Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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033 | Mocedades Militares - Por José María Garate Córdoba


La niñez de José Francisco de San Martín está marcada por la ausencia de los jesuitas, expulsados por entonces de su misión en Yapeyú y de su colegio de Málaga, cuyo local ocupó la escuela a la que iba a asistir. Habría que desplegar un panorama ambiental para definir aquella infancia. Primero, en sus influencias familiares, bajo la figura militar del padre, de prolongados y honrosos servicios, creando en la familia amor a Dios, respeto y un orden exacto y armónico. La complementaba el modelo de la madre, actuando por presencia y por acción, cariñosa y educadora, dedicada a todo en el hogar, desde la piedad y la enseñanza cristiana hasta sus virtudes y consejos, pues eran ejemplos que se grababan en el corazón del niño y que recordaría a lo largo de su vida.

De la posible escuela a la que pudo ir José Francisco en Buenos Aires hasta los seis años, nada sabemos, aunque, aprendería allí a leer y escribir. Durante el año largo que la familia permaneció en Madrid, no es probable que el padre enviase a los hijos a la escuela; estaban de paso, esperando un rápido destino que les hiciera viajar a Andalucía o América. Se anotó una alusión de José al Real Seminario de Nobles -apto para hijos de capitán-, aunque, al no constar matriculados los San Martín, a lo sumo pudieron asistir de oyentes y por muy poco tiempo. Pero es significativo que, en la instancia del padre al año de vivir en Madrid, lamentase que sus hijos estuviesen "sin educación ni carrera".


Notable inteligencia y excelente caligrafía

Después José se formaría durante casi seis años, en la escuela de las Temporalidades de Málaga, sucesora del colegio jesuita de la calle de la Compañía (la de Jesús) frente a la actual plaza de la Constitución, a 300 metros de la casa paterna de Pozos Dulces. La escuela daba enseñanza gratuita. Las familias de los maestros vivían en el mismo edificio, lo que debió influir en los escolares, pues hacia 1800 tuvieron preferencia los profesores "sin hijas que pudieran distraer a los jóvenes". Los exámenes eran públicos, presididos por las autoridades civiles y eclesiásticas, para dar solemnidad al acto y responsabilidad a los alumnos. Había tres clases por la mañana y otras tres por la tarde, con un maestro y un ayudante en la de lectura y otros en la de escritura, incluyéndose en ellas ortografía, gramática y aritmética. Además, se estudiaba catecismo, principios de moral y dos cursos anuales de latín, de los que no quedó a José ningún provecho y sí el recuerdo de los azotes que le valió una macarrónica traducción.

En cambio, destacó su excelente caligrafía, visible a los once años en la instancia de ingreso en el Ejército, con hermosa letra, hecha con gusto, habilidad práctica y firmeza expresiva, revelando afición y dotes para el dibujo. Consta que la precocidad de José llamaba la atención de otros alumnos. Uno mayor que él dijo que, sin volver a oír el nombre de San Martín, jamás olvidaría sus extraordinarias muestras de inteligencia. También debió de sobresalir en el deporte: natación en las playas malagueñas y equitación en sus campos, cosa normal entonces.

Seis años, desde los seis hasta los trece, vivió José en la sencilla casa paterna y en el rudo cuartel de aquella Málaga de cincuenta mil almas, alegre y movida cara al Mediterráneo, con vestigios árabes. En la mezcla de bullicios españoles, arábigos, bereberes y de navegantes de todos los mares, se sumergía su espíritu, donde su herencia, de recia castellanía y piedad cristiana, recibía influjos del fatalismo oriental y de las costumbres exóticas, capaces de predisponer a la tolerancia. Todo influía en la mente y el alma de José, contribuyendo a forjar su vigorosa personalidad.


El Ejército de entonces

El Ejército en el que ingresaría el niño José de San Martín entraba en una época de transición. Alcobrar pujanza la burguesía, las nuevas ideas limitarían el clasismo imperante hasta entonces. Ya veinte años antes, en 1768, las "Sabias Ordenanzas" se anticipaban a advertir al oficial que su nacimiento no debía granjearle esperanzas para el ascenso. El Ejército de 1789 acaso lo formasen ya los 130.000 hombres que tuvo, pero los efectivos más próximos que nos constan son los de 1788 en que eran 85.843 hombres, de ellos 277 generales y brigadieres, 4.573 jefes y oficiales y 80.993 de tropa. Formaban en treinta y siete regimientos de infantería, doce de caballería, ocho de dragones, cuatro de suizos, uno de ingenieros, uno de artillería, cuarenta y tres de milicias provinciales y cinco unidades de la Casa Real. Había además compañías dispersas y fijas, infantería y artillería de marina, y cuerpo de inválidos.

Pero José de San Martín se iba a incorporar a infantería. Un regimiento de infantería tenía entonces dos batallones, cada uno con ocho compañías de fusileros y una de granaderos, compuesto por 7.620 hombres, distribuidos en 30 oficiales, 115 suboficiales, y 575 cabos y soldados. A veces se formaba un tercer batallón, pero en cuadro o en precario.

Ese era el ejército regular, pero existían también las Milicias Reglamentadas y los Cuerpos Urbanos, fijos y territoriales. Las Milicias Reglamentadas suponían un ejército de complemento, de reserva, con tropa de recluta provincial o regional; no estaban en armas, sus oficiales no eran profesionales, ni podían mandar a nadie del Ejército; al no tener sueldo ni ellos ni la tropa más que al ser movilizados, su único aliciente serían los privilegios del fuero militar, con gran cantidad de exenciones y beneficios. La concesión del grado de coronel de milicias a Manuel Tadeo de San Martín (hermano de José Francisco) era puramente honorífica, pues en el Ejército no tenía aplicación, y en milicias no ejercían los profesionales.

La doble base del Ejército fue, como siempre, la formación de oficiales y el reclutamiento de tropa. La oficialidad seguía siendo esencialmente nobiliaria, pues así lo reglamentaba el ingreso de cadetes, soldados distinguidos y miembros de la Guardia Real o Guardia de Corps. Los cadetes habían de ser de origen noble o hijos de capitanes. Quienes ingresabande reclutas podían llegar a sargentos, y los sargentos calificados ascendían a tenientes pero, dado su origen de tropa, difícilmente pasaban a capitanes. El proceder de soldado limitó la carrera de Juan de San Martín que, pese a su excelente hoja de servicios, no llegó a capitán efectivo.

El sistema de reemplazo lo constituía el enganche o reclutamiento voluntario y las quintas y levas por sorteo, formas de recluta forzosa. La recluta recaía básicamente sobre los campesinos, por las exenciones establecidas para nobles,intelectuales, administrativos y los de profesiones urbanas, cosa que creaba el natural malestar en las familias de quienes habían de servir ocho años en filas. La guerra contra el Directorio, primero, y contra Napoleón después, encontró a este Ejército en proyectos de reforma. Desde 1797 se intentó renovar la organización y la táctica, pero la política lo dificultaba.


El Saludo, la Bandera y el Himno

El saludo que aprendería José de San Martín era reciente, pues se generalizó a partir de enero de 1769, en que rigieron las nuevas ordenanzas. Se había planteado su necesidad en 1767 al sustituirse por la gorra de sombrero (una especie de mitra sueca) el sombrero acandilado, versión del de tres picos, flexible y estrechado en candil, con el que el inferior, descubriéndose, hacía la reverencia al superior, como residuo del saludo de los Tercios, sin el difícil garabato con que la pluma del chambergo barría el suelo.

La nueva prenda, sin ala ni picos, hizo corregir a última hora el borrador de las ordenanzas para imponer un saludo nuevo: "Hará la demostración de llevar la mano derecha al escudo de la gorra, y dejará caer con aire la mano sobre los pliegues de la casaca". A los diez años, en 1779, se volvió al tricornio -el que usaron los San Martín y su padre-, pero quedó el saludo.

San Martín llevó al Ejército argentino, o las mantuvo, muchas cosas del español, además de las ordenanzas; por ejemplo, los colores de su Regimiento, que en 1791 cambió a celeste el azul de la divisa - cuello, bocamangas y vueltas- de su blanco uniforme, colores con los que se encariñó hasta hacer de ellos bandera de su Ejército y su Patria emancipada.

La bandera española roja y gualda (blanca), tal como hoy la tenemos, ondeaba desde 1785 como bandera de la Armada. La vería José Francisco por el puerto de Málaga, en los arsenales y los buques, y en sus primeras navegaciones a Melilla en 1790 y Orán en 1791. Bajo ella combatió en 1797 en la fragata "Santa Dorotea" y en la guerra de Portugal, cuando la enarbolaba la infantería de marina y al desembarcar las tropas, por contagio de los marinos y enardecimiento con sus colores.

Ondeaba ya como bandera nacional en el sitio de Gerona, y se hizo popular a lo largo de la Guerra de la Independencia. Con ella entraban en las ciudades marinos y soldados y la acogía el pueblo en armas, muy preferida a la borbónica por su brillante flamear y porque era de la Patria más que de los reyes sumisos a Napoleón. Como tal la alzó Riego en Cabezas de San Juan, de modo que al declararse oficial en 1843 para la Patria y el Ejército, sólo se reconocía lo que ya era un hecho. Puede decirse que por ella y con ella luchó siempre en España San Martín.

Desde su ingreso oiría San Martín la marcha granadera que, con la marcha fusilera, alternaba desde 1761 en formaciones de infantería, predominando aquélla sobre ésta por su imponente solemnidad. Por eso sonó majestuosa en 1820 cuando Fernando VII se acercaba a jurar la Constitución. Como ocurrió con la bandera, su atractivo anticipó el uso, y fue marcha real mucho antes de reglamentarse oficialmente como tal y luego como himno nacional.


El Cadete José de San Martín

Procedente de Lima, había llegado a Cádiz para reorganizarse, con los cuadros incompletos, el Regimiento de Infantería de Soria, "El Sangriento", y don Juan de San Martín, con ilusión militar de retirado, logró que en septiembre de 1788 ingresasen en él como cadetes sus dos hijos mayores: Manuel Tadeo y Juan Fermín Rafael, que pronto pasaron a Elche (Valencia), en cuyo cuartel quedó de guarnición el cuerpo, una vez al completo.

En el abril siguiente, ya había decidido don Juan que José Francisco fuese cadete del Regimiento de Murcia, y no del Soria, cuya plana mayor estaba en Málaga. Pudiera ser por tenerle cerca, lo que no consiguió con los mayores, pues las ordenanzas, en el artículo 5 de su título II, establecían: "no podrá haber más de dos cadetes por compañía". Siendo esencial en la carrera la edad de ingreso, pues era un condicionante para los ascensos, había que olvidar preferencias y optar al regimiento que tuviese plazas el año en que el pretendiente cumpliera la edad mínima de ingreso. Además, el artículo 2 del mismo título limitaba la edad diciendo: "Ha de tener el Cadete la de no ser menor de 12 años, siendo hijo de oficial, y no siéndolo, la de 16, pero ha de ser de buena disposición y esperanzas". Buenas y compensadoras de la falta de edad, debía de tenerlas el pretendiente San Martín, cuando el 21 de julio de 1789 se le admitió teniendo once años y cinco meses.

En el Regimiento de Murcia, "El Leal", recibiría José Francisco la lección y el ejemplo del maestro de cadetes, el espíritu de las "Ordenanzas" de Carlos III, las "Sabias Ordenanzas", promulgadas en 1768, que se grababan a fuego en la memoria y en el alma del militar de vocación, y los libros de moral militar entonces manejados. Tal sería el tríptico del ambiente militar en que viviría el niño cadete, bajo la influencia de los tres elementos que integran la personalidad: la herencia, el ambiente y la autoeducación.

En la obra del general La Llave, consta que entonces había dos medios de formar oficiales: las escuelas de cadetes de cuerpo y las academias militares de Barcelona, Orán y Ceuta. De las primeras -en las que ingresaron los San Martín-, dice que la vida en el cuartel y el campamento, la práctica cotidiana del servicio y el ejemplo constante de los superiores eran muchas veces método excelente para la formación del espíritu, el carácter y la educación militar de los cadetes. Por el contrario, veía desilusionado que la instrucción era muy deficiente, pues la actividad y el movimiento de los cuerpos armados se oponían a la asiduidad en el estudio con tranquilidad de espíritu, y no era fácil tener locales apropiados, material de enseñanza y profesores idóneos, lo cual se confirmaba al reorganizar la Academia de Ceuta "para lograr la instrucción y evitarla ociosidad".

Continuaba explicando La Llave que los maestros de cadetes (capitanes y tenientes del regimiento), al no estar dispensados del servicio de guardias y semanas, y mucho menos de ejercicios, no podían atender con constancia a la enseñanza, por lo que ésta se reducía a los artículos de la Ordenanza relativos al cabo y sargento y las admirables órdenes generales para oficiales, a las que se añadían operaciones de aritmética, nociones de geometría, fortificación y el reglamento táctico del arma, practicado en ejercicios constantes con la tropa en el campo de instrucción.

Tal pintura del precario estado de las escuelas de cadetes de cuerpo acaso peque de parcial y pesimista, sobre todo porque la mayoría de los maestros de cadetes eran modelos humanos y militares que cubrían con exceso lo que les exigía la ordenanza y suplían ampliamente con su celo las deficiencias materiales de la escuela.

Entre las ordenanzas que definen la formación a darse a los cadetes podemos exponer: "La enseñanza de los Cadetes debe comenzarse por manifestárseles el honor y conveniencia que les resultará de aprender su oficio y la poca fortuna que han de esperar de la milicia si no les acompaña su aplicación, inteligencia y espíritu". Aun precisaban más las ordenanzas sobre la esencia de la formación que los maestros de cadetes debían dar a sus alumnos, basada en el endurecimiento físico y en la fortaleza psíquica y moral.

"Celará que se vistan con aseo, bien que uniforme al soldado y que eviten en las modas aquellos excesos que ridiculizan la juventud, la afeminan y transtornan el modo sólido de pensar. Se les hará conocer la importancia de la subordinación y el ejemplo que deben dar en ella con su respeto y atención en todas partes a cualquiera oficial del Ejército, se exigirá de ellos la mayor exactitud en el servicio."

Seguían pormenorizando estas ordenanzas, en el aspecto material, la necesidad de formación por la dificultad y la dureza: "Ningún día que no sea festivo o de mal tiempo, dejarán de hacer el ejercicio, servicio u otra aplicación, conviene que madruguen, que se acostumbren a la fatiga y a una continuada y laboriosa instrucción; con semejante diario cuidado se conocerán los que tomen esta carrera con inclinación y esperancen de utilidad en ella."

Tal había de ser la preocupación y fortalecimiento de su ánima y su ánimo; pero, mientras se hacían soldados ejemplares, tenían que prepararse para el mando, que consistía, ante todo, en ser maestros, lo cual completaba a su vez la formación, pues nada cala tan hondo como lo que uno mismo enseña y exige. Por eso, paralelamente a lo anterior, el también se prevenía:

"Se les enterará bien de como se debe vestir y recibir un recluta, qué conversaciones son las más convenientes para fomentar su contento y amor al servicio, tomando por la base principal de ellas la explicación de las gracias que ha dispensado al Ejército, y un comprensible y ventajoso cotejo de la vida y esperanza de un soldado con la de un labrador o artesano, valiéndose en estas conversaciones de cuantas especies puedan inspirarle pasión militar."

Quizá Calderón de la Barca, que versificó la esencia de la milicia para terminar definiéndola como "religión de hombres honrados", hubiera apostillado el párrafo con otro verso suyo: "que no hubiera capitán si no hubiera labrador", muy real para los San Martín, padre e hijos. José de San Martín no fue cadete durante cinco años, como se exigía y lo fueron sus hermanos, sino sólo tres años y once meses, según consta en su hoja de servicios, lo cual, más que por privilegio o distinción, sería por necesidades orgánicas o, más bien, de la campaña. El Murcia tenía dos batallones de nueve compañías, ocho de fusileros y una de granaderos. El primer batallón guarnecía San Roque (Campo de Gibraltar) contra los ingleses, en el sitio del Peñón. En la escuela del segundo, en Málaga, convivirían dieciséis condiscípulos, a razón de dos por compañía de fusiles, como estaba previsto; los cuales, entre clases, estudios y servicios, llenarían su tiempo hasta desbordarlo, empapados de vocación y formación moral y técnica. Seguramente, no teniendo José servicio, se alojaría en su casa como permitía la ordenanza: "no se les precisará a que residan ni duerman en el cuartel".

No creen los tratadistas que actuase en campaña durante sus años de cadete, y Villegas lo razona muy bien. No obstante, investigando sobre el general Oliver, redactor de las ordenanzas y cadete de 1734 a 1736, pude comprobar que, siéndolo, asistió a las guerras de Nápoles y Sicilia, si bien ingresando a los dieciséis años, como entonces se exigía. Lo que se ve en los biógrafos son aplicaciones de las academias militares a las escuelas de regimiento.

Los alumnos de las primeras se llamaban casi siempre caballeros cadetes, y los de las segundas, sólo cadetes, como en las ordenanzas, donde sólo a éstos se alude, cuando parece normal dar a todos el mismo tratamiento distintivo -un cordón de plata u oro pendiente de la hombrera derecha hasta el botón del cuello, del que cuelgan las puntas, rematadas en clavos de adorno-, ya que se les exige la misma hidalguía de origen y se les conducía a la misma nobleza militar. Pero los apretados horarios escolares, las clases de adorno y otras actividades que requerían mucho tiempo y dedicación no cabían en centros regimentales.

Tenemos reglamentos y memorias de colegios militares de fechas que encuadran la escolaridad del cadete San Martín. La del Seminario de Nobles, de Madrid, es cuatro años anterior a su filiación; la del Colegio de Artillería de Segovia de 1793, nueve años posterior, y la de los colegios de Alcalá, Valladolid y Granada, de 1802, de cuatro años después. Sus grandes semejanzas nos hacen dar por bueno todo lo común de sus programas para la escuela de cadetes del Murcia.

El horario, más exigente en el Colegio de Segovia que en los otros -pese al frío invierno segoviano-, respondía bien al "conviene que madruguen" de la Ordenanza, pues, de mayo a octubre, "los cuatro segundos meses del año", la diana era a las cinco y media, y los demás a las seis. No consta hora de silencio, pero debió de ser las diez o diez y media de la noche, según la estación, pues a esa hora terminaban la cena y el recreo. Dormían, pues, en Segovia, ocho horas en invierno y siete, más dos de descanso, en verano: "de doce a tres, comer y descansar", lo que en Alcalá era sólo una: "a las doce comer y siesta hasta las dos", con lo que los cadetes reponían fuerzas sin dejar de endurecerse.

En el Colegio de Segovia no consta más formación moral que la religiosa, a cargo de su director espiritual. Al levantarse, de cinco a seis en verano y de seis a siete el resto del curso, "se leen capítulos del Kempis, se peinan y se visten". De ocho a nueve, "oyen misa y almuerzan". Por la tarde, de cuatro a cinco o de cinco a seis, "rezar el rosario, merienda y recreo", y dos horas después "tienen conferencias", que serían de instrucción moral religiosa y militar. También había clases de francés, baile y esgrima. Extrañamente, en Segovia, las vacaciones de verano eran del 15 de agosto al 14 de septiembre, pasados ya los mayores calores.

Los reglamentos de Alcalá, Valladolid y Granada no añadían más asignaturas que la historia general y de España. En lo religioso, sin lectura del "Kempis", se añade que, de cinco y media a siete "se encomendarán a Dios, lavarán y peinarán, desayunarán y pasarán a revista", oyendo misa de siete. De siete a ocho de la tarde, merienda, rosario y alguna instrucción cristiana; la cena a las nueve y media, "y después de encomendarse a Dios con una breve oración, se recogerán".

Como se ve, el plan es el del espíritu militar cristiano manifiesto en las "Reflexiones Militares" de Marcenado. El de Alcalá es de los más minuciosos. Se extiende en la misión de los capellanes, ordenándoles asistir y consolar a los cadetes enfermos, hacer a todos sus "misiones" en cuaresma, cuidar de que se confiesen seis veces al año al menos, "procurando a los Caballeros Cadetes la justa libertad que es debida en sus confesiones".


Mente sana en cuerpo sano

Todo eso era cuidado de las almas para la salud moral; el del cuerpo para la salud física estaba a cargo del médico (el físico), pero el artículo 5 del reglamento exigía a los pretendientes una buena constitución corporal: "Deberán ser de buena talla, configuración y robustez, y de ningún modo se recibirán enfermizos, contrahechos, cortos de vista o de voz malsonante, o que su talla sea inferior a la que indica la edad, pues tales defectos son muy opuestos a la consideración y respeto debidos a los que mandan."

Sobre esa complexión actuarían, robusteciéndola, los juegos y deportes. Los factores del desarrollo atlético harían que el cadete niño llegase a ser oficial fornido, como prevé el artículo 9 de la segunda parte: "Las escuelas de esgrima, baile y aún la equitación, se tendrán durante todo el curso de estudios, y vendrán a ser como un desahogo y recreo de los Cadetes, que al mismo tiempo los agilice, suelte y mantenga en robustez, igualmente que los juegos de pelota, de bolos, saltar y correr, y cuantas diversiones puedan contribuir a adquirir agilidad y robustez."

Entre las doce asignaturas de aquellos tres colegios, ninguna era moral, aunque en lo humanístico destacan en el reglamento unas cuidadas reflexiones pedagógicas sobre retórica y ortografía: "Los profesores y aún los oficiales procurarán imponerles al mismo tiempo en los principios de la verdadera retórica, que no consiste ni se adquiere en los catálogos de reglas y estériles figuras, sino en hacer conocer la propiedad y diferencia de los estilos, como se evita la hinchazón y la baxeza, como se da fluidez a un período, como se expresan con naturalidad y fuerza las ideas, para lo que es preciso que sean sólidas y exactas" El reglamento incluye así una preceptiva literaria, importante para el militar, que para sí querrían las academias actuales. En segundo año, se daba lengua francesa, de la que bastaban rudimentos y traducir con propiedad, y gramática castellana, con especial atención a la sintaxis "pues el conocimiento de las partes de la oración es común a todas las lenguas, como también de los tropos y ortografía, sobre lo cual vigilarán todos los profesores, pues que se opone a toda educación escribir groseramente".

Había prevenciones necesarias para la corta edad de los cadetes y la necesidad de frenar fantasías novelescas en su imaginación, necesitada de concentración y no de evasiones obsesivas en las horas de estudio, que en estos colegios eran tres en verano y dos en invierno, en una sesión temprana y otra al anochecer. Convenía que, ni en el descanso, se dispersase demasiado la fantasía con lecturas absorbentes u opuestas al espíritu militar y cristiano, por lo que se advertía: "Aunque no se deben permitir en el Colegio otras obras que las que se establezcan por elementales, no se prohibe a los Cadetes más adelantados, desde tercer año, la lectura de las que puedan contribuir a su recreo o distracción en sus ratos libres, con permiso de los jefes de sus compañías. Estos pondrán el mayor cuidado de que tales libros, de cualquier idioma que sean, tengan buen estilo y sana doctrina, y que absolutamente se niegue la entrada en el Colegio a todo género de novelas y falsas historias, de materias superiores a la edad, capacidad e instrucción de los Cadetes, o inconexas con sus estudios; finalmente, a cualquier libro que pueda perjudicar en la religión, en las costumbres y en la formación del buen gusto." Tras el razonable celo contra las lecturas perjudiciales al espíritu y la moral de la milicia, destacaba el cuidado por la formación del buen estilo y el buen gusto de los cadetes.

Más importante era que esa mente sana estuviera en un cuerpo sano y adiestrado para el ejercicio militar, lo que se conseguía en hora y media de prácticas y las dos horas diarias de instrucción táctica y mecanismo, con una hora de instrucción de habilidades, de once a doce en invierno y verano, y con la destreza, agilidad y fortaleza que proporcionaban los juegos y deportes para mantener en forma aquella constitución corporal con que los cadetes ingresaban.


El aseo y las comidas

Los hábitos en el aseo y las comidas influirían en los futuros oficiales a que se dirigía la formación de los cadetes. Sus criados eran dos ayudas de cámara y un mozo de retrete por brigada. Los primeros, con dormitorio inmediato al de los cadetes, se levantaban antes, para facilitarles los útiles de lavarse y peinarles: "Seguidamente los peinarán, debiendo tener siempre bien cortado el tupé, con una simple caída de pelo en cada lado, sin rizo, que no pase de media oreja y una coleta corta con un lazo en su principio. En los jueves y domingos (días de vacación) se limpiarán la cabeza con un peine espeso, para que siempre se conserve sana y con aseo, cuya práctica celaran los oficiales de compañía con incesante cuidado.

"También se les mandaba vigilar que los criados, al servir en la mesa a los cadetes, como en cualquier servicio, les guardasen el respeto debido, y que, por ningún pretexto, tuviesen con ellos familiaridad. Después se explicaban las comidas. Interesa conocer la del cadete, que era la misma del oficial de compañía:

"Para desayuno [...] se dará una onza y media de chocolate con un cuarterón de pan, o el almuerzo que se juzgue más conveniente ... Para la comida, sopa de pan, fideos, arroz o cosa equivalente; cocido de vaca o carnero, con tocino, garbanzos y verdura; un principio de carne, variando el guisado, un panecillo de media libra y el postre equivalente a cada estación. Para merienda, un cuarterón de pan y la cantidad de fruta, almendras, pasas, queso, etc. que arregle la Junta; y para la cena, un panecillo de media libra, ensalada cruda o cocida, según el tiempo, guisado de carne y un postre. En Pascua y Carnestolendas y otras fiestas señaladas, y en especial después de los exámenes, se les servirá un plato extraordinario."

Aquí se identifican los términos desayuno y almuerzo, según norma castellana que, a veces, los diferenciaba, siendo el almuerzo colación de las once de la mañana, de donde viene llamarse hoy almuerzo la comida temprana. No figuran los huevos ni el pescado en ninguna comida, y no se les reforzaba la comida durante los exámenes, para no nublar la cabeza con torpezas de digestión, sino que después se reparaba el especial desgaste de aquellos días.

Con eso sabemos, aproximadamente, lo que comía San Martín siendo cadete, desde los onceaños hasta los quince (1789-1793), y cómo comería después siendo ayudante segundo, en 1802, fecha del reglamento, que también se refería a las costumbres de los oficiales.


Las "sabias ordenanzas" que aprendió San Martín

El alma militar de San Martín, como el de generaciones posteriores y una anterior, se forjó en la letra y el espíritu de las "Sabias Ordenanzas", promulgadas veinte años antes de su ingreso, único libro que el primer día le hizo comprar el maestro de cadetes. Las "Ordenanzas Militares" eran la doctrina moral y del servicio, la norma de vida militar para el soldado y el oficial, aunque los oficiales ilustrados y los maestros de cadetes tendrían en su pequeña librería algún libro básico y ya clásico, como consta que San Martín tuvo las "Reflexiones Militares" de Marcenado y alguna otra obra -como las mismas ordenanzas, que no constan. También hay que pensar en las bibliotecas de los regimientos, aunque fueran escasas.

En relación con la vida militar de San Martín, conviene subrayar que el tratado segundo de las "Ordenanzas" fue, durante más de dos siglos, el dogma, el código moral y la norma ética de la milicia española y de dieciséis naciones hispánicas. En las mocedades de nuestro héroe, sus ocho tratados constituían un compendio legislativo enciclopédico del saber militar, del "régimen, disciplina, subordinación y servicio", que pronto se redujo a las obligaciones de cada empleo, pasando a reglamentos especiales los otros siete tratados, más técnicos y transitorios.

Tenía San Martín diecisiete años de edad y dos de experiencia como subteniente cuando se publicó el libro de Peñalosa sobre "El honor militar", donde se señalaba que las ordenanzas de Carlos III son: "la teoría sublime que ha de seguir el militar", que por ellas fija sus juicios y opiniones y arregla su conducta. En la obra se pregunta:

"¿Por qué no habían de juntarse los cadetes y oficiales para oír las explicaciones de los más expertos? Los capitanes y jefes mas ancianos habrían dos veces al año de presidir ciertos consejos donde se examinasen los subalternos, no sólo de saber de memoria las ordenanzas, sino de la penetración particular de ellas."

Lo de los capitanes ancianos nos recuerda a don Juan de San Martín; y el examen propuesto sobre la letra y el espíritu de las ordenanzas, sería leve antecedente de los juicios de honor de los oficiales de Granaderos a Caballo según el especial código de ese cuerpo, creado por San Martín, más estricto que las ordenanzas vigentes entonces en Argentina.

Las ordenanzas de Carlos III, rigiendo en España desde enero de 1769, entrarían en América en enero de 1772 de mano de su redactor, don Antonio Oliver, cuando llegó como capitán general de Yucatán, aunque sólo consta su vigencia hispánica desde 1774. En Argentina, rigieron hasta 1888, sesenta y cuatro años después de su emancipación. En el museo del Regimiento de Patricios de Buenos Aires hay un ejemplar, impreso en Madrid en 1850.

El general San Martín las encontró tan excelentes que las impuso a sus tropas, dándose el caso único y paradójico de que, en la guerra de Emancipación, los ejércitos enfrentados regulaban su conducta por el mismo espíritu y la misma letra, como lo hacían los demás de alma hispánica, dieciséis de los cuales conservan aún lo esencial de aquellas ordenanzas españolas.

En cuanto a San Martín, hay una nota curiosa que las enlaza con nuestro siguiente apartado, uniendo lo religioso con lo militar en la veneración de las viejas banderas, colocándolas como máximo honor junto al altar mayor de las iglesias. Era una antigua tradición española, suprimida del manuscrito de las ordenanzas sólo dos meses antes de imprimirse, por la objeción real de "quedándose a los Regimientos banderas o estandartes nuevos, no se permita colocar las viejas en ningún templo". Se prohibía, como norma general, pero el altar de la Virgen del Pilar, en Zaragoza, del Rosario de Atocha, en Madrid, y otros muchos fueron flanqueados por banderas victoriosas. Una argentina, trofeo de 1813 por San José de Gualeguaychú, la envió José de San Martín a la iglesia de San Antonio de Gualeguay, dedicada a su patrono cuatro años más tarde; y la bandera de los Andes iría al convento de San Francisco, donde se veneraba la imagen de la Virgen del Carmen, patrona general de su Ejército.


La "instrucción militar cristiana"

Era un libro de apariencia insignificante y devota, de noventa y seis páginas en octavo menor, que constituyó la primera deontología militar conocida. La mandó publicar Carlos III en 1788, el año anterior al ingreso de San Martín como cadete. Su carácter oficial asegura que, si en el Ejército y la Armada se estudió en cuanto apareció, en las escuelas de cadetes acaso fuese conocida en un texto anterior.

El título y el prólogo indican que se trata de una reedición: "Instrucción militar cristiana para el ejército y armada de S. M. Nueva reimpresión hecha de su Real Orden". Reforzaba su oficialidad estar publicada en la oficina de la Secretaría del Despacho Universal de la Guerra, la que veinte años antes editó las ordenanzas.

En el prólogo se dice:

"Cuando se imprimió la primera vez fue con destino a un corto número de individuos: Siendo de tanta utilidad para desempeñar las obligaciones militares, no ha querido S.M. que carezca de ella su Ejército y su Armada, y con su infatigable celo de que se conserve íntegra la más sana doctrina católica, cuya práctica constituye el verdadero honor del militar perfecto, ha mandado que se reimprima y comunique a todos los cuerpos."

Su antecedente era la "Instrucción militar cristiana para uso de los caballeros cadetes del Colegio Militar de Segovia", traducida en 1774 de un texto anónimo francés de 1727, que en 1737 tradujo en Barcelona por primera vez José Escofet. La "Instrucción" llegaría al cadete San Martín por adquisición obligatoria y aprendizaje dispuesto por el maestro de cadetes, el capellán o ambos.

El texto oficial estaba muy españolizado, siguiendo la letra de las ordenanzas y muchos sucesos y tradiciones nacionales. Comprendía cincuenta y una preguntas, algunas profundas, y en sus respuestas se contenía abundante doctrina apoyada a veces en ejemplos, al uso de entonces. Sin dividirse en partes, se apreciaba un primer grupo sobre la compatibilidad entre religión y milicia; el segundo sobre las obligaciones y los delitos militares; el tercero, de los posibles vicios del soldado; el cuarto, de sus virtudes y pecados; y el quinto, de la religiosidad profesional.

Señala que la blasfemia es el mayor vicio en la milicia, como era el primer delito tipificado en la ordenanza. En cuanto a "si es permitido jugar", responde que, aunque el juego no es malo y sólo se prohíben algunos, lo malo es el vicio, por la cantidad, tiempo y pasión. Pregunta si el soldado que se embriaga es responsable de sus actos, y si la embriaguez pacífica es pecado, y las respuestas afirmativas son muy filosóficas, claras y convincentes.

En cuanto al pecado de torpeza, habla a la razón y al alma de los males de la lujuria y el amor impuro, "que enciende las demás pasiones, hace feroces a los hombres, rompe los lazos más sagrados, ciega el espíritu y endurece el corazón". La ordenanza era inflexible y cruel con el crimen pues al bestial o sodomítico se le ahorcaba, quemando luego su cadáver, como en las penas comunes. De la injusticia, dice que "en la guerra viva es donde más se necesita distinguir los abusos que se disimulan, de los usos que realmente se permiten".

Responde luego que el militar evitará los arrebatos de cólera: "porque el furor hace perder la razón y olvidar los derechos más sagrados, debilita la autoridad e inspira los levantamientos. Es un fuego que debe sofocarse en un punto para que no se inflame más y más y cause graves incendios."

El símil sería del traductor, pues estaba contenido en la obra de Quevedo:

"El fuego de la cólera no alumbra la razón, que la quema". Pero tres años antes del original francés de la "Instrucción", en 1724, había escrito Marcenado: "Si no puedes abstenerte de la cólera, ya que este humor nace con nosotros, excúsate, al menos de tomar alguna resolución mientras estés en ella", y acaso se inspirase en esto aquel "castigará sin cólera" de las ordenanzas.

En cuanto a si, mirando por la honra, son buenos los desafíos, considera que éstos son contrarios a la razón y a la humanidad, "una locura, una barbaridad proscrita por leyes divinas y humanas". Señala luego que la mayor causa de extravíos es la ociosidad, porque nuestro espíritu siempre piensa y nuestro corazón siempre se inclina a algún objeto.

La "Instrucción" sigue examinando cada virtud frente a su vicio opuesto, preguntando sutilezas como si peca el que se ausenta sin licencia, el que ataca sin permiso a los enemigos o el que abandona el puesto por cobardía, contestándolo todo con agudeza persuasiva.

Tras ello, "¿Qué calidades tendrá el valor del soldado cristiano?" Pues: "ser siempre humano, prudente, arreglado a las leyes y a la justicia, sumiso a las órdenes y, sobre todo, fundado en los principios religiosos", abonando la idea con muchas y muy buenas reflexiones y ejemplos.Podemos ir aquí pensando cómo lo asimilaría aquel futuro General San Martín que lo aprendía siendo un niño cadete. Al llegar al final, el ignorado autor plantea: "¿Qué deben hacer los cristianos antes de entrar en función?" Y aconseja:

"El soldado cristiano que va a pelear, debe ponerse en gracia de Dios, hacer algún acto de fe, esperanza y caridad, confesar si puede, implorar la protección de los santos, principalmente de la Reina de los Angeles, de su patrono y del ángel de su guarda. Y después, marchar con toda confianza a la función diciendo: "Poderoso señor de los Ejércitos, mirad mi valor, sostened mi brazo, sed mi defensa; de vos sólo depende la victoria y si os dignáis estar conmigo, nada tengo que temer."

Por fin, pregunta si el soldado debe amar a su patria, tema nuevo entonces. Y la respuesta afirmativa trae dos interrogantes combinadas: Si debe un militar celar la gloria de su Rey, y si debe procurar su propia gloria. En cualquier caso, sí, pero mirando a la salvación del Estado y de su alma, pues "¿de qué sirve al hombre - Rey o soldado- ganar el universo entero, si perdía su alma y se hacía eternarnente infeliz?". La gracia literaria del autor hace que termine en pregunta su libro de respuestas.

Este breviario deontológico, casi un catecismo castrense, merecía tal examen. Entre las muchas cosas de sus pocas páginas, esboza la sociedad militar de un San Martín adolescente; y, con clásico y castizo estilo español, concuerda la doctrina cristiana con las "Sabias Ordenanzas" de Carlos III.


El Cadete San Martín en campaña

Llevaría San Martín cerca de catorce meses de cadete, aún lejos de cumplir trece años, cuando formó parte de un destacamento a Melilla, donde cuarenta y cinco años antes había combatido su padre. Piccinali calcula que debió partir de Málaga en el mes de septiembre de 1790, cuando declaró la guerra Muley Yasid, sultán de Marruecos. Pese a su corta edad, dadas las cualidades físicas, mentales y morales que recordaban sus compañeros desde la infancia, debe creerse que estaba en perfectas condiciones para hacer servicio. Basta considerar que, con dos años de instrucción, se daba de alta como fusilero a un recluta analfabeto.

En las siete semanas que duró el destacamento de Melilla, San Martín no hizo nada especial, sólo aprender. En noviembre de 1790 ya estaría de nuevo en Málaga, pero apenas permaneció allí cinco meses, pues el 5 de abril de 1791 salía el 2 Batallón para Cartagena, donde esperó órdenes durante treinta y tres días, hasta que el 25 de junio -con dos años de cadete y trece cumplidos- llegó a Mazalquivir para reforzar la plaza, sin que en doce días de acción tuviese que entrar en combate.

De allí, sin solución de continuidad, pasó el Batallón a Orán que, asolada por un terremoto el octubre anterior, dio ocasión al bey de Mascara para sitiarla con abundantes fuerzas. Llegó el Batallón el 25 de junio, y tres días después empezaron los ataques de los moros, que durarían treinta y tres días. Fue el bautismo de fuego de San Martín. Los cadetes sólo servían en fusileros, pero él solicitó ser agregado a los granaderos, dada su destreza en lanzamientos. Al concedérsele, se le anotó como mérito en su hoja de servicios.

El 30 de julio de 1791, se acordó una tregua de quince días, tras la cual fue entregada la plaza, aunque el Batallón permaneció en ella siete meses más, hasta la total evacuación el 27 de febrero de 1792, cuando San Martín cumplía catorce años.

El 2 Batallón del Murcia debió incorporarse en noviembre al ejército de Aragón, que, mandado por el príncipe Castilfranco, cubría la frontera en los Pirineos Centrales. Piensa Piccinali que, para adaptar a los andaluces al clima frío, pasaría el invierno en las cercanías de Zaragoza, mientras que Villegas le sitúa en el Valle de Arán, del que se distribuiría por el de Tena.

En marzo de 1793, España declaraba la guerra a la Revolución francesa, y el 2 del Murcia, agregado al ejército de Cataluña para su ofensiva en el Rosellón, fue a cerrar la frontera por Seo de Urgel. Como San Martín era buen tirador, pudo incorporarse a la compañía de cazadores del capitán Corts.

Lo que sigue es la guerra. Ya en ella, el carácter escolar de San Martín se difumina y se pierde desplazado por el de combatiente, que corresponde a otro capítulo de su vida. Seis meses después de abandonar Málaga, el 19 de junio de 1793, el cadete recibiría el real despacho de subteniente.

¿Qué fue de sus estudios? Hemos apurado las actividades que requería su formación, impedidas en parte por las del servicio y la campaña. Hay que pensar, sin embargo, que durante los siete últimos meses en Orán, los cinco anteriores y nueve posteriores en Málaga, y los cuatro primeros del ejército de Aragón, aún sin guerra, se continuaron las clases de cadetes, hasta un total de tres años y tres meses de formación, aunque discontinua e irregularmente -faltando, sobre todo, el ambiente del colegio de Málaga-. Pero sabemos que San Martín lo suplió con su constante estudio y autoeducación.


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Ministerio de Cultura de la Nación