Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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Libertador José de San Martín
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DOCUMENTOS

050 | Patricias americanas - Por Victor Barrionuevo Imposti

En el imponderable esfuerzo de preparar y ejecutar la campaña de los Andes y la liberación de Chile y del Perú, estuvo la inmanente presencia de la mujer patricia, con su contribución material y espiritual, concitada por el fervor y la abnegación ejemplares de San Martín. Lo mismo mestizas que mulatas, señoras o barraganas. La que no dio joyas y esclavos dio zapallos y tejió ponchos. La patria no es sólo de los hombres. Y aúnque en la hora decisiva de partir las mujeres quedan, el ejército lleva su sangre y su fe, el trabajo de sus manos y la angustia de su espera. En 1812 San Martín frecuentaba el cortesano salón de doña Tomasa de la Quintana de Escalada, cuya hija Remedios había impresionado el corazón del coronel de granaderos. En sus tertulias conoció el temple de aquellas patricias que compraban fusiles para la patria y aguardaban los chasques con la buena nueva, para poder decir con dignidad espartana: “Yo armé el brazo de ese valiente que aseguró su gloria y nuestra libertad.” Desde entonces el libertador siempre contó, para sus altos planes, con la valiosa contribución de mujeres, las más de ellas anónimas u olvidadas. En la tradición histórica brilla más el gesto ejemplar y espléndido de las altas damas que protagonizan la sociedad, que la callada y fecunda fatiga de las mujeres de clase inferior. Por otra parte suele idealizarse la contribución de guerra con una virtuosidad que no siempre tiene. Muchas veces las contribuciones patrióticas se daban ineludiblemente; y aún compulsivamente exigidas por San Martín, inclusive a personas desafectas a la revolución.” Cuando peligra la salvación de la patria, todo es justo, menos dejarla perecer”.


El renunciamiento de alhajas para la Patria

Dos antiguos oficiales del Ejército de los Andes, el coronel Pueyrredón y el general Espejo, dispuestos a narrar, según sus propios recuerdos, las campañas en que habían relataron un episodio que la posteridad ha recogido como ejemplo de patriótica contribución femenina. “Es el caso que los patriotas de toda clase y rango, los menestrales mismos en sus artes y oficio, los padres de familia en fin, ya habían hecho toda clase de demostraciones por su parte -dice el general Espejo-; pero el sexo hermoso, las matronas, si se exceptúan las obras de costura de vestuarios de tropa, y otros actos humanitarios, no habían hecho todavía algo notable por la suya. En este concepto discurrieron en secreto, circular de casa en casa, una invitación para día fijo. A la hora convenida se reunió una gran comitiva de las de más alta clase, que se dirigió al salón del Cabildo encabezada por la señora doña María de los Remedios Escalada de San Martín. Recibidas que fueron en audiencia pública, la señora que encabezaba la reunión, en pocas pero muy marcadas palabras expuso el motivo que las conducía. Dijo que no le era desconocido el riesgo que amenazaba a los seres más queridos de su corazón, ni la penuria del tesoro, ni la magnitud de los sacrificios que demandaba la conservación de la libertad. Que los diamantes y las perlas sentarían mal en la angustiosa situación en que se veía la provincia, y peor si por desgracia volviésemos a arrastrar las cadenas de un nuevo vasallaje, razón por la que preferían oblarlas en aras de la patria, en el deseo de contribuir al triunfo de la sagrada causa de los argentinos. Y entre los transportes de los más patéticos sentimientos se despojaron allí de sus alhajas y presentaron muchos objetos de valor, de los que se tomó razón individual para dar cuenta a la autoridad...” Por su parte el coronel Pueyrredón informa que, encontrándose reunidas en la Casa Capitular de Mendoza, aquel conjunto de señoras, muy elegantemente ataviadas, San Martín departía con ellas, ponderando la sencillez republicana y el patriotismo de las mujeres romanas, que se habían despojado de cuanto tenían, inclusive de sus cabellos, para salvar la Patria. Y agrega el memorialista que luego, dirigiéndose a su señora, dijo el libertador: “Remedios se tú quien de el ejemplo, entregando tus alhajas para los gastos de la guerra. La esposa de un general republicano no debe gastar objetos de lujo cuando la patria está en peligro. Con un simple vestido estarás más elegante y te amará mucho más tu esposo” Se dice que Remedios Escalada se adelantó entonces, se quitó delante de todos, sus anillos, collares y demás alhajas, y las depositó en una bandeja de plata que allí había, prometiendo mandar de su casa toda la vajilla de plata labrada. Las señoras presentes aprobaron e imitaron aquel renunciación, diciéndose unas a las otras: “es justo, es justo”. Ninguna quiso ser menos que otra, y no sólo oblaron voluntariamente lo que llevaban puesto, sino que se apresuraron a remitir lo que aún habían dejado en sus casas. Aquellas señoras, que hablan entrado al Cabildo ricas de sus joyas, salieron pobres de ellas, pero ricas de patriotismo y orgullosas de lo que habían hecho. “Los diamantes y las perlas sentarían mal en la angustiosa situación de la patria, que exige sacrificios de todos sus hijos; -cuenta Mitre que expresaron las damas en presencia del Cabildo- y antes de arrastrar las cadenas de un nuevo cautiverio, oblamos nuestras joyas en su altar.” César H. Guerrero sostiene la prioridad de la mujer sanjuanina en este género de donativos, afirmando que cuando San Martín llegó por primera vez a San Juan, en mayo da 1815, unas doscientas damas concurrieron a la Sala Capitular para saludarlo; y que en la oportunidad las señoras Teresa Funes de Lloveras, Bernarda Bustamante de Cano y Jacinta A. de Rojo le ofrecieron, en nombre de las patricias sanjuaninas, el aporte de sus alhajas. ¿Qué fundamento documental tiene esta conocida tradición? Sabemos que en su carácter de Gobernador Intendente de Cuyo. San Martín, a pedido del Directorio, habla promovido, por medio de los cabildos, una suscripción popular para contribuir en el equipamiento de la escuadra a fin de repeler el peligro inminente de una poderosa expedición realista. Su célebre bando del 6 de junio de 1815, exhortando a los verdaderos patriotas a sacrificarlo todo por la salvación de la patria, tenia el apremio que suscitan los grandes e inminentes peligros. Fue como una vibrante amonestación contra la indiferencia, en la hora critica.”Todos somos ya soldados”, decía.” A la idea del bien común y a nuestra subsistencia, todo debe sacrificarse. Desde este instante el lujo y las comodidades deben avergonzarnos como un crimen de traición contra la patria y contra nosotros mismos”. Y agregaba: “El ilustre Cabildo abrirá en el día una suscripción de donativos voluntarios que será el crisol del patriotismo”.

Los cabildos cuyanos, en efecto, constituyeron comisiones ante las cuales se entregaron, entre otras contribuciones, las joyas donadas por las patricias. Aúnque la evaluación moral de este renunciamiento no podría determinarse por la cantidad y calidad de las alhajas donadas, no será en vano conocerlas, para quienes comprendan la idiosincrasia femenina. En San Juan la comisión designada por el ayuntamiento recogió, entre el 8 de junio y el 26 de julio de 1815, entre otros donativos, los siguientes, sin contar las contribuciones que en menor cuantía y con igual desinterés hicieron llegar las damas de Jáchal y Valle Fértil:

· 3 cadenas de oro.

· 3 pares de caravanas o aros de oro.

· 4 cruces de oro, una de ellas con 3 perlas.

· 12 sortijas de oro, la mitad de ellas con piedras engarzadas.

· 4 peinetas de plata con sobrepuesto de oro, y otras 2 de oro con 26 perlas.

· 1 medallón de oro con refuerzo de plata.

· Algunos zarcillos y aretes de oro; y plata de chafalonía.

Avaluado a razón de 11 pesos por onza de oro, 6 pesos y medio la onza de plata y 3 reales por perla, vino a resultar un total de 209 pesos con 2 reales y un cuarto. Las donantes eran 29; entre ellas se destacaron las hermanas del teniente gobernador. Las mendocinas por su parte donaron las siguientes alhajas:

· 1 par de aros con 9 topacios cada uno montados en plata y guarnecidos con cinta de oro.

· 1 par de caravanas con 142 aguamarinas montadas en plata.

· 1 anillo con 35 aguamarinas montadas en plata, con fondo y aro de guarnición de oro.

· 1 aderezo de zarcillos y rosicler con 206 topacios montados en plata.

· 1 cajita que contiene unas caravanas con 6 diamantes y rosas montados en plata, con aro y guarnición de oro.

· 1 par de manillas con 302 perlas finas y sus broches correspondientes, con 72 diamantes rosas montados en plata, todo guarnecido de oro.

· 1 collar con 197 diamantes rosas montados en plata, guarnecidos con granos de oro.

· Una piña de plata (se llamaba así a una especie de panecillos o pilones de plata nativa fundida en moldes), que pesaba 49 marcos y 4 onzas; y una cantidad de chafalonía ( o sea vajilla y cubiertos de plata) que pesaba 200 marcos, 5 onzas y 3 adarmes.

· Piezas de oro labrado que pesaban l6 onzas y 13 adarmes.

Recordemos que un marco equivalía a 230 gramos y contenía 8 onzas; una onza es igual a 28,75 gramos y equivale a 16 adarmes. Así resulta que la plata totalizaba 57,534 kg., y el oro labrado 483,348 gramos. El valor económico de estas “ alhajas, plata de piña y oro en preseas “ donadas por las patricias mendocinas fue calculado en su época en 216 pesos fuertes, es decir, menos de lo que valía un esclavo. San Martín se sintió decepcionado por los exiguos resultados de esta suscripción, cuyo fracaso atribuyó a la indolencia de los pudientes, y se propuso recurrir a medidas más eficaces. Esto no obstante se dirigió mediante sendos oficios a los cabildos de Mendoza y San Juan, agradeciendo a sus respectivos pueblos el virtuoso desprendimiento con que habían ocurrido en obsequio de la causa común (16 de setiembre de 1815). Había dispuesto el Directorio que, de estas contribuciones, se remitiesen a Buenos Aires, por intermedio del administrador de la Aduana de Mendoza, que lo era el Dr. Juan de la Cruz Vargas, “todo lo que no fuera de absoluta necesidad” para el ejército de San Martín; especialmente las alhajas y caldos (vino, aceite, etc. Por estar destinados al consumo de la escuadra y porque podrían reducirse a dinero “ con mayor facilidad y ventaja del Estado “ San Martín dispuso entonces que las alhajas marchen a Buenos Aires a la mayor brevedad, y así se hizo. Encajonados que fueron aquellos destellos de arte menor en dos cajones retobados de los que había en el parque de artillería de Mendoza, el administrador de la Aduana de Mendoza los envió a la capital por medio del correo supernumerario Fernando Ferreira, quien en 12 días de viaje estuvo en la capital el 27 de octubre de 1815. Puestas a disposición del Administrador General de Correos, Melchor de Albín, las alhajas fueron tasadas por el ensayador Juan de Dios

Rivera y el platero Joaquín Pereira; y fueron entregadas al gobierno el día 4 de diciembre de 1815. Aúnque las alhajas de las patricias cuyanas, como queda aclarado, no estuvieron destinadas al Ejército de los Andes sino al equipamiento de la escuadra, hemos mencionado su histórico gesto -que repitieron a su turno chilenas y peruanas- porque no fue ajeno a él la tónica sanmartiniana, incentivo fecundo de los mayores sacrificios por la patria.


Ingentes aportes y trabajos

En la preparación del Ejército de los Andes el general San Martín debió proveerse de elementos de transporte, abrigo y víveres para las tropas. Los aportes populares fueron cuantiosos y en gran medida debidos a la prodigalidad de las damas mendocinas, sanjuaninas y puntanas. Sólo las mujeres de San Juan, entregaron 238 ponchos, 18 ponchillos, 16 frazadas, 198 pieles de carnero, 39 jergas, 119 monturas, 115 caballos y 843 mulas, unas de silla y otras cargueras. Por otra parte, según el acta de las suscripciones recogidas en junio y julio de 1815, en esa oportunidad 29 mujeres, entre ellas 12 viudas, donaron alhajas, dinero, esclavos y productos alimenticios por un total de 14.242 pesos y algunos reales; destacándose entre ellas, por el valor económico de sus aportes, las “ciudadanas” Carmen Sánchez (320 pesos), Luisa Rufino (288 pesos, 2 reales), Francisca Cano (183 pesos, 6 reales) Borjas Torazo (111 pesos, 5 reales) y Féliz de la Rosa (101 pesos, 2 reales). César Guerrero en “Patricias Sanjuaninas” presenta una nómina de 380 mujeres que contribuyeron desde 1812 hasta 1819 a sostener la guerra de la independencia y otras urgencias de la patria, de las cuales por lo menos la mitad es seguro contribuyeron específicamente con la campaña de los Andes. Y análoga ponderación podemos hacer de las mendocinas. Los cuantiosos barriles de aguardiente y vino, los almudes y petacas colmados de pasas de higo, de aceitunas, trigo fragollo y maíz, la harina y el charqui: todo fue dado para el ejército por mujeres pobres y ricas. Y cuando esta suerte de aportes no resultaban directamente necesarios, luego se disponía su remisión a San Luis, Córdoba y el Tucumán, para obtener a cambio “bayetas, ristros y demás efectos útiles a la tropa”. Las que más pudieron entregaron dinero en efectivo y sus esclavos; las que menos, dieron espuelas y estribos, o algún tanto de pasas de uva y de jabón. En Córdoba el gobernador Ambrosio Funes, a instancias de San Martín, promovió una colecta de “donativos graciosos” para el Ejército de los Andes. Los 573 ponchos y 181 varas de picote que el comisionado Ramón Olmedo obtuvo en tal concepto fueron, donados por 20 hombres y 60 mujeres, entre las cuales figuraban Rosa Sársfield y Tiburcia Haedo, madres que fueron respectivamente del Dr. Vélez Sársfield y del General Paz. Obvio es señalar que acaso la contribución más importante fue la cesión -voluntaria o no- de esclavos. Sus dueños, cediendo un valor económico, posibilitaron a San Martín la adquisición de un valor humano. En Mendoza por lo menos 25 mujeres debieron entregar dos tercios de sus esclavos; es decir, 33 soldados de infantería, cuya manumisión fue avaluada en más de ocho mil pesos fuertes. Por supuesto que en muchos casos estas contribuciones no eran gratuitas ni voluntarias, y carecen, por consiguiente, de la virtuosidad con que la historia es proclive a idealizarlas. Hoy, en todo caso, una dimensión objetiva y otra subjetiva de difícil aprehensión. ¿Llamaremos patricias a las mujeres que cedieron un esclavo? Agustina Correa lo hizo para librar a su marido (europeo) de una contribución extraordinaria; Narcisa Miranda, para eximir, en cambio, del servicio de las armas, a su hijo, que era granadero del regimiento 11. Otras donaron dinero, como prueba inevitable de adhesión patriótica, para eximirse de las confiscaciones y contribuciones forzosas a que eran sometidos los desafectos a la revolución. Muchas veces los pedidos apremiantes del general no dejaban escapatoria. Así le sucedió a María Josefa Palacios, cuando recibió esta nota: “No dudando (de) que recibirá V. el mayor placer en cooperar por su parte en sacar del miserable estado de esclavitud a que la casualidad lo redujo, al jovencito José María que V. posee, ya porque su patriotismo y demás virtudes que la caracterizan le impulsarán a este servicio, como porque siendo incomparable la satisfacción que reciben las almas sensibles, de hacer bien, querrá V. disfrutar de ella, he tenido a bien tasarlo en 50 pesos, a pesar de que su precio de adjudicación que hicieron a V. sea el de 75 pesos. Cuando la humanidad y dignidad del hombre exigen algún sacrificio, es de necesidad que se lo tributemos: cumpla V. pues con este deber sagrado en el poco momento que se te presenta”. A otras dos mujeres San Martín les solicitó sus causas para menesteres del ejército; y como una de ellas se demora en su entrega, insistió en estos términos: “Ya es urgente el que V. tenga la bondad de desocupar la casa de su propiedad que se pidió a V. por este gobierno para adelantar los trabajos de la maestranza del Estado, mudándose a la que tiene designada el muy ilustre Cabildo. Este sacrificio que se exige de V. es análogo a los sentimientos patrióticos que la caracterizan; y convencido este gobierno de esta verdad, espera que en el término de seis días entregará V. dicha casa al Sr. Comandante General de Artillería para que la destine al objeto indicado”. Era ingrata la misión de San Martín: porque todo necesitaba obtenerlo de la nada, en una forma u otra. y en muchos casos solo pudo lograrlo con la intervención de una mujer. Valga este ejemplo: a principios de 1816 se necesitaba teñir de azul gran cantidad de picote, para la confección de uniformes; y con los elementos de que se disponía, nadie sabía hacerlo. Entonces le dirigió este oficio al gobernador al comandante del fuerte de San Carlos: “Tiene noticia este gobierno (de) que existe en esa villa, Juana Mayorga, criada que fue de la casa de este nombre, y que ella conoce la raíz con que los indios dan el color azul. Interesa que se presente a este gobierno y que traiga alguna cantidad de dicha raíz aúnque sea corta, por lo que le franqueará V. cuantos auxilios necesite para su viaje, de cuenta del Estado, mandándola acompañada de un soldado para que la cuide”. Resultó que dicha criada no supo teñir como los indios, pero informó que sabia hacerlo la india Magdalena, que vivía en la estancia de Yancha. Nuevas averiguaciones encontraron a esta india laboriosa, a quien San Martín mandó obsequiarla con un rebozo por sus buenos servicios.

Luzuriaga ha encomiado la cooperación prestada por las mujeres “ empleando sus manos gratuitamente en la costura y habilitación de ropas que se han necesitado para vestuario (y) dando hilas y vendas “. Y en efecto, en los trabajos de tejido y costura, así como en la atención de hospitales, la mujer ha dado con autenticidad su calor humano. Afirma Miller -y fue espectador- que las mujeres cuidaban con tal solicitud a los heridos de Maipú, que parecía que los patriotas heridos fuesen sus verdaderos hermanos.


Patricias costureras

En el gran taller de Cuyo cientos de manos de mujer cosieron la ropa del ejército en interminables días de labor, respondiendo al requerimiento del general San Martín. Las dignas señoras de este pueblo, estoy seguro -decía éste en un oficio del 22 de noviembre de 1815, dirigido al ayuntamiento de Mendoza- se prestarán gustosas a reparar la desnudez del soldado, si excita V.S. sus virtudes amables. Espero pues lleve a bien V.S. repartir en las casas, para que efectúen gratuitamente su costura, los ciento sesenta y siete pares de pantalones pertenecientes al (Batallón Nº 8), que ya cortados van a disposición de esa municipalidad.

Nuevas tareas de costura fueron requeridas mediante un oficio del 29 de febrero de 1816. Satisfecho este gobierno -expresaba San Martín- de que “las señoras no distarán de aumentar a los servicios que tienen hechos en obsequio de la Patria, el de coser las adjuntas bolsas para cartuchos de cañón, remito a V. S. las mil doscientas cincuenta que con esta fecha me ha pasado el Comandante General de Artillería, a fin de que las reparta V. S. equitativamente en la inteligencia (de) que indispensablemente deben ceñirse al modelo que se acompaña, a las dos distintas menas, y que V.S. empeñará todo su influjo para conseguir la pronta conclusión de dicha obra.”

Por cierto que el trabajo se terminó con empeñosa celeridad, y San Martín volvió a pedir a las mendocinas la colaboración de su costura.”Trescientas sesenta y cuatro camisas de gasa se hallaban cortadas para el uso del Piquete N 8; - decía el libertador en un oficio del 1º de abril de 1816 dirigido al Cabildo-pero esta buena tropa sufre de desnudez consiguiente a su falta, por no estar aún cosidas, y es al cuerpo imposible costearlo. Lo hago presente a V S. para que. dolido de esta necesidad y en obsequio de los defensores del Pabellón Patrio, se sirva excitar la beneficencia magnánima de las señoras para que se encarguen graciosamente de esta costura. No dudo accederán gustosas, empeñándolas al celo filantrópico de V, S. A este fin hoy se avisa al Comandante de aquel cuerpo para que los ponga a disposición de esa llustre Municipalidad”.

A mediados de 1816 el gobernador dispuso repartir entre las señoras de Mendoza, una buena cantidad de chaquetas “con todos los aperos necesarios para su hechura”, a fin de que las cosiesen. Y así pudo vestir a los granaderos a caballo.

Días más tarde volvió a recurrir a su expeditivo procedimiento: “Se remiten a Uds. -le dice en un oficio a la “comisión de repartos” que se habla constituido con este fin- mil bolsas de lanilla para cartuchos de cañón, que con la fecha ha mandado el Comandante General de Armas, a fin de que por reparto entre las señoras se construyan como las que anteriormente se dieron con igual destino. Asimismo existen en poder del Comisario Honorario Don Juan Gregorio Lemos 700 camisas con el mismo objeto, al que con la fecha se le previene las ponga a disposición de Uds. para que procedan al indicado reparto.”

Después vino la urgencia por recoger los trabajos terminados: “Desde el mes de Julio, le dice San Martín, dos meses después, al gobernador, se han repartido al vecindario por medio del M. Yltre. Cabildo pa. su costura, setecientas camisas de gasa, setecientos quince pares de pantalones de bayetilla y doscientas bolsas de lanilla pa, cartuchos de cañón. Yo espero qe. V.S. se sirva dictar sus providencias pa. qe quanto antes se recojan estas especies, entregándose las primeras al Comisario de Grra., y la última al Comante. gral. de Artilla. Solo esto se aguarda pa. exigir nuevos repartos de esta clase. Ellos se multiplican el tiempo decrece cada día. y a este paso la urgencia es incalculable.” (sic).

Cumplido esto, no se hizo esperar el siguiente pedido: “Dirijo a V.S. quinientas bolsas de lanilla en corte pa. cartucho de cañón a fin de que interponiéndose con el Ylustre Ayuntamto. se exija del vecindario su costura”.

También el teniente gobernador José Ignacio de la Roza hizo por su parte que “cada casa sanjuanina fuera un taller al servicio de la patria. Donde no se cosía un uniforme, se bordaba una bandera o se tejía un poncho para los soldados”, dice el profesor Guerrero; y como ejemplo al caso menciona las 265 camisas gratuitamente cosidas en una semana, en octubre de 1815, por las mujeres de veinte familias, a instancias del gobierno, con telas que el mismo vecindario había donado.

A fines del año 1816 (ya se aproximaba la fecha de la expedición) los requerimientos de San Martín se hicieron apremiantes: “Hay en poder del Comisario un número crecido de camisas. El las pasará a V.S. y espero qe. intermediando ese Gobno. se presenten las Sras. a coserlas a la mayor brevedad pr. la urgencia conqe. la tropa necesita esta clase de vestuario.”(sic)

“Quinientas camisas en corte, qe. llevará a V.S. el Comisario, espero se sirva disponer su costura con la posible brevedad, repartiéndolas entre el vecindario.” (sic)

El señor Velasco Quiroga ha verificado algunos oficios del gobernador Luzuriaga agradeciendo al Monasterio de María la cooperación prestada por las religiosas en trabajos de esta índole para el equipamiento del ejercito. No siempre el trabajo del tejido y costura era gratuito. Muchas veces las necesidades del hogar debían ser atendidas exclusivamente con la industria doméstica de la mujer. Exiguo era en tal caso el interés, y valiosa la colaboración que al ejército prestaban. Mil quinientas cincuenta y nueve alforjas se tejieron en San Juan, y se cosieron, a razón de tres reales por camisa y seis reales por cada pantalón, 1.474 pantalones y 721 camisas.

A otro singular expediente recurrió San Martín para esta clase de trabajos, según puede colegirse de este oficio que dirigió al cabildo de Mendoza: “Teniendo en consideración las ventajas que resultarán a la sociedad y buen orden de la policía, del establecimiento de una Casa en donde se recojan a las mujeres escandalosas, o que su conducta antisocial las haga acreedoras a alguna reprensión; y que en el estado presente de exhaustez de fondos públicos ellas pueden economizar la fábrica de tres mil vestuarios que se necesitan para el ejército, que sin este recurso sería indispensable repartirlos entre las señoras que, ocupadas en sus quehaceres domésticos, les resultarían una carga considerable, he acordado la creación de dicho establecimiento “. La “Casa de Corrección” quedó establecida, y a los Tenientes Gobernadores se les recomendó recoger prostitutas en sus jurisdicciones y enviarlas a dicho establecimiento. Con lo cual la provincia ganó en moralidad y en mano de obra disponible.


Las bordadoras de las Banderas de los Andes

En la Navidad de 1816 honraban la mesa de don Joaquín Ferrari, don José de San Martín y su esposa. Compartían el convite Las Heras, Necochea, Manuel Escalada, Soler, Olazábal, Zapiola y otros jefes; como también un grupo de distinguidas damas. Al terminar la comida se brindó por los presentes y por la Patria. Entonces el general manifestó que el Ejército de los Andes necesitaba que le confeccionaran una bandera. La insinuación fue suficiente para que la señora Dolores Prats, viuda de Huisi-chilena exilada- y las señoritas Mercedes Alvarez, Margarita Corvalán y Laureana Ferrari se ofrecieron para confeccionarla. Cuenta esta última, en una carta que estamos glosando, que desde el día siguiente buscaron en las tiendas de Mendoza la seda apropiada para el trabajo; pero no la encontraron. No la había de color carne como para las manos del escudo; y una seda azul que encontraron en una tienda de la calle mayor, a San Martín le pareció de tono demasiado fuerte y por consiguiente inadecuado para representar el celeste cielo del pabellón. No era mucho el tiempo de que disponían, puesto que San Martín les había solicitado la bandera indefectiblemente para el día de Reyes.

El 30 de diciembre Laureana Ferrari y Remedios Escalada salieron muy de mañana a recorrer otra vez los comercios, en una nueva búsqueda igualmente infructuosa. Al pasar frente a una reducida tiendita de la callejuela del Cariño Botado, el tendero les salió al encuentro y les ofreció sus mercancías con tanto afán, que las patricias no se pudieron negar y convinieron en comprarle alguna cosa. Y grande fue la alegría cuando entre aquellas pocas piezas de tela encontraron un retazo color de cielo, como quería San Martín. No era seda sino sarga, pero tenía buen aspecto y lo compraron. “Inmediatamente Remedios se puso a coser la bandera -sigue relatándonos Laureana Ferrari- mientras nosotros preparábamos las sedas y demás menesteres para bordar”. Afirma el general Espejo que no sabe si fue el Sargento Mayor de Ingenieros Antonio Arcos, el Capitán Francisco Bermúdez u otra persona quien dibujó el escudo de armas; pero que una vez aceptado el modelo, se trazó en el centro de la bandera y fue bordado en seda. Laureana Ferrari dice que el óvalo del escudo lo dibujó la señora de Huisi sirviéndose de una bandeja de plata y que las manos las dibujó el brigadier Miguel Soler. La señora de Huisi dirigía el bordado y solucionaba las dificultades con ingenio. A falta de seda de color carne, hizo hervir con lejía unas cuantas madejas de seda roja, de la que se había comprado para el gorro frigio, y así pudieron bordar las manos del escudo. Explica el general Espejo que “a la bellota de la borlita del gorro y a los ojos del Sol, se le pusieron pequeños diamantes para mayor viveza, así como el aro que formaba el óvalo semejando una cinta de listas envueltas, la lista del medio de ella era adornada de sartitas de alcofar. No sabemos decir qué persona o personas hicieron donación de esa clase de alhajas para mayor brillo de la Bandera. Pero sí podemos afirmar que el costo de la obra fue de ciento cuarenta y tantos pesos fuertes”. A su turno, Laureana Ferrari nos dice: “De dos de mis abanicos sacamos gran cantidad de lentejuelas de oro, de una roseta de diamantes de mamá sacamos varios de ellos con engarce para adornar el óvalo y el Sol del escudo, al que pusimos varias perlas del collar de Remedios”. Los abanicos aludidos están en el Museo Histórico Nacional.

Cuando esa misma noche llegó San Martín a la casa de don Joaquín Ferrari, con motivo del cumpleaños de Olazábal, futuro yerno de aquél, las patricias le prometieron que la bandera estaría terminada el cinco de enero; y lo cumplieron. “Trabajamos sin darnos punto de reposo y la misma Remedios nos ayudó bordando muchas de las hojas de laurel que rodean el escudo; por fin, a las dos de la mañana del 5 de enero de 1817, Remedios Escalada de San Martín, Dolores de Huisi, Margarita Corvalán, Mercedes de Alvarez y yo -cuenta Laureana Ferrari- estábamos arrodilladas ante el crucifijo de nuestro oratorio dando gracias a Dios por haber terminado nuestra obra y pidiéndole bendijera aquella enseña de nuestra patria, para que siempre la acompañara la victoria; y tu sabes bien que Dios oyó nuestro ruego”. Aprontándose para la ceremonia del día siguiente Remedios escribió a Laureana este recado: “Mi muy querida amiga: Te ruego que mañana vengas tan temprano como posible te sea; almorzaremos juntas y luego iremos a presenciar la jura de la Bandera, primor salido de tus manos y de las de nuestras amigas Merceditas Alvarez y Margarita Corvalán, a quienes te agradeceré pases a buscar para traerlas. La señora de Huisi se quedará esta noche en casa. Almorzaremos a las once. Recibe el respetuoso saludo para tus padres y para ti el cariñoso abrazo de tu amiga íntima”. Pero Laureana no pudo asistir por encontrarse enferma, a raíz de la intensa labor de aquella noche. El 5 de enero de 1817 -faltaban pocos días para la partida del Ejército- la bandera fue bendecida solemnemente en la iglesia matriz de Mendoza. Estaba doblada sobre una bandeja de plata que sostenía el general San Martín, quien seguidamente la ató al asta que tenía el abanderado. Terminado el oficio religioso, que rubricó con su panegírico el capellán del ejército, Dr. José Lorenzo Güiraldes, la Bandera y la imagen de la Virgen del Carmen fueron conducidas hasta un tablado levantado ante la plaza mayor, donde estaban las tropas alineadas. Entonces el general tomó la Bandera y exclamó: “Soldados: Esta es la primera bandera independiente que se ha levantado en América”. Y la agitó tres veces en medio de un indescriptible júbilo de campanas, salvas, vivas y músicas. Luego el ejército marchó tras su Bandera hasta el templo de San Francisco y de allí regresó a El Plumerillo, donde por la tarde tuvo lugar la ceremonia del juramento. En ella el brigadier Miguel Soler presentó la Bandera, formando una cruz con el asta y su espada, ante el general San Martín. Entonces éste se adelantó hacia la enseña y pronunció este vibrante y definitivo voto: “Juro por mi honor y por la patria defender y sostener con mi espada y con mi sangre la Bandera que desde hoy cubre las armas del Ejército de los Andes”. Enseguida tomó la Bandera y, cruzando el asta con su corvo, recibió el mismo Juramento de los jefes, quienes seguidamente tomaron juramento a sus respectivas unidades de tropa. Después de la campaña de los Andes y de la liberación de Chile, la bandera mendocina quedó en poder del Director O´Higgins, quien la hizo entregar a Antonia Sánchez, “para modelo de las que se hicieron y llevó el ejército libertador del Perú (esto es dudoso porque al Perú se llevó como bandera de guerra la chilena) y también para que aprovechase de ella lo posible en las nuevas”. Como aquella bandera estaba muy deteriorada, nada hubo de ella para aprovechar y se la dejó de lado. El gobierno de Mendoza, que vino a saber el paradero de su bandera ilustre, la solicitó por medio del Coronel Mayor Manuel Corvalán a José Ignacio Sánchez, hermano de la citada patricia chilena y éste la entregó. Puesta en la Basílica de San Francisco, que destruiría el terremoto de Mendoza en 1861, la bandera fue rescatada de entre las ruinas del templo y llevada a la casa de gobierno, de donde fue sustraída a raíz de un motín, el 9 de noviembre de 1866. En 1872 Elías Godoy Palma la encontró otra vez en Chile y la rescató por 300 pesos. Desde entonces la Bandera de los Andes se encuentra en la casa de gobierno de Mendoza. Su tamaño es de 1,45 por 1,22; y sus atributos, sin duda determinados por San Martín, agregan al escudo creado por la Asamblea del año 1813, unas montañas (los Andes), de acuerdo con lo dispuesto por el Congreso de Tucumán en sesión secreta del 29 de agosto de 1816, respecto al sello del organismo.

La bandera de los Andes, que veneramos en el “Salón histórico” de la Casa de Gobierno de Mendoza, no debe confundirse con la que está en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires, mandada confeccionar por el general E. Martínez en Lima, en 1823. Por su parte las damas sanjuaninas bordaron otra bandera para la División del Ejército que marcharía al mando del comandante Cabot. José Rudecindo Rojo dio los elementos necesarios para su confección, y ésta fue realizada presumiblemente por Jacinta Angulo de Rojo, esposa del donante, por F. de la Roza de Junco, hermana del Teniente Gobernador, y por Borja Toranzo de Zavalla, en cuyo bastidor la bandera fue bordada. El presbítero José de Oro la bendijo y Cabot la condujo a la gloria. La hija de Cabot circunstancial heredera de esta insignia, se la obsequió a Mitre, quien la donó al Museo Histórico Nacional en 1890.


Remedios de Escalada

No solo por haber sido la mujer elegida de San Martín, sino también como abnegada patriota, Remedios de Escalada estuvo presente en los días gloriosos de Cuyo. Había nacido en Buenos Aires el 20 de noviembre de 1797, en familia de prestigio, y no tenía cumplidos los 15 años cuando el 12 de setiembre de 1812 el Teniente Coronel José de San Martín la desposó. Remedios era una mujer delicada y distinguida, algo pálida de tez, boca pequeña y grandes ojos negros. Las holguras de su hogar paterno las cambió por la vida desapacible de la mujer del soldado. Cuando partió para Mendoza, el 19 de octubre de 1814, con “todos los atavíos correspondientes a su edad y nacimiento”, la acompañaban su sobrina Encarnación Demaría, su amiga Mercedes Alvarez, doña Benita Merlo de Corvalán y su criada negra, Jesusa. En Mendoza, Remedios de Escalada compartió el fervor patriótico y la austeridad que el prócer supo infundir en las damas mendocinas. “Su señora lo imitaba en sencillez -cuenta Manuel A. Pueyrredón en sus Memorias-; no usaba adorno alguno, y todas Ias señoras de Mendoza la imitaban, dando todo lo superfluo a beneficio del Ejército o de los hospitales, para los cuales preparaban hilas, vendajes, sábanas, cobertores, etc”. Remedios compartía estas preocupaciones con Luz Sosa de Godoy Cruz, cuyo distinguido salón fue foco de fervor revolucionario; con Rosario Corvalán de Lemos, a quien se le atribuye haber levantado un empréstito de once mil pesos fuertes para equipar el ejército, y con otras ilustres patricias. El 29 de agosto de 1816 nació Merceditas, la infanta mendocina, como la llamaba el general. Y cuando el Ejército de los Andes emprendió la descomunal empresa concebida por el libertador, Remedios de Escalada regresó a Buenos Aires con su hija, el 24 de enero de 1817, desgranando en las postas del camino su enorme soledad. Con motivo de la victoria de Chacabuco, el Director Supremo decretó, el 5 de marzo de 1817, la asignación de una pensión vital y de seiscientos pesos anuales a favor de la hija de San Martín, o en su defecto, en favor de su esposa. Aúnque ésta se encontraba enferma, no pudo dejar de agradecer aquella medida: “Después de los públicos y privados aplausos tributados a mi esposo por la reconquista del Estado de Chile, que bajo su mando han conseguido las armas vencedoras de la Patria, y del honorífico decreto del 5 del corriente que con fecha del 8 me ha comunicado en oficio el Secretario de Estado del Departamento de la Guerra, por el que V.E. concediendo a nuestra hija una pensión hereditaria de seiscientos pesos anuales premia de un modo digno de sí misma y de la suprema magistratura que reviste, los esfuerzos de mi esposo que ha coronado un feliz suceso -decía Remedios de Escalada- nada tendría que desear, si me hallara en estado de poder rendir a V. E. personalmente mi reconocimiento; mas ya que el grave notorio quebranto de mi salud me priva de este gusto, que seria el colmo de mis satisfacciones, doy a V.E. las más expresivas gracias por medio de este oficio que dirijo a sus manos por las tiernecitas de la agraciada inmediata. Recíbalo V.E., y supla esta demostración por el defecto de la palabra de que ella aún carece, y de que yo no puedo usar ante V.E. y recíbalo al mismo tiempo como la más sincera expresión de mi tierna gratitud”. San Martín visitó a Remedios después de Chacabuco, y nuevamente volvió a Buenos Aires en seguida de la batalla de Maipú. Alguna mejoría, aúnque fuera aparente, debió notarse en la enferma, para que el 4 de julio de 1818 emprendiese, con su hija y su marido, el camino de Mendoza. De todos modos la tuberculosis de que sufría Remedios de Escalada ya estaba corroyendo su vida, lo que indujo al libertador a hacerla regresar a Buenos Aires, sin atender a sus súplicas. “Pienso que (Remedios) marche para Buenos Aires en el momento que las montoneras lo permitan, -dice San Martín en una carta a O. Higgins- pues está visto que si continúa en este país, va a ser su sepultura”. Cuenta Gastón F. Tobal, con el humano sabor de la anécdota, que San Martín habló a su mujer de este modo: “Estoy convencido de que este clima no te sienta. El camino a Buenos Aires está franco y la montonera no habrá de importunarte. Partirás mañana a reunirte con los tuyos. Allá te cuidarán como corresponde”. “Su tío, el general Hilarión de la Quintana, intercedió para convencerla, pero Remedios decía sollozando: “El no comprende que mi deber es quedarme a su lado, aúnque llegue a morir”. “Calla, niñita. Lo que ha decidido es sólo para tu bien. Así que te repongas con los cuidados de Tomasa, podrás volver a reunirte con él, en Lima”

El 24 de marzo de 1819 se separó de su héroe, a quien nunca volvería a ver, y emprendió el regreso definitivo. Se dice que a su pedido, su tío dispuso que en pos de ella fuese llevado un ataúd, por si moría en el camino. En la posta de Desmochados las zozobras de la guerra civil dificultaron su penoso camino; pues se supo que una montonera numerosa merodeaba cerca de allí. Al saberlo, el general Belgrano envió al oficial José María Paz con una escolta de 40 soldados, que acompañaron a la ilustre enferma hasta la Candelaria, desde donde siguió al Rosario.

“La señora Remedios, con la preciosa y viva Merceditas, pasó de aquí felizmente -le informó Belgrano a San Martín y según me dice el conductor del pliego, había llegado bien hasta Buenos Aires”. En ese tiempo Enrique M. Brackenridge, secretario de una misión norteamericana, tuvo oportunidad de ser recibido en la casa de los Escalada, donde recogió esta impresión: “La esposa del General San Martín por este tiempo estaba viviendo con su padre, pero parecía muy deprimida de espíritu por su ansiedad a causa de su marido a quien, por todo cuanto se decía, era devotamente apegada. Ella le había acompañado hasta el pie de los Andes, deseaba seguir su suerte al pasarlos, pero fue disuadida con mucha dificultad. Percatándome de que no participaba en ninguna de las diversiones y averiguando el motivo, me dijeron que había hecho promesa de alguna clase por el éxito de su marido, lo que no pude comprender bien. Estas virtudes privadas y discretas en la familia de San Martín, me dieron una opinión muy favorable del hombre”. Y más adelante agrega: “Mientras estuve en Buenos Aires he oído frecuentemente citar a San Martín y su esposa como un ejemplo de matrimonio feliz”. Dijérase que en ese entonces Remedios se encontraba aliviada de su grave enfermedad. Pueyrredón lo manifiesta en una carta que dirigió a San Martín: “Ayer tuve el gusto de ver a su señora doña Remedios; se conoce aún que ha estado muy enferma, pero sigue reponiéndose y ya tiene Ud. compañera segura”. Sin embargo, en la medida en que el General San Martín llegaba al término de sus heroicas empresas y esperaba encontrar en el renunciamiento la oportunidad de vivir como hombre en la tibieza familiar, las noticias llegadas de Buenos Aires le llevaban sombríos anuncios: “Estuve en casa de Remedios, a quien no pude ver -le dice el almirante Blanco- ni he visto en seis o siete veces que he estado por saber de su salud, sintiendo en mi corazón no poder anunciar a usted nada favorable”. Y agrega Guido: “Temo que al llegar a ésta ya no exista Remedios...”

Los tristes anuncios eran ciertos. El 3 de agosto de 1823 Remedios dejó de existir. “Murió como una santa -diría su sobrina Trinidad Demaría, que la atendió hasta sus últimos momentos- pensando en San Martín, que no tardó en llegar algunos meses después, con amargura en el corazón y un desencanto y melancolía que no le abandonaron jamás”. San Martín, que había encontrado en Remedios tanta comprensión y aliento, hizo poner en su tumba una lápida con esta inscripción: “Aquí descansa Da. Remedios de Escalada, esposa y amiga del Gnl San Martín, 1823”. Y luego se fue al exilio, llevando, atada al recuerdo de su mujer, una chinela de seda azul turquí que usaría toda su vida como relojera. Según se dice la habían confeccionado las bordadoras de la Bandera de los Andes. Agregaremos que la referida lápida dejada por San Martín en el sepulcro de Remedios, no es la que está actualmente en la tumba de la patricia, en la Recoleta, sino la que estuvo desde 1824 hasta 1900, y que actualmente se encuentra en el Museo de Luján, después de pasar casi treinta años de mano en mano, según lo averiguó el Dr. Enrique Udaondo.


Espías agitadoras y guerrilleras

En su trama de espionaje, San Martín contó con la valiosa colaboración de mujeres, Se cuenta que cierta muchacha a la que decían “Chingolito”, había logrado seducir a Marcó del Pont, y ganó su intimidad hasta recoger informaciones útiles para los insurgentes. Hábiles espías habrían sido también Mercedes Sánchez y la maestra de postas Eulalia Calderón. En setiembre de 1817 el gobierno de Chile premió a Carmen Ureta por haber ayudado a los agentes de San Martín. Y a Rafaela Riesco, en mérito a importantes servicios que “por la naturaleza de su sexo se eleva al grado de una virtud heroica”. Verdaderamente valiosos debieron ser tales servicios para que se la premiara con la suma de 3.000 pesos, en ese entonces muy elevada; pero ignoramos en qué consistieron.

Obvio es decir que estas sigilosas maquinaciones eran peligrosas y que Marcó del Pont las acechaba y reprimía severamente mediante el tribunal de Vigilancia presidido por el despiadado San Bruno. Cuenta Manuel A. Pueyrredón que una de las víctimas de dicho tribunal fue la señora Agueda de Monasterio o Añasco, patricia abnegada a quien engrillaron y escarnecieron para que revelara cosas que a los realistas importaba saber. “La señora doña Agueda jamás quiso declarar nada, por más torturas y tormentos que recibía; murió pero nada descubrió”. Se dice que su cadáver se mantuvo insepulto durante tres días para obligar a los suyos a manifestar los secretos y maquinaciones de aquella valiente mujer. Cuando Chile recuperó su libertad, un hijo de doña Agueda fue condecorado por la Legión de Mérito, en memoria de su madre; homenaje póstumo que también recibió su hija. No sabemos por qué causas los realistas confinaron a María Vargas y Gertrudis Alegría en el penoso presidio de la isla Juan Fernández, de donde los patriotas chilenos las rescataron en triunfo, con otros muchos prisioneros. En cambio consta que la patricia María Cornelia Olivares, vecina de Chillán, fue rapada y expuesta a la expectación pública por no callar opiniones políticas que los realistas no estaban dispuestos a tolerar. De ahí que el gobierno revolucionario, reivindicándola de aquel oprobio, la declarara “una de las ciudadanas mas beneméritas del Estado chileno”. Su constante adhesión por el sistema patrio le infundió tal entusiasmo en días inmediatos anteriores a la entrada del ejército de los Andes, que en medio de los enemigos anunció públicamente el feliz resultado de aquella gloriosa expedición, verificado después. No pudiendo tolerar los opresores aquel acto de heroicidad, la aprisionaron, le raparon el cabello y las cejas, y la tuvieron expuesta en Chillán a la vergüenza pública desde las 10 de la mañana hasta las 2 de la tarde, ultrajes que sufrió con inalterable firmeza de ánimo. “Estoy cerciorado de un modo indudable de la verdad de este hecho - expresa el Director supremo, por tanto he tenido a bien expedirle este decreto que se entregará a la interesada para que le sirva de documento comprobante de su lealtad y que se inserte en la Gazeta para satisfacción y como un ejemplo digno de ser imitado”. Se narra que cuando volvía San Martín de Cancha Rayada, en tanto las mujeres medrosas conturbaban el país con su consternación, salió al paso del prócer un grupo de hombres a quienes encabezaba una mujer fuerte, y ésta le dijo: “Soy doña Paula Jaraquemada, dueña de la hacienda de Paine, y vengo a ofrecerme a la patria. Disponga usted de mis bienes, de mi familia y de mi propia persona. Traigo cincuenta de mis servidores y también a mis hijos, para que los incorpore a su ejército.” Se agrega que, intimada por una partida realista a que entregara las llaves de su bodega por que si no le incendiarían la casa, ella misma les indicó un brasero, de donde podían tomar el fuego para hacerlo. En el anecdotario de las mujeres valientes tocadas por el fervor patriótico de San Martín, figura una negra, Josefa Tenorio, esclava que fue de doña Gregoria Aquilar. Expresa ella misma, en una solicitud presentada a principios de noviembre de 1820: “Habiendo corrido el rumor de que el enemigo intentaba volver para esclavizar otra vez la patria, me vestí de hombre y corrí presurosa al cuartel a recibir órdenes y tomar mi fusil. El General Las Heras me confió una bandera para que la lleve y defienda con honor... Agregada al cuerpo del comandante general de guerrillas, don Toribio Dávalos, sufrí todo el rigor de la campaña. Mi sexo no me ha sido impedimento para ser útil a mi patria. Suplico a vuestra soberanía que, examinado el expediente que presento y juro, se sirva declarar mi libertad, que es lo único que apetezco”. Algunos días después San Martín dispuso que se tuviera presente a la peticionante para la manumisión de esclavos, en el primer sorteo que se hiciese. Como se sabe, estos sorteos dependían de los recursos disponibles para indemnizar a los dueños de los esclavos manumitidos. En Perú el espionaje y la propaganda subversiva que secundaban los propósitos de San Martín, contaron con la valiente colaboración de muchas mujeres, aún de la más encumbrada aristocracia limeña, a la que pertenecían las condesas de Castellón y de Guisla. En muchos casos la vigilancia realista descubría los hilos de estas actividades y las insurgentes eran entonces encarceladas, reducidas a cumplir bajos menesteres en el Hospital en calidad de detenidas, o torturadas para descubrir pormenores de la trama, como lo fueron entre otras las heroicas hermanas Juana y Candelaria García. “Ya vendrá quien nos haga abrir estas puertas”, se asegura que dijo una de ellas en la cárcel; y en efecto. con la patria nueva recobraron la libertad, del mismo modo que Manuela Estancio, Camila Ornao, Hermenegilda de Guisla, Antonia Ulate,Carmen Noriega,

Brígida Silva, Petronila Ferreyros, Mercedes Nogareda, Francisca Caballero, Petronila Alvarez, Bárbara Alcázar, Agustina Pérez y la religiosa del Convento de la Encarnación, sor Juana Riofrío. En Lambayeque fueron espías y colaboradores de San Martín, Catalina Agüero y Narcisa Iturregui. En Ica, Agustina Antoñete fue encarcelada por prestar servicios a los enemigos del Rey en forma reiterada, y por hospedarlos en su casa.


Tributo de sangre y de lágrimas

Las mujeres colaboraron con muy diverso tipo de trabajos, renunciamientos y donativos. Pero es indudable -aunque repetirlo pudiera parecer un lugar común -que las que más dieron, dieron a sus hijos y a sus maridos. En la ausencia de muchas de ellas -para quienes la victoria llega tarde- hay un estremecimiento de tragedia: · Juana Latapía perdió a su madre Agueda Monasterio, martirizada en su lecho de enferma, por insurgente. · Walda Sosa, de la Villa del Río Cuarto, quedó viuda de Clemente Moyano, asesinado en la cárcel y colgado después en el rollo, por insurgente. · Francisca Araya, viuda de Pedro R. Fernández, ahorcado por insurgente.María Silva, viuda de Antonio Salinas, ahorcado por insurgente. · María de la Cruz Aguilera, viuda del Sargento de Granaderos Enrique Concha, asesinado en la cárcel por insurgente. · María Mercedes Portus, viuda de Juan José Traslaviña, ejecutado en el patíbulo por insurgente. · Josefa Peñalillo, mujer del espía insurgente Diego Silva, “que muere día a día. en las casas matas del Perú “.

En seguida de Chacabuco el gobierno de O´Higgins, identificado con San Martín, dispuso otorgar subsidios y pensiones a madres y viudas de los caídos en la guerra: efímera compensación que si bien no subsanaría la desventura, podría aliviar en algo el desamparo económico de aquellas: “Nunca con más justicia debe sobrevivir la gratitud pública a las buenas acciones, que siendo estimulada por la sangre de los héroes sacrificados a la libertad de la nación”, comenzaba diciendo el decreto del Director Supremo. “Las viudas y madres de los vencedores de Chacabuco excitan el reconocimiento del gobierno cuando en ellas vive la memoria de los bravos que extinguieron la tiranía; pero las urgencias del Estado no proporcionan una digna recompensa. La pequeña asignación de doce pesos mensuales respecto de las viudas o madres de sargentos, y diez a favor de las que (lo) sean de cabos o soldados, será una mera demostración de los sentimientos que nos animan.” En el caso previsto en este decreto se encontraban, entre otras: Petrona Creu (de Buenos Aires), madre del Capitán de Granaderos Manuel Hidalgo. María Francisca Frías (de San Juan) y Agueda Salcedo (de Catamarca), madres de los sargentos Vicente Frías y Rudecindo Espeche. Pascuala Lencinas (de Tucumán) y Carmen Acosta (de Chile), madres de los granaderos Tomás Díaz y Bernardino Peña. Rita Lagos (de Chile), Pascuala de la Merced (de Mendoza) y María Josefa López (Buenos Aires), viudas del granadero José María Enriquez y de los soldados Ramón Palma y José Samayuga. Felipa Páez (de San Luis), Dominga Videla (de Mendoza) y Juana Domínguez (de San Juan), madres de los soldados del batallón N 8, Timoteo Páez, Ramón García y Cecilio Gómez. Todas ellas, con el júbilo de Chacabuco debieron ahogar en sollozos la esperanza del reencuentro. Y aún faltaba mucho por guerrear para la liberación de Chile. Tanto que al cabo de tres años hubo mujeres que habían perdido a su marido y a sus tres hijos; como fue el caso de Matilde Villagra.


Patricias chilenas

Algunos días después de Chacabuco O´Higgins promovió suscripciones populares “para gratificar a las tropas restauradoras de la libertad” .Desde entonces hasta 1820, en que el pueblo aportó ingentes donativos para equipar la expedición libertadora del Perú, las patricias chilenas contribuyeron generosamente. “Excelentisimo señor: -expresa una de ellas en una carta dirigida al Directorio-. Cuando los deberes contraídos con mi dulce patria me estimulan a ofrecer a V.E. esos 500 pesos para auxiliar la compra de fusiles, no le propongo a mi corazón otra lisonja, sino la satisfacción de que ni las ruinas que he sufrido, ni el deseo natural de decorar mi rango y sexo, son capaces de suspender mis ardientes conatos por la felicidad del país en que he nacido”. Las que menos pudieron, menos dieron; pero con el mismo patriotismo de Cuyo. Esta entregó dos caballos, aquella sus aretes de oro y algunos cubiertos de plata, la de más allá un esclavo, algún almud de harina o tan sólo medio real, para salvar a la patria. A fines de 1817 el gobierno recibió una buena cantidad de vendas para los hospitales y una carta en la que Mercedes Rosales del Solar decía: “Excmo. Señor: Madre, hermana y esposa de chilenos dispuestos a derramar su sangre en defensa de la libertad de su patria yo he creído un deber concurrir a auxiliarla en la forma que pueda, porque mi sexo no me dispensa de las obligaciones de chilena. Cuando otros países han contado también a las mujeres en el número de sus defensores, es preciso que Chile manifieste al mundo que ninguno pisa su suelo sin estar resuelto a verlo libre de la tiranía. Desde el momento que se anunció la nueva lucha que debe sostener la patria, me he ocupado en trabajar la cantidad de hilas que presento a .V.E. para que en partida del ejército se digne destinarla al consumo de los hospitales militares. No me miro menos interesada que los demás ciudadanos en la libertad y honor de la patria, y feliz yo si en lo sucesivo puedo tener la gloria de consagrarle cuantos servicios estén a mi alcance”. El gobierno mandó dar publicidad a esta donación, para que “la heroicidad y virtuosos

sentimientos que manifiesta esta distinguida ciudadana sirvan como un perfecto modelo de las virtudes cívicas de que debe estar penetrado todo el bello sexo, del cual se espera la imitación, por todos los varios medios que su delicadeza e influjo puedan poner en uso para cooperar a la libertad y regeneración de la patria”. Poco tiempo después el gobierno propugnó nuevas donaciones de vendas, mediante un bando de este tenor: “El bello sexo, tan interesado en nuestra libertad y tan apreciador de su independencia como los demás ciudadanos, debe prestar para conservarla, servicios análogos a su clase y delicadeza. Los hospitales militares tienen necesidad absoluta de un gran número de hilas, y este artículo de tanto consumo puede proporcionarse por las patriotas sin mayor gravamen. ¿Se resistirán a esta piadosa ocupación? No: dudarlo sería hacer injuria a sus virtudes, a su carácter compasivo y a su patriotismo. En consecuencia el gobierno espera de ellas den principio prontamente a este interesante ejercicio y vayan remitiendo sucesivamente las cantidades que acopiasen, a la Secretaría de Guerra, cuyo oficial mayor se encargará de recibirlas, llevando una lista exacta de las contribuyentes”. Cuando Marcó del Pont, cierta vez, apestilló a un tal José Patales con una fuerte contribución y terminó con él en la isla Juan Fernández -penitencia de insurgentes-, la mujer de éste, doña María Palazuelos, no halló mejor manera de proclamar la tiranía realista, que la de salir a pedir limosna de puerta en puerta “para redimir a un cautivo cristiano”; su marido. Y así todos se enteraron de cómo una señora venía a parar en mendiga por la intolerancia del gobierno.


Cuando falta la virtud sanmartiniana

No debe entenderse, por lo que llevamos expuesto, que para San Martín siempre haya sido fácil la adhesión femenina. La mujer no colaboró necesariamente, y a veces fue adversa. Esta posibilidad da relieve a quienes, tocadas por la virtud sanmartiniana, sintieron el imperativo de sacrificarse por la patria. Y muestra la prudencia con que el prócer afrontó esta clase de adversidades. La mujer, con sus artes sutiles, era buena amiga o mala enemiga en la guerra. Y San Martín lo sabía. Las sospechosas eran vigiladas y, si había motivos bastantes, se las recluía en algún convento. Así le sucedió a la muy realista María del Rosario Espínola, quien debió alojarse en el Monasterio de Mendoza; pero sus hijas quedaron en libertad de ir donde mejor quisiesen, pues entendió San Martín que no debía alcanzarles la falta cometida por su madre. En el caso de Manuela Godoy, procesada por el “delito de infidencia”, se la condenó a pagar las costas del juicio y una multa de cien pesos para la alameda de Mendoza; advirtiéndosele que sólo por ser mujer no se la mandaba a la cárcel pública, y no porque mereciese consideración alguna. Es conocida la anécdota de la chacarera de Mendoza que fue sumariada por hablar contra la patria y a quien San Martín mandó sobreseer a condición de que la acusada entregase “unas cuantas docenas de zapallos” que el Ejército necesitaba. En Chile muchas mujeres estaban prevenidas contra los insurgentes atribuyéndoles propósitos incompatibles con la religión. “Ya no pueden escucharse con indiferencia las repetidas declaraciones contra la osadía de algunas mujeres que se declaran enemigas de la libertad de la patria. Lisonjeadas de las consideraciones que la educación y el hábito de respeto tienen consagrados a su sexo, se juzgan defendidas por el privilegio de absoluta impunidad, para verter la opinión que aprendieron del hombre que las halagaba, del perverso confesor que las enseñó como un dogma, o del realista que las sostiene”. Con estas duras palabras la Gazeta de Chile amonestaba a las mujeres que se manifestaban en favor de los realistas; y acotaba que sólo podía concebirse semejante aberración en “mujeres ignorantes, viejas y feas”.

Ya habían quedado en evidencia, enseguida de Chacabuco, algunas mujeres adversas a la revolución; y O’Higgins hubo de aplicar sanciones, cuya moderación es digna de señalarse: · A dos señoras de Santiago, por haber cometido “delitos de alta traición contra el Estado”: recluidas en el monasterio de Santa Clara. · A doña María Josefa de la Cruz Ovalle, mujer del capitán prisionero Diego Padilla: que fuera acompañada de un oficial de honra y confianza hasta el beatario de la Calera y recluida en él “por el desafuero y escandalosa conducta de dicha Ovalle en materia de opinión. · A Josefa Landar, vecina de San Felipe de Aconcagua, por “obcecada realista” que se le mande quemar públicamente de su mano, los bandos reales.

Al producirse el desastre de Cancha Rayada, fue desbaratada en Santiago una conspiración realista en la que estaban complicadas varias mujees, contra las cuales se dictaron las siguientes sentencias: · A Concepción Jara, Dolores Muñoz, Mariana Muñoz y Josefa Castro: arresto de seis meses en sus casas, con prohibición de recibir visitas. · Isabel Pastene: 2 años de reclusión en el “Hospicio de recogidas”. · Trinidad Molina, Carmen Villalón, Antonia y Carmen Berruata, y Ramona Lozano: lo mismo, hasta que puedan salir confinadas a la Punta de San Luis, donde deben permanecer hasta el fin de la guerra. · A las monjas Sor Mercedes Castro y María Sariego: traslado a un monasterio “del otro lado de los Andes”.


Patricias peruanas

Afirma Elvira García que cuando San Martín llegó a Pisco expidió una proclama “Al bello sexo peruano” - documento que desconocemos- con el que se propuso incitar la adhesión patriótica de las mujeres. Según Mitre se trataba de una proclama dirigida “a las limeñas”. Allí le prestaron apoyo Francisca Sánchez de Pagador y su madre Josefa Sánchez, quienes cumplieron, en favor de los insurgentes comisiones secretas. Eran las “salvadoras de Pisco”, como se las apodaba por haber encabezado alguna vez la defensa contra los piratas. En Huamanga (Ayacucho), cooperaba en la causa de la revolución una gran mujer llamada Andrea Parado de Bellido. Cuando el general Carratalá ocupaba esa posición con sus tropas realistas, Andrea intentó hacer llegar a su marido, que estaba en Paras con los insurgentes, una carta en la que decía: “mañana marcha la fuerza a esta ciudad a tomar lo que existe allí y a otras personas que defienden la causa de la libertad. Avísale al jefe de esa fuerza, Señor Quirós, y trata tú de huir inmediatamente a Huancavelica”.(26 de marzo 1822). Esta carta la perdió porque el chasque indio, engañado por dos traidores, reveló el secreto. Andrea fue detenida e interrogada para que delatara a sus cómplices; y como no lo hizo, fue fusilada “para ejemplo y escarmiento de la posteridad por haberse revelado en contra del Rey y Señor del Perú, cuya disposición perjudica por una carta escrita o hecha escribir”. Su muerte excitó más a las ayacuchanas, y especialmente a Trinidad Celis, quien encabezó un cierto contingente de mujeres en ayuda de los patriotas. En Trujillo las damas patricias se reunían en casa de Natividad Pinillas a reunir recursos y coser ropa para las fuerzas de Arenales. Rosa Cavero y Tagle y la condesa de Olmos colaboraron en la independencia, lo mismo que la marquesa de Torre Tagle, condecorada por San Martín. Aún no había San Martín entrado en Lima cuando su cortesía empezó a ganar el respeto de doña Mariana Echevarria de Santiago y Ulloa, que no era otra que la Marquesa de Torre Tagle. Para que ésta pudiese salir de Lima e ir a Trujillo a reunirse con su marido, San Martín intercedió ante el Virrey del Perú y ofreció a la dama toda su colaboración, según prefiriese viajar por tierra o por mar. La marquesa aceptó aquel generoso ofrecimiento. Desde entonces empezó la amistad con “la esposa del primer peruano”, como San Martín la llamaba, y en 1822 el Protector apadrinó a la hija mayor de los marqueses (Josefa de Tagle y Echevarria), oportunidad en que les obsequió con un retrato propio en miniatura.

Después de intervenir activamente en la emancipación, la señora de Torre Tagle cayó prisionera, con su marido, y murió en el cautiverio, de escorbuto, poco después de dar a luz una criatura. “Ante los deberes de la patria no hay distinción de linajes. Todas somos iguales” Esta declaración de principios, que se le atribuye, define un aspecto loable de su conducta. En la casa de Hermenegilda de Guisla y Larrea se planteó la conspiración de José de la Riva Agüero y Francisco de Paula Quiroz. Los realistas la encarcelaron, y San Martín a su turno la condecoró con medalla de oro y ordenó reconocerle como deuda nacional, la suma de cinco mil pesos, quizás por ella facilitada para la revolución. Angélica Zevallos encabezó una suscripción secreta de damas, en cuya virtud éstas donaron sus alhajas y vajillas de plata para con su importe proveer de armas y demás avíos al ejército. “Las joyas - se asegura que dijo - sólo sirven para alimentar la vanidad del hombre y de la mujer. Podemos declarar ahora que nunca tuvieron mejor inversión y será en adelante una especia de profesión de fe para nosotras el pensar que contribuimos con nuestro grano de arena a levantar el edificio de la patria libre”. Aunque los realistas excitaban la aversión hacia el ejército libertador de San Martín, haciendo entender que los insurgentes no respetarían el honor de las mujeres peruanas, la prudencia de las tropas expedicionarias desvirtuaron semejante infundio. El júbilo de la victoria envolvió al héroe en el fervoroso agasajo de las limeñas y aseguró su decidida colaboración. “Gran número de mujeres de todas clases - corrobora Paz Soldán - prestaban también servicios importantísimos y muy distinguidos, ya dando sus alhajas o dinero, ya ejerciendo su influencia para obtener noticias y comunicar útiles avisos”. La entrada triunfal de San Martín y la declaración de la independencia fueron celebradas en los salones de las marquesas de Castellón y de Villafuerte, de las condesas de la Vega del Ren y de Villa Alegre, de la marquesa de Casa Dávila y Tomasa de Urízar. Estos agasajos de la nobleza no fueron desdeñados por el libertador; antes bien, se propuso canalizar a su favor la influencia y recursos de la aristocracia

peruana, cuyos privilegios debían fundarse en adelante en los grandes servicios prestados a la patria.


Divisas para el patriotismo femenino

Para premiar el patriotismo y abnegación de las mujeres peruanas el Protector expidió el siguiente decreto: “El sexo más sensible naturalmente debe ser el más patriota: el carácter tierno de sus relaciones en la sociedad, ligándolo más al país en que nace, predispone doblemente en su favor todas las inclinaciones. Las que tienen los nombres expresivos de madre, esposa o hija, no pueden menos de interesarse con ardor en la suerte de los que son su objeto. El bello sexo del Perú, cuyos delicados sentimientos revelan sus atractivos, no podía dejar de distinguirse por su decidido patriotismo, al contemplar que bajo el régimen de bronce que nos ha precedido, sus caras relaciones en general sólo servían para hacerle sufrir mayor número de sinsabores de parte de los agentes de un gobierno que a todos hacía desgraciados a su turno. Ya que estos días de aflicción universal no volverán jamás para nosotros, el gobierno, que desea distinguir el mérito de toda persona cuyo corazón ha suspirado sinceramente por la Patria, acaba de expedir el decreto que sigue:

EL PROTECTOR DEL PERÚ He acordado y decreto:

1º Las patriotas que más se hayan distinguido por su adhesión a la causa de la independencia del Perú usarán el distintivo de una banda de seda bicolor, blanca y encarnada que baje del hombro izquierda al costado derecho, donde se enlazará con una pequeña borla de oro, llevando hacia la mitad de la misma banda una medalla de oro con las armas del Estado en el anverso: AL PATRIOTISMO DE LAS MAS SENSIBLES.

2º La Alta-Cámara, cuya eminente atribución es hacer justicia, pasará al ministerio de Estado una razón de las patriotas que por voto de la opinión pública se han distinguido más, para que el gobierno las declare comprendidas en el artículo anterior.

3º Los parientes inmediatos de las patriotas que obtengan este distintivo serán preferidos, en igual de circunstancias, para los empleos que pretendan. El ministro de Estado queda encargado de la ejecución de este decreto; imprímase en la gaceta oficial. Dado en el palacio protectoral de Lima, a 11 de Enero de 1822.

Firmado - San Martín. Por orden de S.E. (Fdo.) B Monteagudo”. Para establecer qué mujeres debían ser honradas con la citada distinción, el Protector mandó constituir una “Junta de Purificación” encargada de informar al respecto, y según cierta nómina publicada en la Gaceta, honró con su selección los nombres de 137 patriotas y 13 conventos declarados beneméritos. Las señoras agraciadas en esta distinción la exhibían con ostentación y orgullo en sus reuniones sociales. Una de las beneficiarias fue la guayaquileña Rosa Campusano, que tanto dio que hablar, y a quien la maledicencia llamaba “la Protectora”, por sus relaciones con San Martín. No se sabe de cierto si dichas relaciones fueron amatorias, como supuso Ricardo Palma; pero es indudable que por sus relaciones y por su poder de seducción, constituyó una eficaz colaboradora, como agente político del libertador. "Rosa Campusano ha quedado asociada a su nombre en las tradiciones peruanas, y ella es la única mujer que ha tenido ese privilegio en la singular y austera vida de nuestro héroe, como si ella fuese una personificación de aquella Lima de las tapadas, San Martín conquistó sin sangre y abandono sin violencia”. En el Museo Histórico Nacional se conservan dos medallas y sus respectivos diplomas y bandas, de las que el General San Martín, siendo Protector del Perú, instituyó como premio al patriotismo femenino. Dichas medallas son de oro, tienen un módulo de 38 x 38 mm. y presentan en su anverso, entre dos volutas, el escudo provisorio del Perú; y encima un sol de nueve haces. Uno de los diplomas dice así:

“EL PROTECTOR DE LA LIBERTAD DEL PERÚ POR CUANTO Da. Serafina Hoyos de Arenales, se ha distinguido por su adhesión a la causa de la Independencia del Perú, y este Supremo gobierno la ha creído digna de ser comprendida en el número de las que merecen llevar la divisa del PATRIOTISMO, como la más propia para honrar el pecho de las que han sentido la desgracia de su PATRIA. Por tanto, la declaro acreedora a la distinción y gracias que concede el decreto de 11 de enero último. Tómese razón en el Ministerio de Estado y en la Municipalidad de esta Capital”. Dado en Lima, 19 de septiembre de 1922 - 3º.

(Fdo.)JOSÉ DE SAN MARTÍN

Francisco Valdivieso

(Sello de las Armas del Perú) La nota de estilo adjunta al envío de tan alta distinción, decía a la beneficiaria:

“El Diploma que tengo la satisfacción de acompañar a Ud. es la recompensa más expresiva que puede dispensar un gobierno justo al sexo de las gracias, cuando ha sabido unir a ellas el mérito de consagrar sus sentimientos a la causa en que más se interesan los que han sido desgraciados, no debiendo serlo en el país en que nacieron. Acepta Ud. la distinguida consideración y aprecio con que soy su atento servidor”. La misma distinción otorgada a la esposa de General Arenales, se le otorgó a la hija, Juana Antonia Alvarez de Arenales y, como se ha dicho, a muchas otras. Por lo menos entre abril y setiembre de 1822 se acuñaron sesenta de esas medallas de oro. Suponemos que fue el mismo Protector quien fundó en Lima una “Sociedad Peruana de Damas” con el objeto de “perfeccionar los establecimientos públicos de educación y beneficencia, en favor del sexo de las gracias”. Por ley del 12 de febrero de 1825 el Congreso creó una condecoración bolivariana consistente en una medalla de honor para honrar el patriotismo; y el 24 de diciembre el Consejo de Gobierno hizo extensiva esta distinción a las damas que “por sus virtudes cívicas y su decidida adhesión a la causa de los libres” lo merecieran. En tal caso la agraciada era incorporada a la “Sociedad Peruana de las Damas”.


Mujeres de Guayaquil

A raíz del levantamiento patriota del 9 de octubre de 1820, los guayaquileños solicitaron ayuda a San Martín, y éste envió para el caso a los generales Guido y Luzuriaga. Organizadas que fueron las milicias locales y tomadas las necesarias medidas de seguridad, ambos jefes debieron regresar al Perú, para evitar roces con quienes propugnaban la anexión de Guayaquil a Colombia. Apoyando una solicitud del gobierno revolucionario, las damas guayaquileñas se dirigieron entonces a Luzuriaga, personero de San Martín, en estos términos:

“Señor General:

La suerte de este país está precisamente vinculada en la residencia de usted en él, y convencidas las señoras de esta verdad, hemos resuelto representarlo a usted por medio de este manifiesto público, que será el mejor garante de nuestros deseos. Pedimos a usted que tenga en consideración cuánto habremos vacilado para tomar esta determinación en que el recelo de no ser entidades compromete el amor propio de las damas; pero por todo hemos atropellado impulsadas por el amor de la patria, que es preferible al de sí misma. ¿Y será posible que usted, que tiene dadas pruebas de no haber sacrificios por ella, permita que seamos víctimas de la tiranía? ¿Será creíble que usted se vaya dejándonos naufragar como si estuviésemos en un mar inmenso combatidas por las olas, y no fuese usted compasivo a dar la mano a quien ahogarse piensa? No, no lo creemos; el carácter de usted es bien conocido por todas, y éste alimenta nuestras esperanzas. Permita el cielo que no nos haga usted tocar el desengaño, pues si así fuese, caeríamos en un desaliento moral; pero, ¿para qué acordarnos? ¿Cómo recelar nuestro total exterminio cuando nuestro generoso, a quien aclamamos, sabe cumplir con los votos uniformes de sus conciudadanos? Y en fin, señor, si usted tuviera la bondad de unir el suyo a los nuestros, la gratitud no tendría límites; y la patria obligada por tan generoso sacrificio, sabrá corresponder a usted, y muy particularmente las abajo firmadas.

“Patria y libertad, y usted nuestro redentor.

(Fdo.) María Eugenia Llaguno e hijas, Manuela Garaicoa de Calderón e hijas, Francisca Bernal, Caterine Joly de Villamil, Ana de Villamil, Juana Garrichategui e hijas, Petrea Bernal e hijas, Baltazara de Larrea, Marcelina de Herrera Campuzano, Juana Gómez Cornejo, Jacinta Gómez Cornejo, Josefa Gómez Cornejo, Ana Bárcela, Manuela Carbó, Mercedes Llaguno, María del Rosario Chatar e hijas, María Francisca Anzuategui e hijas, Dolores Abad de Aguirre e hijas, María del Campo, Dolores Plaza”. En la misma fecha, 9 de enero de 1821, el general Luzuriaga contestó a las peticiones explicándoles los motivos por los cuales no podía acceder a quedarse en Guayaquil. “Señorita de todo mi respeto: - decía - Si después del honor y el amor a la patria hay algún sentimiento poderoso para mi corazón, ninguno sería superior al deber de pagar como hombre y como militar toda mi deferencia a las insinuaciones apreciables con que usted honra en la representación que se ha servido suscribir para que permanezca en esta ciudad; pero no ha de permitir usted, señorita, asegurarle que mi considero tan próximo el peligro en que se juzga a esta provincia, ni mis trabajos llenarían los deseos de usted ni los míos; motivos sagrados que he explanado al gobierno, me convencen de la esterilidad de mis esfuerzos por ahora. Yo vuelvo a un ejército cuyo general fijará sus ojos inmediatamente sobre esta benemérita provincia; y si me tocase tornar a servirla, mi mayor orgullo será acreditar que un pueblo que abriga en su seno amable sentimientos tan honorables, merece mi último sacrificio. Entretanto, estoy persuadido de que el actual gobierno vela con interés por la suerte de esta provincia, cuya memoria me será siempre tan grata como indeleble la gratitud a la distinción que sin mérito dispensa usted, señorita, a su más rendido servidor q.s.p.b.”. Cuando a mediados de 1822 San Martín llegó a Guayaquil para su entrevista con Bolívar, un grupo de señoras lo agasajaron con finezas que en cierto modo contrariaban la austeridad del héroe. Una de ellas, la joven Carmen Garaycoa, se adelantó con una corona de laureles de oro y la puso sobre la cabeza de San Martín. Pero éste luego se la quitó y, para que no fuese desaire dijo a las gentiles damas:

“Yo no merezco esta demostración. Otros hay más dignos de ella. Pero conservaré el presente por el sentimiento patriótico que lo inspira y por las manos que lo ofrecen, ya que éste es uno de los días más felices de mi vida”. Aquél que así desdeñaba coronas de oro, tenía ya coronas de laurel y de espinas. Y lejos del sarao bullicioso en que las damas le prodigaban, cual solícitas valquirias, su admiración, lo esperaba la definitiva ausencia de su esposa y amiga, y el consuelo de Merceditas, para endulzar en el exilio con su ternura femenina, su soledad y su muerte.


Instituto Nacional Sanmartiniano
Ministerio de Cultura de la Nación