Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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Libertador José de San Martín
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DOCUMENTOS

090 | Las cuentas del Gran Capitán - Por Bartolomé Mitre (1821-1906)

¿Quién duda de que todo organismo tiene su motor, así en el orden físico como en el orden moral? Por eso se ha dicho con propiedad que el genio de un hombre se asemeja a un reloj que tiene su estructura, y entre sus piezas, un gran resorte. Descubrir este resorte, demostrar cómo comunica su movimiento a los demás, repercutiendo en la conciencia; seguir ese movimiento de rueda en rueda, hasta el puntero que señala la hora psicológica, he ahí la teoría de la historia interna del hombre, principio y fin de sus acciones exteriores. Y así como se ha observado que los pueblos tienen un rasgo principal, del cual todos los demás se derivan, y cómo las partes, componentes del pensamiento se deducen de una cualidad original, así también en los hombres que condensan las pasiones activas de su época, todos sus rasgos y cualidades se derivan y deducen de un sentimiento fundamental, motor de todas sus acciones. En el general San Martín el rasgo primordial, la cualidad generatriz de que se derivan y deducen las que constituyen su carácter moral, es el genio de la moderación y del desinterés, ya sea que medite, luche, destruya edifique, mande, obedezca, abdique, o se condene al eterno ostracismo y al eterno silencio. Concibió grandes planes políticos y militares, no para satisfacción de designios personales, sino para multiplicar la fuerza humana. Organizó ejércitos, no a la sombra de la bandera pretoriana ni del pendón personal de los caudillos, sino bajo las leyes australes de la disciplina, en nombre de la patria, y para servir a la causa de la comunidad. Peleó, no por el amor estéril de la gloria militar, sino para hacer triunfar una idea de todos los tiempos. Fundó repúblicas, no como pedestales de su engrandecimiento, sino para que en ellas viviesen y se perpetuasen hombres libres. Mandó, no por ambición, sino por necesidad y por deber, y mientras consideró que el poder era en sus manos un instrumento útil para la tarea que el destino le había impuesto.

Fue conquistador y libertador sin fatigar a los pueblos por él redimidos con su ambición o su orgullo. Administró con pureza el tesoro común, sin ocuparse de su propio bienestar, cuando podía disponer de la fortuna de todos sin que nadie pudiese pedirle cuentas. Abdicó el mando supremo en medio de la plenitud de su gloria, sin debilidad, sin cansancio, y sin enojo, cuando comprendió que su misión había terminado, y que otro podía continuarla con más provecho. Se condenó deliberadamente al ostracismo y al silencio, no por egoísmo ni cobardía, sino en homenaje a sus principios y en holocausto a su causa. Sólo dos veces habló de sí mismo en la vida y ésto, pensando en los demás, pasó sus últimos años en la soledad, sin rechazar la calumnia ni desafiar la injusticia, y murió sin quejas cobardes en los labios y sin odios amargos en el corazón. He ahí el rasgo original que sus cuentas de gastos pondrán en evidencia desde un nuevo punto de vista, en presencia de nuevos documentos. Las cuentas del Gran Capitán de España, Gonzalo de Córdoba, han pasado a proverbio. Los historiadores, así monarquistas como republicanos, han deducido de ellas que la gloria no se tasa, y que los conquistadores no deben ser sometidos a residencia. El pueblo, con su instinto, las ha hecho sinónimo de peculado. Las cuentas de Washington han sido grabadas en acero, como un comprobante de que los libertadores deben al pueblo minuciosa cuenta, hasta del último real del tesoro público que administraron y gastaron. El general San Martín pertenecía a esa austera escuela del deber contemporáneo y de la fiscalización póstuma, y al cabo de cien años, puede presentarse a su posteridad con su cuenta corriente en regla, pidiendo el finiquito de ella, en vista de lo que recibió, de lo que gastó y de la herencia de gloria que legó a sus hijos. Y las cifras mudas de esa cuenta se alzarán de la tumba como testigos irrecusables, que declaren en lenguaje matemático, que San Martín, no sólo fue un gran hombre, sino principalmente un hombre de bien.

Ellas dirán que su educación nada costó a su patria; que el rey quedó debiendo a su padre los sueldos de teniente gobernador de Misiones; que a la edad de once años se bastó a sí mismo en tierra extraña y que su madre al enviudar, decía de él que era “el hijo que menos costo le había traído”. Hijo barato, como después fue héroe barato a su madre cívica, sólo le dieron de su seno la leche necesaria para nutrir su fibra heroica. Vino a su patria hombre formado y con reputación hecha en largos trabajos; costeó su viaje para ofrecer su espada a la revolución americana y al pisar, pobre y desvalido, las playas argentinas, traía en su cabeza la fortuna de un mundo. Ahora, van hablar los números. San Martín está en la patria, de que se había ausentado en la niñez. Nombrado en 1812 comandante de Granaderos a Caballo, con ciento cincuenta pesos de sueldo, cedió al estado la tercera parte de él para los gastos públicos. General en jefe del ejército del Perú, lo sirvió con el sueldo de coronel ganado en San Lorenzo. Gobernador de Cuyo en 1814, con tres mil pesos de sueldo, donó la mitad de él mientras durase la guerra con los españoles. Quedábanle ciento veinticinco pesos, de los que destinaba una asignación de cincuenta para su esposa, restándole a él setenta y cinco pesos. En marzo del mismo año, se dirigió al gobierno manifestándole que con tan corta cantidad le era materialmente imposible subsistir, rogando en consecuencia que su donativo se redujese a la tercera parte. El gobierno accedió a su pedido, y desde entonces gozó de ciento setenta y dos pesos al mes, pudiendo así elevar a ochenta la asignación de su familia y disponer de noventa y dos pesos. Con esto vivió por el espacio de dos años, mientras preparaba la gran campana de los Andes, según consta de los libros de contabilidad del Archivo general. Para la subsistencia del Ejército de los Andes se destinaron al principio cinco mil pesos mensuales, que desde agosto de 1816, es decir, cinco meses antes de atravesar la Cordillera, se elevaron a ocho mil pesos. De allí en adelante, este ejército vivió de los pueblos libertados por él.

En el mismo año de 1816, nombrado general en jefe del Ejército de los Andes, con seis mil pesos anuales, se le continuaron descontando ciento sesenta y seis al mes por donativo voluntario, y ochenta por asignación, quedándole disponible únicamente doscientos cincuenta y cuatro para sus gastos militares y personales. Dueño absoluto de la pequeña renta de la provincia de Cuyo, se permitía únicamente el lujo de hacerse sospechar de ladrón. Había ordenado que todo peso de plata sellado con las armas españolas le fuese entregado día por día. La orden se cumplía religiosamente, y todos creían que San Martín se apropiaba de este dinero. En vísperas de emprender su viaje a Chile, llamó al tesorero, y le preguntó si había llevado cuenta exacta, como era su deber, de las cantidades por él entregadas; y en vista de ella, devolvió al tesorero público en la misma especie las monedas de que era depositario. La escena cambia. El Ejército de los Andes ha atravesado la Cordillera y ha vencido en Chacabuco. San Martín es el libertador de Chile y dueño de todos sus tesoros. El 14 de febrero de 1817 entra triunfante en la capital de Santiago, rehusa el mando supremo que se le ofrece. y es alojado en el palacio de los obispos, con escasos muebles, y con puertas que no tenían ni cerraduras, como que tenían poco que guardar. Desde febrero de 1817 hasta agosto del mismo año invirtió en su palacio, familia militar, obsequios, chasques, servidumbre, mesa, coches, caballos, frailes, monjas, limosnas, ropa, muebles, vajilla, luces, forrajes, combustibles, música, lavado, perfumes y flores, la cantidad de tres mil trescientos treinta y siete pesos, seis y un cuartillo reales o sea cuatrocientos setenta y seis pesos al mes, según cuenta que llevaba su capellán el P. Juan Antonio Bauzá. De esta cantidad, cuatrocientos sesenta y un pesos con dos y medio reales, fueron oblados por el gobierno de Chile; cuatrocientos por la comisaría del Ejército de los Andes y los dos mil cuatrocientos setenta y seis pesos restantes, de su propio peculio. La sala (de su residencia en Santiago de Chile) tenía sofás, pero no sillas suficientes, y en comprar una docena forrada en raso gastó cien pesos. La mesa de su despacho cojeaba, y en ponerle dos pies nuevos empleó dos pesos y cuatro reales. La del diputado Guido, que vivía con él, no estaba más firme, y en ponerle dos barrotes se fueron nueve reales.

Por el sermón en acción de gracias por la batalla de Chacabuco, pagó dos onzas de oro al orador sagrado que lo pronunció, y en libros casi otro tanto, lo que suma cuatro onzas de literatura. En su vajilla de plata (de la cual le robaron dos cucharas), empleó ciento treinta y cuatro pesos y en cristalería veintinueve. Al llegar a Santiago, no tenía ropa, y en esto gastó ciento seis pesos y siete reales. En componer su capotón de campaña once pesos cuatro reales y medio, en forrar en raso su chaqueta cuatro pesos siete reales y medio, y en adornarla con cinco pieles de nutria diez reales, a razón de dos reales cada cuerecito. Se hizo un levitón forrado en sarga, que no le costó menos de veintinueve pesos, y en remiendos de botas se fueron diecinueve pesos. Hasta la compostura del famoso sombrero falucho cuya forma típica ha fijado el bronce eterno, figura en esta cuenta con cuatro pesos, importe del hule y del forro de tafetán, incluso el barboquejo. Por último, se dio el lujo de renovar las cintas de su reloj, y en esto empleó la suma de cuatro reales. Si la lista del guardarropa de Carlos V en Yuste se ha considerado por el grave historiador Mignet digna de ocupar a la posteridad, bien merecen ser contados en este día los remiendos del grande hombre, que puede presentarse ante ella con su ropa vieja, pero sin manchas. Este hombre que remendaba su ropa y su calzado y cosía personalmente los botones de su camisa, notó un día que su secretario D. José Ignacio Zenteno (que después fue general y ministro de Chile) llevaba unos zapatos rotos: inmediatamente ordenó a su capellán le ofreciese un par de botas, que costaron doce pesos. Su escribiente Uriarte estaba casi desnudo, y le mandó dar veinticinco pesos para vestirse. Se alumbraba con velas de sebo, y en este artículo consumió en siete meses el valor de setenta y un pesos, o sean diez mensuales. El lujo de entonces, en que no se usaban bujías ni se conocía el gas, era la cera, y en cera, pabilo y confección de blandoncillos “para las noches de función” (según expresa la cuenta), se gastaron setenta y seis pesos. Tenía dos coches prestados, uno grande y otro chico, que en composturas se llevaron treinta y seis pesos o sea casi el doble del importe del remiendo de botas.

Tenía dos pianos (prestados también), uno chico y otro grande (como los coches), y en templarlos, componerlos, y ponerles funda de bayeta gastó no menos de treintay dos pesos. En música, incluso en las gratificaciones a pitos y tambores que habían sonado la carga en Chacabuco, el general gastó en todo sesenta y cinco pesos. Además, una partida extraordinaria, que está anotada en la cuenta del capellán en la forma siguiente: “Por dos pesos que se gratificaron al que tocó la guitarra en una noche que se bailó alegre”. ¡Felices tiempos en que las alegrías de sus poderosos no costaban sino dos pesos al tesoro del pueblo, y esto por una sola vez! En su salón se reunía con frecuencia la sociedad más selecta de Santiago, en damas y caballeros, y ha quedado en Chile el recuerdo de las tertulias de San Martín, en que el general rompía el baile con un minué. Algunas noches se jugaban a la malilla, y a veces la caja del cuartel general costeaba las pérdidas. En la cuenta del capellán se encuentra esta curiosa anotación: “Por seis pesos que se pasaron a la Madama Encalada para que jugase, y no los ha vuelto”. Madama Encalada era la esposa del almirante Blanco Encalada, una de las primeras bellezas de Chile, que rivalizaba con lady Cochrane, esta hermosa británica ante la cual los soldados prorrumpían en aclamaciones de entusiasmo cuando la veían pasar al galope de su caballo. Parece que gustaba de perfumes, pues en materiales y confección de pastillas figura una partida por treinta y un pesos. Al lado de esta partida se lee lo siguiente: “Por un real de cascarilla para curar el caballo del señor general”. Y más adelante esta otra, que revela su pasión por las flores desde entonces: “Por cinco macetas de marimoñas y a los peones que las condujeron, seis pesos”. Se ha dicho de San Martín que era sibarita, glotón, borracho, ladrón y avaro. Su cuenta de gastos nos dirá lo que haya de cierto a este respecto. En la mesa de su palacio, que presidía el coronel D. Tomás Guido, se empleaban diez pesos diarios en comestibles. El comía una sola vez al día, y eso en la cocina, donde elegía dos platos, que despachaba de pie, en soldadesca conversación con su negro cocinero, rociándolos con una copa de vino blanco de su querida Mendoza. Su plato predilecto era el asado, y así como otros convidan a tomar sopa, él convidaba a tomar el asado.

En una de las conferencias con su cocinero (que era soldado), notó sin duda que a la olla de su cuartel general le faltaba un poco de tocino. En consecuencia, compró un cerdo en siete pesos, gastó once reales en clavo y pimienta, y pagó tres pesos al que lo benefició. A este cerdo puede decirse que le llegó su San Martín, y a tal título bien merece pasar a la posteridad, como la gallina que Enrique IV pedía para cada una de las ollas de los habitantes de su reino. ¿Y en qué cocina de nuestra tierra, desde el Plata hasta los Andes, no se pensará en este día, al ver hervir el puchero de la familia, que el fuego del hogar argentino fue encendido por los padres de su independencia, que amasaron el pan de cada día con la levadura del patriotismo y la sal de la educación popular? Su bebida favorita era el café, que tomaba en mate y con bombilla. En su cuenta figuran doce libras de café crudo, a veinte reales cada una, que, con cinco pesos más por tostarlo y molerlo, suma todo veinte pesos. El mismo lo preparaba a las cinco de la mañana, hora en que se levantaba de su catre de campaña, que con un colchón de cuatro dedos de grueso, apenas levantaba una cuarta del suelo. En cuanto a licores, su cuenta nos dice que al instalar su casa militar compró un barril de vino de Penco, en once pesos y gastó dos reales en ponerle una canilla. Meses después, se hace mención de una pipa o barrica, que sin duda fue regalada, pues no figura en las compras. Al fin, se viene en conocimiento que era un barril, según lo revela una partida que se lee a continuación y dice así: “Por nueve reales en seis docenas de corchos para las botellas”. Por lo que respecta al ron, de que de ha dicho que San Martín abusaba, tal artículo no figura sino una vez en su cuenta, y esto por incidente, con motivo de apuntar tres pesos gastados en una cuarta de aguardiente común. Del general Grant se dijo otro tanto, después de la toma de Vicksburg, y el presidente Lincoln contestó a los que lo acusaban de beodo: “Traedme un poco de ese whisky que toma Grant, para repartirlo a algunos de los generales de la Unión, que bien les vendrá.” ¡ Quién nos diera hoy el ron en que San Martín bebía la embriaguez sagrada de la victoria!

La verdad es que el general era de un estómago débil, que apenas podía soportar el alimento; que guardaba abstinencia por necesidad, usando los licores con suma moderación. Lo que más bebía era agua mineral, que hacía traer de un paraje inmediato a Santiago, que llamaban Apoquindo, abonando doce reales al mes al mozo que la conducía. Su gran vicio era el abuso del opio, que usaba en forma de morfina como medicamentación ordinaria para calmar sus dolores neurálgicos y reumáticos, a fin de conciliar el sueño. Por eso se ve en su cuenta figurar una partida de treinta y siete pesos para renovar el botiquín. Su pequeño vicio era el uso del cigarro. En siete meses redujo a cenizas tres mazos de tabaco colorado, dos pesos de tabaco negro y tres de cigarrillos, lo que suma veintitrés pesos cuatro reales, o sea poco más de un real y cuartillo diario en humo, para inocente solaz del que, en Chacabuco y Maipo, envolvió la bandera argentina con el humo inflamado que despidieron sus cañones. Así como economizaba la pólvora y cuidaba de sus cartuchos, él mismo picaba su tabaco, y la tabla y el cuchillo con el que lo hacía se conservan aún como recuerdo de sus austeras costumbres. Aquí termina la cuenta del vencedor de Chacabuco, digna de figurar al lado de la de Washington, porque son los gastos modestos de un grande hombre en medio de un gran triunfo, que hoy tal vez no satisfaría al vencedor de una guerrilla. Realza el mérito del héroe argentino, que Washington era rico y San Martín pobre; que el primero hizo la guerra únicamente en el territorio de su país, y el otro fue un verdadero conquistador; que el uno tenía que rendir cuentas a un congreso y San Martín únicamente a sí mismo. ¡Ambos tenían en su propia conciencia un constante centinela de vista! En el transcurso de estos siete meses que hemos anotado con cifras, hizo San Martín un viaje a Buenos Aires, con el objeto de concertar la expedición a Lima. El gasto más considerable que con tal motivo hizo, creemos que fue una mula de paso para pasar la Cordillera.

El cabildo de Santiago puso a su disposición la cantidad de diez mil pesos en onzas de oro, rogándole los emplease en gastos de viaje. El general contestó aceptando el regalo, pero destinándolo a la formación de una biblioteca pública en Chile, diciéndole: “La ilustración es la llave que abre las puertas de la abundancia”. Y pudo agregar, “la economía de los dineros públicos, la que las asegura.” Fue en aquella ocasión cuando el gobierno argentino decretó una pensión de cincuenta pesos a favor de la hija de San Martín, con la cual pudo más adelante ayudar a su educación. De regreso a Chile, fue sorprendido en Cancha Rayada. El bravo Las Heras se le presentó a los pocos días con el uniforme hecho pedazos trayéndole la tercera parte del ejército salvado por él en aquella noche infausta. El general dio orden de que se le entregase la mejor casaca de su guardarropa: ¡su mejor casaca estaba remendada! Después de Maipo, su segundo, el general don José Antonio Balcarce, asistió al tedéum que se celebró en acción de gracias, con una camisa que le prestó un amigo ¡Grandes tiempos aquellos en que los generales victoriosos no tenían ni camisa! En recompensa de sus grandes servicios el congreso de las Provincias Unidas le votó, en 1819, una casa para él y sus sucesores, adjudicándole una situada en la plaza de la Victoria, que se compró a la testamentaría de la familia Duval, y que después ha sido conocida con el nombre de Riglos. La república de Chile le regaló una chacra, como una muestra de su gratitud. En Mendoza tenía una pequeña casa en la Alameda y una quinta en sus alrededores, compradas con sus escasos ahorros de soldado. Tal era la fortuna territorial del vencedor de San Lorenzo, de los Andes, de Chacabuco y Maipo, al emprender su memorable expedición del Bajo Perú libertado. Contaba para subsistir en ese país con un dinero que había confiado a un amigo, y con el producto de la venta de su chacra. Otro amigo, que comprara ésta como por favor no pudo llenar su compromiso, y tuvo que volver a recibirse de ella, sin que le produjera renta. La cantidad en depósito se había disipado, y sólo quedaban de ella “unos cuantos reales”, según lo dice él mismo, sin insistir más sobre este desfalco.

Sigámosle al imperio de los Incas, veámosle más poderoso que Pizarro, y pudiendo disponer de más oro que el que pesaron en sus balanzas los conquistadores del templo del sol. En el Perú vivió con más fausto que en Chile: distribuyó medio millón de premios entre los jefes de su ejércitos, contentándose él con recamar de oro su uniforme, con el objeto de deslumbrar a la aristocracia de aquella corte colonial, que él consideraba poderosa en la opinión. Declarado protector del Perú, se hizo decretar un sueldo de treinta mil pesos anuales lo que, en su tiempo, fue muy criticado, y con razón, pues aun cuando fuese menor que el que gozan sus actuales presidentes, entonces el dinero valía más y era más necesario. Empero, él no empleó su sueldo sino gastos de representación pública, sin poner de lado un solo real. Y es de tomar en cuenta que siendo árbitro absoluto de hombres y cosas, al abdicar el mando supremo se le debían dos meses de sueldo de Protector y capitán general, según consta de la liquidación que el Perú le formo más tarde. Al abandonar para siempre, en 1822, las playas del Perú cuyos tesoros le acusaban sus enemigos haber robado, sacó por todo caudal ciento veinte onzas de oro en su bolsillo; y por únicos expolios, el estandarte con que Pizarro esclavizó el imperio de los Incas, y la campanilla de oro con que la lnquisición de Lima reunía su tribunal para enviar sus víctimas a la hoguera. El general San Martín llegó a Chile, triste, vomitando sangre, y fue saludado con una explosión de odio por parte del pueblo que había liberado. Postrado por la enfermedad, y lastimado por la ingratitud, pasó sesenta y seis días en cama, hospedado por amistad en una quinta de los alrededores de Santiago, a inmediaciones del famoso llano de Maipo. Apenas convaleciente, se le presentó uno de sus antiguos compañeros pidiéndole una habilitación, creyéndolo millonario, según se decía. Con tal motivo escribió con pulso trémulo y desgarradora ironía a su amigo O’Higgins, peregrino como él: “Estoy viviendo de prestado. Es bien singular lo que me sucede, y sin duda pasará a usted lo mismo, es decir, están persuadidos de que hemos robado a troche y moche. ¡ Ah, pícaros ! ¡ Si supieran nuestra situación, algo más tendrían que admirarnos” El gobierno del Perú, noticioso de su indigencia, le envió dos mil pesos de sus sueldos. Con esta plata y algunos otros pequeños recursos que se allegó, pudo pasar a Mendoza, en 1823, donde hizo la vida pobre y oscura de un chacarero.

Trasladado en el mismo año a Buenos Aires, se le recibió como a un desertor de su bandera, y se le consideró indigno de pasar revista en el ejército argentino. La aldea donde había nacido era un montón de ruinas, y su joven esposa había muerto en su solitario lecho nupcial. Sólo le quedaba una hija, fruto de una unión de que apenas gozara. Inválido de la gloria, divorciado de la patria, viudo del hogar, renegado por los pueblos por él redimidos, pisando, enfermo y triste, los umbrales de la vejez, el libertador de medio mundo tomó a su hija en brazos y se condenó silenciosamente al ostracismo . ¡Su patria le miró alejarse con indiferencia, y casi con desprecio! San Martín, como Washington -lo han dicho otros ya- fue un gran filósofo político, así en sus costumbre sencillas como en sus tendencias morales, que revestían el carácter del más espontáneo desinterés. La máxima que reglaba su conducta, era ésta: “Serás lo que debas ser y si no, no serás nada. “ Había sido todo, no era nada, y ya no quería ser otra cosa. En el antiguo mundo (Europa), el gran capitán dado de baja por su propia voluntad y asistente de sí mismo, recorrió a pie Inglaterra, la Escocia, la Italia y la Holanda. La ciudad de Banf, en Escocia, le confirió la ciudadanía por presentación de lord Macduff, su compañero de armas en la guerra de España, descendiente de aquel héroe de Shakespeare que mató con sus propias manos al asesino Macbeth. Igual honor le concedió la de Canterbury, por recomendación del general Miller, su compañero de glorias en América. Al fin fijo su residencia en Bruselas, prefiriendo este punto por su baratura. Puso a su hija en una pensión, ciñéndose él a vivir con lo estrictamente necesario en un cuarto redondo, sin permitirse subir jamás a un carruaje público, no obstante residir en los suburbios de la ciudad. Agotados sus recursos al cabo de cinco años, se decidió a regresar a la patria, en 1828. La patria le llamó cobarde al acercarse a sus playas, el día 12 de febrero de 1828, precisamente en el aniversario de San Lorenzo y Chacabuco. El volvió entonces al eterno destierro, sin proferir una queja.

Al abandonar para siempre el Río de la Plata, realizó la venta de la casa donada por la nación, la cual le produjo poco, a causa de la depreciación del papel moneda en que le fue pagado. Esta casa y cinco mil pesos abonados por el estado, para conservación de ella, según una cláusula de la donación, es todo lo que San Martín recibió de la República Argentina, además de la pensión a su hija, en premio de sus históricos servicios. Años después, en 1830 y 1831, solicitaba por dos veces una limosna del único amigo que le quedaba en América (O´Higgins). He aquí sus angustiosas palabras: “Estoy persuadido empleará toda su actividad, para remitirme un socorro lo más pronto que pueda, pues mi situación, a pesar de la más rigurosa economía, se hace cada día más embarazosa.” A la espera de este socorro pasó un año y dos años más, y en 1833 fue atacado por el cólera, juntamente con su hija, viviendo en el campo y teniendo por toda compañía una criada. Su destino, según propia declaración, era ir a morir en un hospital. Un antiguo compañero suyo en España, el banquero Aguado, famoso por sus riquezas, vino en su auxilio, y le salvó la vida, sacándolo de la miseria. “Esta generosidad (decía el mismo San Martín en 1842) se ha extendido hasta después de su muerte, poniéndome a cubierto de la indigencia en el porvenir.” Llególe al fin el socorro pedido a América. Su compañero y amigo el general O’Higgins le enviaba tres mil pesos. Con este recurso, pagó las deudas contraídas en su enfermedad, aplicando el remanente a la compra de las modestas galas de novia con que su hija debía adornarse al unir su destino al del hijo de uno de sus viejos compañeros de fatiga. ¡Triste es pensar, en este día, en que las argentinas visten los colores de la bandera que nuestro gran capitán batió triunfante desde el Plata al Chimborazo, que el primer vestido de seda que se puso su hija fue debido a una limosna! Y esa limosna no fue hecha por un argentino, sino por un chileno, después que un español le hubo ofrecido el bálsamo del Samaritano. Es el caso decir con el poeta: “Si no lloráis ¿Cuándo lloráis?” Pero aliviemos el alma de esta congoja, elevemos los corazones, y digamos que era lógico, era necesario para honor y desagravio de la virtud que al más grande de nuestros hombres de acción, no le. faltase la grandeza de estas pruebas, que darán temple a las almas de nuestros hijos, y que valen más que los puñados de oro con que pudimos y debimos aliviar la triste ancianidad de este ladrón de los tesoros públicos, según sus calumniadores que tuvo en perspectiva un hospital y se salvó con la limosna de dos extraños. La limosna le fue propicia, y produjo ciento por uno, como la semilla del Evangelio. Desde entonces pudo gozar de horas más serenas, aunque herido mortalmente por la enfermedad que debía llevarlo al sepulcro. Gracias al crédito de su generoso amigo el banquero Aguado, le fue posible adquirir por cinco mil pesos la pequeña propiedad de Grand Bourg, a orillas del Sena, donde el grande hombre, olvidado de sí mismo veía deslizarse sus últimos días en medio de las flores, que fueron una de sus pasiones y en medio de nietos, esos frutos de la vejez, que coronan el árbol sin hojas en el invierno de la vida. El Perú, que lo había olvidado, le pagó doce mil pesos a cuenta de los haberes atrasados desde 1823, ajustándolo a razón de medio sueldo, como general en retiro, y aún cuando a su muerte le debía por igual procedencia ciento sesenta y cuatro mil pesos, ha hecho cumplido honor a sus leyes, abonándolos a sus herederos. Chile, que lo había borrado de su memoria y de su historia por el espacio de veinte años, lo incorporó al fin a su ejército, en 1842 declarándole el sueldo de general en perpetua actividad. ¡Unicamente su patria, la República Argentina, no le ofreció ni el óbolo de Belisario! Así, en medio de este apacible ocaso, consolado por estas tardías reparaciones casi póstumas, ejercitando por pasatiempo higiénico los oficios de armero y carpintero, y perturbado a veces por aberraciones de que no tenemos derecho a pedirle cuenta, se extinguió esta dramática existencia en los misterios del vaso opaco de la arcilla humana. Su organización robusta había sido hondamente trabajada por la acción del tiempo y la actividad de las grandes pasiones concentradas. Los dolores neurálgicos fueron el tormento de su juventud, y los reumáticos el de su edad viril, que reaccionaron al fin sobre los órganos digestivos y respiratorios. Su muerte empezó por los ojos. La catarata, esa mortaja de la visión, como se ha llamado, empezó a tejer su tela fúnebre. Cuando su médico, el famoso oculista Sichel, le prohibió la lectura - otra de sus grandes pasiones- su alma se sumergió en la oscuridad de una profunda tristeza.

La muerte asestó el último golpe al centro del organismo. El aneurisma, esa perturbación de la corriente vital de la sangre en las vidas agitadas, que convierte sus últimos movimientos en prolongadas percusiones de agonía, apagó su gran corazón. “Esta es la fatiga de la muerte!” dijo al expirar; ¡No! ¡Era la fatiga que ultimaba su carne, al tiempo de renacer a la vida elemental de la inmortalidad!


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