Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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DOCUMENTOS

094 | La repatriación de los restos - Por Enrique Mario Mayochi

Con la llegada de los restos del Libertador a la Argentina el 28 de mayo de 1880 quedaba cumplido el deseo testamentario de que su corazón fuese depositado en Buenos Aires. Todo el país contribuyó para que tan fausto suceso se concretara y el traslado se hizo en un navío de la Armada Nacional conducido por las expertas manos de nuestros marinos. Aquí esperaban y recibieron a esos restos los argentinos todos, encabezados por Avellaneda, Mitre y Sarmiento, los tres ciudadanos que hasta ese momento habían ejercido el mando presidencial en Buenos Aires. Lo realizado para traer a la Argentina los restos ha sido ya estudiado en sus aspectos generales y narrado por distinguidos historiadores, de los que recordaré ahora a José Pacifico Otero, el ilustre fundador del Instituto Sanmartiniano, y a Isidoro Ruiz Moreno, nuestro colega en la Academia Sanmartiniana. Por ello, no he de volver sobre lo ya sabido, sino que trataré de desarrollar, analizar o profundizar, según los casos, cuatro aspectos de tan importante asunto. El primero se refiere a determinar cuál fue la verdadera razón por la que los restos del Libertador se trajeron a Buenos Aires solo tres décadas después de ocurrida su muerte y de conocerse su deseo testamentario. En segundo término, destacaré los méritos de la comisión nacional que tuvo a su cargo realizar la repatriación de los venerados restos y la participación que tuvo en ello la comunidad argentina. Después evocaré cómo el periodismo porteño cumplió con su misión informativa y rindió homenaje al Libertador en ese memorable 28 de mayo de 1880. Finalmente, analizaré cómo y cuándo fue elegida la Catedral por el gobierno municipal de Buenos Aires para que allí recibiese sepulcro definitivo el Padre de la Patria y cómo ese recinto fue cedido cordialmente por el Arzobispado porteño. Comenzaré, pues, con la búsqueda de la razón por la que debió aguardarse hasta 1880 para que fueran traídos los restos del héroe.


Primero

San Martín testa por tercera vez y definitiva el 3 de enero de 1844. Al hacerlo señala decisiones, órdenes y mandas: que se suministre una pensión a su hermana María Elena; que su sable sea entregado al general Juan Manuel de Rosas; que no se le hagan funerales; que su cadáver sea conducido directamente al cementerio sin ningún acompañamiento; que se devuelva al Perú el estandarte que el creía ser de Francisco Pizarro. En la cuarta cláusula testamentaria se suceden una prohibición, una disposición y un deseo. Aquélla se refiere a la no realización de funerales, como ya se ha dicho; la disposición, también ya mencionada, a que sus restos sean conducidos sin acompañamiento al cementerio. Por último, “desearía que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires”. Esto, o sea un deseo que no obliga, muestra una vez más su discreción y su respeto por la libertad de decisión del prójimo. Son disposiciones claras y precisas, cuyo cumplimiento estará a cargo de su hija Mercedes y de su yerno Mariano Balcarce. Será Mercedes quien privadamente cuidará de que las mandas sean ejecutadas; será Balcarce quien las asumirá públicamente . El 30 de agosto de 1850, corridos trece días desde el deceso del héroe, Mariano Balcarce comunica la triste noticia al gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, como también que los venerados restos fueron depositados en la bóveda de la Catedral boloñesa (en aquel tiempo en construcción) “hasta que puedan ser trasladados a esa capital, según su deseos, para que reposen en el suelo de la patria querida”. En la ocasión, Balcarce también comunica el contenido de la cláusula tercera del testamento Sanmartiniano y, en consecuencia, que el sable será remitido al gobernante porteño “tan pronto como se presente una ocasión”. Agreguemos que ésta se dio poco después y que Rosas llevó el corvo consigo cuando, tras ser vencido en la batalla de Caseros, se marchó de Buenos Aires rumbo al exilio. En cuanto al llamado Estandarte de Pizarro, digamos que le fue entregado por Mariano Balcarce al ministro del Perú, señor Pedro Gálvez, el 21 de noviembre de 1861. O sea en el día en que los restos del Libertador fueron trasladados desde la Catedral de Boulogne-sur-Mer al panteón familiar de Brunoy.

¿Por qué tuvieron que pasar treinta años para que los restos del Libertador -el corazón en primer término- se trajesen a Buenos Aires? La demora llama más la atención si se tiene en cuenta que se produjo a pesar de conocerse el deseo de San Martín y que en otros casos -el de Rivadavia, por ejemplo- ocurrió en forma inversa. Lo cierto es que, desde casi el momento del deceso, se habló y escribió acerca del traslado de los restos. Así, Felix Frías, que asistió a las exequias, dirá poco después que el cadáver permanecerá en el templo boloñés hasta “que sea conducido más tarde a Buenos Aires, donde según sus últimos deseos, deben reposar los restos del general San Martín”. También se menciona el posible traslado en la conocida nota necrológica que el señor Alfredo Gerard publicó en Boulogne-sur-Mer, nota en la que se recordó que, según los votos de San Martín, sus restos mortales serían transportados a Buenos Aires. Por otra parte, cabe recordar que, con fecha 1 de noviembre de 1850, el ministro de Relaciones Exteriores de la Provincia de Buenos Aires, don Felipe Arana, comunica a Balcarce que el gobernador Rosas le previene por su intermedio que “luego que sea posible proceda, a verificar la traslación de los restos mortales del finado general a esta ciudad por cuenta del gobierno de la Confederación Argentina para que, a la par que reciba de este modo un testimonio elocuente del íntimo aprecio que su patriotismo le hacía merecer de su gobierno y de su país, quedé también cumplida su ultima voluntad”. Por razones públicamente desconocidas, Mariano Balcarce no llevó adelante lo dispuesto por el gobierno porteño. En los años siguientes no se habló más del asunto, por lo menos en forma pública. Resulta incomprensible que así haya ocurrido de no mediar alguna razón fundamental, quizá esa de la que hablaré después. Porque, en principio, parece que hubiera sido posible para el gobierno porteño realizar ante la familia de San Martín alguna gestión con cierta probabilidad de éxito. Dos razones había para ello: San Martín señaló expresamente a Buenos Aires como sede última para su corazón y Mariano Balcarce era agente diplomático del gobierno porteño. Llegamos así a 1.862, año en que fue inaugurado en la ciudad de Buenos Aires el monumento a San Martín, dispuesto por la Municipalidad porteña. En la ceremonia que se realizó con tal motivo, habló el General Mitre, a la sazón gobernador provincial y encargado del Poder Ejecutivo Nacional, quien dijo que el pedazo de tierra argentina en que se asentaba el pedestal de la estatua era el único ocupado por San Martín en su país “mientras llega el momento en que sus huesos ocupen un pedazo de tierra en ella”. Tengo para mí que fueron muy pocos los que entendieron el mensaje existente en lo más hondo de esas palabras: “mientras llega el momento...”. Poco tiempo después de la inauguración del monumento, Mariano Balcarce escribía el 4 de septiembre de 1862 desde Inglaterra, una carta dirigida a D. S. R. Albarracín. En uno de sus párrafos decía lo siguiente: “A Buenos Aires correspondía dar ese ejemplo de justicia y reparación que, no dudo, será muy pronto imitado por Chile y el Perú que deben principalmente su independencia a aquel benemérito argentino, de cuya abnegación y desprendimiento no ofrece otro ejemplo la historia de nuestra revolución. Ud., mi señor Albarracín ha sido el ciudadano elegido por la Providencia en suerte para llevar cabo no sólo este acto de justicia del pueblo argentino, sino también para ser autor de la moción ante las Cámaras para la traslación de los restos mortales del General que aún reposan en el hospitalario pueblo francés.”. Dos años después, en 1864, siendo Mitre presidente de la Nación, será cuando el Congreso sancione la ley que asegure los fondos necesarios para la repatriación de los restos del héroe. El correspondiente proyecto de ley fue presentado por el diputado Martín Ruiz Moreno, a quien acompañó en la oportunidad con su firma don Adolfo Alsina. Corresponde señalar que, por la ley sancionada, el Congreso daba autorización al Poder Ejecutivo para hacer los gastos que demandase la traslación a la República de los restos del Libertador. El proyecto de Ruiz Moreno, en cambio, disponía. en primer término, que “el Poder Ejecutivo practicará inmediatamente las diligencias que fueren necesarias para trasladar la República Argentina los restos del benemérito general José de San Martín”. Ciertamente, en apariencia nada se hizo tras la promulgación de la ley. Pero también es cierto que ningún ciudadano ni institución, siquiera el propio autor del proyecto de ley, requirió públicamente que se urgiera la traslación de los restos o presentase un pedido de informes al Gobierno sobre el estado del asunto, ya estuviese el Poder Ejecutivo a cargo de Mitre, o de su sucesor, Domingo Faustino Sarmiento.

Interín, como en 1.949 recordó el historiador Tomás Diego Bernard (h), el presidente del Perú, José Balta, dispuso que se erigiese en Lima una estatua al Libertador y que se trasladasen sus cenizas a la mencionada ciudad capital. El contenido de dicho decreto le fue comunicado a Mariano Balcarce por don Pedro Gálvez, ex presidente del Consejo de Ministros del Perú durante el mandato de Balta. “Suponemos -decía Bernard en un articulo publicado en la revista Tellus de la ciudad de Paraná, Entre Ríos- cuánta habrá sido la emoción y gratitud del hijo de San Martín ante esta prueba de lealtad y aprecio del Perú a su Protector. Qué disponía el decreto de honores, y cuál fue su resolución al respecto, lo sabemos con exactitud a través del testimonio que nos brinda la carta que sobre el particular escribió poco después al general Bartolomé Mitre, de fecha 24 de junio del año 1.869 y que se conserva hoy en el Museo Mitre...”. La misiva de Balcarce dice así en la parte relativa al tema que nos ocupa: “Ahora tengo el gusto de incluirle el decreto del presidente Balta, relacionado a la erección de la estatua del Gral. San Martín, y al traslado de las respetables cenizas de éste a Lima, a lo que no me ha sido posible adherir por haber anteriormente contraído otro compromiso con mi gobierno, a más de lo dispuesto en una cláusula testamentaria de mi Padre a ese respecto.” Corrió el tiempo hasta el 28 de febrero de 1875, día en que fallece Mercedes San Martín de Balcarce en Francia, cuando estaba próxima a cumplir los cincuenta y nueve años de edad. El 1 de abril siguiente, o sea apenas pasado un mes desde el deceso de la hija del Libertador, el diario La Nación, de Buenos Aires, da lugar en sus páginas a una carta firmada por un suscriptor, quien se domicilia en Córdoba 541. La carta, que lleva fecha del día anterior, 31 de marzo, dice textualmente: “He leído un suelto en el diario de ayer en el cual, hablando de una carta del general Alvear sobre la muerte del general San Martín, se hace presente que habiendo pasado veinticinco años desde la muerte de este ilustre guerrero, sus restos descansan olvidados todavía en el suelo extranjero. Me parece, señor, que a pesar de lo muy justo de su patriótico recuerdo, convendría hacer conocer ciertos hechos que darán alguna luz sobre este punto. Bajo la administración del general Mitre se tomaron serias medidas para el transporte al seno de la patria de las cenizas de San Martín. Un caballero francés hizo arreglos con el gobierno y se le confió esa importante comisión. Pero se dice que encontró dificultades insuperables para llevarla a cabo. Según nos ha informado una persona muy versada y competente en materia de Historia Nacional, y conocida ilustración en todo lo referente a ella, esas dificultades consistieron en negativa que opuso la señora de Balcarce, única hija del general San Martín, a la realización de los deseos del presidente Mitre. La Sra. de Balcarce, fundada en un sentimiento natural y piadoso, dijo que por nada consentiría en separarse de los restos de su glorioso padre, y que mientras ella viviera en el suelo de Francia, allí permanecerían esos restos, para poderles tributar siempre el homenaje del amor filial. Esta versión debe ser cierta pues, de otra manera, no se explicaría cómo la administración Sarmiento no ha dado ningún paso en ese sentido. Pero hoy, señor, las circunstancias han cambiado. La Sra. Balcarce ha, desgraciadamente, fallecido, según lo anunciaron todos los periódicos de esta capital, hace un mes poco más o menos. Por consiguiente, ha llegado el momento de la reparación. Los restos de San Martín deben ser transportados cuanto antes a Buenos Aires para que reciban la unánime oración que merece en el pueblo del que se alejó para siempre en 1829, por las miserias y las infames calumnias de sus enemigos políticos. Si el Sr. Balcarce persiste en las mismas ideas que dominaban a su esposa, recuerde que en los restos de este ilustre muerto tendrá derecho a todo, pero no al corazón, que San Martín legó a Buenos Aires. Es de esperar, por consiguiente, que el Gobierno Nacional, inspirándose en los sentimientos de verdadero patriotismo, satisfaga cuanto antes los legítimos derechos del pueblo argentino”. Las afirmaciones hechas en esta carta no fueron ni desmentidas ni refutadas en las ediciones siguientes de La Nación, lo que permite suponer que resultaron aprobadas o compartidas por todos, amigos del fundador del diario o no. Por otra parte, no cuesta mucho aceptar que la persona muy versada y competente en materia de Historia Nacional, y conocida por su ilustración en todo lo referente a ella, a la que alude el anónimo autor de la carta, no era otra que Mitre, quien -no es osado suponerlo- alentó o promovió la redacción de esa carta del anónimo suscriptor para salvar de alguna manera la equivocada afirmación hecha por un redactor poco avisado del propio diario. Diario en el que, cabe recordarlo, se venía publicando desde el 1 de marzo anterior la “Introducción a la Historia de San Martín”, firmada por Mitre en la cárcel del Cabildo de Luján, donde permaneció detenido largo tiempo tras su participación en la frustrada revolución de 1874. Lo dicho en la carta reproducida debió corresponder a la estricta verdad histórica. Y es de suponer que no sólo y sucesivamente conocían el íntimo pensamiento de la Sra. de Balcarce los presidentes Mitre y Sarmiento, sino que también era partícipe de él uno de los firmantes del proyecto de ley de repatriación, o sea don Adolfo Alsina, gobernador de Buenos Aires durante parte de la presidencia de Mitre, vicepresidente de la Nación con Sarmiento y ministro de Guerra y Marina del presidente Avellaneda. Lo que se viene diciendo fue también afirmado en la revista francesa “Correo de Ultramar”, del 1 de mayo de 1880, una de cuyas copias se conserva en el Archivo General de la Nación y que es recordado por el doctor Isidoro Ruiz Moreno en su trabajo antes mencionado. Bastará reproducir el principio de la crónica de la partida desde Francia de los restos del Libertador hecha por “Correo de Ultramar” para comprobar su coincidencia con lo expresado cinco años antes desde las columnas del diario de Mitre. Así, se dice esto: “Todos los gobiernos que han venido acreditándose en la República Argentina habían deseado verificar la traslación de los restos del ilustre general que reposaban en la tierra hospitalaria de la Francia desde el año de 1850 en que murió. Mientras vivió la digna hija del general, la distinguida señora doña Mercedes San Martín, esposa del ministro argentino en París, don Mariano Balcarce, fueron vanos estos deseos; la amante hija no quiso separarse en vida de los restos de aquel a quien debía el ser.“Pero la muerte vino también a arrebatarla, y todo un pueblo, y en su nombre su gobierno, a reclamar nuevamente las cenizas del Patricio, que no podía ni debía resistir a los deseos de toda una nación que reclamaba para ella la honra de poseer los restos de uno de sus más esclarecidos hijos”. No resulta necesario encarecer la coincidencia que existe entre lo dicho en la carta firmada por “un suscriptor” en 1875, lo afirmado en Francia al partir de allí el buque que transportaba los restos del Libertador y alguna de las expresiones contenidas en la antes recordada carta enviada por Mariano Balcarce al señor Albarracín. Sobre la base de lo expuesto, de los testimonios dados y de las reflexiones hechas con sentido lógico, nos parece que esta fuera de duda que la repatriación de los restos de San Martín no se realizó antes por alguna razón mezquina propia de sus compatriotas, sino, simplemente, por la decisión de su hija de tener los restos paternos junto a sí durante los días de vida que Dios le deparase a ella. Y esto resulta mas indudable si se piensa que, de haberlo querido, Mercedes podría haber repatriado los restos de su padre sin que mediase intervención oficial alguna. Casi nos animaríamos a decir que el tejido de rumores, versiones, interpretaciones y suposiciones hecho en torno de la repatriación de los restos de San Martín es uno más, y no el postrero, de los forjados para intentar vanamente ensombrecer la gloria del héroe o empequeñecer el amor que sus compatriotas le profesaron y le profesan. Recordemos, por último, que entre los que tomaron ubicación junto a los restos del Libertador cuando éstos llegaron al país en 1880 se contaban quienes ya en 1862, año en que se inauguró su estatua en Buenos Aires, poseían perfiles políticos destacados o desempeñaban cargos gubernativos de relevancia. Obviamente, quienes habían propiciado o apoyado la erección de ese monumento no serían, a la vez, olvidadizos lectores de la voluntad testamentaria del héroe. Quienes se contaban entre sus primeros reivindicadores y biógrafos, tales Mitre y Sarmiento, no podían, como supremos magistrados del país, ni oponerse a la traída de los restos ni olvidarse de hacerlo. Más cuando los posibles obstáculos financieros estaban allanados desde 1864, año en que el Congreso votó el proyecto de ley de Ruiz Moreno. Estimo que lo aquí recordado contribuirá a concluir con esta especie de complejo de culpa que nos afecta, esta especie de reproche que nos hacemos aún los argentinos por no haber repatriado rápidamente los restos del Libertador. Creo que podemos decir, asegurar y sostener que el deseo de San Martín acerca del definitivo lugar de reposo para su corazón se vio demorado en su cumplimiento por la decisión de su hija Mercedes, firme en su posición de dejar en suspenso la ejecución de la cláusula testamentaria hasta, por lo menos, su muerte. Así fue afirmado tras su deceso y no fue desmentido ni por su esposo Mariano Balcarce ni por su hija Josefa.


Segundo

Pasemos ahora al segundo de los asuntos que deseamos abordar, o sea, la ejemplaridad de la Comisión Nacional que organizó la repatriación de los restos y la vasta adhesión popular que logró su convocatoria. A comienzos de 1877 han corrido dos años de la muerte de Mercedes San Martín de Balcarce y falta uno para que se cumpla el centenario del nacimiento del Libertador. En este comienzo del año la actuación política del país muestra cambios favorables y se van restañando las heridas dejadas por la revolución de 1874. Se está pisando ya el umbral de la Conciliación, o sea una nueva etapa que, a la vez, permita y obligue a todos a participar en la lucha política dentro del terreno de la Constitución. El presidente Nicolás Avellaneda estima que, sobre la base de lo que ya viene haciendo la Municipalidad porteña, el momento es propicio para hacer un llamado al pueblo. Lo formula el 5 de abril, día en que se cumple un nuevo aniversario de la batalla de Maipú, y convoca a todos “para reunirse en asociaciones patrióticas, recoger fondos y promover la traslación de los restos mortales de don José de San Martín para encerrarlo dentro de un monumento nacional, bajo las bóvedas de la Catedral de Buenos Aires”. Seis días después, el 11, Avellaneda firma el decreto de creación de la Comisión encargada de restituir a la Patria los restos del Libertador. La comisión designada se constituye el 24 de abril, a las cuatro de la tarde, en las antesalas del Senado de la Nación. La integran inicialmente el vicepresidente de la Nación, don Mariano Acosta, que será su presidente; el presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, don Salvador María del Carril; el presidente de la Municipalidad de Buenos Aires, don Enrique Perisena, quien ya ha tenido mucho que ver con las gestiones de repatriación; el general Julio de Vedia; don Antonio Malaver; el secretario del Senado, don Carlos Saravia, y el secretario de la Suprema Corte de justicia de la Provincia de Buenos Aires, don Aurelio Prado y Rojas, quien fallecerá corrido un año. Esta comisión funcionará durante casi cuatro años, hasta el 6 de abril de 1881, día en que realizará su última reunión y dará por concluido su cometido. La atenta lectura de las actas de las reuniones efectuada por la Comisión impresiona tanto por su sencillez como porque reflejan una actividad inteligente cumplida sin desmayos y con responsabilidad. Todo fue pensado, analizado, resuelto y ejecutado: desde la invitación a los gobiernos de las provincias para constituir Comisiones locales, lo que se acordó en la primera sesión, hasta la rendición final de cuentas y la devolución de fondos sobrantes, lo que se aprobó en la postrera.

Por aquello de que el estilo es el hombre, nos animamos a decir, sin desmedro para nadie, que la Comisión fue lo que era Mariano Acosta. Muchos años después, don Luis Sáenz Peña lo señaló como “el ciudadano honrado, el ciudadano que representa la austeridad”. La Comisión fue honrada y austera. Prácticamente, no incurrió en gastos de funcionamiento, salvo los propios de la adquisición de elementos de escritorio y librería; no tuvo mas personal estable que un escribiente y no necesitó de asesores rentados; sus ordenanzas fueron los del Senado, quienes se prestaron a cumplir la doble función, y no incurrió en gastos ni de franqueo ni telegráficos por gozar de las exenciones correspondientes. Pero no sólo debemos destacar lo relativo al módico presupuesto de la Comisión. Esta fue mucho mas importante por la obra que realizó, atendiendo a la vez a los más diversos asuntos y aspectos que hacían a la repatriación de los restos de San Martín. La documentación de la Comisión se conserva, felizmente, en el Archivo General de la Nación y su atenta lectura confirma plenamente lo dicho. Allí están desde la decisión tomada respecto de un ofrecimiento de retratos del Libertador hasta la ardua tramitación del concurso convocado para escoger un proyecto de mausoleo. El ejemplar funcionamiento de la Comisión se evidencia también por lo realizado tras la llegada de los restos del Libertador. Se remiten notas de agradecimiento a cuantos han colaborado para el mejor éxito de la empresa y se dispone el destino final de los elementos utilizados durante las ceremonias. Así, se decide donar a la Catedral los terciopelos y demás enseres que sirvieron para la decoración del carro fúnebre; éste, por decisión del Gobierno, será entregado a la Municipalidad porteña y los cordones del féretro, obsequiados como recuerdo a Mariano Acosta, Eustaquio Frías, Arístides Villanueva, José María Moreno, Manuel Quintana, Ceferino Araujo, José Benjamin Gorostiaga, Sixto Villegas, Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento, Manuel María Escalada, José Prudencio de Guerrico, Carlos Pellegrini y Gerónimo Espejo. Con relación a la rendición de cuentas, digamos que en total ingresaron casi un millón cuatrocientos mil pesos de la moneda corriente por entonces, correspondiendo, en cifras redondas, ochocientos cincuenta mil a la colecta popular y noventa mil a la realizada en las guarniciones militares. El resto lo aportaron el Gobierno Nacional y la Municipalidad porteña.

Respecto de esa colecta popular, recordemos que hubo una amplia y generosa colaboración tanto de parte de las comisiones provinciales como de instituciones y personas. Así, por ejemplo, el Círculo Médico Argentino colabora con más de seis mil pesos, integrados, entre otros, por Ignacio Pirovano, Rafael Herrera Vegas, Pedro A. Pardo, Ricardo Gutiérrez, Manuel Augusto Montes de Oca, José María Ramos Mejía, Domingo Sicardi y Domingo Cabrera. El ministro de Guerra y Marina, general Roca, contribuye con mil pesos y el general Mitre, con quinientos. Los empleados de la Casa de Gobierno, entre los que se cuenta Marcelino Ugarte, dan más de siete mil pesos. La comisión de estudiantes de la Facultad de Humanidades y Filosofía remite tres mil cuatrocientos, reunidos entre docentes y alumnos, tales como Matías Calandrelli, Amancio Alcorta, Aristóbulo del Valle, Ernesto Quesada y Eduardo Navarro Viola. El rector del Colegio Nacional de Corrientes, don Santiago Fitz Simon, remite ochenta y seis pesos fuertes, reunidos por profesores y alumnos. El presidente Avellaneda dona seis mil pesos de moneda corriente. El director de la Escuela Normal de Paraná, don José María Torres, remite ciento treinta y seis pesos fuertes, reunidos por los profesores, entre los que figuran don Pedro Scalabrini, empleados y alumnos, uno de los cuales es Alejandro Carbo. El personal de la cañonera Paraná contribuye con ochenta y tres pesos fuertes, que se descontarán de los haberes que el Gobierno les adeuda. Aportan desde el comandante, teniente coronel Laserre, hasta el foguista, Carlos Rose. La colecta realizada en la provincia de Buenos Aires supera largamente a todas las otras contribuciones. La comisión bonaerense es presidida por el general Eustaquio Frías, uno de los sobrevivientes de las guerras por la Independencia, y tiene por secretario a Carlos Pellegrini. El 19 de agosto de 1878, Frías avisa a Acosta que pone a disposición de la Comisión Central 350.000 pesos corrientes, dos libras esterlinas y bonos municipales por valor de 210.000 pesos corrientes. También aquí esta presente la contribución de las escuelas normales, en este caso las dos fundadas por Mariano Acosta en 1874. Los argentinos residentes en la Banda Oriental mandan 637 pesos fuertes y el cónsul en Gran Bretaña, don Carlos Calvo y Capdevila, remite 25 libras esterlinas reunidas entre los pocos argentinos que allí residen. El director de la Escuela Normal de Tucumán, señor Stearn, manda 49 pesos fuertes, “pequeña cantidad -dice-que sirva al menos para indicar que los jóvenes aspirantes al magisterio se interesan vivamente en este acto nacional de justicia póstuma”. No es sencilla la contabilidad de la Comisión porque las donaciones en metálico llegan en oro, plata o cobre, ya sean onzas áureas, cóndores, libras esterlinas, napoleones, monedas brasileñas o plata fuerte. Gran parte de los envíos hechos desde el noroeste se efectúan en moneda boliviana. En homenaje al espacio, no podemos seguir con la lista de los donantes, mas lo mencionado es suficiente para tener idea de la fervorosa adhesión que despertó en los corazones argentinos el llamado hecho por la Comisión de repatriación. Cerraremos la mención entonces, con el ofrecimiento hecho por el pueblo santafesino de San Lorenzo, que está dispuesto a remitir dinero y gajos del pino histórico. Señalemos, finalmente, que un peso fuerte equivalía a veinticinco pesos de moneda corriente. Esta recordación de la Comisión que presidió Mariano Acosta no puede omitir señalar que su gestión culminó en uno de los momentos más difíciles vividos por el gobierno que presidía Nicolás Avellaneda y cruciales para la Provincia de Buenos Aires. Precisemos esto con la simple mención de algunas fechas y hechos: el 11 de abril hubo comicios en todo el país para designar electores de presidente de la Nación. El 1 de mayo quedo inaugurado el período legislativo bonaerense con un discurso del gobernador Carlos Tejedor, quien más que hablar pareció hacer sonar clarinadas de guerra. El 10 de mayo, 30.000 ciudadanos se reunieron en la Plaza de la Victoria para participar del llamado Mitin de la Paz. La situación política se fue complicando mientras por el río llegaban cargamentos de armas. El 28 arriban los restos del héroe. Tres días después, el conflicto se agudiza y el 2 de junio el presidente Avellaneda se marcha al vecino pueblo de Belgrano (hoy Barrio de Belgrano), al que erigirá en capital provisoria de la Nación. Paralelamente, se entabla la lucha armada y en pocos días habrá cientos de muertos y heridos. La breve reseña hecha sirve para valorar aun más la acción de la Comisión, cuyo presidente, Mariano Acosta, vive por esos días el tremendo conflicto surgido en el espíritu de quien es integrante del Gobierno Federal y, a la vez, porteño por nacimiento y autonomista por militancia.


Tercero

Hecho el recuerdo de la Comisión que presidió Mariano Acosta, a cuya acción no podemos menos que seguir admirando y destacando, pasemos al tercer asunto que deseamos señalar a la consideración de todos. Nos referimos a la acción periodística realizada con motivo de la repatriación de los restos del héroe y a la presencia de los hombres de prensa porteños en el acto de su desembarco y traslado a la Catedral. En cuanto a la acción periodística, digamos que se hizo presente desde la convocatoria formulada por el presidente Avellaneda, en abril de 1877, por medio de artículos editoriales de apoyo y una constante información de lo actuado por la comisión nacional, información que se acrecentó al máximo en los postreros días de mayo de 1880. De esta suma de información, nos parece conveniente destacar la que realizó como cronista el recordado Ernesto Quesada, el único argentino civil que tuvo el privilegio de participar del viaje inaugural del transporte Villarino, buque que recibió los restos de San Martín en el puerto francés de El Havre y los condujo a Buenos Aires. La emotiva y completa crónica de Quesada fue publicada por el diario La Nación en su edición del 25 de mayo de 1880. Señalamos que muchos después, merced a la sagaz investigación realizada por el ingeniero Enrique Landini, hubo oportunidad de conocer el contenido del libro de bitácora del Villarino, lo que constituye también un valioso aporte para el mejor conocimiento del histórico viaje. En los días previos y posteriores a la llegada de los restos, la información periodística fue amplísima, incluyendo muchísimos datos harto interesantes, los que no es posible referir en la presente ocasión por el espacio que ello insumiría. En cambio, sí creo que es de justicia recordar la participación personal de los periodistas porteños en las ceremonias de recepción de los restos del Libertador. La convocatoria para esa participación fue hecha por Bartolomé Mitre, Juan Carlos Gómez, Juan José Lanusse y Manuel Bilbao, quienes para mejor proveer invitaron a los directores y redactores de los diarios nacionales y extranjeros a la reunión por realizarse el jueves 27 de mayo, a las 2 de la tarde, en la redacción de La Nación, sita en la calle San Martín 208 de la antigua numeración, o sea la casa del propio Mitre, hoy convertida en museo.

Durante la mencionada reunión, que presidió Mitre, se resolvió que a la cabeza del grupo marchase el doctor Bilbao en mérito a que aquél y el doctor Gómez ya tenían fijados puestos obligatorios en otros lugares de la procesión. También se acordó señalar como punto de reunión para el día 28, a las 12, la imprenta de La Nación, o sea, como antes se dijo, la casa de Mitre, y que al frente de la columna periodística hubiera un pendón blanco y celeste enlutado y con esta inscripción: “La Prensa de Buenos Aires”. Otro acuerdo tomado fue invitar a la Sociedad Tipográfica Bonaerense, o sea la organización gremial de los obreros tipográficos, a integrar un solo grupo con los periodistas, invitación que quedo aceptada esa misma tarde. También se decidió que los miembros de la prensa vistiesen traje negro y que llevasen en el brazo izquierdo, como distintivo, un lazo con los colores de su respectiva nacionalidad. No resulto fácil contratar la confección del pendón por estar cerrados la mayoría de los comercios en ese 27 de mayo, día feriado por celebrarse la festividad del Corpus Christi. Se logró merced a la buena voluntad de los señores Brum, propietarios de la tienda “A la Ciudad de Londres”, y así el pendón fue hecho y entregado a los periodistas, con el carácter de obsequio, en la mañana del viernes 28, cuando ya se estaban encolumnando en la imprenta de La Nación.Para dar final a esta parte de la evocación, digamos que los hombres de la prensa desfilaron a la cabeza de un grupo del que también formaron parte, entre otros, los estudiantes universitarios , los miembros de la Sociedad Rural Argentina y del Club Industrial, los escribanos y procuradores, las sociedades del barrio de La Boca, los alumnos del Colegio Nacional y varios clubes de africanos.


Cuarto

Llegamos, finalmente, al cuarto aspecto que nos propusimos desarrollar. ¿Cómo y cuándo se decidió elegir a la Catedral de Buenos Aires para recinto destinado a guardar perpetuamente los restos del Libertador? ¿Fue la elección fruto de la inspiración del presidente Avellaneda y comunicada al pueblo en su antes recordada proclama del 5 de abril de 1877 o, acaso, ya estaba hecha desde tiempo antes? Cabe afirmar, sin posibilidad de error, que la decisión de dar sepultura definitiva a los venerados restos en la Catedral estaba tomada desde un año antes y que desde entonces se contaba con el asentimiento del Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires para así hacerlo. Los documentos que dan soporte a lo que desarrollaremos seguidamente están reproducidos en un folleto editado por la Municipalidad de Buenos Aires en 1877, folleto que en su edición original me fue obsequiado por el distinguido investigador e historiador Alberto Octavio Córdoba. Cuanto se dice en los documentos municipales antes mencionados tiene comprobación paralela en otros documentos, conservados éstos en el archivo del ya mencionado Cabildo Eclesiástico porque, felizmente, no sufrieron daño alguno en el salvaje incendio al que fue sometido la Curia bonaerense en la trágica noche del 16 de junio de 1955. Su conocimiento lo debemos al difunto historiador canónigo Ludovico Gracia de Loydi, quien lo dio a conocer en 1971. Vayamos, pues, a esos antecedentes. En 1870 se presentó don Manuel Guerrico a la Municipalidad de Buenos Aires para solicitar, en nombre de la familia del general San Martín , un terreno en el cementerio del Norte, o de la Recoleta, para colocar allí los restos del héroe. La petición se resolvió favorablemente y se acordó también que la Municipalidad construyera a sus expensas un monumento en ese terreno. El monumento no se construyó y en cambio se hizo, sí, un modesto mausoleo, sin embargo, tiempo después el terreno fue cedido a otra persona, situación que quedó sin efecto al reivindicar la corporación municipal sus derechos sobre ese terreno y quedar de su propiedad lo construido en él. Pasados los años y ya fallecida Mercedes San Martín de Balcarce, el señor Enrique Perisena, integrante de la Comisión Municipal, solicito a ésta que el mencionado mausoleo fuese mejorado y que, en virtud de la ley nacional de 1864, se comunicase al Poder Ejecutivo Nacional que se creía llegado el momento para disponer la traslación de los restos. Finalmente, también se proponía designar una comisión formada por cinco municipales para que se tratara de realizar los tramites previos a esa traslación, comisión a la que también se daba autorización para hacer los gastos necesarios. Todo fue aprobado por la Comisión Municipal el 4 de febrero de 1871.

No pasó mucho tiempo hasta que la comisión de municipales designada por la corporación porteña decidió que sería preferible la Catedral a la Recoleta como destino final para los restos de San Martín. Por ello, el 12 de abril solicitó al arzobispo León Federico Aneiros que interpusiera su influencia cerca del Cabildo Metropolitano para que éste destinara a tan patriótico objeto la antigua capilla bautismal existente en la Catedral. La nota de petición , firmada por José Prudencio Guerrico y refrendada por Santiago de Estrada, decía, también, que la Comisión se proponía erigir en el frente oeste de la capilla un altar dedicado a Santa Rosa de Lima, por ser Patrona de la América del Sud, y colocar, arrimado a la pared Sud, el sarcófago que encerraría “los restos del campeón de nuestra independencia”. El arzobispo Aneiros transmitió el pedido a los canónigos y estos prestaron por unanimidad su acuerdo a lo solicitado el 17 siguiente. Lo hicieron, según puede leerse en la nota remitida al prelado, “mirando como una de las preeminencias y de las glorias de la Iglesia metropolitana ser la depositaria de los restos de tan ilustre varón”. En virtud de este acuerdo dado por el Cabildo Eclesiástico, monseñor Aneiros dirigió el 19 de abril una comunicación a la corporación municipal en la que manifestaba que “consideraremos siempre como una gloria tener y custodiar el depósito de los restos del brigadier general don José de San Martín.” Corrido casi un año, la comisión municipal propuso al prelado el cambio de capilla por entenderse que la posible erección de un monumento mausoleo requería una superficie mayor que la del antiguo bautisterio. Monseñor Aneiros giró la nueva solicitud a los canónigos y éstos respondieron prontamente que accedían a la permuta del local y que, en consecuencia, el mausoleo proyectado seria erigido en la capilla por entonces dedicada a Nuestra Señora de la Paz. Poco después, el presidente Avellaneda hacia su ya recordada convocatoria al pueblo y en seguida se formaban en primer término la comisión provincial de Buenos Aires y después, la nacional. Todo esto llevó a la comisión constituida por la Corporación Municipal a dar cuenta de lo actuado hasta ese momento y a incorporarse, como fue decidido, a la comisión provincial. Por su parte, la corporación Municipal resolvió comunicar a la comisión provincial que contribuiría a la colecta con doscientos mil pesos corrientes y a remitir a la comisión nacional, para su conocimiento, todos los antecedentes del asunto, como también los diseños y planos de un mausoleo levantados en Italia por el escultor Tantardini, quien lo había hecho por pedido de la comisión de municipales. No fue este proyecto el finalmente escogido, sino el presentado por el escultor francés Albert Carrier-Belleuse. Y como su obra exigía determinadas condiciones, se dio forma octogonal a la capilla de Nuestra Señora de la Paz y se la extendió unos metros fuera del edificio catedralicio. En esa capilla y en ese mausoleo fueron depositados, finalmente, los restos del Libertador llegados el 28 de mayo de 1880 para que quedara cumplido su deseo testamentario. Hemos creído de interés tratar en la cuarta parte de este trabajo lo relativo a la sepultura de los restos de San Martín en la Catedral porque el asunto ha dado lugar a mas de una tergiversación y a alguna leyenda harto difundida. Con lo dicho entendemos haber dejado bien en claro que fue la Municipalidad de Buenos Aires la que gestionó la cesión de parte del recinto catedralicio y que la autorización debida fue dada por la autoridad eclesiástica por entender, como antes se dijo, que sería una gloria tener y custodiar los restos del Libertador. Cuanta otra cosa se diga no pasa de especulación infundada o añagaza malintencionada. Y allí están los restos venerados, allí, en la Catedral de Buenos Aires, donde recibió el sacramento del matrimonio, donde por años lucieron algunas de las banderas que tomó al enemigo en las victoriosas batallas por la independencia americana. Y hasta allí llegó durante muchos años la ciudadanía, encabezada por su Gobierno, respondiendo a la convocatoria del Instituto Nacional Sanmartiniano, para rendir homenaje a San Martín, junto a sus restos, en el día aniversario de su muerte. Se realice allí el gran homenaje anual o no, igualmente ingresan diariamente en el recinto sagrado cientos de argentinos y de extranjeros para honrar la memoria del héroe. Y así el Libertador, parafraseando al gran poeta Francisco Luis Bernárdez, sigue y seguirá convocando a todos sus compatriotas mientras el mundo de los hombres tenga días. Lo hace desde el silencio paternal de sus cenizas, debajo de las que hay un incendio que arderá hasta el fin.

Instituto Nacional Sanmartiniano
Ministerio de Cultura de la Nación