Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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106 | La biblioteca del General - Por José María Garate Córdoba

El ingreso de José de San Martín como cadete -a los siete días del asalto a la Bastilla- se produjo en un momento clave de la llustración, en pleno siglo de las luces, que suponía revisión y reforma de lo tradicional. La crisis afectó a toda la sociedad española y en particular al Ejército, necesitado de revitalizar su disciplina, para lo cual se promulgaron con acierto las reales ordenanzas de Carlos lll. Dentro de ese espíritu militar, la formación del cadete, superando lo técnico y lo práctico -también regulado y valorado-, daba primacía a los aspectos humanos y humanísticos o, dicho en sus términos, al espíritu y honor del oficial, fuerza motora de las virtudes militares. El ambiente de la época se reflejó en la tendencia de los oficiales a ilustrarse -como muestran los libros que San Martín llevó a América-, lo que influyó en el carácter mismo del militar, y se manifestó en sus disposiciones para divulgar la cultura entre el pueblo argentino y los de su influencia. En la escuela donde San Martín se formó, los maestros de cadetes les iniciarían en la vida militar, teniendo para consulta o erudición obras coetáneas del espíritu tradicional, ajenas aún a las nuevas ideas. Aquellas obras las leería luego San Martín, pues se recomendaba hacerlo a los cadetes; en cualquier caso, se le grabarían durante veintisiete meses discontinuos en la escuela de Málaga, y otros diez como máximo, hasta un total de tres años, en las improvisadas de campaña de Orán y el Pirineo. Lo anterior fue sólo un pequeño fondo cultural del adolescente San Martín -sobre los pocos años destacaba su espíritu precoz y despierto-, en el cual se fueron sedimentando las meditadas lecturas de sus años de oficial, acaso no tan superficiales como se ha dicho, aunque sí tan amplias. Lo muestra su biblioteca de 800 volúmenes, en la que asombran muchos títulos. En un recuento de libros de formación militar y humanística relacionados con ella, resulta que de los primeros hay casi tantos publicados en francés como en español, y de los segundos, tres cuartas partes están en francés, incluso algún clásico castellano. San Martín, pues, hubo de tener otra biblioteca, que no pasó el océano.


Los probables libros del padre y los seguros del hijo

Las primeras lecturas de un joven no suelen ser de la biblioteca paterna, aunque en familias de tradición militar la admiración al padre pueda llevarle a esos libros y, sobre todo, a los de hazañas bélicas. Siendo así, de los libros jesuíticos que Rojas supuso y Juan de San Martín pudo traer a España desde Yapeyú, sólo podrían entretener al niño José Francisco la “Crónica”, del padre Lozano, con las hazañas de la conquista espiritual de las tribus de aquellas Misiones en cuya capital nació, porque la clásica “Diferencia entre lo temporal y lo eterno”, del padre Nieremberg, con ser lectura excelente y provechosa al alma, no apetecería a la inquieta fogosidad del futuro general, y mucho menos las técnicas, pese a su prematuro despertar científico. Los primeros libros de San Martín serían, pues, los dos obligatorios para cadetes y subalternos que cualquiera echa en falta en su librería trasatlántica: la “Instrucción Militar Cristiana” y las “Reales Ordenanzas”, que San Martín aprendió y practicó en España, y aprovechó para su concepción de un Ejército nuevo en Argentina. Las ordenanzas de Carlos III - consideradas durante 210 años como la Biblia del espíritu militar y el quijote de su literatura- ofrecían a San Martín una visión candente de los militares y sus problemas, con algunos artículos anticipados a su tiempo en lo social, como el que autorizaba el trabajo del soldado en su oficio; el que tacha de inepto al oficial que se contenta con lo preciso de su deber; el que alude al aspecto moral de los trances dudosos ordenando al oficial elegir el camino más digno de su espíritu y honor: dilema entre ética y eficacia que acucia y atormenta al militar, si quiere resolverlo con moral cristiana. Lo planteaba, entre otros más simples y aún ingenuos, la “Instrucción Militar Cristiana”, dando respuesta religiosa a la personalísima decisión que exige. Aquellos dos libros hubo de tenerlos San Martín. Las ordenanzas, entregadas el primer día, y lo mismo la “Instrucción”, por real orden del año anterior a su ingreso. Pura delicia, muy avanzada en ética militar, muy actual llamativamente sistemática, incluso al resumir en cuatro las virtudes militares: “subordinación, fortaleza, disciplina y celo patriótico”, simplificación que sólo vimos a los dos siglos, en la virtud motora del patriotismo y las instrumentales de valor, disciplina y abnegación.

Hay un tercer libro -del cual quien escribe heredó un ejemplar-, la “Gramática de la Lengua Francesa para uso del Real Seminario de Nobles”, de 1769, por el padre Joseph Núñez del Prado, jesuita. Dado su temprano dominio del francés, San Martín la pudo estudiar allí si fue de oyente en 1784, y más seguro en Málaga, en la escuela de las Temporalidades, que acababa de ser de jesuitas. Su “Gramática Francesa”, de Chantru, llevada a la argentina, la exhibe el Museo de la Nación: es de 1809 y, si la utilizase, sería como libro de consulta.


La primera biblioteca de un joven oficial

Los primeros libros propios de San Martín, ya oficial, fueron, según sus biógrafos Zapatero y Villegas, los de Lucuce, Morla y Prosperi, de artillería y fortificación, con los que la escuela española dio lecciones al mundo. En lo humanístico, las “Campañas de César”, por Balbuena, la colección de “Las Guerras de Federico II”, por Muller, y - acaso en el compendio de Contreras, de 1787- los once tomos de “Reflexiones Militares”, de Marcenado. Junto a esos textos de estudio o consulta, habría en aquella primera biblioteca libros culturales propios de un oficial. No parece que San Martín en la activa mocedad de sus campañas -iniciadas con un año de cadete- tuviese largos ocios que dedicar al estudio, pues en las pausas se completaría malamente el programa de los tres cursos restantes. Pero si sus trece años eran pocos para un bautismo de fuego -y lo tuvo a esa edad- también pudo ser entonces su bautismo cultural, ya que, precoz en todo, lo fue también en su autodidactismo. Si es mucha paradoja que en plena adolescencia y en plena campaña lograse tiempo para leer, al menos lo conseguiría en épocas de mayor estabilidad, desde 1795 a 1797 -entre los diecisiete y diecinueve años- y desde 1802 a 1808 - entre los veinticuatro y los treinta-, de juventud asentada. Podemos asegurar que en los años de teniente y capitán su inquieta curiosidad estaría atenta a los libros militares de que se hablaba, no sólo científicos y técnicos, que le apasionaban, sino también a los de moral y mando de tropas

Entonces no se hacían viejos los libros; se publicaban pocos, y podía juzgarse reciente uno nacido once años antes que San Martín, como era “El buen soldado de Dios y del Rey, armado de su catecismo y seis pláticas que contienen sus principales obligaciones”, publicado en 1767 por el padre jesuita Antonio Codorniú, al que Menéndez Pelayo llamó “el Gracián del siglo XVIII”.


Las "Reflexiones Militares" de Santa Cruz de Marcenado

Pero el tratado clásico son las “Reflexiones Militares” del marqués de Santa Cruz de Marcenado, publicadas en 1724, en las que Federico II afirmó haber basado su táctica, en cuyo libro XVII se define la maniobra por líneas interiores que luego practicaron con gran éxito Federico y Napoleón, para quien las “Reflexiones” era uno de sus tres libros de cabecera. La obra fue “una cima tras los grandes del renacimiento militar”, “monumento de la ciencia castrense”, “enciclopedia del arte militar”; y el autor: “príncipe de las letras militares españolas” y “el más clásico de nuestros clásicos militares”. El primero de sus veinte libros -en once tomos- ofrece al supuesto príncipe o jefe del Ejército, un conjunto de máximas y consejos, maquiavélicos en lo técnico y antimaquiavélicos en lo moral, que acaso inspirasen a Federico de Prusia su “Antimaquiavelo”. Maestre de campo a los 18 años y mariscal a los 33, el marqués don Alvaro de Navia murió en Orán, herido y prisionero cuando, cercada por los moros la plaza hizo una salida que obligó a huir a los sitiadores. Cumplía así una máxima del libro IV: “Si distribuyes alguna orden arriesgada, penosa o difícil de executar, preséntate el primero a desvanecer con el exemplo los temores”. Y otra del XII: “El jefe superior debe exponerse cuando esté en Juego la suerte de sus tropas y, para enardecerlas el ánimo, se hará ver en lugar destacado el peligro”. He aquí, como muestra, sólo tres ideas: “Comenzarás a triunfar con el pensamiento del triunfo”, “Empresa ridícula sería castigar en otro el vicio de que tú mismo no sepas librarte”; “El principio de pensar despacio y executar deprisa, se entiende cuando el tiempo de discurrir no destruye al de obrar’”.

San Martín valoraría las máximas, apreciadas y aprovechadas por los grandes caudillos, y es lástima que, en traducción francesa, aunque captase las ideas, no pudiese gustar la profundidad de su expresión, ni la elegancia de su estilo castellano. Entre muchas novedades tácticas y técnicas de Marcenado, están la de fortalecer los flancos, la de anticiparse más de un siglo con su proyecto de fusiles de retrocarga, empavonados, con cuádruple ligereza y velocidad de tiro y mayor alcance y precisión, y parecidas ventajas en los cañones. Propugnó el empleo de infantería montada a la grupa de la caballería, plantillas de regimiento de infantería con seis compañías, y una de “caballería legionaria” y de caballería con doce compañías, más media de infantería como las de granaderos. Tal ambivalencia de ambas armas fue muy apreciada y practicada luego por San Martín, así como el que los cadetes ingresados en infantería pasaran a caballería y, de oficiales, alternasen en el servicio de una y otra arma.


Los libros de moral y mando coetáneos de San Martín

Tres años antes de nacer San Martín, en 1775, se imprimía un libro de precioso título: “Compendio de las obligaciones de un soldado católico en el silencio de la paz y en el estrépito de la guerra”, de Cerezedo, volviendo a la coincidencia entre el deber religioso y la obligación militar. Desembarcaba en Cádiz la familia de San Martín en 1784, cuando el coronel Copons publicaba la “Instrucción político-militar que dejó a su hijo don Manuel, teniente del propio regimiento”. Fue bien acogida, y la tercera edición, de 1814, cambió su título por el de “Guía de la juventud”, nuevo éxito tras la convulsión espiritual del Ejército en la Independencia. Estaba San Martín en Orán, cadete de 13 años, cuando en 1791 se editó otro libro de consejos paternos: “Instrucción de un padre a un hijo que entra en el servicio militar”. Lo curioso es que no era de un padre, sino de dos en colaboración, Sousa y Alvarez. Al comenzar la guerra de 1793 contra la Convención francesa -en la que San Martín actuó de subteniente con 15 años-, se editaban dos ediciones de “El soldado católico en guerra de religión”, escrita por Fray Diego de Cádiz -autor clásico y primer orador de entonces, beatificado un año después para animar a aquella lucha tenida por cruzada. La Guerra de la Independencia justificó dos ediciones más, en 1814 y 1815. Entre 1795 y 1796 publicó Peñalosa dos tomos con la insistencia del siglo de oro en remediar la flojedad castrense: “El honor militar. Causas de su origen, progreso y decadencia”. Trata múltiples y muy variados temas morales, discurre mucho y bien sobre el honor, señala acciones ganadas por cobardes en soledad y condena el falso honor de los duelistas. Destaca, por último, el mejor libro de paternales consejos militares: Ia “Instrucción militar que el marqués de Alós dedicó a sus tres hijos: José, teniente coronel de dragones; Ramón, capitán de dragones y Joaquín, capitán de Ingenieros y coronel de Infantería, gobernador de Valparaíso”. Tiene un prólogo de admirable fluidez clásica, y las máximas, muy pulidas, menos espontáneas. Las conocería San Martín, porque se intuye en sus escritos: “Nunca desdeñéis dictamen ajeno ni presumáis del propio”; “El presentarse bizarro ante los enemigos es lo que más anima a los soldados: un ademán jocoso o zumba prudente les estimulará mucho”. Y sobre todo una relacionada con la de Epicteto que gustó a San Martín: “Si os alabaren o hablaren mal de vosotros, tomadlo con indiferencia. Aprovechad la alabanza para escitaros a merecerlo, y la maledicencia para enmendar los defectos que os hubieren notado”. Varias de estas obras estarían en la primera biblioteca de San Martín.


La "libreria" que San Martín llevó a América

En cuanto a la librería que San Martín llevó a Buenos Aires, el deficiente inventario de sus fondos nos permite clasificarlos en relación con su espíritu militar. Pero cabe dudar de si serían suyos todos los tomos de aquella librería, dado el sueldo de los oficiales y el precio de los libros. Cuesta creer que los once cajones viajasen de Cádiz a Buenos Aires como afirma, sin explicarlo, Pacífico Otero. Ya reparó en ello Caillet-Bois al escribir: “Unos 800 volúmenes y cantidad de cartas náuticas a través de todas sus andanzas, ¿qué militar viaja con semejante biblioteca?; pudo comprar los libros en América, pero en las colonias españolas estaban casi prohibidos los libros y no eran mercado para comprarlos, y San Martín careció de ocios para leer entonces.”

No hemos comprobado que en 1811 estuviesen “casi prohibidos los libros” en las provincias de ultramar, pero muchos de aquéllos sería más fácil adquirirlos en Francia o Inglaterra que en España. En cuanto a la falta de ocio para leer, no sabemos cuántos libros estarían sin abrir y cuántos hojeados. Más fácil que en compras españolas, es pensar que se los diesen en Londres para llevar la Ilustración a América.


San Martín, militar ilustrado

La librería de San Martín era la de un ilustrado, y su inventario, una pieza valiosa para conocer el fondo y la curiosidad cultural de un oficial adicto a la Ilustración, de los que él fue buena muestra. En el Congreso Sanmartiniano de Buenos Aires en 1978, Beatriz Martínez hizo un excelente análisis de la librería, concluyendo que el autor más destacado era Voltaire, con dieciséis tomos -nueve de teatro y dos poemas-, y vio posible investigar en ella los temas que interesaban a un ilustrado, encontrando que casi toda la biblioteca -excepto los temas militares- tiene títulos preferidos por los iluministas: relatos de viajeros, filosofía política, diccionarios y enciclopedias, obras científicas y de artes prácticas, literatura, especialmente sobre el mundo antiguo, economía y obras relativas al siglo XVII, signado por el absolutismo. Las obras militares eran las más numerosas, pero la autora sólo buscaba la figura típica de un ilustrado, y encontró que en los libros de San Martín “prevalece la afinidad temática con los hombres de la Ilustración española” y su confianza ilimitada en el poder de la razón, añadiendo: “Además, hemos detectado en su correspondencia numerosas expresiones y conceptos que vinculan a San Martín con ese pensamiento”. Villegas considera a San Martín “hijo de su siglo” y subraya su clara terminología ilustrada al donar a Lima su librería, “destinada a la ilustración general, más poderosa que los ejércitos para mantener la independencia”. Pero hay otras: “La ilustración y fomento de las letras es la llave maestra que abre las puertas de la abundancia y hace felices a los pueblos”, por lo cual “facilitarles todos los medios de acrecentar el caudal de sus luces y fomentar su civilización es el deber de toda administración ilustrada”.

Beatriz Martínez compara la librería con el diario de Jovellanos, que da idea de las lecturas de un ilustrado español, y encuentra entre ambos una enorme semejanza de temas y autores, lo que le confirma que las lecturas de un ilustrado eran “relatos de viajeros, que permiten conocer otros pueblos y costumbres, ampliar el espacio geográfico, medir las civilizaciones y estudiar la naturaleza del hombre en otros climas y condiciones”. En cuanto a la formación francesa de San Martín, ya Caillet-Bois precisa que fue admirador de Napoleón. Admiraba al general Moreau y a la oficialidad francesa, llegando a decir en una carta de 1816: “busquen en la Francia seis u ocho generales (que en el día no tienen qué comer), tráiganlos y verá Vd. mismo cómo todas nuestras operaciones y sucesos varían”. Caillet no le juzga afrancesado, aunque reconoce que eran franceses las cuatro quintas partes de los 800 libros que llevó a Buenos Aires, alguno que otro inglés, seis portugueses y uno sólo en latín; es decir, unos 640 tomos en francés, unos 150 en español y unos diez en inglés, portugués y latín. El mismo autor destaca que San Martín “hablaba el francés corrientemente y aún utilizaba con elegancia expresiones y modismos de ese idioma”, del que era lector asiduo, y se expresaba bien en inglés; que tenía amplia cultura autodidáctica -“había leído enormemente”, dice Piccinali- y su enciclopédica erudición fue más superficial que profunda; era hombre culto sin pedantería y daba más importancia al fondo que al concepto. Hubo quienes le tacharon de poco instruido, por sus escritos llenos de faltas ortográficas, pero sus biógrafos, reconociendo la “infernal ortografía”, aprecian en su abundante correspondencia un estilo suelto y espontáneo, vivaz, gracioso y colorista, “a veces chacotero”, con modismos castizos, y que, cuando quería cuidarlo, escribía con precisión, claridad y elocuencia, siendo sus proclamas dechado del género, comparables con las de los más célebres oradores militares: la de despedida a los peruanos fue de insuperable belleza y causó general estupor, como fue magnífica la enviada al Cabildo de Buenos Aires al partir la expedición marítima al Perú, señalando el peligro de la anarquía en frases que evocan los vaticinios de los profetas de Israel.

Concluye que su redacción adquirió con los años mayor soltura y naturalidad. Influyó en ello la literatura de su biblioteca: las bellas metáforas de la Ilíada y el insuperable modelo de las cartas de Cicerón. Sobre todo, según Caillet, en sus escritos está “el gran siglo, la época áurea de las letras francesas”, y añade que la librería muestra como maestros suyos a La Bruyere en “Caracteres y costumbres de este siglo”, el obispo Bossuet, sencillo y solemne en sus “Oraciones fúnebres”, y hasta el conceptismo y el culteranismo reflejado en las comedias de Calderón dejaron huella en sus escritos.


Los autores que dejaron huella en San Martín

Los estudios de San Martín fueron breves e infantiles, apenas llegarían a la adolescencia, pues dejó la escuela de cadetes a los trece años, y ya se dijo que, a partir de entonces, sus amplias lecturas fueron más bien superficiales, salvo las de ciencia y técnica militares. En sus escritos y recuerdos orales quedaron huellas de discursos y máximas próximos -los sermones de Bossuet, los “Discursos Políticos”, de Mirabeau- y de la antigüedad clásica, las obras de Séneca y Cicerón, pero en sus cartas aludía sobre todo a los filósofos estoicos Diógenes y Epicteto. Epicteto era un esclavo frigio del año 50, educado en Grecia, que predicaba el ejercicio firme y sereno de la voluntad, y rígida moral de pureza, castidad, templanza y desprecio de los bienes materiales. De sus setenta y ocho célebres máximas, San Martín prefería la de: “Si lo malo que dicen de ti es verdad, corrígete, si son mentiras, ríete”. La cita en varias cartas; en una dice que se ha aferrado a ello “para ser insensible a los tiros de la maledicencia”, y en otra, remitida a Tomás Guido, ya no los siente y “hacen aburrir a los hombres más estoicos”. Es curioso que en su proyecto “Máximas para mi hija”, San Martín anote, quizá recordando a Epicteto: “Inspirarle amor a la verdad y odio a la mentira”. San Martín admiró tanto a Mirabeau y su improvisación política de la monarquía constitucional, que hizo buscar en Europa un príncipe adecuado para establecerlo en Argentina. Había asimilado la letra y el espíritu de la ilustración francesa, en sus veinticinco tomos -casi todos- de Montesquieu; en la “Enciclopedia”, de Diderot; en nueve, de los quince de Voltaire; en cinco de La Fayette; en las “Memoires pour sevir a

l´histoire du jacobinisme”, de 1803, del abate Barruel, cuya influencia muestra al mundo San Martín en proclamas y discursos. Su inmersión en la cultura a través de la francesa se manifiesta en sus libros de historia, pues estando en francés casi todos, sólo la mitad son de historia de Francia.


Estadística de la "librería" de San Martín

El contenido de la que San Martín llamó su “librería” lo conocemos por el simple inventario para su transporte, que él mismo escribió en un cuaderno al marchar de Mendoza a Chile, y suele limitarse al título, incluso abreviado, o sólo a la materia. Aunque Piccinali se refiere siempre a 735 libros, todas las referencias son de cerca de 800 volúmenes. Caillet recuenta en la biblioteca de San Martín sesenta y tres tomos militares, “muchos en castellano”, aunque en nuestra clasificación (no exhaustiva) son ochenta y tres y, de ellos, sólo veintinueve en castellano; en historia destacan nueve de los quince tomos de Federico II -que aquí damos por militares-, las guerras napoleónicas y las de España e Indias. En cuanto a la literatura clásica en francés, Torre Revello cita las historias, de Salustio; las cartas, de Cicerón; la “Jerusalén Libertada”, de Tasso y “Las aventuras de Telémaco”, de Fenelón. Un apartado revelador, por su volumen, son las enciclopedias, de las que Caillet anota veintidós tomos de Mirabeau, dieciséis de Rosier y veintitrés de varias obras de Filosofía y Política que, con otras, hacen un total de ochenta y dos tomos, aunque hayamos sumado noventa y ocho, con un criterio selectivo más amplio. De los títulos no castrenses -un 10% del total, con tantos tomos o más que los militares-, predominan los liberales, franceses y escépticos, y son harto expresivos de que San Martín había prescindido del espíritu de su biblioteca juvenil. Lo confirma una edición inglesa del “Moniteur del Francmason”, que Torres Revello, relaciona con la logia “Lautaro”, frente a lo cual asombran los veintisiete tomos de esa “Historia Eclesiástica”, de Fleury, en francés. En lo concreto de la moral castrense, los cuatro tomos de “Anécdotas Militares”, también en francés, serían más bien estoicas y de la antigüedad clásica.

Los libros españoles estaban en la notable inferioridad que calculó Caillet: treinta militares de los ochenta y cuatro; los otros que nos interesan, humanísticos, eran sesenta y cuatro de 346. Es decir, que estaban en francés, aproximadamente, la mitad de los títulos militares y dos tercios de sus tomos; cuatro quintos de los humanísticos y tres cuartos de sus tomos. En el orden del espíritu militar sigue intrigándonos que las “Reflexiones” de Marcenado, un clásico militar español, estuviesen en francés, y nos parece una razón más para pensar que la biblioteca no partía de España. El segundo tomo del “Catecismo Histórico” y la “Historia Eclesiástica”, de Fleury, no compensan bastante. También estaba en traducción francesa el célebre “Viaje histórico a la América meridional”, de Jorge Juan y Antonio Ulloa. Otro extraño dato es que poseyera la “Historia de la Revolución de Francia” en cuatro tomos franceses y, repetida, en tres portugueses, lo que abona la idea de haber recibido una donación.


Los libros en español

Apenas se transparentaba en San Martín su cultura española, aparte de las ordenanzas, que hizo suyas. Era natural que eludiese referencias de sus antiguas ideas, pues su nueva mentalidad independentista pedía expresarse en fuentes y léxico ilustrados, rompiendo cualquier residuo de lo español que los argentinos combatían al liberarse, aunque San Martín reconoció en una carta haber recibido en España “alguna consideración, sin embargo de ser americano”. Entre los libros en castellano de su librería, destaca ese “tomo en pergamino, manuscrito en cuarto, en castellano”, que tienta nuestra curiosidad, y la “Ilíada”, de Homero. Otros libros españoles eran la “Gramática Militar” y el “Arte de Escribir”, de Torio, las historias de España, de los padres Mariana, e Isla, y “El Cementerio de la Magdalena”, sin autor, seis tomos de Quevedo, considerado estoico y escéptico, y uno de comedias de Calderón, cuyo cuarteto de “El Alcalde de Zalamea” evoca en otra carta a Guido, sin la referencia a Dios del honor y cambiando el Rey por la Patria al decir: “A la Patria se le debe (sic) sacrificar sus intereses y vida, pero no el honor”. Y tan extraño era tener las “Reflexiones” en francés, como en castellano los “Comentarios de la guerra de España”.

Figuran en español unos cuantos textos militares, ordenanzas, instrucciones y comentarios a ambos, debían de ser de orden disciplinario una “Instrucción dirigida a los oficiales de Infantería”, que no conocíamos, y sólo tres reglamentos del arma, habiendo cinco de caballería, tres de ingenieros y siete de marina, amén de las numerosas cartas marítimas que subrayan la afición de su poseedor. Faltaba en la librería un texto oficial español del mayor interés, que hubo de conocer. Era del 3 de mayo de 1735 y se titulaba “Ordenanzas para el servicio de la compañía de Granaderos a Caballo del Rey”, creada en mayo de 1735 y disuelta en 1748, con el doble carácter de guardia de honor y reserva de choque. El regimiento de la misma clase, gloria de San Martín, se formó ya a la francesa, pero es muy probable que la idea de crearlo partiese de aquella ordenanza con 77 años de antigüedad. Así se cierran las posibilidades de la librería del joven San Martín para rastrear fuentes españolas de su posterior formación castrense. Las inconcretas más razonables estaban en su curiosidad por las novedades militares, tanto mayor cuanto más se animara a unirse a las fuerzas de la emancipación argentina, pues, sin caer en iluso, pensaría que le esperaban responsabilidades militares importantes. Sobre la biblioteca española que San Martín tendría desde subteniente a teniente coronel graduado -26 a 33 años-, se habían sedimentado las ideas enciclopédicas harto ajenas a aquel primer espíritu.


Valoración de la "librería"

Convendría saber los dispendios que permitía el sueldo de un oficial efectivo -el grado era honorífico- para comprar los 800 tomos, algunos valiosos. Desde 1803, el sueldo mensual de un teniente era de 430 reales de vellón, y de 700 el de un capitán. En cuanto al precio de los libros, tenemos una referencia indirecta del costo de las ordenanzas en 1768: el recibo del impresor de la Secretaría de la Guerra valoraba en 68.562 reales los 4.747 juegos de tres tomos impresos, encuadernados en pergamino, es decir, el costo en una imprenta oficial era de cinco reales por tomo en octavo de unas 350 páginas. El margen comercial elevaría el precio hasta el doble o el triple, o sea, de diez a quince reales el tomo.

Pero los libros normales eran en cuarto, de doble tamaño, que costarían el doble, al menos unos veinte reales. Hay otro dato posterior, de 1795, cuando San Martín era teniente. El encuadernador de Jovellanos le pedía seis reales por cada tomo en pasta, y él, regateando, le ofrecía la mitad. Debían de ser libros de lance, pues, en otro caso, cada uno tendría su precio y no cabría el regateo. Nos atenemos al primer cálculo, pues no es fácil que un oficial en activo fuese capaz de encontrar de ocasión novedades editoriales. Con esos datos resulta que los 800 libros a veinte reales costarían 16.000 reales, equivalentes a la paga de un capitán durante 23 meses, casi dos años, o a la de un teniente durante 37 meses, más de tres años, o bien, estar cuatro años a media paga el capitán, o seis el teniente. Para San Martín se daría esta posibilidad durante más de la mitad de sus siete años y medio con sueldo de capitán, o lo mismo durante los once y medio de teniente y subteniente. Resulta excesivo dispendio en libros para un militar, que acaso ayudase a sus padres y hermana. Lo que parece indudable, como conclusión, es que habiendo leído San Martín “enormemente, y más en superficie que en profundidad”, como bien dice Caillet-Bois, hubo de conocer en su mocedad parte de las obras de humanismo militar coetáneas, que darían ese fondo espiritual advertido en sus normas de vida y de mando, cubierto en la superficie por la tupida fronda de la Ilustración, en la que estaba inmerso.


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