Argentina 200 años de Independencia

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DOCUMENTOS

054 | Caminos de montaña - Por Bartolomé Mitre (1821-1906)

Por los caminos de montaña

“Lo que no me deja dormir es, no la oposición que puedan hacerme los enemigos, sino el atravesar estos inmensos montes”. Así exclamaba San Martín al divisar desde Mendoza las nevadas crestas de la cordillera de los Andes, barrera gigantesca que se interpone de norte a sur entre las dilatadas pampas argentinas y los amenos valles de Chile, en una extensión de 22 , desde el desierto de Atacama hasta el cabo de Hornos. Esta cordillera, como la del Alto y Bajo Perú en rumbo opuesto, divídese a su vez en dos cadenas paralelas a los 33 de latitud austral, corriendo la una a lo largo del Pacífico en dirección al polo, -por lo cual se llama de la costa,- y la otra, con el nombre de gran cordillera es el límite argentino-chileno. La cadena de la costa es una sucesión de cerros graníticos, de formas redondeadas con pendientes suaves, cuyas ondulaciones se asemejan a las olas de un mar petrificado. La gran cordillera, es formada en su parte central por tres y cuatro cordones de montañas cónicas y angulosas que se sobreponen unas a otras, cuyas cimas alcanzan a la región de las nieves perpetuas y se elevan hasta la altura de 6.800 metros sobre el nivel del mar. A su pie se desenvuelven valles profundos, circunscriptos por peñascos escarpados a manera de murallones, cuyas crestas se pierden en las nubes que los coronan, entre las que se ciernen los cóndores de alas poderosas, únicos habitadores de aquellos páramos; lagos andinos, que son torrentes represados por las depresiones del suelo o los derrumbes de la montaña; ásperos desfiladeros y estrechos senderos, abiertos por los fuegos volcánicos y las aguas que se desprenden de sus cumbres inaccesibles, a través de cuestas empinadas y laderas suspendidas a sus flancos, que orillan precipicios, en cuyo fondo braman los ríos torrentosos arrastrando inmensos peñascos como una paja. La naturaleza ha desplegado todo su poder al aglomerar aquellas grandiosas moles, sin más ornato vegetal que el cactus, el musgo y la jarilla resinosa, cuyos severos paisajes infunden recogimiento al ánimo y dan la idea de la creación embrionaria surgiendo del caos. Entre la gran cordillera y la de la costa, se desenvuelve longitudinalmente un gran valle central, a trechos interrumpidos o estrechado por macizos y contrafuertes montañosos, que desciende en plano inclinado de norte a sur, hasta que las cadenas que lo limitan se sumergen en el mar a los 41 de latitud, marcando las islas y los archipiélagos su naufragio prehistórico. Este rasgo, da su fisonomía geográfica al territorio chileno. La gran cordillera argentino-chilena, sólo es accesible por pasos precisos, llamados boquetes o portezuelos, de los cuales los más conocidos y que se relacionan con nuestra historia, son: al centro, los de Uspallata y Los Patos, frente a Mendoza y San Juan; al norte, el portezuelo de la Ramada y el paso de Come- Caballos, que ponen en comunicación a la provincia argentina de La Rioja con Coquimbo y Copiapó; y por último al sur, los del Planchón y del Portillo, que conducen directamente, al valle de Talca el primero, y al de Maipú y la capital de Chile el segundo. Estos caminos transversales, cuyas cumbres en la prolongación del eje del cordón principal de la cordillera se elevan entre 3.000 y 3.700 metros, obstrúyense con las nieves de invierno y sólo son transitables en el rigor del verano. Hasta entonces, sólo habían sido cruzados por pequeños destacamentos militares o caravanas de arrieros con mulas, por senderos en que sólo podía pasar un hombre a caballo. El paso de un ejército numeroso de las tres armas a través de sus desfiladeros, considerábase imposible, y jamás había sido ni proyectado siquiera, antes que San Martín lo intentara. Hacer rodar por estos precipicios artillería de batalla, trasmontar las cumbres sucesivas con cuatro o cinco mil hombres, llevar consigo además de las municiones y del armamento de repuesto, los víveres necesarios durante la travesía, y las mulas y los caballos con sus forrajes, para el transporte del personal y del material, y llegar reconcentrados en son de guerra al territorio enemigo defendido por semidoble fuerza, calculando los movimientos combinados de manera de obtener la doble victoria que se buscaba sobre la naturaleza y el enemigo, tal era el arduo problema que tenía que resolver el general y el Ejército de los Andes para invadir a Chile. Era, con la originalidad de un genio práctico y combinaciones estratégicas y tácticas más seguras, la renovación de los pasos de los Alpes que han inmortalizado a Aníbal y Napoleón, paso que sería contado entre los más célebres hasta entonces ejecutados por un ejército, hasta que a imitación de él se realizara más tarde otro igualmente famoso en los Andes ecuatoriales por otro libertador tan grande como el del sur.


Problemas militares

San Martín, que “no dormía pensando en los inmensos montes que debía atravesar”, tenía que resolver otros problemas más arduos que el del paso mismo. Determinar las líneas y los puntos estratégicos de la invasión; calcular las marchas divergentes y convergentes y la concentración de sus columnas sobre el punto débil del enemigo; ocultar el verdadero punto de ataque, y caer como el rayo al occidente de las montañas, fulminando en un día el poder español en el extremo sur de la América, al dar con sus cañones la señal de la guerra ofensiva de la revolución argentina; tal era la complicada tarea que el general de los Andes tenía que desempeñar. Así, las diversas rutas que trazaba en sus mapas y los itinerarios que señalaba en sus instrucciones, eran como los radios de su círculo de acción de operaciones preliminares, cuyo eje estaba en el campamento de Mendoza. Ya no era la montaña la que le quitaba el sueño, sino la llanura que necesitaba pisar al occidente para combatir y triunfar. El mismo lo ha dicho en vísperas de abrir su memorable campaña: “Las medidas están tomadas para ocultar al enemigo el punto de ataque; si se consigue y nos deja poner el pie en el llano, la cosa está asegurada. En fin, haremos cuanto se pueda para salir bien, pues si no, todo se lo lleva el diablo”.


Parlamento con los Pehuenches

Como se ha visto, San Martín procuraba persuadir al enemigo de que su invasión se dirigía al sur de Chile, cuando según su plan ofensivo proponíase verificarlo por el centro. Uno de los principales objetivos de su guerra de zapa, fue constantemente éste, y para ello engañaba con sus comunicaciones supuestas y sus confidencias incompletas a amigos y enemigos, guardando su secreto hasta el último momento. Para afirmar al presidente Marcó en esta creencia, imaginó un nuevo ardid de guerra, que como todos los suyos llevan el sello de la novedad de un ingenio fecundo en expedientes.


Parlamento Pehuenche

Desde 1814, el gobernador de Cuyo cultivaba relaciones amistosas con los indios pehuenches, dueños entonces de las faldas orientales de la cordillera al sur de Mendoza, a fin de asegurar por los pasos dominados por ellos, el tránsito de sus agentes secretos de Chile y tenerlos de su parte en caso de invasión del enemigo. Al tiempo de reconcentrar su ejército en el campamento del Plumerillo, propúsose renovar estas relaciones, con el doble objeto de engañar al enemigo respecto de sus verdaderos planes y dar mayor seguridad y más importancia a las operaciones secundarias que meditaba por los caminos del sur. Al efecto los invitó a un parlamento general en el fuerte de San Carlos sobre la línea fronteriza del Diamante, con el fin ostensible de pedirles tránsito por sus tierras, haciéndose preceder de varias recuas de mulas cargadas de centenares de pellejos de aguardiente y barriles de vino, dulces, telas vistosas y cuentas de vidrio para las mujeres, y para los hombres, arneses de montura, víveres de todo género en abundancia, y un surtido de bordados y vestidos antiguos que pudo reunir en toda la provincia con el objeto de deslumbrar a sus aliados. El día señalado los pehuenches en masa se aproximaron al fuerte con pompa salvaje, al son de sus bocinas de cuerno, seguidos de sus mujeres, blandiendo sus largas chuzas emplumadas. Los guerreros iban desnudos de la cintura arriba y llevaban suelta la larga cabellera, todos en actitud de combate. Cada tribu era precedida por un piquete de Granaderos a caballo cuya apostura correctamente marcial contrastaba con el aspecto selvático de los indios. Al enfrentar la explanada de la fortaleza, las mujeres se separaban a un lado y los hombres revoleaban las chuzas en señal de saludo. Siguióse un pintoresco simulacro militar a la usanza pehuenche, lanzando los guerreros sus caballos a todo escape en torno de las murallas del reducto, mientras que desde los bastiones se disparaba cada cinco minutos un cañonazo de salva a cuyo estruendo contestaban los salvajes golpeándose la boca y daban alaridos de regocijo. La solemne asamblea que se siguió, tuvo lugar en la plaza de armas del fuerte. San Martín solicitó el paso por las tierras de los pehuenches para atacar por el Planchón y el Portillo a los españoles, que eran, según dijo, unos extranjeros, enemigos de los indios americanos, robarles sus campos y sus ganados, y quitarles sus mujeres y sus hijos. El Colocolo (jefe) de las tribus era un anciano de cabellos blancos llamado Necuñán, quien después de consultar a la asamblea y recoger con gravedad sus votos, dijo al general: que a excepción de tres caciques, que ellos sabrían contener, todos aceptaban sus proposiciones, y sellaron el tratado de alianza abrazándolo uno después de otro. Inmediatamente, en prueba de amistad, depositaron sus armas en manos de los cristianos, y se entregaron a una orgía que duró ocho días consecutivos. Al sexto día regresó San Martín a su cuartel general, para sacar de estas negociaciones el fin que se proponía, el que reservó hasta de sus más íntimos confidentes.


Ardides de San Martín

Había previsto el diplomático criollo, que los indios con su natural perfidia o bien los caciques disidentes, denunciarían su simulado proyecto a Marcó, como en efecto sucedió; pero por si acaso no lo hacían, él se apresuró a comunicárselo directamente por medio de una de sus tramoyas habituales, a que concurrió una coincidencia también prevista. Durante la remonta de su ejército, había cortado las comunicaciones supuestas de los españoles de Cuyo con Marcó, y éste, ignorante de todo lo que pasaba al oriente de los Andes, despachó emisarios pidiendo noticias a los que de buena fe creía sus corresponsales oficiosos. La vigilancia era tal, que durante dos años, ni un solo espía realista pudo penetrar a Cuyo sin ser sorprendido por las guardias patriotas de la cordillera, prevenidas por los agentes secretos de Chile. Las últimas cartas del presidente corrieron la misma suerte. En posesión de ellas, el general hizo comparecer a los supuestos corresponsales a su presencia, entre los cuales se contaba Castillo de Albo, mostróles los escritos acusadores, y con aparente enojo, -y aún se dice que amenazándolos con una pistola que tenía sobre su mesa, -los obligó a escribir y a firmar las contestaciones que les dictó. En ellas anunciaba, que, “para el 15 de octubre se aprontaba a salir de Buenos Aires una escuadra compuesta de una fragata, tres corbetas, dos bergantines y dos transportes, mandada por el inglés Teler (Taylor), cuyo objeto se ignoraba”. “San Martín,” - agregaban- “ha celebrado en el fuerte de San Carlos un parlamento general con los indios pehuenches.” En otra decía: que un ingeniero francés había salido de Mendoza para construir un puente sobre el Diamante. Las cartas de San Martín despachadas con un emisario suyo, que representaba el papel de doble espía, llegaron a manos de Marcó, quien dándoles entero crédito perdió la cabeza, y puso en conmoción a todo el reino para precaverse de una doble invasión. A la vez, participaba al gobierno, que el parlamento, tenía por objeto, que “los indios auxiliasen al ejército en su tránsito con ganados y caballadas a los precios estipulados”, mientras escribía a su confidente Guido: “Concluí con toda felicidad mi gran parlamento con los indios del sur: auxiliarán al ejército no sólo con ganados, sino que están comprometidos a tomar una parte activa contra el enemigo”. Era, como se ve, un pozo de grandes y pequeños misterios en cuyo fondo se escondía la verdad desnuda.


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