Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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DOCUMENTOS

099 | San Martín y los poetas argentinos - Por Arturo Berenguer Carisomo

Ningún otro héroe, ni militar, ni civil, nacido en tierra argentina estimuló como San Martín la inspiración de nuestra poesía culta; subrayo lo de culta por lo que diremos al final. Prueba de su grandeza es el hecho curioso y no repetido de que, salvo mareados silencios, no hay generación de poetas, desde los pseudoclásicos a los contemporáneos, que no hayan exaltado al Capitán de los Andes. Sin agotar el tema, en este bicentenario de su nacimiento, creo resultará interesante y, acaso, testimonial, echar una rápida ojeada a ese rico acervo lírico.


Los poetas de mayo

Como es muy sabido, “La Lira Argentina”, impresa en París el año 1824, incluye, como en su Proemio decía el compilador, las piezas poéticas o de simple versificación que han salido en Buenos Aires durante la guerra de la Independencia. De las ciento quince piezas represadas en “La Lira”, cerca de veinte están dedicadas a San Martín y otras tantas podemos separar de la Colección de poesías patrióticas de 1824. Rivadavia, siendo Ministro de Martín Rodríguez, en 1822, ordenó a la “ Sociedad literaria” componer este último florilegio finalmente encargado a Esteban de Luca. Sólo en 1826, sin tapas ni pie de imprenta, circuló el volumen con escasos ejemplares bien pronto convertidos en una rareza bibliográfica. La Colección reproduce con escasas variantes las composiciones de “La Lira”, agrega algunas otras y ofrece la ventaja de consignar en casi todas los nombres de los autores, nombres ausentes en el repositorio de Ramón Díaz. La primera floración lírica sanmartiniana aparece después de Chacabuco (12 de febrero de 1817). Exaltan la victoria sendas composiciones del Cnel. Juan Ramón Rojas, Esteban de Luca, Fray Cayetano Rodríguez, es decir, que ni San Lorenzo ni esa empresa realmente asombrosa de la preparación del Ejército de los Andes en un país deshecho y sin recursos fueron motivos suficientes de inspiración. Se recogerían, como veremos, mucho más tarde. Maypo (abril de 1818) fue el detonante para una verdadera explosión de cármenes laudatorios; entre “La Lira” y La Colección podemos contar bastantes más de veinte textos. Cantan la decisiva victoria: Vicente López y Planes, Esteban de Luca, Juan Ramón Rojas, Fray Cayetano Rodríguez, Juan Cruz Varela, José Agustín Molina y Miguel de Belgrano. A estos poetas de la llamada “generación del año 10”, incursos en “La Lira”, ésta agrega otras composiciones anónimas: una octava real de “ Los Oficiales de la Secretaría de Estado en el Departamento de Guerra y Marina”; la Alocución al pueblo de Buenos Ayres por “Un Niño”; el monólogo -Unipersonal, según la nomenclatura de la época- “El Triunfo” vagamente atribuido a Bartolomé Hidalgo; otra, “A la victoria de Maypo” con notas tan curiosas como llamar a Urania musa de la filosofía y dos Inscripciones probablemente destinadas a arcos triunfales alusivos, etcétera. Por su parte, La Colección registra otros dos poemas de López y una Canción del mismo, recogida en sus papeles por Gutiérrez ; un canto encomiástico gratulatorio de las madres capuchinas de Buenos Ayres debido a fray Cayetano Rodríguez; los versos del argentino Bernardo Vera y Pintado radicado en Chile en loor de San Martín y O’Higgins; la oda a la gloriosa jornada de Maypo firmada por “Un patriota” que no es otro sino Juan Crisóstomo Lafinur, recogida por Puig (tomo III) de los manuscritos de Gutiérrez, para concluir con los modestos versos del Pbro. Bartolomé Muñoz cura de San Salvador del Uruguay, entre ellos un soneto conceptista donde juega con la síncopa de Maypo - Mayo, asimismo proveniente del archivo Gutiérrez e inserto por Puig en el tomo IV de su citada Antología. Resultaría absolutamente inocuo analizar esta densa masa poética en cada uno de sus textos. Todos responden a una solución uniforme de estilo que bloqueaba el impulso de la fantasía personal; dicho de otro modo: la pesadumbre de la ya moribunda escuela pseudoclásica era de tal modo férrea que imponía sus cánones estereotipados al más ardoroso entusiasmo; sea la irrecusable cita mitológica: De Eurydice el esposo la deliciosa voz demandaría Al mismo Apolo su eco victorioso (LÓPEZ, A la victoria de Maypo); Acción más brava no verá Belona Ni defensa mayor Jove destina (JUAN RAMÓN ROJAS, Oda);Fuere que las descripciones de las batallas estén fraguadas en los moldes virgilianos y, en consecuencia, de hecho indiferenciadas; sea que por su proximidad de lengua quedaran fuertes reminiscencias de los españoles Quintana o Gallego en sus cantos heroicos contra Napoleón, el caso es que toda la impresión marcial, todo el posible realismo del hecho guerrero sanmartiniano se transfiere a un conglomerado de fórmulas esquemáticas igualmente válidas para Maypo o Chacabuco como para Bailén o Los Arapiles. No sería honesto dudar del auténtico fervor americanista de nuestros bardos civiles, sería injusto y menguado; lo enervante fue la imposibilidad de olvidar, de desechar sus latines, sus lecturas, aquel estilo tan dado, socorrido y prestigioso. Aunque cerca, y acaso barruntada, todavía estaba muy en agraz la libertad romántica. Cuando cayó Lima (julio de 1821) las liras volvieron a enardecerse con idéntico entusiasmo aunque en bastante menor proporción. “La Lira” sólo registra cuatro composiciones; son de Juan Cruz Varela, Esteban de Luca, Juan Crisóstomo Lafinur y una firmada por un anónimo J.M.Y.Abrigo la sospecha de que a San Martín, dado su temple, ya debía estragarle tanta poesía ditirámbica en su honor; distinto en eso, como en tantas otras cosas, de Bolívar (quien al recibir el canto de Olmedo A la victoria de Junín se entretiene en una crítica escrupulosa, como buen discípulo que fuera de Andrés Bello, a la vuelta de llamarlo sublime y no ocultar su satisfacción) el héroe de los Andes fue reacio a demasiadas alabanzas. Testimonio a mi juicio significativo es la breve historia del Canto Lírico a la Libertad de Lima de Esteban de Luca. La composición le fue encomendada por Rivadavia el 28 de septiembre de 182l. El poeta aceptó, y con esa facilidad torrencial que lo caracterizaba envió su canto antes de quince días con una nota explicativa donde no falta la mención de la trompa épica de Homero, mas donde se apunta un ligero cambio de orientación estética; dice: “yo he creído que debía usar de lo maravilloso de mi composición, pero no me he valido de la intervención de las deidades alegóricas de la fábula... Por eso me pareció acertado hacer que San Martín vea a la América sobre los Andes y las victorias de Chacabuco y Maipú; de hecho, y es notable indicio, esto supone una renuncia a buena parte del ya perimido arsenal pseudoclásico lo que hace de esta larga silva de quinientos dieciocho versos -especie de síntesis de las campañas del Libertador hasta Lima-una de las composiciones más felices y logradas de toda aquella poética sanmartiniana de signo clásico.”

Aprobado el texto por decreto del 16 de octubre de 1821, se premió al autor con una de las mejores ediciones de las poesías de Homero, Ossiam, de Virgilio, del Tasso y Voltaire. Suena con anticipada inquietud ese nombre del falso Ossiam entre los autores canónicos del neoclasicismo y el inevitable “déspota ilustrado” de Ferney. Mas a pesar de toda esta organizada ponderación oficial, San Martín - y es a lo que íbamos—contestó a De Luca amablemente, pero con manifiesto desabrimiento; la esquela merece copiarse “in extenso”: “Lima, abril 3 de 1822 Compañero y paisano apreciable: No es ésta la primera vez que Ud. me favorece con sus poesías inimitables: no atribuya Ud. a mi modestia esta exposición; pero puedo asegurarle que los sucesos que han coronado esta campaña no son debidos a mis talentos (conozco bien la esfera de ellos) pero sí a la decisión de los pueblos por su libertad y al coraje del ejército que mandaba; con esta especie de soldados cualquiera podía emprender todo con suceso. Quedo celebrando esta ocasión que me proporciona manifestar a Ud. mi reconocimiento, y asegurarle es y será su muy afectísimo paisano y amigo J.d.S.M.” Gratitud sin duda, pero acaso una tierna ironía y, en el fondo, un soterrado dejo de amargura. Faltaban sólo cuatro meses, ciento veinte días, para la entrevista de Guayaquil... Toda esta poemática recoge al héroe en su decisivo y fulgurante paso por América; quedaría para una literatura muy posterior cantarlo en su grandeza civil y en la melancólica tramontana de su gloria. Por eso, el espíritu mismo del gran soldado ha quedado intacto; todo se reduce a un sonoro panegírico -nuevo Aníbal, segundo Alejandro, Marte americano, etc.- sin ninguna emoción específica, sin nada que nos ofrezca del prudente guerrero una imagen estremecida y vital. Cualquier otro militar de la independencia -era, por otra parte, el rasgo estético de la intemporalidad pseudoclásica- podía haber sido el destinatario de idénticos adjetivos y similares formas retóricas.


Los románticos

Los elogios líricos cesan casi totalmente durante un largo período de medio siglo, vale decir, durante la vigencia de la promoción romántica. Tres podrían ser las Causas de este repentino y prolongado silencio. Bien sabido es -rasgo constante de todo cambio en la sensibilidad estética-cómo los hombres “del 37” reaccionaron en contra de la llamada “generación de mayo”, incluso, hasta con los reformadores del corto ciclo rivadaviano; los nuevos principios artísticos abominaban de todo aquel “stock” de verso pindárico y virgiliano de alta sonoridad y vaga reminiscencia clásica; en segundo lugar, cuando se pulsa la lira civil el enemigo está mucho más cerca y su tiranía -aquella que los poetas ya viejos habían atribuido a España como estímulo para la guerra- se daba ahora en la misma tierra y se sentía en carne propia: son los truenos de Mármol contra Rosas, que Menéndez Pelayo comparaba con los yambos de Arquíloco; son La insurrección del sur y el Avellaneda de Echeverría; las furibundas invectivas del tornadizo Rivera Indarte. Por último, no cabe olvidar cómo Rosas en sus mensajes a la Legislatura, hacía constantes referencias al héroe glorioso de nuestra independencia y las correspondientes cartas gratulatorias del Gran Capitán desde su exilio; y menos olvidar cómo (11 de enero de 1846) se disculpó por estar débil y enfermo de no ofrecer sus servicios para combatir el bloqueo anglo-francés: “injustísima agresión, -le escribe al Restaurador- y abuso de la fuerza contra nuestro país.” A todas luces era evidente que la poesía romántica se viera en la obligación partidaria, ya que no podía denostar al héroe de los Andes pues hubiera sido delito de lesa patria, sí, por lo menos, de callar su nombre. La política tiene a veces duras exigencias. Y resulta fácil testimoniar la proyección del silencio. Mitre, que sería su egregio historiador en los cuatro volúmenes de 1887 a 1890, en ninguna de las dos primeras ediciones de sus Rimas (1854 y 1876) dedica un solo poema al Libertador aunque quizá lo sea, si bien de un modo muy tangencial, la composición X del libro Primero: “Al Cóndor de Chile”. Nada tampoco en el tardío volumen Poesías de Juan María Gutiérrez, editado en 1869. Acaso sólo cabría mencionar, si como se ha querido ver es una trasposición alegórica de San Martín, “El cigarro” de Florencio Balcarce, hermano de Mariano,quien convivió

tres años, de 1836 a 1839, en el Grand Bourg con el Gran Capitán. Es aquella, escrita en 1838, en que el viejo guerrero caduco, en una especie de “comptentu mundi”, desprecia la gloria comparándola con lo efímero de un cigarro. Copio las estrofas 2, 4, 8, 9 y 10: Bajo sus ramas se esconde Un rancho de paja y barro, Mansión pacífica donde Fuma un viejo su cigarro Puedo, al fin, aunque en la mano Bebiendo a falta de jarro, Entre mis nietos, anciano, Fumar en paz mi cigarro La fama en tierras ajenas Me aclamó noble y bizarro Pero ya ¿qué soy? Apenas La ceniza de un cigarro Por la patria fui soldado Y seguí nuestras banderas En el campo ensangrentado Y en las altas cordilleras Aún mi huella está grabada En la tumba de Pizarro, Pero ¿qué es la gloria? Nada más que el humo de un cigarro. El título de este bellísimo y melancólico poema -escrito por un muchacho de diecinueve años- pertenece a Gutiérrez, quien también fue el primero en dar a conocer a este olvidado romántico quemado por la tisis en plena juventud, y el primero en destacar cómo Balcarce había evocado en ese viejo criollo la ancianidad del héroe de los Andes. También por primera vez, lejos de tópicos convencionales y deidades mitológicas, iba la poesía a lo más entrañable en el glorioso ocaso del Libertador.


La repatriación de los restos

El porfiado silencio fue roto entre los años 1877 y 1880. Son los años en que se promueve y lleva a cabo la repatriación de sus restos. Podría servir como de prólogo a esta nueva floración de verso sanmartiniano el soneto de Jorge Mariano Mitre “A la estatua de San Martín” al parecer escrito en 1862, el mismo año en que se inauguraba, un 13 de julio, el monumento que hoy admiramos en la plaza epónima. De ser exacta la fecha de la composición, aún con sus notorios defectos - vocablos repetidos, adjetivos ripiosos, rimas forzadas- se trataría de un verdadero milagro de precocidad supuesto que el autor sólo tenía para entonces diez años de edad. El segundo cuarteto dará una idea de lo que pudo llegar a ser aquel muchacho que se suicida en Río de Janeiro a los dieciocho:

Vaciada en bronce tu inmortal silueta De lauros y de luces coronada, Vibrar ya siente la fulmínea espada Que armó tu brazo, americano atleta. Los restos del héroe fueron desembarcados el 28 de mayo de 1880 -la Comisión designada por Avellaneda tramitaba el asunto desde 1877-, recibidos por el Gobierno en pleno y todo el personal de la Administración pública, según lo había dispuesto otro Decreto del 19 de mayo. Según parece -y es testimonio recogido, hace ya mucho tiempo, de labios de don Nicolás Avellaneda hijo- gran parte de aquellas ceremonias fueron algo así como una cortina de humo, una urgente motivación de fervor colectivo para dar largas a la tormenta que se veía venir y estalló cuatro meses después. Sea como fuere, el caso es que durante esos tres años, de 1877 a 1880, las liras heroicas no cesan de vibrar. Podemos abrir la serie con una de las composiciones más logradas, intensas y cumplidas sobre el tema cuyo riesgo, como siempre en estos asuntos, es el despeñadero de la monotonía y el tópico; en este caso, por conocida y admirada, creo que la vox populi nos puede ofrecer un aval de seguridad; me refiero, claro está, a la famosísima poesía: “El nido de cóndores” de Olegario Víctor Andrade, firmada en mayo del año 1877. Página del repertorio escolar -no creo exista estudiante argentino que no se haya visto en la obligación de recitarla alguna vez- y, por lo mismo, página muy difundida, esa repetida maceración no ha sido suficiente para quitarle nada de su inmarcesible diafanidad, lo cual supone que la composición representa un momento cenital y maduro en la trayectoria creadora de nuestro vigoroso poeta postromántico. Es de imaginar en su época, y en plena vigencia estética del verso sonoro y escultórico, el efecto que causaría su lectura, aquel mayo de 1877, en el viejo Colón de Buenos Aires frente a un público enardecido e incondicional de Andrade. El nido de cóndores acaudala la inapreciable virtud de su brevedad, que solía ser el lado flaco del autor de la Atlántida verboso y derramado como pocos; la figura del prócer, en la notable solución tropológica del cóndor, se recorta vigorosa y hasta con un relámpago de sublimidad, precisamente porque es producto de una sintética intuición lírica y no de un discurso retórico como era frecuente en esta hora de la poesía argentina atosigada por las soluciones estruendosas del último Víctor Hugo.

Sin cuidar poco ni mucho lo aventurado de la hazaña, al año siguiente, 1878, el poeta volvió sobre el tema en su Canto lírico - “San Martín” (Leído al pie de la bandera de los Andes), una nueva silva de cuatrocientas líneas, dividida en diez fragmentos. Hemos pasado de aquella intuición poética a la pura biografía narrada en verso; no es que esto sea ilegítimo; es que, dada la proximidad temporal, Andrade tenía fatalmente que repetirse, siendo, además, poco menos que imposible encontrara sobre el mismo motivo esa nota exacta y ejemplar de “El Nido de cóndores”. Aunque ambos poemas tratan, esa es la verdad, de no encimarse, la tonalidad es la misma con la diferencia de que, en el segundo, sus cortos momentos de intensidad se opacan y disuelven en su desmesurada extensión. Con tres composiciones tributó Martín Coronado -el poeta y dramaturgo- su homenaje a los actos de la repatriación: Maipo, en 1877, singular poema en que el héroe queda en segundo plano -la descripción de la batalla está resuelta con una desesperante certitud y prosaísmo de boletín de guerra- ahogado, a muchos años vista, por una andanada de dicterios contra España, repertorio ya agotado hacía por lo menos seis décadas. Publicó al año siguiente “El sueño de la patria” y, en 1879, “La Cautiva” en la que, aprovechando la coyuntura de las ceremonias, cantó su indignación por el despojo de las Malvinas, tema ya abordado por Andrade en los enigmáticos versos 195 a 200 de “El nido de cóndores”. No tenemos la fecha exacta, mas, por el contexto, podemos deducir que la “Fantasía poética” de Joaquín Castellanos fue escrita ya en el año 1880. En efecto, luego de hacer el cumplido elogio del prócer, ciertamente sin nada llamativo y tampoco sin mayor esfuerzo de originalidad, el poema concluye: Pero no alcemos cantos de alegría En las noches de luto de la patria; Porque una fiesta y sus lujosas pompas, Si al pueblo sus derechos arrebatan, Son como flores Y ricas galas Con las que adornan una pobre víctima Para arrancarle luego las entrañas, Manifiesta alusión al trasfondo político, ya señalado, de aquellas ceremonias. Aunque el poeta salteño regulariza su composición en veintitrés aparentes octavas, en realidad se trata de una silva con versos libres o asonantados machaconamente en la fórmula escrita en forma mecánica y, al parecer, más por obligación que por verdadera urgencia creadora. Hasta por razones filiales el asunto tenía que ser grato y aún conmovedor para Carlos Guido Spano, hijo de uno de los conmilitones más próximos al héroe evocado, mas era tal su reticencia y desgana para este tipo de poesía que su única contribución al florilegio sanmartiniano fue un desvaído y anémico soneto: “Ante los restos del Gral. San Martín”, firmado en mayo de 1880, e incurso luego en “Ecos Lejanos”; para dar cuenta de su periodística factura prosaica e informativa bastará con transcribir los cuartetos: Faltaba esa reliquia a nuestra tierra, Este homenaje a nuestro honor faltaba; La memoria del héroe reclamaba En la patria el sepulcro que hoy se cierra. Ante él se inclina el genio de la guerra, Cuya luz su alta mente iluminaba Cuando libre el pendón triunfante alzaba, Del mundo asombro, en la gigante sierra. Creo bastará con mencionar “La vuelta del héroe” de Enrique Rivarola fechada el 25 de mayo de 1880 y la composición recitada tres días después en el Colegio de la Inmaculada de Santa Fe: “Chacabuco y Maipo”, poema en octavas reales del párroco gualeguaychuense Luis N. Palma. Por expreso pedido de Bartolito Mitre, quien se lo arrancó casi a la fuerza para las celebraciones del año ochenta, escribió Gervasio Méndez -el becqueriano y doliente poeta inválido- un romance endecasílabo “A San Martín”. Las escasas cincuenta líneas de Méndez pueden acreditar el mérito de su templanza, la justeza de su brevedad y el decoro de no utilizar la figura del prócer para insistir en viejos y ya inútiles rencores, agitar cuestiones internacionales o hacer mérito de su nombre para explosiones de malhumorada “actualidad” política.Aunque veintitrés años posterior a este cielo poético del ochenta que podríamos denominar de la repatriación, creo debe incluirse en el mismo la bellísima y virgiliana oda de Adán Quiroga -el famoso jurista y arqueólogo sanjuanino de arraigo catamarqueño- titulada “Al ejército de los Andes”, premiada por la Academia del Plata el año 1903. Por la índole de su estilo, lo lógico hubiera sido colocarla directamente en el ámbito del modernismo si, dada su estructura, no fuera lo correcto considerarla como una pieza de transición. La oda ha perdido ya toda la sonoridad heroica y huguiana, apenas perceptible en pocos versos, para transformarse en un vasto lienzo colorido y autóctono mediante una instrumentación literaria con muy distinto registro del empleado hasta entonces; en rigor, no es un canto más a San Martín si bien éste queda implícito y potenciado; es un cuadro lírico de costumbres populares y castrenses elaborado sobre datos históricos concretos. No se trata pues de una nueva pieza postromántica de timbre huguesco ni una más en la antología del prócer; se trata de una elaboración personal de Quiroga esmaltada con aciertos de hermosa dicción: Al santiagueño Que no lleva otro atavío que sus ojos Atisbadores de la huyente abeja Era una aurina claridad, Enero En la afilada bayoneta ardía Sobre uno de los episodios más ricos y trascendentales en la epopeya sanmartiniana: la formación del ejército de los Andes. Hemos rescatado hasta once composición es de este período, la mayor parte de escaso valor literario. A los treinta años de la muerte del Gran Capitán y a los sesenta largos de sus campañas tenía que ser bastante templado y convencional ese fuego en que los bardos decían arrebatarse; el hecho era imposible aún mismo desde el punto de vista psicológico ya que no es humano sostener una tensión de entusiasmo a tan largo plazo, sobre todo, y a este respecto diremos algo más adelante, cuando el prócer -y ello, por supuesto, en nada amengua su egregia figura continental- no fue nunca un héroe trascendido legendariamente a la conciencia y emoción populares. En suma: había pasado mucho tiempo para que una sacudida legítima pusiera en vibración al sentimiento creador y demasiado poco para que la historia se transformara en mito susceptible de una reposada y poética elaboración literaria; en tales circunstancias, sólo quedaba el margen de la crónica versificada, el hablar de otra cosa aprovechando la coyuntura o el escándalo retórico de hierros y corceles, como ya lo fue en los pseudoclásicos, tan propicio a San Martín como a Aníbal. Sólo los dos poemas extremos de esta recensión: “El nido de cóndores” de Andrade y “Al ejército de los Andes” de Quiroga alcanzan valores suficientes de perdurabilidad. Es muy sencillo: el primero descubre un primer atisbo mitológico nativo en ese cóndor que ya quedará adherido para siempre a la simbología del héroe; el segundo, con un criterio mucho más agudo, resuelve la gesta fría y antigua en un caliente y dinámico cuadro de ambientación humana y popular; vale decir, de un modo u otro, los dos rozan eso que para el hombre será siempre lo eterno y esencial en la poesía: su mágico poder de transformación.


El modernismo

Un cambio tan radical de orientación estética como lo fue el modernismo hubo de suponer necesariamente para este motivo sanmartiniano de naturaleza épica y heroica una variante notable de instrumentación. Ya hemos visto el enfoque distinto de un poeta que, como Adán Quiroga, unía a su estro un singular dominio de saber folklórico y conocimientos históricos. Asordados los sones del período pseudoclásico y las explosiones victorhuguianas del postromanticismo, el tema no se extingue; presenta, en cambio, un doble aspecto superando lo que pudiéramos llamar la exclusiva nota marcial generalizada y tópica: o la gesta heroica se traduce en una imaginería de más rica tensión lírica llegando casi a lo simbólico o se busca ir a lo más entrañable y humano del hombre San Martín. Ignoro si el jefe indiscutido del modernismo, Rubén Darío, tan ligado a nuestra evolución literaria y tan fundamental para la misma, eludió voluntariamente ensayar su pluma en un tema donde no resultaba fácil escapar de rutas demasiado transitadas. Que yo sepa, y muy de refilón, sólo por dos veces y en breves renglones se refiere al motivo: en la famosa Marcha Triunfal escrita seguramente en la isla de Martín García - donde fuera invitado por el Dr. Prudencio Plaza- y que Jaimes Freyre leyó en el Ateneo el 25 de mayo de 1895, que se integraría luego a los Cantos de vida y esperanza de 1905: Los áureos sonidos anuncian el advenimiento Triunfal de la gloria; dejando el picacho que guarda sus nidos tendiendo sus alas enormes al viento los cóndores llegan. ¡Llegó la victoria! Las viejas espadas de los granaderos más fuertes que esos hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros, al modo de la nueva escuela, simbólicamente, sólo tres sustantivos: picacho, cóndores y granaderos nos hacen evocar por modo indirecto la hazaña de los Andes. El segundo texto sanmartiniano de Rubén son apenas ocho líneas de su Canto a la Argentina, escrito, como sabemos, para el Centenario de 1910. En ella va el poeta más a lo humano que a lo heroico: ¡Y gloria! Gloria a los patricios bordeadores de precipicios y escaladores de montañas como el abuelo secular, que, fatigado de triunfar y cansado de padecer, se fue a morir cara al mar, lejos, allá en Boulogne-sur-Mer.

Quedaría para su más inmediato discípulo argentino la tarea de troquelar en el verso nuevo la figura del Libertador. Leopoldo Lugones escribió la Gesta Magna, texto sin lugar ni fecha de publicación, seguramente muy cerca de su más ortodoxo modernismo, esto es, muy cerca de “Los crepúsculos del jardín” y de esa especie de epopeya, acaso mejor, rapsodia en prosa titulada: “La guerra gaucha”. Se trata de una composición de más de doscientos cincuenta versos pareados de medida alejandrina dividida en cuatro partes: “Diana”, “Como hablan en las cimas”, “Los Héroes” y “El”. La escuela literaria donde se forja deja mareas indudables: Al escuchar el grito que movió las montañas Alzó el gigante el velo de sus blancas pestañas Y miró. Los glaciares de la vasta cadena Dorados por un éxtasis de luz. La mar serena, El día que asomaba limpio como un diamante, La caravana y árboles en el perfil distante pero, también, en toda la extensión de canto, puede sorprenderse una remota melodía andradesca: Espoloneando fantásticas bestias de cataclismo Van a cruzar a nado los golfos del abismo que acaso fuera la razón -en hombre de tan férrea autocrítica y tan seguro en ir buscando su propia y auténtica voz- para el poco interés demostrado por esta “Gesta Magna” que, en la trayectoria del poeta, pudiera anunciar las futuras Odas seculares de 1910. Tales Odas señalan la transición de Lugones desde su primer modo, todavía muy influido por el esto del último Hugo, a quien había asimilado con un signo muy personal todas las soluciones del modernismo; en una palabra, las Odas representan la nueva posibilidad de verso heroico y civil para un poeta que un año antes había desgonzado la lírica argentina con el escándalo del “Lunario sentimental”. San Martín queda evocado, pero transferido a propuestas literarias indirectas que enaltecen su figura sin mencionarlo, esto es, sin repetir el ditirambo común por su naturaleza igualmente válido -como hemos visto- para cualquier héroe de parecida o idéntica prestancia. Una tríada forma la arquitectura de las Odas: A las cosas útiles y magnificas que son El Plata, Los Andes y los mil quinientos endecasílabos de la hermosa y virgiliana Oda a los ganados y las mieses; el canto a las ciudades de la historia: Buenos Aires, Montevideo, Tucumán; finalmente, Los Hombres: Los gauchos, Granaderos a caballo y Los Próceres. Una Introducción A la Patria da el simbólico número de diez para la fecha conmemorada.

Sólo por dos veces recogemos el tema en Los Andes; las dos líneas iniciales: Moles perpetuas en que a sangre y fuego Nuestra gente labró su mejor página, y los versos 15 a 22 donde la imagen aleja aún más la mención concreta del héroe: Graves y un poco torvas como ellas Serian ciertamente aquellas almas De los héroes que un día las domaron A posesivo paso de batalla. Color de acero fino como ellas Por gemela blancura coronadas, En esa inmediación de ideal y cielo Que emblanquece las cumbres y las almas. Tampoco se lo nombra a San Martín en las cuatro impetuosas cuartetas alejandrinas de Granaderos a caballo; el héroe apenas se perfila en una imagen casi transparente mientras el canto va dicho para el escuadrón famoso: Sobre el bosque de hierro vibra en llamas un sable Que divide a lo lejos el firmamento en dos Es indudable que la recoleta prudencia del Gran Capitán hubiera agradecido más esta forma de alabanza al coraje del ejército que mandaba que a su persona; para testimoniarlo ya hemos transcripto en su momento la breve misiva a Esteban de Luca.


Perduración del tema

Fue el llamado post-modernismo una encrucijada entre las formas canónicas de la promoción rubendariana -ya muy evolucionada- y el inminente sismo de la poesía “de vanguardia”. Lírica sencillista, íntima, neorromántica, cuando no, en la llamada, por la década del veinte, nueva sensibilidad verso irónico, lúdico, despreocupado, deliberadamente alejado de toda anécdota o compromiso, quedó muy poco margen -o, más exactamente, ninguno- para el verbo civil, heroico o pindárico. De hecho el tema sanmartiniano parecía enervado como estímulo literario. No conozco, por lo menos de poeta responsable y con alguna significación, que, por ejemplo, el año 1918 -centenario de Maypo- escribiera ningún canto que haya perdurado en las antologías, como tampoco, en 1921, a los cien años de la rendición de Lima.

Sin embargo, el protagonista de esta poemática fue de tal magnitud que difícilmente podía olvidárselo. Por haber tenido el poeta la calidad que tuvo, mencionaremos a Baldomero Fernández Moreno, en su Rama Patriótica, el canto Al Pino de San Lorenzo bien que tras de una fugaz mención: A tu pie descansó José de San Martín, ciego de sable corvo y sordo de clarín el poema derive por otros cauces de pura expresión subjetiva, y, asimismo, de la llamada “generación martinfierrista” en su segunda época, cuando había sobrepasado las cabriolas del ultraísmo, “El Libertador” de Francisco Luis Bernárdez, escrito en ese su reposado verso de veintidós sílabas: “Despierto está sobre nosotros, como una estrella protectora en nuestro cielo...” noble y austera meditación ante la tumba del héroe que al fin levanta, sobre el excesivo gallear de clarines y resoplidos de trompas, la voz solemne de la reflexión filosófica a que invita aquella vida ejemplar de soldado: “Guardemos siempre la memoria de aquella mano sin temor y sin mancilla”. En el año 1959, reunió Arturo Capdevila en un volumen sus “Romances del General San Martín”. Con la serie libre de tan vieja raigambre castellana, el poeta cordobés escribió una serie de estampas que compendian la vida del héroe. Deliberadamente sencillos y, cómo decirlo, explicativos, son algo así como una historia en verso donde, si no faltan hallazgos de vislumbre poética, la buscada economía de recursos los arrastran muchas veces al prosaísmo. En verdad no era fácil empresa poner en verso llano desde la llegada al Plata en la “George Canning” a la muerte en Boulogne-sur-Mer una vida cien veces narrada en ilustres prosas ya eruditas ya literarias, y me atrevería a decir que en la magnitud del riesgo se corrió la del eventual fracaso. Diecisiete años antes -en 1942-, Enrique Larreta daba a las prensas los magníficos ochenta y ocho sonetos de La calle de la vida y de la muerte. Dos de ellos -XXVII y LV- exaltan la figura del prócer. El segundo (LV) si con hallazgos bellísimos como el primer terceto: Luminoso, justiciero soldado, Fuego de arcángel. Hierro, hierro alado tu espada. Hierro y cóndor, insisto, en rigor, sobre motivos muy trasegados, pero el primero (XXVII) regaló a nuestra lírica una estrofa antológica: la figura del Libertador -nunca más profunda y conmovedora- en su ocaso de indigencia y olvido, en esa reversión de la historia que a los denuestos contra España de la “generación de mayo” evocaba, en la serenidad de la hora presente, la mano noble y tendida del marqués de Aguado. Me parecería una insufrible pedantería analizar o glosar esas catorce líneas cuya belleza y transida emoción sólo puede darnos su lectura. Dicen así: Mustio paisaje. Bruma crepuscular del Sena. La casa entre los árboles, como un sueño velado. Mira caer las hojas en el jardín mojado el triste forastero. Con su frente morena busca el hielo del vidrio. Confortada, serena, por fin, el alma dice: “Señor, señor de Aguado, muy a tiempo llegasteis. Señor, me habéis salvado de morir como un can sin ventura”. Ya suena la campana de borla colorada. Concurre puntual el buen Marqués. Un faldellín se escurre. Y cuando la visita se va, la compañera, la idolatrada voz estremece la entraña del anciano. Pregúntale: “ Por qué lloras? Quién era? El bajando los ojos, sólo responde: “¡España!”


La musa anónima popular

Hasta aquí la poesía culta. Horacio Jorge Becco en el estudio preliminar a un Cancionero tradicional argentino apunta: lo más curioso y desazonante es que no tengamos uno solo -se refiere a los romances de tipo juglaresco- de la gesta de mayo y de las guerras de la independencia, y agrega: “Baste decir que San Martín es el gran ignorado de nuestra tradición poética.” Creo que ambas curiosidades se pueden explicar con suficiente claridad. Mayo fue un hecho jurídico, un cambio de autoridades -no la independencia- en el que la participación popular, como tal participación activa, violenta y, diríamos, telúrica, fue prácticamente nula; la prueba “a contrario sensu” nos la daría en forma palmaria la fecunda musa verbenera y anónima de las invasiones inglesas. Las guerras de la independencia, si heroicas y largas, fueron guerras de ejércitos no de pueblos; dicho con otras palabras: el soldado, gaucho o pueblero, integró como siempre los batallones, pero no fue la masa en armas ciega y delirante arrastrada por un conductor que era como el mito de la tierra misma. Generales heroicos - ¡quién lo duda!- no asumieron esa especie de carisma mágico que por su misma desapoderada fuerza natural, afirmada sobre la tierra, tuvieron hombres como Quiroga o Ramírez quienes representaban, hirsutos, sin normas, agresivamente, al suelo mismo. Acaso, depurados de escoria por un largo proceso de legendarización, no fueron otra cosa Fernán González o Rodrigo Díaz de Vivar. La musa anónima no sabe de sutiles distingos históricos y ésa es la razón de su radical autenticidad. Con San Martín -y ello, lo repetimos, no amengua en un ápice su gloria inmarcesible- ocurre algo muy semejante. Militar de carrera hecho en España de la que se desprende ya maduro por un sentimiento americanista - subrayamos esto como sabiamente lo subrayó el Dr. Pérez Amuchástegui en la conferencia inaugural del curso lectivo 1978 en nuestra Facultad-, idea clave en el pensamiento de las logias de aquella Europa, de aquella misma España liberal de 1812, permanece sólo once años en el continente de los cuales solamente seis en lo que era entonces el territorio de las Provincias Unidas. No vamos a negar el fervor de sus granaderos, no el entusiasmo, popular inclusive, de ese prodigio de artesanía militar que fue el Ejército de los Andes, pero sí la posibilidad de que su figura, fulgurante y meteórica, pudiera encarnar mitológicamente en la conciencia del pueblo para que brotara el cancionero de sus hazañas. Dicho con estricto rigor: fue hombre de América, no de un terruño.


Y la prosa

No lo hubieran tolerado las antiguas preceptivas, pero acaso hoy podamos sumar a la poesía sanmartiniana sus dos máximas evocaciones en prosa: la “Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana” de Bartolomé Mitre y “El santo de la espada” de Ricardo Rojas. Cuando la historia trasciende de su valor documental e informativo a obra de arte, quien la anima y enciende es el fervor pórtico, y, en tal sentido, la reposada clasicidad de Mitre como el ímpetu que yo llamaría romántico de Rojas son poesía pura. La bibliografía sanmartiniana es ingente, mas los dos extremos aquí aludidos son, creo, los que nos han dado del héroe algo superior a su historia: nos dieron su epopeya.


Instituto Nacional Sanmartiniano
Ministerio de Cultura de la Nación