Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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044 | Cruentas campañas del Norte - Por Emilio Angel Bidondo

Las provincias del norte y las del Alto Perú habrían de constituir, después del 25 de Mayo de 1810, el campo de batalla en el cual se pretendería resolver la suerte de la revolución estallada en Buenos Aires. Los líderes porteños pronto entendieron que la reacción más poderosa vendría, sin duda, del virreinato del Perú, el centro más importante de la dominación española en estos territorios; además, Córdoba prohijó la primera oposición a las ideas de Mayo. La Junta Provisional gubernativa, al analizar la situación, decidió enviar una expedición de auxilio a las Provincias Interiores que, pasando por Córdoba, debía sofocar el foco de contrarrevolución y luego liberar del yugo español al Alto Perú. De acuerdo con estos planes se organizó una columna, designándose como jefe al coronel Francisco Antonio Ortiz de Ocampo. Esta fuerza partió de Monte Castro, provincia de Buenos Aires, el 12 de julio de 1810 y en agosto protagonizó los sucesos de Córdoba contra el grupo rebelde encabezado por Santiago de Liniers; sus jefes fueron fusilados el 26 de ese mes en Cabeza de Tigre.

Ortiz de Ocampo, quien había demorado esta decisión de la Junta, fue relevado por el coronel Antonio González Balcarce quien continuó con la expedición rumbo al Alto Perú. Sobrepasada Jujuy, las fuerzas revolucionarias penetraron en las Provincias Interiores y derrotaron a los realistas en Suipacha el 7 de noviembre de 1810, destacándose en la acción los tarijeños al mando del coronel José Antonio de Larrea. Al relevar a Ortiz de Ocampo, la Junta había enviado, como su delegado, a Juan José Castelli quien, por obra de las instrucciones recibidas, se convertirá en el virtual jefe de la expedición. Después del triunfo de Suipacha, la columna avanzó hacia Potosí y luego al Desaguadero. Allí Castelli firmó un armisticio con el brigadier español José Manuel Goyeneche, que debió ser respetado por cuarenta días. No fue así, por parte de ambos contendientes, y el 20 de junio de 1811, los revolucionarios sufrieron la derrota de Huaqui que significó el fin de esta expedición y la pérdida de retomar el Alto Perú. El general Juan Martín de Pueyrredón, designado jefe del Ejército Auxiliar del Perú en retirada, solicitó su relevo al llegar a Jujuy. Fue designado en su reemplazo el general Manuel Belgrano, con la orden de llevar a cabo una segunda expedición.

Para entorpecer la acción de los españoles que lo venían presionando desde el norte, Belgrano decidió bajar hasta Tucumán imponiendo el estado de tierra arrasada. Esta decisión originó el épico suceso que la historia reconoce como Éxodo Jujeño del 23 de agosto de 1812, y fue acompañado con el apoyo incondicional de toda la población. Belgrano pudo hacer pie en Tucumán, derrotando al general Pío Tristán en la batalla que allí se dio el 24 de septiembre. El jefe realista debió retroceder hasta Salta y en el campo de las Carreras sufrió, el 20 de febrero de 1813, una nueva y definitiva derrota. Belgrano, avanzando hacia el norte en el curso de la segunda campaña al Alto Perú, choca con los realistas en Vilcapugio, el 27 de setiembre de ese año. Pese a lo indefinido de esta acción, pudo retirarse, pero al enfrentarse nuevamente con el general Joaquín de la Pezuela en Ayohuma sufre, el 14 de octubre, una aplastante derrota que, como la del Desaguadero, significó la pérdida del Alto Perú.

Volvió Belgrano hasta Tucumán donde, el 29 de enero de 1814, fue reemplazado por el entonces coronel José de San Martín quien, con algunos efectivos, había concurrido desde Buenos Aires en su auxilio. San Martín, poco tiempo después pidió su relevo por razones de enfermedad.

En mayo de 1.814, fue designado jefe del Ejército Auxiliar el general José Rondeau, quien comandaría la tercera campaña al Alto Perú. Diversos enfrentamientos se producen en el curso del año 1815: el 19 de febrero, Martín Rodríguez es sorprendido en El Tejar por el realista Olañeta; el 12 de abril, Güemes se impone en Puesto del Marqués; el 20 de octubre, Martín Rodríguez es nuevamente vencido en Venta y Media y el 29 de noviembre Pezuela derrota definitivamente a los patriota: en Sipe-Sipe, batalla que los españoles recuerdan como el triunfo de Viluma.

A partir de entonces tendrían otras prioridades los planes revolucionarios, pues San Martín, ya Gobernador de Cuyo, iniciaba la primera etapa de su estrategia continental para libertar Chile y Perú. Los pobladores del Alto Perú no se acobardaron con las derrotas sufridas en su territorio por las tres expediciones enviadas por el gobierno de Buenos Aires. Con suficiente experiencia - Chuquisaca y La Paz se habían insurreccionado sin éxito en 1.809- y al verse abandonados a su suerte, organizaron un alzamiento general que Mitre, sin mucha propiedad, denominó "guerra de las republiquetas".

Los "partidarios" pusieron en práctica un modo de combatir acorde con una singular geografía y con el apoyo popular que los nutría. Actúan contra los realistas acosándolos e inutilizándoles los víveres y bagajes, interceptando su correspondencia, sustrayéndoles los productos de la tierra y el ganado, obstruyendo los caminos y las entradas a las poblaciones, apareciendo y desapareciendo por sorpresa y desorientando al adversario hasta quitarle su libertad de acción. De esta manera proclaman y defienden los principios revolucionarios y con su práctica y accionar reclutan y adiestran gente para cubrir las constantes bajas producidas. Los operativos de guerrilla abarcaron todo el territorio de las cuatro provincias del Alto Perú y puede afirmarse que esta singular contienda -sin perjuicio de la que a nivel de ejércitos regulares también se llevaba a cabo - tuvo vigencia desde 1.809 hasta 1.825, es decir desde la mencionada sublevación de Chuquisaca hasta el combate de Tumusla, en que Olañeta, desconociendo la capitulación de Ayacucho, pretendía aún luchar contra la independencia de América y es derrotado y herido de muerte.

Enumerar los combates más importante significaría una larga lista de topónimos de la actual República de Bolivia, de la cual solamente rescatamos los nombres de Abapó, Cinti, Cochabamba, Chuquisaca, Santa Cruz de la Sierra, Valle Grande, Larecapa, Pomabamba, Oruro, Sica Sica y Tomina.

Por supuesto que al suceso de cada localidad le corresponde el nombre de un caudillo y de este heroico inventario anotamos a Vicente Camargo, Esteban Arce, Alejo y Mariano Nogales, Cárdenas, Ildefonso de las Muñecas, Jacinto Cueto, Carlos Taboada, Manuel Asencio Padilla y su mujer Juana Azurduy, Ignacio Warnes, Vedoya, Alvarez de Arenales y los hermanos José y Miguel Lanza.

Miguel Ramallo, en su obra "Guerrilleros bolivianos", describe esta contienda como "una de las guerras más extraordinarias por su genialidad, la más trágica por sus sangrientas represalias y la más heroica por sus sacrificios oscuros y deliberados. La caracteriza moralmente el hecho de que sucesiva o alternativamente figuraron en ella ciento dos caudillos de los cuales solamente sobrevivieron nueve a la lucha." Las derrotas sufridas por los ejércitos de la revolución en sus tres campañas al Alto Perú, dieron lugar a que en Salta, Jujuy y Tarija también se organizaran tropas irregulares que habían de sostener una larga y cruenta lucha contra los invasores realistas, contienda que Leopoldo Lugones denominó "guerra gaucha". Su conductor indiscutible fue Martín Miguel de Güemes quien, con una veintena de jefes que se plegaron a su causa y a su estilo, protagonizaron páginas de gloria. El accionar de esta guerra presenta, como característica, la cantidad de encuentros que se libraron entre efectivos de cierta importancia hasta ocasionales escaramuzas, con muy disímiles actores: oficiales y soldados, campesinos, mujeres y hasta niños. Todos lucharon con bravura sin par y a favor de una escabrosa geografía y una idiosincrasia especialísima. También aquí es difícil confeccionar la nómina de héroes y, sin mengua de los que se omitan, al nombre de Güemes deben agregarse los de José Ignacio Gorriti y su hermano Juan Francisco, Manuel Eduardo Arias, Francisco Pérez de Uriondo, Manuel Alvarez Prado, Juan José Fernández Campero, Alejandro Burela, Bartolomé de la Corte, José Gabino de la Quintana, Domingo Arenas y Juan Antonio Rojas. Ellos, y cientos de combatientes a su mando, cosecharon, junto con las penurias, los lauros por la libertad.

La hora más gloriosa de la guerra gaucha fue, sin duda, el rechazo de la "Gran Invasión" que, en mayo de 1.817, comandó el general José de la Serna. El jefe realista llegó a ocupar Jujuy y Salta, pero fue ferozmente acosado en un sinfín de encuentros que estamparon en la historia los nombre de La Tablada, Abra de Zenta, Cangrejillos, Viña, Los Sauces, Altos de la Quintana, Río Reyes, Jujuy, Perdriel, Tìlcara, Tumbaya, Humahuaca, La Pedrera, Volcán Sococha y Pumahuasi. También cabe a Güemes y sus "infernales" el mérito de colaborar con San Martín constituyéndose en el bastión del norte, mientras el Libertador actuaba en Chile y en Perú.


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