Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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Libertador José de San Martín
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DOCUMENTOS

091 | Relatos de contemporáneos - Recopilados por José Luis Busaniche

San Martín

A las Memorias del general Miller, (tomo 1), pertenece esta silueta: “Los hechos y proezas del general San Martín se han especificado en la narración de estas Memorias, y algunas veces con particular aplauso, pero siempre estrictamente sujetos a la verdad y a la justicia. San Martín es alto, grueso, bien hecho y de formas marcadas; rostro interesante, moreno y ojos negros rasgados y penetrantes. Sus maneras son dignas, naturales, amistosas, sumamente francas y que disponen infinito a su favor. Su conversación es animada, fina e insinuante, como la de un hombre de mundo y de buen trato. Las amistades que contrae son sinceras y duraderas; sus costumbres son sencillas, poco dispendiosas y sin ostentación, pero nobles y generosas. Escribe bien su idioma y habla muy bien el francés. Aunque ha tenido enemigos políticos, siempre fue personalmente popular; y aun cuando su ejército pesaba demasiado sobre los recursos de una provincia, los habitantes hablaban de él con respeto y entusiasmo. Tanto en la formación del gobierno del Perú, como en las épocas anteriores, manifestó lo profundo de su juicio y discernimiento, eligiendo hombres de talentos distinguidos, como Jonte, Monteagudo, Guido, García del Río y otros. “Si algunas veces fue menos dichoso en la elección de jefes militares, no debe atribuirse a falta de discernimiento. Con respecto a sus miras políticas, San Martín consideraba la forma de gobierno monárquico constitucional, la más adecuada para la América del Sur, aunque sus principios son republicanos, pero es la opinión decidida de cuantos se hallaron en el caso de poderla formar correctamente, que jamás tuvo la menor idea de colocar la corona en sus sienes, aunque se cree que hubiera ayudado gustoso a un príncipe de sangre real a subir al trono del Perú.” Guillermo Miller.


Don José de San Martín

En 1843, Juan Bautista Alberdi le encontró en París y después concurrió a su casa de Grand Bourg: “París, 14 de Septiembre de 1843. “El primero de septiembre, a eso de las 11 de la mañana, estaba yo en casa de mi amigo el señor D. Manuel J. de Guerrico, con quien debíamos asistir al entierro de una hija del señor Ochoa (poeta español) en el cementerio de Montmartre. “Yo me ocupaba, en tanto que esperábamos la hora de la partida, de la lectura de una traducción de Lamartine, cuando Guerrico se levantó exclamando: “¡El general San Martín!” “Me paré lleno de agradable sorpresa, a ver la gran celebridad americana que tanto ansiaba conocer. Mis ojos clavados en la puerta por donde debía entrar, esperaban con impaciencia el momento de su aparición. Entró por fin, con su sombrero en la mano, con la modestia y apocamiento de un hombre común. ¡Que diferente le hallé del tipo que yo me había formado, oyendo las descripciones hiperbólicas que me habían hecho de él sus admiradores en América! Por ejemplo: Yo le esperaba más alto, y no es sino un poco más alto que los hombres de mediana estatura. Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado; y no es más que un hombre de color moreno, de los temperamentos biliosos. Yo le suponía grueso, y sin embargo de que lo está más que cuando hacía la guerra en América, me ha parecido más bien delgado; yo creía que su aspecto y porte debían tener algo de grave y solemne; pero lo hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha, aunque grave, desnuda de todo viso de afectación. Me llamó la atención su metal de voz, notablemente gruesa y varonil. Habla sin la menor afectación, con toda la llaneza de un hombre común. Al ver el modo cómo se considera él mismo, se diría que este hombre no había hecho nada de notable en el mundo, porque parece que él es el primero en creerlo así. Yo había oído que su salud padecía mucho, pero quedé sorprendido al verle más joven y más ágil que todos cuantos generales he conocido de la guerra de nuestra independencia, sin excluir al general Alvear, el más joven de todos. El general San Martín padece en su salud cuando está en inacción y se cura con sólo ponerse en movimiento. De aquí puede inferirse, la fiebre de acción de que este hombre extraordinario debió estar poseído en los años de su tempestuosa juventud. Su bonita y bien proporcionada cabeza, que no es grande, conserva todos sus cabellos, blancos hoy casi totalmente; no usa patilla ni bigote a pesar de que hoy los llevan por moda hasta los más pacíficos ancianos. Su frente, que no anuncia un gran pensador, promete sin embargo una inteligencia clara y despejada; un espíritu deliberado y audaz. Sus grandes cejas negras suben hacia el medio de la frente, cada vez que se abren sus ojos llenos aún del fuego de la juventud. La nariz es larga y aguileña; la boca, pequeña y ricamente dentada, es graciosa cuando sonríe; la barba es aguda. “Estaba vestido con sencillez y propiedad: corbata negra atada con negligencia, chaleco de seda negro, levita del mismo color, pantalón mezcla celeste, zapatos grandes. Cuando se paró para despedirse, acepté y cerré con mis dos manos la derecha del grande hombre que había hecho vibrar la espada libertadora de Chile y el Perú. En ese momento se despedía para uno de los viajes que hace en el interior de la Francia en la estación del verano. “No obstante su larga residencia en España, su acento es el mismo de nuestros hombres de América, coetáneos suyos. En su casa habla alternativamente el español y el francés, y muchas veces mezcla palabras de los dos idiomas, lo que le hace decir con mucha gracia, que llegará un día en que se verá privado de uno y otros o tendrá que hablar un patois de su propia invención. Rara vez o nunca habla de política. Jamás trae a la conversación, con personas indiferentes, sus campañas de Sud América; sin embargo, en general le gusta hablar de empresas militares.”Juan Bautista Alberdi.


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