Argentina 200 años de Independencia

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098 | La Plaza San Martín de Buenos Aires - Por Guillermo Furlong S.J. (1889-1974)

El nombre de la plaza

Los días se deslizaban tranquilos y apacibles en el nuevo paseo de Marte, presidido por la estatua del general San Martín, frente a los antiguos cuarteles del Retiro, cuando a las siete y cuarto de la mañana del 9 de diciembre de 1864 se oyó un pavoroso estruendo. Había estallado el depósito de pólvora del cuartel, haciendo volar toda la esquina de su ala derecha. Los escombros cayeron sobre los soldados de dos compañías del Regimiento de Artillería que venían de hacer ejercicios en el hueco de las Cabecitas (plaza Vicente López). Según la crónica escrita por Santiago Estrada, aparecida el 18 de diciembre en el Correo del Domingo, el ruido que produjo el estallido fue horroroso. Todos los cristales de los alrededores se hicieron pedazos; las puertas y ventanas se abrieron, los revoques y cornisas del paseo del Retiro -dice Estrada, llamándolo por su antiguo nombre- desaparecieron, y los árboles y arbustos que lo adornaban se cubrieron de un manto de polvo. Los soldados del batallón segundo de línea y de la legión militar se consagraron a remover los escombros, esparcidos sobre la plaza, desplomados en masa sobre los cuerpos de los infelices soldados. El cura de la iglesia del Socorro y otros sacerdotes pronunciaron las palabras de la absolución sobre aquel sepulcro en el que la pólvora había enterrado vivos a cincuenta desgraciados. En el mismo número del Correo del Domingo fue publicada una patética litografía, dibujada por Henri Meyer, en la que se aprecia la magnitud de la catástrofe. Aparece volada la galería porticada del cuartel, dejando al descubierto las antiguas construcciones del siglo XVIII, medio destruidas también. Catorce años después, en 1878, con motivo de celebrarse el centenario del nacimiento del general San Martín, la Municipalidad resolvió que el nombre del paseo de Marte fuese reemplazado por el de plaza San Martín. La gestión para obtener el cambio no fue iniciada por los vecinos del Retiro, como pudiera suponerse, sino por los vecinos del barrio de Monserrat. La cuestión se vincula con una decisión del gobernador de Buenos Aires, general Rosas, que conviene esclarecer.

En el mes de noviembre de 1845 el cónsul argentino en Londres, Federico Dickson, se dirigió al general San Martín, que se encontraba en Nápoles, requiriendo su opinión sobre la intervención anglo-francesa en el Río de la Plata y las posibilidades de éxito que pudiera tener. La respuesta de San Martín fue categórica. En una notable carta, fechada el 28 de diciembre, explicó a Dickson los obstáculos que a su juicio habrían de impedir a las fuerzas europeas imponer sus condiciones de paz, desde el punto de vista militar, aunque la ciudad de Buenos Aires fuese tomada. La carta de San Martín fue publicada en el Morning Chronicle de Londres el 12 de febrero de 1846. Tuvo amplia difusión pública y evidente influencia en la posterior decisión del gobierno británico que en el año 1848 envió un nuevo ministro plenipotenciario, Mr. Henry Southern, con expresas instrucciones de arreglar las cuestiones pendientes con Rosas. No hay duda de que Rosas juzgó oportuno el momento para enaltecer de alguna manera el nombre del general San Martín, que estaba bastante olvidado en Buenos Aires, pero cuyas opiniones tanta importancia tenían para los ingleses. Como lo anota Beruti en sus Memorias curiosas, en el año 1848 Rosas dispuso algunos cambios de nombres en las calles y plazas de la ciudad. Entre ellos, ordenó que la plaza del Restaurador fuese denominada plaza del general San Martín. Se trataba del antiguo hueco de Monserrat donde se construyó en el siglo XVIII la primera plaza firme de toros de Buenos Aires. Fue llamado de la Fidelidad después de las invasiones inglesas para rendir homenaje a los soldados de color, naturales, fieles pardos y morenos que allí se adiestraron en el manejo de las armas y en memoria de los esclavos que voluntariamente se agregaron. En 1822 se llamó plaza del Buen Orden y en 1836 plaza del Restaurador Rosas. Estaba ubicada al lado de la iglesia del mismo nombre, entre las calles de Belgrano y Biblioteca (Moreno), a la altura de la del Buen Orden (Bernardo de Irigoyen). Hoy forma parte de la avenida 9 de Julio.

Según Pillado el cambio se realizó en el mes de marzo de 1849. El homenaje consistió en colocar en la plaza unas tablillas que decían: “Desde el 12 de diciembre de 1816 hasta el 12 de febrero de 1817. Jornada de los Andes”, sin alusión alguna a la batalla de Maipú ni a la campaña del Perú. Sea de ello lo que fuere, en el año 1860 los vecinos de Monserrat propusieron la formación en el lugar de un paseo denominado general Belgrano para levantar una estatua en honor del creador de la bandera. Esta plaza, expresaron, se denomina hoy del general San Martín, pero existe el proyecto, que el vecindario apoya, para que sea llamada general Belgrano. Por la plaza corre la calle de este nombre, y debe tenerse presente, agregaron, que la estatua del primero será levantada muy pronto en el paseo de Marte. La decisión, como siempre, demoró mucho tiempo. En el plano oficial publicado por Pedro Uzal, en el año 1879, por orden del jefe de policía, general Garmendia, aparecen por primera vez el antiguo paseo de Marte con el nombre de plaza San Martín y la plaza Monserrat con el de Belgrano. Los cuarteles del Retiro se mantuvieron muchos años sin modificaciones. El arquitecto Mario J. Buschiazzo, que revisó los expedientes y legajos que se conservan en el Archivo General de la Nación, probó que es un error creer que fueron reformados y reparados en el año 1855 por el ingeniero Eduardo Taylor, como se ha dicho y repetido. Buschiazzo pudo comprobar que las obras no se realizaron porque el ministro de Guerra y Marina de Buenos Aires, coronel Mitre, ordenó con fundadas razones que el asunto fuese aplazado hasta mejor oportunidad. Sólo en el año 1883 se agregó un angosto primer piso almenado sobre la edificación barroca del siglo XVIII, que era de una sola planta, con un torreón o garita, también almenada, en cada uno de los dos extremos. Se buscó, sin duda, con ello dar al edificio un mayor aspecto militar, según la concepción de la época. La gran puerta central también fue modificada. Sobre la cornisa grande de la primera construcción, en la que se leía la fecha en que fue edificada la galería porticada: Ano 1818, se levantó una torre cuadrada con coronamiento almenado.Pero los cuarteles, marcialmente remozados de esta manera, resultaron inapropiados en un lugar que pronto habría de transformarse urbanísticamente en uno de los sitios más selectos de la ciudad. En el año 1891, cuando estaba por cumplirse el centenario de las primeras construcciones, fueron demoIidas en forma total y definitiva para dar lugar a la instalación del Pabellón Argentino de la Exposición Universal de París que ya estaba en viaje hacia Buenos Aires.


La estatua de la Plaza San Martín

La iniciativa de erigir una estatua dedicada a perpetuar la memoria del General San Martín surgió después de una breve controversia en Santiago de Chile. En 1856, seis años después de la muerte del prócer, se formó una misión que debía proponer los homenajes a rendirse a los fundadores de nacionalidad en el país hermano. Esa comisión propuso que se levanta “sendas estatuas dedicadas al general José Miguel Carrera, al general Bernardo O’Higgins y a don Javier Portales. El ilustre historiador y publicista chileno don Benjamín Vicuña Mackenna escribió entonces un vibrante artículo en el diario “El Ferrocarril” de Santiago sosteniendo que “San Martín tenía ser incluido en el homenaje, levantándose también una estatua en su memoria.” Aceptada la iniciativa, se nombró una comisión especial encargada de reunir los fondos necesarios, contratar al escultor que haría el bajo, y llevar la estatua a Santiago para su instalación pública. Vicuña Mackenna fue el secretario de la comisión y principal ejecutor del proyecto. Eugenio Orrego Vicuña. académico correspondiente de la Academia Nacional de la Historia, ha publicado un conjunto de muy importantes e interesantes documentos relativos a este asunto. Vicuña Mackenna encomendó a su tío don Francisco Javier Rosales, representante diplomático de Chile en Francia, que hiciera las gestiones en París. Por recomendación del Conde de Nieuwerkerke, director general de los museos imperiales, Rosales requirió la colaboración del escultor Louis-Joseph Daumas, “que había hecho muchos caballos”, discípulo de David D’Anrs. La primera idea de Vicuña Mackenna fue hacer una estatua ecuestre en actitud de franquear una roca para evocar, sin duda, la aparición de San Martín en Chile a través de la Cordillera de los Andes. Pero tanto Daumas como Rosales opinaron que toda estatua ecuestre debe tener una base para colocar sobre ella al caballo, lo que no podría obtenerse haciendo salir el caballo de las piedras, principio de lógica sencilla que ha sido olvidado en un monumento instalado no hace mucho en Buenos Aires. N. del E.: presumimos que el autor se refiere al monumento al Quijote ubicado en una plazoleta de la Av. 9 de julio. Rosales celebró un minucioso contrato con el escultor Daumas. El general sería representado en el momento de lanzarse sobre el enemigo, en un caballo abalanzado, con las patas traseras apoyadas sobre el plinto y las manos levantadas. Para evitar el riesgo de las sacudidas de los temblores de tierra, frecuentes en Chile, el artista se comprometió a dar toda la solidez posible al punto de apoyo del caballo y a proporcionar además seis varillas hierro de un metro y medio de largo con unas grampas en el extremo y la rosca con tuerca de bronce en forma de piedra para atornillar el grupo escultórico al pedestal. San Martín debía vestir uniforme de general, llevando en la mano una madera coronada con una estatuilla de la Libertad. Los caballos de raza árabe, inglesa o normanda, no podían servir como modelo al caballo de la estatua. “EI señor Daumas elegirá un tipo intermedio”, dice el contrato. En cuanto a la faz artística y el tiempo de duración del trabajo se estableció que el escultor haría inmediatamente un boceto (pochade). Una vez aceptado el modelo, ejecutaría un segundo boceto de un cuarto de la dimensión de la estatua ecuestre. Este segundo boceto sería sometido a la aprobación de la comisión de expertos nombrada por el señor Rosales. Finalmente, procedería a ejecutar un modelo grande en yeso que serviría para la fundición en bronce. Todo lo cual demandaría un plazo no mayor de dos años. Lo primero que hizo el escultor Daumas fue estudiar la composición del grupo escultórico, jinete y caballo, frente a las exigencias que debía cumplir, o sea, conciliando la libertad de creación artística con la necesidad de asegurar al máximo posible la solidez de la estatua. Encontró un modelo magnífico que reunía las dos condiciones en la estatua ecuestre de Luis XIV, realizada por Francois-Joseph Bosio en el año 1822, que se levanta en la plaza de las Victorias en París. Bosio era uno de los escultores más importantes de Francia, autor de la cuadriga del Arco del Carrusel. El caballo de Luis XIV aparece abalanzado, afirmado al plinto por las patas traseras, y también por la cola, no por temor a los temblores de tierra, que en París no se producen, sino para integrar el grupo escultórico dentro de la concepción artística del autor. Pero aseguraba además la solidez del conjunto. En un viaje que hizo a Francia, Vicuña Mackenna tuvo oportunidad de ver la estatua de Luis XIV que serviría de modelo a la de San Martín. Según una noticia aparecida el 12 de agosto de 1858 en La Reforma Pacífica, periódico que publicaba Nicolás Calvo en Buenos Aires, Rosales pudo examinar en París, en el taller de Daumas, el caballo en yeso ejecutado como segundo modelo y quedó ampliamente satisfecho. Pudo calcularse entonces que en el año 1859 quedaría lista la estatua destinada a Chile (At. Adolfo L. Ribera). En realidad, la estatua, firmada y fechada por Daumas en 1860, fue fundida en este último año. A principios de 1861 llegó a Chile pero, por diferentes dificultades que se presentaron, la ceremonia de la inauguración se postergó dos años más, hasta el 5 de abril de 1863, 45to. aniversario de la batalla de Maipú. Cuando se supo en Buenos Aires que se había decidido en Chile hacer una estatua del general San Martín y que se había encargado el trabajo a Daumas, escultor de prestigio en París, la Municipalidad decidió rendirle igual homenaje. Encomendó para ello a la comisión de vecinos del Retiro, lugar donde sería emplazada la estatua, una doble tarea: por un lado, contratar la ejecución de la obra; por otro, remodelar el lugar formando un paseo en la plaza de Marte. La comisión fue presidida por don Joaquín Cazón, secretario fue don Leonardo Pereira. La comisión argentina pidió al escultor Daumas que hiciera una réplica de la estatua destinada a Chile, con dos modificaciones: la primera fue eliminar la bandera que San Martín empuña en la versión chilena. Este detalle tiene también su pequeña historia. Dice Vicuña Mackenna en uno de sus escritos que la primera idea había sido poner una espada en la mano del general pero que el escultor observó, con justicia, que aquella arma era más bien emblema de conquista que de redención, y por esto se cambió la espada por la bandera con la efigie de la Libertad. En nuestro monumento suprimir la bandera era lógico porque el creador de la bandera argentina no fue San Martín sino Belgrano. Daumas la suprimió y modificó el brazo derecho del prócer haciéndole señalar el camino de la gloria a sus soldados, como lo había hecho Théodore Géricault en el retrato litográfico de 1819.

En segundo lugar se pidió a Daumas que modificara la posición de la cola del caballo que en el modelo chileno aparece apoyada sobre el plinto. Como el equilibrio del grupo escultórico con la supresión de la bandera era perfecto y en Buenos Aires no existía el peligro de los temblores de tierra, Daumas accedió al pedido y modeló el caballo con la cola flotando en el viento. No hay duda de que con esta modificación mejoró la armonía del grupo escultórico que alcanzó un alto valor expresivo. En todo lo demás la estatua de Buenos Aires fue realizada sobre el mismo modelo en yeso de la chilena. Aparece, por eso, firmada y fechada por el artista en 1860, cuando, en realidad, fue terminada en 1861. El pedestal de mármol, procedente de Italia, llegó a fines de 1861. Los tres cajones con la estatua, consignados a don Leonardo Pereira, lo hicieron en el mes de marzo de 1862. Según La Tribuna del día 27 de marzo, el gran cajón que contenía el caballo fue desembarcado frente a la antigua batería del Retiro y conducido por numerosas yuntas de caballos por la barranca hasta la calle Arenales. El día 6 de junio del mismo año la estatua quedó instalada en su pedestal de mármol, hoy enteramente modificado. Fue inaugurada el día 13 de julio de 1862, o sea, un año antes de la ceremonia de Santiago. Mientras que el escultor Daumas hacía su trabajo en París, la comisión de vecinos dio cima a la tarea de preparar el paseo de Marte donde sería instalada la estatua. Realizado el concurso respectivo, el trabajo fue encargado al ingeniero Nicolás Canale, quien transformó totalmente el lugar. Comenzó por regularizar la plaza, fijándole una línea recta por el Norte a lo largo de la calle Arenales donde se encontraban los cuarteles construidos en el siglo XVIII. Levantó el terreno y lo rodeó con una reja de hierro que servía de balconada sobre la calle y abrió nueve escalinatas de mármol para facilitar el acceso. Las entradas por los dos puntos extremos estaban señaladas por dos altos pilares de mampostería en cada uno de los cuales debía colocarse un león, “tomando como modelo los de Canova”, o sea, los leones yacentes de la tumba del Papa Clemente XIII que se encuentra en la basílica de San Pedro en el Vaticano. En el centro fue instalada una hermosa fuente. Todo quedó preparado para agregar dos estatuas de bronce, una, la del general San Martín, y otra, la del general Belgrano, según Mitre.

La estatua fue colocada mirando hacia el Este en el lugar central del paseo, señalado por Canale, en forma paralela a los cuarteles, o sea, a la calle Arenales. La ceremonia de inauguración ha sido recordada muchas veces. Fue presidida por el general Mitre, gobernador de Buenos Aires, encargado del Poder Ejecutivo nacional después de la batalla de Pavón. Hablaron además de Mitre, que pronunció un notable discurso, el general Enrique Martínez, nombrado padrino de la ceremonia en reemplazo del general José Matías Zapiola, que se encontraba gravemente enfermo, el Dr. Cosme Beccar por la Municipalidad de Buenos Aires, el Sr. Buenaventura Seoane, ministro del Perú, el general Tomás Guido, antiguo ministro de San Martín en Lima, y el general Lucio Mansilla, comandante de la guardia de honor que custodiaba el monumento. En la comitiva, en lugar destacado, estuvieron los miembros de la comisión para la formación del paseo de Marte. Un año después, cuando se inauguró la estatua en Chile, instalada finalmente en la Alameda de Santiago, don Benjamín Vicuña Mackenna publicó un interesante libro sobre la personalidad y la obra del general San Martín en América. En el último capítulo se refirió a la estatua haciendo una crítica muy severa al trabajo del escultor en lo relativo al caballo. “La parte más bella, dice Vicuña Mackenna, es sin disputa el rostro de San Martín, cuya expresión admirablemente concebida es el reflejo de la idea de redención que ha querido simbolizar el artista... “En la ejecución del caballo el escultor no ha sido tan feliz. Se le recomendó imitara, en lo posible, un caballo chileno para lo que se le hizo presente, (careciendo de un modelo apropiado) que reprodujera un término medio entre el caballo normando y el árabe, que tienen, el uno la fuerza y el otro la agilidad de la raza andaluza, pues ésta es la misma de Chile, aunque ventajosamente alterada en este país. En la combinación de aquellos tipos, como era de temerse, agrega finalmente, el escultor no ha alcanzado un éxito completo, porque el caballo no tiene propiamente el carácter fijo de una raza y resalta, en consecuencia, cierta disconformidad en sus proporciones y sobre todo en la cola cuya forma es del todo innatural.” Resulta un poco difícil aceptar en todo su alcance este juicio crítico de Vicuña Mackenna, porque el escultor, que nunca vio un caballo chileno como Vicuña lo reconoce, sólo pudo representar un caballo como los que observaba diariamente en París. En cuanto a la cola, cuya forma pare innatural a Vicuña Mackenna, ya se ha dicho que el escultor Daumas se inspiró para realizar la versión chilena en la estatua ecuestre de Luis X, utilizando la cola como tercer punto de apoyo para asegurar el grupo escultórico al plinto. Pero lo hizo en forma excesivamente rígida, que la torna innatural, como la calificó Vicuña Mackenna, y puede verse en la fotografía de la estatua tomada de perfil. En una nota agregada a su libro, Vicuña dice: “Puede alegarse como disculpa de este contrasentido artístico, que careciendo la estatua de un punto de apoyo bastante sólido, en un país sujeto a temblores, ha sido preciso hacer este atroz sacrificio al arte. ¡Malditos temblores!”. Esta nota fue suprimida en las obras completas, pero puede leerse en la edición príncipe y en sus reediciones posteriores. Considerada en su conjunto la escultura de Daumas, tanto en la versión chilena como en la Argentina, no fue una obra maestra, ni pretendió serlo, pero, dadas las circunstancias, fue un trabajo digno del objeto tratado, aceptado por Rosales y los expertos que la examinaron en París, y por contemporáneos que la celebraron como la primera estatua ecuestre levantada en Buenos Aires. Unidas por su estrecho origen común, las dos estatuas de San Martín son verdaderas hermanas gemelas. Ambas conservan su prístino sentido. La Chile sigue siendo, en la Alameda de Santiago, testigo de la historia. La Buenos Aires, en la plaza de su nombre, con el marco del pedestal monumental que se le agregó en 1910, simboliza y une a los argentinos más allá “de las diferencias circunstanciales que los dividen.”


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