Como la mitad del país, desde el río Maule al sur, quedaba independiente de la autoridad de Carrera, éste resolvió afirmarla por las armas. La situación se resolverá a mediados de 1812, al triunfar en el sur un grupo disidente y subordinarse al joven caudillo. Y mientras desde Méjico hasta el Río de la Plata habíase desarrollado, desde 1810 y con suerte varia, el movimiento independentista, el Virreinato del Perú mostrábase como el bastión de la causa fernandina. Desde 1806, ejercía allí el mando don José Fernando de Abascal, buen político y diestro administrador. Enérgico y prudente, supo valerse del prestigio que tenía entre los grupos dirigentes para evitar la formación de juntas gubernativas y anular todo intento promovido por núcleos revolucionarios de menor importancia. Mas no se reducirá sólo a esto su gestión, sino que también concurrirá con tropas y auxilio financiero para sostener la causa real en el Alto Perú y en Chile.


En la España invadida

La lucha armada proseguía en España con suerte diversa al comenzar 1812, sin que la ayuda británica a los invadidos lograse quebrar el afán napoleónico por dominar a todo el país. El año anterior, los soldados hispánicos y sus aliados habían obtenido el 11 de mayo un gran éxito en la batalla de Albuera. Ahora, en cambio, con enero se dan a la vez los éxitos y los fracasos: si por un lado, el de la región mediterránea, el francés Suchet se adueña de Valencia, por otro, el de la frontera con Portugal, Lord Wellington toma a Ciudad Rodrigo, éxito que le reportará su incorporación a la primera grandeza de España al concedérsele un título ducal. Mientras tanto, proseguían reunidas en Cádiz las Cortes. Estas habían decidido, por constituir los dominios españoles de ambos hemisferios “una sola y misma Monarquía, una misma y sola Nación y una sola familia”, que en todas las Cortes por celebrarse en lo sucesivo tendrían igual derecho de representación los españoles de América y los de la Península. En enero de 1812 decidió llevar el número de integrantes del Consejo de Regencia de tres a cinco - Regencia del Quintillo llamará con chanza el pueblo a este cambio- y al designar a los nuevos miembros, en algunos casos -como en el del Duque del Infantado- lo hizo a pesar de que el candidato se contaba entre quienes habían jurado fidelidad a José Y Bonaparte. Y en marzo será aprobada y promulgada la Constitución. Señalemos, finalmente, que en tanto América todavía se dice gobernar provisoriamente en nombre del monarca prisionero en Valençay y mientras en España mueren muchos dando vivas a Fernando VII, éste, “en su apacible destierro, prodigó las pruebas de adhesión al Emperador en forma que harto delataba su condición ingrata y acomodaticia. Cuando aquí se luchaba para restaurarle en el trono, él insistía en contraer matrimonio con una sobrina del César francés, y con ocasión del enlace de éste con la hija del Emperador de Austria, alzaba su copa en famoso banquete para brindar por sus augustos soberanos, el gran Napoleón y María Luisa, su esposa; cuando aquí se le presentaba como sufrido mártir de la Patria y se planeaban los medios de arrancarle de las manos de su cancerbero, él se entregaba en Valençay a los placeres del campo y a las gratas intimidades de un hogar amenizado por las veladas familiares que organizaba la hermosa Princesa de Benevento con el concurso del pianista Daneck y el guitarrista Castro”. Con harta razón, “el Deseado” no pasará de ser “Fernandito” para San Martín, quien, casi sin excepción, así lo llamará, con evidente y justa intención peyorativa, al hablar o escribir.


América en Guerra Civil

En un breve y sustancioso ensayo, un estudioso francés escribirá en 1922 que “la guerra hispanoamericana es guerra civil entre americanos que quieren, los unos la continuación del régimen español, los otros la independencia con Fernando VII o uno de sus parientes por rey, o bajo un régimen republicano”. Ciertamente, si lo transcripto no es verdad histórica total, lo es en buena y grande medida. Muy pocos son los que desde un principio tienen claridad de objetivos para el proceso de la revolución americana en marcha. Uno de ellos será, precisamente, San Martín. Y así lo dirá y tratará de realizar desde el día en que volvió a pisar la tierra de su nacimiento, como lo expresa cabalmente una anécdota harto narrada, de dudosa verosimilitud en cuanto a algunas de sus incidencias, mas no respecto del pensamiento del Libertador: “En el año 1812 -dice Juan Bautista Alberdi-, en una reunión de patriotas, en que San Martín, recién llegado al país, expresó sus ideas en favor de la monarquía, como la forma conveniente al nuevo gobierno patrio, Rivadavia hubo de arrojarle una botella a la cara, por el sacrilegio. «¿Con qué objeto viene usted, entonces, a la república?», le preguntó a San Martín. «Con el de trabajar por la independencia de mi país natal, le contestó, que en cuanto a la forma de su gobierno, él se dará la que quiera en uso de esa misma independencia»”. Dejemos de lado la actitud un tanto grotesca que se adjudica a Rivadavia -nos parece que la mención de una botella arrojada por los aires no pasa de ser una figura poco feliz para expresar que don Bernardino se desagradó- y quedémonos con lo sustancial: la independencia es para San Martín el objetivo prioritario. El tiempo demostrará que en punto a esto su pensamiento no variará ni en un ápice: no descansará hasta obtener en su tierra la declaración del 9 de julio de 1816; tras Chacabuco, insistirá ante O’Higgins para que ratifique la de Chile -como se hará a principios de 1817- y se encargará personalmente de realizarlo respecto del Perú apenas liberada Lima. Será consecuente con su pensamiento inicial: “Con su natural perspicacia y su natural buen sentido, dice Mitre, había visto claramente que la revolución estaba tan mal organizada en lo militar como en lo político, que carecía de plan, de medios eficaces de acción y hasta de propósitos netamente formulados. Así es que, guardando una prudente reserva sobre los asuntos de gobierno, no excusaba expresarse con franqueza sobre aquel punto en las tertulias políticas de la época, diciendo: ‘Hasta hoy, las Provincias Unidas han combatido por una causa que nadie conoce, sin bandera y sin principios declarados que expliquen el origen y tendencias de la insurrección: preciso es que nos llamemos independientes para que nos conozcan y respeten.”


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