Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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038 | La vuelta de los Granaderos - por Enrique Mario Mayochi

El 13 de febrero de 1826, setenta y ocho integrantes del Regimiento de Granaderos a Caballo de los Andes llegaban a su antiguo cuartel del Retiro, en Buenos Aires. La ciudad apenas reparó en ellos y el periodismo se consideró cumplido con las pocas líneas que les dedicó la Gaceta Mercantil.

¿Quiénes eran los que retornaban, por qué se habían marchado? Para dar respuesta cierta a estas inquisiciones es menester evocar una de las páginas más gloriosas de nuestra historia militar.


Los Granaderos de San Martín

En marzo de 1812 volvía don José de San Martín a su tierra, de la que se había ido, siendo un niño, para radicarse en España con sus padres y hermanos. Regresaba graduado de teniente coronel de caballería y con una brillante foja de servicios castrenses, amen de una experiencia bélica no común entre nosotros. Pocos días después, el 16, el Poder Ejecutivo triunviro le confería el empleo militar efectivo correspondiente a su grado y la comandancia del escuadrón de granaderos a caballo que ha de organizarse. Lo entrecomillado merece una aclaración: explica el historiador militar Emilio Anschutz que en los albores de nuestra nacionalidad, era una modalidad de parte de los hombres de gobierno, cuando las necesidades del Estado o de guerra exigían la creación u organización de una o varias unidades, buscar en principio a los jefes que las iban a comandar, extendiéndoles el despacho de tal en la unidad que a partir de esa fecha se iba a formar.

Podemos fijar, entonces, la del 16 de marzo de 1812 como fecha de creación de los Granaderos a Caballo ¿Pero qué era un granadero? San Martín bien lo sabía desde que, siendo cadete, se incorporó como voluntario a la compañía granadera del Regimiento de Infantería de Murcia: un soldado llamado a desempeñar arriesgadas misiones, consistiendo una de ellas en preceder a las columnas de asalto en los sitios.

Debía sobresalir por su talla elevada, robustez, agilidad y valentía, así como agregar a su armamento un saco –la granadera- que contenía hasta doce granadas, o proyectiles de hierro fundido, huecos, esféricos y con un orificio para introducir la carga. De los granaderos infantes derivaron con el tiempo los de caballería, destinados a combatir tanto a pie como montados. Pero la variación no cambió las cualidades exigidas para aspirar a serlo.

Sobre la base de su vasta experiencia ibérica, el flamante jefe comenzó a organizar su unidad, haciéndolo con exigencia suma tanto para el reclutamiento como para la instrucción inicial, dirigida por él cuando no personalmente impartida. Bajo este sistema, sostenido con perseverancia y hasta con rigorismo -dice Jerónimo Espejo, un testigo válido-, se verificó la enseñanza de todos y cada uno de los soldados de ese cuerpo, debiendo añadir que no era una enseñanza de mera forma ni que el jefe u oficiales tolerasen algunas pequeñas faltas de ejecución; no, señor. No se pasaba de una lección a otra mientras no se viera perfecta y bien ejecutada la anterior. Prontamente, el jefe determinó los delitos por los cuales deben ser arrojados los oficiales del cuerpo. De los catorce legislados, destaquemos dos: Por cobardía en acción de guerra, en la que aún agachar la cabeza será reputado tal y Por hablar mal de otro compañero con personas u oficiales de otros cuerpos.

Ya formado el primer escuadrón, el Poder Ejecutivo triunviro dispuso sucesivamente la creación del segundo y del tercero, con fecha 11 de setiembre y 5 de diciembre de 1812, respectivamente. En el mes final del año, un decreto del día 7 dice que atendiendo a los méritos del comandante don José de San Martín ha venido a conferirle el empleo de coronel del Regimiento de Granaderos a Caballo, concediéndole las gracias, exenciones y prerrogativas que por este título le corresponden. El ascenso del jefe se explica en mérito a que en adelante lo será de un regimiento, cuya creación, evidentemente, también se ha dispuesto.

Agreguemos a lo dicho que, desde el 5 de mayo anterior, los granaderos tenían por alojamiento el cuartel del Retiro y por aula, a cielo abierto, el cercano Campo de la Gloria, llamado de Marte después de la Revolución, cuyo ámbito se correspondía en buena medida con el de la actual Plaza San Martín.


De San Lorenzo a Ayacucho

Poco tiempo permanecería allí el regimiento. Con el 3 de febrero de 1813 llegó el bautismo de fuego a orillas del Paraná, en ese combate de San Lorenzo que provocó por muerte las primeras catorce bajas y la incorporación de José Félix Bogado, uno de los tres lancheros paraguayos entregados por los vencidos al hacerse el canje de prisioneros.

Al ser nombrado San Martín jefe de la expedición auxiliadora del Ejército del Norte, con él marchan el primero y el segundo escuadrón. El tercero y el flamante cuarto escuadrón cruzarán a poco el Plata para reforzar al ejército de Oriente, y el 22 de junio de 1814 entrarán en Montevideo a la cabeza de las tropas vencedoras, cuyo jefe, Carlos de Alvear, dos años antes había sido primer sargento mayor de la unidad.

En setiembre de 1814, San Martín llega a Cuyo para ser Gobernador Intendente y comenzar a hacer realidad su plan de liberación continental, ese que en sus detalles ni su almohada llegó a conocer. Para ser la base del ejército que se organizará, a Cuyo llegan por caminos diferentes, de a dos, los cuatro escuadrones que en adelante pasarán a llamarse Regimiento de Granaderos a Caballo de los Andes. Ínterin, desde Buenos Aires se ha ordenado al futuro Libertador la creación de un quinto escuadrón.

El 19 de enero de 1817 comienza la gran empresa al partir el glorioso Ejército de los Andes, y con él, los granaderos. El regimiento, a las órdenes del coronel José Matías Zapiola, avanza integrado por 4 jefes, 55 oficiales y 742 hombres de tropa.

Ya en Chile sobreviene Chacabuco, batalla en que los granaderos tuvieron participación decisiva. Luego de la entrada del ejército en Santiago, el regimiento se divide otra vez:

los escuadrones tercero y cuarto participarán de la campaña sureña. Con tal motivo, combatirán en Curapaligüe, Gavilán, Talcahuano y otros enfrentamientos menores. Si hay granaderos en la sorpresa de Cancha Rayada, también los habrá para cubrirse de gloria, el 5 de abril de 1818, en Maipú, memorable batalla en la que destrozaron a la caballería fernandina, y en la renovada campaña sureña, que les deparó nuevos lauros al vencer en Parral, Chillán, Bío-Bío y muchos combates más.

Desde Valparaíso, el 20 de agosto de 1820 parte la expedición libertadora del Perú. A su frente va el gran vencedor de los Andes, y, una vez más, con él, los granaderos. De éstos, al mando del coronel Rudesindo Alvarado, se embarcan 391 hombres, entre jefes, oficiales y soldados, no siendo de la partida el cuarto escuadrón, cuyos efectivos quedan en Chile afectados a la lucha contra los montoneros.

Se inicia para los granaderos la etapa final de su gesta por la independencia americana, etapa que para ellos será tan gloriosa como dura. Apenas desembarcados, comienza a ensartarse un collar de combates y batallas, luciendo siempre su coraje y eficacia en el máximo grado, como pudo apreciarse no sólo cuando brilló muy alto para ellos el sol de las victorias, sino también en los oscuros días de derrota o retirada. Así se van sumando a los nombres de Nazca, Jauja y Pasco los de Riobamba -donde fulguró en todo su esplendor el sable de Juan Lavalle- , Pichincha, Junín y Ayacucho. Y si les cupo tener un lugar de honor entre quienes entraron vencedores a Lima y Quito, también les correspondió salvar ese honor en los dolorosos días de Torata y Moquegua o en la ejemplar jornada de Chancay, protagonizada por Pascual Pringles y dieciocho granaderos.


El retorno a la Patria

Quizá como tiro por elevación a ese gran San Martín que se ha marchado silenciosamente, sin hacer legítima expresión de agravios, ya concluida la campaña libertadora no faltan los dichos peyorativos, hirientes, para sus granaderos. La justicia histórica –dice Luis Alberto Leoni-, más fuerte que la pasión de los hombres, no ha necesitado en este caso salir a la palestra a defender con argumentos o pruebas el honor de un regimiento cuya foja de servicios se confunde con la historia de la libertad de América.

Satisfechos todos los recaudos y contando con la necesaria autorización, el subsistente casi centenar de granaderos se embarca en el peruano puerto de Ilo a fines de junio de 1825, para arribar a Valparaíso el 10 del mes siguiente. Hostigados por la penuria económica, a partir del 6 de diciembre pasan la cordillera por destacamentos y llegan a Mendoza, la ciudad tan entrañablemente unida a la historia de los granaderos y de su creador. No demanda ni mucho tiempo ni mucho espacio hacer el inventario de lo que traen de retorno, harto menos, ciertamente, que lo llevado en 1817: 86 sables, 55 lanzas, 84 morriones y 102 monturas.

El 13 de enero de 1826, en veintitrés carretas, comienza la última etapa del regreso. En silencio, invencibles, cruzados de cicatrices, cargados de glorias -expresa el coronel Leoni- llegan a Buenos Aires, el 19 de febrero de 1826, los restos del regimiento de Granaderos a Caballo de los Andes, después de trece años de intenso batallar por los campos de medio continente para concretar la libertad de las naciones de América.

Retornan al mando de José Félix Bogado, aquel lanchero paraguayo de 1813, que ahora luce las insignias propias del coronelato. A sus órdenes llegan 78 hombres, entre ellos los seis que hicieron toda la campaña: Paulino Rojas, Francisco Olmos, Segundo Patricio Gómez, Damasio Rosales, Francisco Vargas, y Miguel Chepoya.

Vuelto el regimiento a su antiguo cuartel del Retiro, las armas que trae se depositan en una caja, sobre la que se colocará una plancha de bronce con esta inscripción: Armas de los libertadores de Chile, Perú y Colombia.

A poco de retornar, el regimiento fue disuelto, pasando algunos de sus jefes y oficiales a cuerpos de reciente creación y los soldados a integrar las respectivas escoltas del presidente Rivadavia y del general Alvear, jefe a la sazón del ejército, que pronto se enfrentará con las tropas de Pedro de Braganza.

Años después, Mitre trazó su elogio con estas expresiones: Concurrió a todas las grandes batallas de la independencia, dio a la América diecinueve generales, más de doscientos jefes y oficiales en el transcurso de la revolución, y después de derramar su sangre y sembrar sus huesos desde el Plata hasta Pichincha, regresó en esqueleto a sus hogares, trayendo su viejo estandarte bajo el mando de uno de sus últimos soldados ascendido a coronel en el espacio de trece años de campañas.

La República debía a sus granaderos el monumento dispuesto por la ley 10.087, de 1917, y para cuya erección desde antiguo existía depositada una suma de dinero, cada día más simbólica que efectiva, en una cuenta abierta en el Banco de la Nación Argentina. Una comisión formada por beneméritos ciudadanos, admiradores del célebre regimiento, hizo posible la concreción de lo determinado legalmente. Gracias a ello, el monumento, obra del escultor Enrique Savio, fue inaugurado en la Plaza San Martín, a la vera del antiguo cuartel, el 23 de mayo de 1994. Ese monumento debía alzarse para expresar en bronce el elogio que de los granaderos hizo con palabras su creador, el Gran Capitán: De lo que mis granaderos son capaces, solo yo sé, quien los iguale habrá, pero quien los exceda, no.


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