Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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DOCUMENTOS

100 | San Martín y la cultura - Por Julio César Gancedo

Cada hombre es un mundo. Quiero decir, que en cada hombre habitan muchos hombres. Hay, es cierto, en cada uno una vocación central; un eje que mantiene en tensión armónica las distintas facetas. Un hombre se distingue por su actitud y aptitud predominantes. San Martín es militar por antonomasia. Pero para conocer a un hombre cabalmente, más allá de su profesionalismo y de su consagración; para conocer a un hombre totalmente, hay que conocer al hombre total. Porque cada característica contribuye a completar su carácter y porque sin particularidades e intimidad no existe personalidad completa. La faz es una síntesis de facetas. Es cierto que con respecto a San Martín ha existido una manifiesta preocupación entre los historiadores para llegar a su auténtica comprensión. Ricardo Rojas en el epílogo de su “El Santo de la Espada” nos dice textualmente: “Un hombre envuelto en el misterio, ha dicho el historiador Gervinus, describiendo a San Martín, y así era en efecto este hombre singular”. Es ese misterio el que pretende penetrar Rojas, recordando testimonios de europeos que le conocieron personalmente como Macduff, Haigh, Hall, Miller, Lafond y Mary Graham, que advirtieron en San Martín “la impresión de superioridad que emanaba de su persona, además de la presencia física y de la claridad intelectual”. Rojas agrega: “Pero en San Martín hay aún algo que supera la visión genial y la acción heroica”. En esa búsqueda de la “misma mesmedad” de San Martín, Carlos Ibarguren se enroló con su libro, en el que en el título sintetiza el propósito del autor: “San Martín íntimo” José Busaniche pensando que la verdadera apreciación de San Martín puede resultar de la confrontación de los testimonios de aquellos que convivieron, como amigos, como contrincantes, como seguidores, como observadores imparciales, con el Libertador, nos legó ese importante cuerpo documental que se llama “San Martín visto por sus contemporáneos”. Arturo Capdevila quiso hacer que el protagonista se explicase a sí mismo y se nos descubriese, y nos dio su versión en “El pensamiento vivo de San Martín.” Levene presenta como colaboración para entender al hombre entero su “Genio político de San Martín” y en ese libro explica su propósito: “No he procurado -dice- únicamente sumar nuevos papeles y organizar los datos recogidos, sino, como lo señala el título de esta obra, ensayó en ella una interpretación de San Martín o enfoque de la personalidad del general estadista, merecedor de renovados estudios. Y es Levene, el gran sanmartiniano, quien, siendo presidente de la Academia NacionaI de la Historia, nos deja este párrafo que transcribo textualmente: “No se debe aprisionar la historia de San Martín a rígidas formas circunstanciales, sino librarla de trabas y comprender sus ideales humanos, porque de otro modo se corre el riesgo de no situarse en la época palingenésica en que actuó y de convertir su imagen en figura convencional e impasible”. La bibliografía sanmartiniana, repito, es amplia y nutrida. Debemos tener presente, además, los importantes ciclos de conferencias, seminarios y congresos sobre el Libertador, en los que se han tocado distintos aspectos de su personalidad. Particularmente recuerdo aquí a lo hecho por la Academia Nacional de la Historia y el benemérito Instituto Nacional Sanmartiniano, que, precisamente, publicó en el año 1961 con el título de “San Martín y su preocupación por la cultura” una recopilación de documentados trabajos de José Torre Revello, José Pacífico Otero y Teodoro Caillet-Bois. Este sería precisamente un trabajo directamente vinculado a mi tema, “San Martín en la Cultura”; tema que abordo, aclaro, con el afán de no inventariar simplemente lo que el Libertador hizo por la cultura, ni tampoco para determinar lo que suele entenderse por grado de cultura adquirido, sino para poner en evidencia su personalidad cultural, imbricada en su personalidad total . Es uno solo el hombre. Y un hombre es algo demasiado serio para enfundarlo, para siempre, en una casaca militar o en una levita civil, aunque ambas sean de bronce. Tal vez una fina y simple manifestación artística de su ingenio, eclipsada lógicamente por la exteriorización deslumbrante de su genio épico, si se retoma, ahora sirva como un hilo delgado para completar el cañamazo de su vida y de su personalidad. Los gustos estéticos de San Martín, sus aficiones artísticas, su sentido de la belleza, su frecuentación de las artes, no han sido suficientemente explorados y en consecuencia no se ha valorado tampoco su incidencia en las actitudes, en la obra y en la personalidad de prócer. Sobre todo, que hay que tener en cuenta, el propio San Martín nos advirtió de viva voz, sobre sus posibilidades artísticas. Lo recuerda José Pacífico Otero: “San Martín solía decir que en caso de indigencia, dibujando marinas podía ganarse la vida.

Mitre, por su parte, ya nos había alertado acerca de que “San Martín repetía con frecuencia que la vocación de su juventud habían sido la marina y la pintura. Con ellas - continúa Mitre-, decía podría ganar su vida pintando paisajes de abanico”. Estas incursiones por el dibujo, los colores y la música, han quedado como hilos sueltos; y pensamos que anudarlos contribuye a concebir plenamente la hilación de una vida. No se trata de un San Martín militar o civil como alternativa. Ni de dos personalidades opuestas ó yuxtapuestas. Tampoco se trata de inventar aquí o de pretender destapar a un creador artístico ignorado. Los especialistas tienden a confundir arista con eje. Justamente contra eso arremetemos. San Martín es fundamentalmente un soldado libertador. Y lo que aquí buscamos es rescatar y evaluar aspectos no debidamente ahondados del hombre, que explican en su medida al general y al libertador. Brandsen, el coronel Federico Brandsen, hombre de cultura europea, dijo de San Martín que era “más sensible que ambicioso”. Mitre -el fundador de nuestra historiografía – en San Martín asume el tema troncalmente. Mitre, que era un poliedro humano -artista, historiador, político y soldado-, concibió la integralidad de San Martín, su humanidad, su dimensión estatuaria y la consustanciación de ese hombre con su tema. Por eso, su obra monumental se llama Historia de San Martín y de la Emancipación Americana, adjudicándole no sólo escala continental sino la encarnación del contenido de esa emancipación. Emancipación que, como todas las auténticas revoluciones, fue no sólo militar, y más allá, por supuesto, de lo meramente económico; fue auténticamente política y por ende esencialmente cultural. El argumento de este libro -dice Mitre- es la historia de un Libertador, en sus enlaces y relaciones con la emancipación de las colonias hispanoamericanas. Si nuestra intención fuese solamente calibrar el aporte de nuestro Libertador a la cultura; y sobre todo la importancia que este progenitor de naciones adjudicaba a la cultura en la formación de los nuevos pueblos, bastaría evocar a San Martín como fundador de bibliotecas públicas. Entre el silbido de las balas, antes y después de Maipú, piensa en ellas. Confía en la artillería de los libros. El siempre anduvo entre ellos. Otero recuerda que: “desde temprana edad los libros fueron sus compañeros inseparables”, San Martín tiene su propia biblioteca, y sólo se desprende de sus libros, como el árbol de su retoño, para fundar bibliotecas. Resulta realmente sorprendente aquel gallardo teniente coronel de la Caballería Española que llega a Buenos Aires, de 34 años de edad, un 9 de marzo de 1812, con su cargamento de libros. No le acompañan tropas ni posee salvoconductos. Trae libros. Sus libros, a los que maneja como cosa propia que se conoce bien y hasta se puede advertir su amor reflexivo por los libros, en cuanto les ha confeccionado para ellos su ex libris personal. Les estampa además su firma autógrafa; y por fin, en intimidad con cada uno, subraya y efectúa sus propias anotaciones marginales. Era lector de Virgilio, Cicerón y Salustio y de los clásicos franceses. Donde San Martín va, va con libros. El general Adolfo S. Espíndola sintetiza así la vinculación de San Martín con los libros: “San Martín constituye, sin duda, un caso notable en la historia militar universal, de un gran Capitán que desarrolló sus gloriosas campañas llevando consigo su “librería”, a través de montañas, de campos y del mar”. Este largo peregrinaje de cultura y libertad merece el tratamiento de un pintor de murales o de un poeta dramático, o quedar estampado en un friso clásico de mármol inmutable. En cada ciudad donde hace pie, desmonta del caballo y funda -como quien planta un monolito- una biblioteca. En Mendoza, en Santiago de Chile y en Lima. En su primer testamento de 1818 ya destina sus libros para la futura Biblioteca Mendocina. Julio César Raffo de la Reta certifica: “el iniciador de esa fundación” y “el primer y más importante donante, fue San Martín”. Crea la de Chile, cediendo para ella los diez mil pesos que le había otorgado el Cabildo de Santiago tras el triunfo de Chacabuco. El Libertador denomina a la nueva Biblioteca (subrayo el adjetivo) Biblioteca “Nacional”. Se ratifica aquí también la concepción sanmartiniana de asentar en toda forma la independencia, la soberanía de los pueblos que emancipa. A sólo diez días de arribar a Lima, sin reparar en fatigas de guerra, ni de viajes, sin perderse en los pequeños laberintos de las cosas que hoy se llaman coyunturales, comienza la gestión para crear la Biblioteca del Perú, en medio de urgencias políticas, económicas y militares. La Gaceta del 16 de septiembre de 1822 nos trae el decreto suscripto dos días antes. De su texto extraigo: “A los progresos del espíritu se debe la mayor parte de la conservación de los derechos de los pueblos. La Biblioteca Nacional (aquí también “Nacional” recalco) es una de las obras emprendidas para promover más ventajas a la causa americana”. Después, al inaugurar la Biblioteca el Protector se dirigió al público con su voz varonil de bajo y los ojos penetrantes que todos los contemporáneos le reconocen. Esa voz nos llega hasta nosotros: “la Biblioteca -habla San Martín- es destinada a la ilustración universal, más poderosa que nuestros ejércitos para sostener la independencia”. Todo esto nos compromete de una manera muy especial a los argentinos. Porque no es sólo cierto que nuestra Biblioteca Nacional nació -igual que el Ejército Argentino- con la Patria en 1810; sino, también, que el General de nuestros ejércitos en campaña americana, progenitor de patrias hermanas, las hizo nacer como a la nuestra, con biblioteca. La Argentina a través de su historia se ha caracterizado por su presencia cultural. Ningún aprieto circunstancial puede hacernos perder el sentido de grandeza, que coincide, en este caso, con la autenticidad de nuestra Patria. Tan notable es este gesto sanmartiniano de sembrador de libros que la que se tiene por primera historia que a él se dedica (Biografía del General San Martín, por Ricardo Gual y Jaen y Juan García del Río, Londres, 1833), destaca la paternidad sanmartiniana de las bibliotecas de Chile y de Perú. También la Biblioteca Nacional de Buenos Aires es deudora de San Martín. Después de su muerte, su yerno, Mariano Balcarce, remite a ella un baúl de libros propiedad del Libertador. Balcarce, en la nota de remito, expresa que estima así “llenar los deseos e intenciones de mi señor Padre” “amigo de las letras” -es su expresión textual-, “quien - continúa- hizo en otra época obsequios de esta especie a Mendoza, Santiago de Chile y Lima. Pero creo de suma importancia destacar la concepción que San Martín tenía de las bibliotecas, a las que considera centros irradiadores de cultura. Ciento cincuenta años antes de que el ministro de Cultura de De Gaulle, proyectara su red de “Casas de Cultura”, San Martín las prevé. La biblioteca, el colegio, el museo estaban pensados por San Martín como núcleos culturales, como centros vivos de convivencia cultural, como nudos que fortalecían la resistencia de la malla social. A aquella Biblioteca Mendocina le llegó un día otra donación de San Martín. Se trataba ahora de instrumental válido para el desarrollo científico: sextante, teodolito, telescopio, pantógrafo, transportador y nivel. San Martín intuía lo que hoy llamaríamos “complejos culturales”. Pruebas al canto: cuando en Lima pensó fundar el Ateneo en el preexistente colegio de San Pedro, quiso hacer de él una base de operaciones intelectuales y un centro catalizador y difusor de actividades culturales. “Con esa intención - dice don Luis Antonio Eguiguren- fundó la biblioteca en ese mismo edificio. Pero no para ahí. Leo en la “Gaceta del Gobierno del Perú”, del sábado 16 de mayo del año 1822, la noticia de la fundación de un museo. La idea es concentrar también allí, junto a la Biblioteca, en el nuevo centro, un Museo, para que conserve, investigue y difunda un patrimonio arqueológico y artístico. Aquí va el texto: “Deseando el Gobierno establecer un museo nacional (“Nacional”, otra vez el adjetivo soberano) en el mismo edificio destinado a la Biblioteca no duda de que todos los ciudadanos amantes de la honra de su país contribuirán a enriquecerlo con cuantos objetos posean dignos de rareza... los venerables restos que nos han quedado de las artes que poseían los súbditos del antiguo imperio de los Incas, merecen reunirse en aquel establecimiento, antes que acaben de ser exportados fuera de nuestro territorio... Ias pinturas clásicas, estatuas o bustos... serán admitidos con gratitud, o pagados a su valor de los fondos aplicados a la instrucción pública...”. Pudiera haber sido escrito hoy, palabra por palabra, pero fue redactado hace siglo y medio y antes de que existiesen UNESCO, ICOM, ICOMOR y OEA. La defensa del patrimonio cultural, y el distingo entre bienes de distintas características y clasificaciones, arqueológicos y artísticos, están presentes en esta protolegislación americana para el área cultural. He citado sólo las bibliotecas y los museos porque ambos confluyen en la formación de estos centros culturales sanmartinianos. Pero no puedo dejar de mencionar su contribución para la apertura en Mendoza del Colegio de la Santísima Trinidad. Se inaugura cuando el Libertador está en campaña y entre dos batallas, las de Chacabuco y Maipú. San Martín no sólo quiere vencer, sino convencer. Quien lo reemplaza en el gobierno cuyano, el ilustre general don Toribio de Luzuriaga, interpretó, sin duda, su pensamiento, al disertar en el solemne acto de inauguración del colegio: “Sudamericanos -dijo Luzuriaga- la Patria os convida con las luces”. “Julio César no debió menos a su espada que a su pluma. Esto y aquello, juntas lo hicieron ilustre y perfecto general”.

Era en realidad la definición del estilo sanmartiniano. San Martín podía encarnar en su vida el ideal que surge del “Diálogo Cervantino entre las Letras y las Armas”. Funda bibliotecas y colegios: durante su gobierno, en Lima, se abrió el Colegio de San Martín y la Escuela Normal, mientras el Libertador incansable proyectaba la creación de la Compañía Científica de Mineralogía. Instituye premios para alumnos mendocinos (según correspondencia del presbítero Guiraldes) y para el profesorado limeño. “A todo aquel –dice el decreto peruano– que haya desplegado más talentos y aplicación, cualquiera que sea su ciencia y arte en que se ejercite”. Se traslada y acampa llevando cultura. En la epopeya libertadora hizo traspasar los Andes a la imprenta para la difusión de las noticias y a las bandas de música militar para el estímulo y la enseñanza. José Zapiola, afamado músico transcordillerano, sobrino del general José Matías Zapiola, reconoce haber despertado su vocación musical con la llegada de las bandas del Ejército. Nos recuerda: “San Martín con su Ejército en 1817 nos trajo el Cielito, el Pericón, la Sajuriana y el Cuando, especie de minué que al fin tenía su allegro”. Apenas se hace firme el gobierno independiente de Chile, San Martín funda consecuentemente la Academia de Música en su afán de dejar constituidos los organismos de cultura, para que no queden las cosas en “floreo” y echen raíz. En esta política de promoción cultural, clara, definida y expresa, merece especial importancia como apoyo a la actividad teatral la reivindicación que San Martín hace del teatro como arte y de la profesión de los actores. El decreto está suscripto en el último día del año 1821. Hago notar la fecha 31 de diciembre, para evidenciar el ritmo febril de su trabajo por la cultura, sin salteos en vísperas de fiestas. Al teatro se le llama “un establecimiento moral y político de mayor utilidad”. Todo este pensamiento y actividad sanmartinianos, que se condensan en el interesantísimo libro de Juan Carlos Zuretti “El General San Martín y la Cultura”, permitirían que a esta conferencia la titulase, rotundamente, “Doctor José de San Martín”. Y no se trataría de una simple figura explicativa de su ocupación y preocupación; ni tampoco sería una metáfora concebida para exaltar la docencia sanmartiniana; dado que, docto, del latín “docere”, es el nombre que le cuadra a quien enseña. El doctor José de San Martín es un personaje real, y no es otro que el general José de San Martín y el Libertador José de San Martín; puesto que el grado de doctor le fue concedido legítimamente por la venerable Universidad de San Marcos. Significativamente, se trata del primer doctorado honoris causa otorgado por una de las primeras universidades de América. Debo estos datos al ciclópeo y erudito “Diccionario Histórico Cronológico de la Universidad Real y Pontificia de San Marcos”, que escribió don Luis Antonio Eguiguren y cuya publicación se inició en Lima en el año 1940. El título de doctor le fue concedido a don José de San Martín el 20 de octubre de 1821, después de una misa de acción de gracias celebrada ese mismo día en la capilla de la Universidad. Este hecho está corroborado por otros posteriores. Al año siguiente, el 17 de enero de 1822 la Universidad recibió al excelentísimo don José de San Martín, capitán general y Protector del Perú. Se le acogía con los máximos honores y entusiasmo del claustro profesoral y estudiantil, de los cuatro grandes colegios (San Felipe y San Marcos, San Martín, San Carlos o Convictorio y Seminario de Santo Toribio) que integraban la Universidad. Adornaban el recinto grandes cartelones, ostentando poesías dedicadas por los jóvenes alumnos al Libertador. Una de ellas exhibía estampada en “bellísima tarja”, dice la crónica, una poesía firmada por Felipe Llerías y que se denominaba, precisamente, “Dr. Honoris Causa”. ¿Pero quién era ese doctor honoris causa de esta universidad americana? Más claro: o qué hizo este doctor honoris causa por la cultura, sino ¿cómo era el Dr. José de San Martín, protagonista en la Cultura? Porque, en verdad, a los fines de este trabajo interesa más que “San Martín y la Cultura”, “San Martín en la Cultura”. ¿Quién era ese joven guitarrista que quiso ser algo más que un aficionado, “músico de oído”, y estudió y se perfeccionó y buscó su maestro y fue aventajado alumno del profesor catalán don Fernando Macario Sors? ¿Quién era ese Protector del Perú, aficionado al teatro, según nos lo presenta el historiador Manuel N. Vargas, cuando cuenta que “para estimular esa actividad cultural, San Martín visitaba de noche o iba al teatro con algún amigo, a quien convidaba con la entrada, no permitiendo que a él, el Protector, se le admitiera de balde?”. ¿Quién era el ilustre exiliado que concurría a conciertos, como se desprende de su carta a Miller, en la que le comenta que una sola vez y en un concierto, a lo lejos, vio a Lady Cochrane en Bruselas? ¿Quién era el general americano que se encuentra entre los espectadores del Teatro de la Moneda, de Bélgica, la noche del 24 de agosto de 1830, escuchando la ópera de Daniel Auvert, circunstancia que se hizo notoria porque en esa ocasión comenzó allí el movimiento libertador contra la dominación holandesa? ¿Quién era el anciano ilustre de Boulogne- sur-Mer del que dijo era Alfred Gerard: “Reunissait toutes les vertues que Plutarque a inmortalisé dans son histoire des hommes illustres?”(“Reúne todas las virtudes que Plutarco inmortalizó en la historia de los hombres ilustres”) ¿Quién era ese gobernador de Cuyo que se empeña en diseñar el Paseo de la Alameda, adornado con canteros de flores y hace construir en un extremo un templete griego...”a fin –dice él mismo–, de que la línea arquitectural sirve como punto decorativo a aquella perspectiva? ¿Quién es aquel criollo a quien se le veía en los puertos de Normandía “embarcándose con el regocijo infantil de un artista” –dice Vicuña Mackenna– y que pasaba las noches envuelto en una capa, oyendo el canto de los marineros, al que hacían cadencia las olas? ¿Quién es ese José de San Martín del que el coronel Diego Paroissien comenta que “conversar con el general San Martín, aunque sea dos minutos, es un tónico maravilloso que nos redime de las miserias?” ¿Quién es el Protector del Perú y presidente del Jurado para elegir la música del, creado a sus instancias, himno nacional, que se levanta de pronto, como dice Ricardo Palma, apenas terminados los acordes de la canción compuesta por un humilde lego dominico, Bernardo Alcedo, y exclama con seguridad de hombre que capta armonías: “he aquí el himno nacional del Perú?”. ¿Quién era ese amigo de los artistas, como el mulato Gil de Castro, en Lima, y Jean Baptiste Madou, en Bruselas? ¿Quién era, sino un artista él mismo, un hombre con sensibilidad de artista cuyos dos grandes amigos, O’Higgins y Aguado, tuvieron precisamente como él la misma afición por el dibujo y la pintura? Cuenta el historiador militar coronel José María Gárate Córdoba, jefe de la Ponencia de Historia del Ejército Español, que después del triunfo de Arjonilla, del 23 de julio de 1808, se premió a San Martín “nombrándole Ayudante Primero de su Regimiento, capitán de Caballería, agregado al Regimiento Borbón y concediendo a su tropa un escudo de distinción que –aquí está la cosa – el mismo San Martín diseñó”. Tenía 30 años, ¿habría dibujado antes? ¿dibujaría después? Recordemos sus expresiones sobre su vocación pictórica y las posibilidades que tenía de ganarse la vida como artista. ¿Pero han quedado obras suyas para documentar su arte? En el año 1964, don Marcos de Estrada, en una disertación pronunciada en el Jockey Club de Buenos Aires, manifestó: “Una faceta poco conocida de San Martín fue su vocación artística que le llevó a pintar encantadores paisajes del Paraná. En el Archivo del Museo del Louvre se custodian dos cuadros al óleo, obra suya”. Ambas aseveraciones inauditas, en el sentido auténtico de no oídas antes, pueden servir simbólicamente de prólogo y epílogo para una vida, sino de artista, de hombre al menos con sensibilidad de artista. Y no es posible que una sensibilidad tan expresa y concreta no se haya manifestado en la vida íntima y pública del Libertador, donde confluyen el emancipador que vislumbró Mitre, el místico que quiso entrever Ricardo Rojas, el estadista que advierte Levene y el militar de genio, reconocido siempre desde García del Río, a través de Otero y hasta Leopoldo Ornstein. Un objeto elegido por San Martín, un objeto decorado por San Martín, un cuadro pintado por San Martín debe evidenciar, sin duda alguna, su temperamento, su carácter y en muchos casos su pensamiento. El hombre se revela a veces más en lo que hace que en lo que dice. Esta es la importancia del documento-cosa; del “dato visible” como lo llama el arqueólogo Perinetti. Ernesto Quesada ha expresado con respecto a los objetos del Libertador, guardados en el caserón de Parque Lezama, sede del Complejo Museo Histórico Nacional, “que sirven de contribución a la historia de San Martín, iluminando ciertas fases que hasta ahora habían quedado en la penumbra”. También afirma: “A las veces, en una cosa nimia al parecer, encuéntrase la explicación de sucesos de importancia trascendental”. Antonio Dellepiane, ilustre antecesor en la dirección del Museo Histórico, recomienda aproximarse a los objetos “con interés de arqueólogo y pasión de historiador”; y nos dice que las piezas comunicarán datos, testimoniarán “si adoptamos esa actitud, si solicitamos dulcemente al objeto que nos hable como aconseja un historiador, se interrogue a los documentos para que se presten a sernos confidentes de sus secretos”. Entre el dibujo del escudo de Arjonilla y los cuadros del Louvre, ambos objetos tridimensionales, tangibles, y por ende testimonios museológicos, existen muchos otros en nuestros museos de Historia.

San Martín concibió y diseñó , con vocación evidentemente artística, uniformes, escudos y banderas. Dio una importancia particular a los símbolos nacionales y a todo lo que significa, como el atuendo militar, identificación con una causa. Apenas se le designa jefe de Granaderos, les diseña su uniforme. El mismo día que sanciona el Estatuto Provisional del Perú instituye la condecoración de la Orden del Sol. Casi en seguida establece las distinciones de bandas y medallas para las damas que se destacaban por su patriotismo y dos piezas de uniformología de extraordinario valor. Una de ellas, el morrión de Escalada, el único cubrecabezas original de granaderos, diseñado por el Libertador, y su propio uniforme de Protector del Perú, para el que, según es tradición, encargó bordar especialmente en Cuzco los áureos alamares que ostentan reiteradamente el sol flamígero. Ese uniforme posee los mismos colores que la bandera que San Martín había legado al Perú. Y en el Museo se encuentra una réplica de época, importante pieza documental, que se tiene por dibujada por el Libertador. Se trata de una bandera peruana coloreada a la acuarela, que en el revés del papel lleva, de su puño y letra, esta leyenda: “Cuartel General de Huaura 20 de diciembre de 1820”. El 21 de octubre de 1820, San Martín crea en Pisco la primigenia bandera peruana, que según la descripción del historiador Paz Soldán coincide en un todo con esta miniatura. Por otra parte, este dibujo, el del museo, es similar a otro que se guarda en el Archivo del Almirantazgo inglés, remitido a Londres por uno de los jefes de la escuadra inglesa del Pacífico, que se encontraba en Pisco en 1820. ¿De dónde tomó San Martín esos colores? Don Aurelio Miró Quesada, historiador peruano y miembro correspondiente de nuestras academias Nacional de la Historia y Argentina de Letras, lo explica y surge de ello que fue una intuición de artista la que le hizo ver anticipadamente el deslizarse en lo alto la nueva bandera sobre el paisaje peruano. “La tradición –afirma Miró Quesada– es que San Martín imaginó los colores al ver una bandada de parihuanas o flamencos, de color rojo y blanco que se movían y flameaban por el cielo encendido”. San Martín es el creador de la bandera y también del escudo del Perú; escudo que aparece centrando el diseño en diagonales de la primitiva bandera. Allí aparecía un sol levantándose sobre la montaña. La tradición refiere que esa fue la primera visión que tuvo el Libertador de la costa del Perú el 7 de septiembre contemplando la plaza de Paracas, a corta distancia del sur de Pisco, un día antes del desembarco. El lema del escudo confirma a la tradición: “Renació el sol del Perú”. Un artista lo había descubierto en ese amanecer americano de la libertad. La afición de San Martín por las artes plásticas era conocida en su época. Mariano Pelliza nos describe esta escena entre amigos: “...en las risueñas barrancas del pueblito bonaerense de San Isidro se reunían Guido, Pueyrredón y San Martín para distraerse y conversar en esa soledad sobre los planes de las campañas libertadoras. Guido dedicaba su tiempo a la lectura, Pueyrredón a la caza y San Martín a la pintura. Después de dos o tres horas de ejercicios, se comentaba la página leída por Guido; se aplaudía o criticaba la viñeta dibujada y coloreada por San Martín, o se festejaban los certeros disparos del dueño de casa...”. Saltemos ahora de las riberas del Plata a las del Sena. De nuevo aquí se juntan tres amigos: San Martín, el maestro Joaquín Rossini, compositor de moda entonces, y el dueño de casa, el marqués de las Marismas del Guadalquivir, don Alejandro Aguado y Ramírez. El paisaje ha cambiado, y del caserón de Pueyrredón, empinado en el mirador sobre el ancho río, hemos pasado al palacio del siglo XVII que había alojado a Luis XIV, a Luis XVI y a Napoleón I. El dueño de casa ha mandado edificar junto a él un pabellón donde se aísla para dedicarse a la pintura. El paisaje ha cambiado, pero la escena de los tres amigos se repite y sin duda temas vinculados al arte, la música y la pintura unían al maestro italiano, al marqués español y al Libertador americano. Hace cuarenta años, el 16 de agosto de 1941, en el homenaje que la Academia Nacional de la Historia tributó al Libertador, don Enrique Larreta abordó el tema “Alejandro Aguado, el amigo de San Martín”. Al referirse a esta relación antigua, fluida y cotidiana entre amigos, estimó que no había sido lo suficientemente valorada por la historiografía y dijo que era “...uno de esos episodios que la posteridad, al glorificar la obra de los grandes hombres, arroja al desván de las cosas inútiles, como si olvidara que la explicación de las más célebres resoluciones suele encontrarse en esa penumbra íntima y cotidiana donde vibra secretamente la urdimbre de toda humana existencia”.

La dedicación de San Martín a la pintura ha sido reiteradamente certificada. José Pacífico Otero apunta: “los primeros ensayos de sus gustos artísticos consagrolos a las marinas. Sábese –continúa Otero – que además de haber sido un buen dibujante, era un buen colorista”. Mitre confirma que luego de la honrosa derrota de “La Santa Dorotea”, el buque español en cuya tripulación militaba, San Martín se dedicó al estudio de la matemática y del dibujo, conservándose de él dos marinas a la aguada que atestiguan su inclinación, y llenan como dos páginas pintorescas este período silencioso de su vida. Juan C. Zuretti nos refiere que pintaba con precisión, a la aguada, marinas ingenuas, y que la más conocida de ellas –afirma– representa un combate naval en el Mediterráneo en el que había tomado parte. Vicuña Mackenna, según testimonio directo dado por Balcarce, yerno de San Martín, nos informa que en los últimos años de su vida se ocupaba “en pequeñas obras de carpintería o en iluminar litografías, especialmente marinas, oficio que había ganado en los cruceros de su juventud...”. Ha sido mi propósito expreso poner de manifiesto aficiones artísticas de San Martín, que hacen a la idiosincrasia, y por tanto explican episodios de su vida, resoluciones y aún silencios. Es un guerrero de fina sensibilidad. Su estrategia es cabal, sin fisuras, y es estratego en todos los campos de batalla, entre roca y mar, y en el de la arena política. San Martín es un espíritu robusto de sentimientos delicados, como esos árboles añosos que saben dar flores. El conductor, que no olvida la acción psicológica y la guerra de zapa, el estadista, que asegura la victoria consolidando el frente interno; el caudillo, que pone a un pueblo en pie para llevarlo al heroísmo; “el hombre de mundo”, como lo califica Vicuña Mackenna, y el que se aparta del mundo, es el mismo; el mismo que colorea litografías o da los colores imborrables al símbolo peruano; el mismo que puntea su guitarra con estilo gaditano y canta, como recuerda Vicente Pérez Rosales, con voz de bajo el Himno Argentino en Santiago de Chile, himno que según Carlos Vega, y lo corrobora Vicuña Mackenna, se lo tomaba como propio en ambos flancos de los Andes. Y el mismo que con su veredicto hace nacer el Himno Nacional del Perú.

Que quede así al descubierto la sensibilidad artística de quien fue un catador de hombres, y resolvía y se resolvía tantas veces por hondas intuiciones. Pero, asimismo, he querido también demostrar que San Martín como tema no está agotado y que quedan todavía a la mano –esa es la palabra–infinidad de documentos intactos, como son los objetos museográficos, tangibles por naturaleza, que revelan a la personalidad de quien los hizo, o los eligió, o al menos los conservó. Estos objetos testimoniales son más importantes –son piezas claves– en la medida en que han sido pertenencias de un hombre como San Martín, que, como todo el que tiene sensibilidad artística, da especial valor a las obras que el hombre fabrica. Lógico es pensar que quien diseñó la Alameda y los uniformes de los ejércitos y de sí mismo, banderas y escudos, debió haber puesto especial empeño en cada objeto que llevó a su dormitorio, que fue, al fin, su torreón de abuelo inmortal. San Martín tenía un especial apego por sus muebles, que al fin son los que se concentran en su dormitorio. Ello lo demuestra el hecho de que, al dejar Grand Bourg, para instalarse durante un tiempo en Boulogne-sur-Mer, los hubiese transportado a todos a la temporal residencia. Después de su muerte, el dormitorio en Grand Bourg se conservó como en vida lo había mantenido San Martín. Sus hijos y su nieta tuvieron una acabada conciencia histórica y cuidaron de esas reliquias hasta donarlas al Museo Histórico Nacional de Buenos Aires, con la idea de que aquí se volviesen a ubicar en igual disposición y dentro de un recinto semejante al de su habitación frente al mar. Se trataba en general de piezas de estilo Biedermeyer, propio de la clase media en aquel entonces, entre las que se destacan un sofá de estilo Imperio y una cómoda Luis XVI. El análisis de cada uno de estos muebles, y sobre todo de los elementos de arte, son sin duda reveladores. Allí se encuentran dos grabados de Sutherland, con el “Woodford durante un viaje de Madrás a Inglaterra”, 1821, reproducción del óleo de W. J. Huggins que coloreó San Martín y que permiten apreciar, según la restauradora del Museo, “una ejecución delicada y paciente”, en gamas suaves “y muy diluidas en azules verdosos y ocres”. Allí se encuentra también el rarísimo cuadro de Gil de Castro de 1811, totalmente fuera de su estilo, y que Quesada supone es copia de un San Isidro de origen europeo. Allí se encuentra, asimismo, el famoso retrato de San Martín con la bandera atribuido a la profesora de pintura de su hija, en pose que inauguró Napoleón en el retrato de Gros; y se conoce como “Napoleón sobre el puente de Arcole”. Bonifacio del Carril, autor de Iconografía de San Martín, admite en este cuadro la existencia de varias manos y que una de ellas podría ser inclusive del célebre Madou. Pero quiero destacar aquí, siguiendo a del Carril, la importante litografía que conservaba el General de la Patria, de la batalla de Maipú. San Martín ha llegado, con su fina sensibilidad, a cosechar el mejor fruto artístico que produjo este hecho militar. El ingenuo dibujante rioplatense Núñez de Ibarra es quien había brindado el testimonio de la efigie del prócer llevada por Ambrosio Cramer a Francia, para que el gran pintor Théodore Gericault, que se encontraba entonces trabajando en su famosa obra “La balsa de la Medusa”, se interesase en la confección de las litografías de las batallas de Chacabuco y Maipú. Gericault se entusiasmó y las realizó en 1819. Años después, entre 1824 y 1829, Raffet, que así como Gericault era valorado como excepcional pintor –a este Raffet se le concedía mayor mérito como litógrafo–perfeccionó los de Gericault; y es ésta, precisamente ésta, la suma de tres experiencias de artistas y la de mayor valor como grabado, la que conserva San Martín. Un capítulo especial merece el reloj de mesa que tiene sobre la chimenea de su cuarto. Ese reloj empenachado con el busto de Napoleón debe haber sido una pieza muy querida y que le demandó una especial búsqueda. Leo en El Diario, de Buenos Aires, del día 3 de febrero de 1887, una nota en la que incidentalmente sale a relucir que estando San Martín en París invita para que lo acompañe a Nápoles a su amigo Gervasio Antonio de Posadas (h), pues estaba interesado en adquirir allí un busto del emperador Napoleón. Allí en la intimidad de su cuarto quedaba a la intemperie la intimidad de su persona. Ricardo Rojas ha dicho: “A pesar de su enorme bibliografía, la persona de San Martín ha quedado un tanto cubierta por el cúmulo de los acontecimientos políticos, económicos v militares que la historia describe...”. Agrega luego: “... en él hay algo excepcional que excede al adocenado jinete de las estatuas ecuestres y el genérico prócer de sus oleografías escolares...”. Desde Francia, y sintiendo ya la vejez cercana, San Martín le escribe a un amigo: “Si me dejan tranquilo y gozar de la vida, sentaré mi cuartel general un año en la Costa del Paraná, porque me gusta mucho, y otro en Mendoza, hasta que la edad me prive de viajar”. “¿Por qué le gustaba la costa del Paraná?”, se pregunta Rojas y agrega: “El había nacido en la del Uruguay”. Y Rojas, que como buen poeta, llega de golpe a comprender las cosas, nos deja, para este final, otro interrogante más: “¿No sería también un recuerdo de pintor, una evocación de artista, la visión de las barrancas y la del delta?”


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