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056 | Esas maravillosas mulas - Por Juan Andrés Carrozzoni

"SI LA MULA NO EXISTIERA, HABRIA QUE INVENTARLA",JACQUES BOJAULT.

Hemos seleccionado para ilustrar el comienzo de este artículo la aguada pintada por Vila y Prades, ya que el cruce de los Andes por San Martín, montado en su “caballo blanco”, es una de las creencias más difundidas y equivocadas al respecto. No lo hizo ni siquiera montado la mayor parte del trayecto, y mucho menos sobre un brioso corcel. Los tramos en que no fue llevado en camilla por sus fieles granaderos, lo hizo montado en una humilde y mansa mula criolla. Esta leyenda del caballo blanco, también nos hace incurrir en una enorme injusticia para con ese noble aunque ignorado peón de brega, verdadera pieza fundamentalísima e irremplazable para el cruce de los Andes, a punto tal, que podemos afirmar que sin su concurso, dicho cruce no hubiera podido realizarse en las condiciones que lo hizo el Libertador; y si podemos afirmar ésto, podemos también concluir en que una porción, aunque sea pequeña de la gloria por la libertad de Chile, le corresponde a estas magníficas bestias.


Acerca de las mulas

El caballo y el asno se han apareado desde los tiempos más antiguos, y de estos cruces nacieron híbridos llamados mulos y burdéganos. Se llaman mulos los que han nacido de un asno y una yegua, y burdéganos los que proceden de un caballo y una burra; tanto unos como otros se parecen más a la madre que al padre. El mulo no es muy inferior al caballo en lo que respecta al tamaño y a la forma del cuerpo, pero en cambio se diferencia bastante por la cabeza, por la longitud de las orejas, por tener la raíz de la cola recubierta de cortos pelos y las ancas más robustas y las pezuñas más estrechas, más parecidas por lo tanto a las de los asnos. En el color del pelaje se parece casi siempre a la madre y rebuznan como el padre.

El burdégano presenta formas menos perfectas, es de menor tamaño y tiene las orejas más largas, como la madre. Del caballo conserva tan sólo la cabeza, que es larga y delgada; las ancas, que son amplias; la cola, peluda en toda su longitud, y el clásico relincho. También revela el carácter perezoso de la madre. Pero el caballo y la burra no se aparean nunca por propia voluntad, por lo que la cría de burdéganos exige el concurso del hombre: por otra parte, entre caballos y asnos en libertad existe siempre un odio que acaba en encarnizadas peleas. El asno, en cambio, se une voluntariamente con la yegua, que por cierto no parece aceptarlo de buen grado. Los mulos no pueden ser dedicados al trabajo antes de los cuatro años, pero a partir de esta edad se mantienen activos hasta los veinte y, a veces, hasta los treinta. Un mulo pesa, en el momento del nacimiento, entre 35 y 40 kg., es amamantado durante doscientos cuarenta días y completa su desarrollo físico a los sesenta meses. La duración de la vida es, aproximadamente, de unos veinte años. Como los mulos son más útiles que los burdéganos, el hombre se dedica más ampliamente a la cría de los primeros. En realidad, estos animales reúnen las ventajas de ambos progenitores: del asno tienen la sobriedad, la constancia, el paso tranquilo y seguro, y de la madre poseen la fuerza y el valor. Este híbrido es muy útil todavía en todos los países montañosos, y tiempo atrás, en América del Sur tuvo la misma importancia que el camello entre los árabes. Un buen mulo puede transportar una carga de 150 kg. y recorrer diariamente de 20 a 98 km. La cría del asno y del mulo generalmente se realiza en estado de semiestabulación, es decir, en campos de pasto donde se han preparado refugios primitivos. En contra de lo que sucede con los caballos, la cría de estos animales no se halla, pese a los progresos de la mecanización agrícola, en retroceso, pues aún hoy constituyen un insustituible medio de trabajo y de transporte en las pequeñas granjas familiares de zonas más atrasadas a causa de la configuración agronómica o de condiciones climáticas poco favorables. El asno y el mulo se adaptan a trabajos de tiro carga y silla, y son particularmente ágiles en los terrenos accidentados. El mulo y el burdégano generalmente son estériles, salvo alguna excepción por parte de las hembras. Ya desde la antigüedad se tienen noticias de híbridos fecundos, pero como entonces eso se consideraba como obra infernal o presagio de desventuras, tales hechos eran mantenidos en secreto. El primer caso conocido se remonta a 1527, y sucedió en Roma. En España, exactamente en Valencia, en 1762 una hermosa mula castaña se apareó con un magnífico caballo andaluz de color gris y, tras una gestación normal, dio a luz un espléndido potrillo de color rojizo y crines negras que manifestó todas las buenas cualidades de un caballo de pura raza. Posteriormente minuciosas observaciones han disipado todas las dudas respecto a la fecundidad del mulo, pues varios de estos animales, huéspedes del Jardín de Aclimatación de París, se han reproducido hasta la segunda generación. La mula es conocida de muy antiguo, como lo prueban las figuras esculpidas en los bajorrelieves asirios. Sin embargo, no se la encuentra en las inscripciones egipcias, lo que lleva a suponer que la cruza de esos animales se hizo por primera vez en la región situada entre el río Ganges y Siria. poco después de ser invadida por los mongoles. Parece que los hebreos no la conocieron hasta el reinado del rey David (1050-1015 a.C.). Los romanos le dieron gran importancia, dedicándole tanto o más interés que al caballo. En Italia ya era utilizada 350 años antes de Cristo. El dictador Sulpicio Peticus, durante una batalla con los galos, ordenó descargarlas y montarlas para cargar contra ellos. Esta estratagema sería imitada muchos años después por Julio César. Fueron los ejércitos romanos los que la introdujeron en Francia y España. Finalizado el tiempo de la conquista, los romanos las emplearon en tareas agrícolas y de transporte. En la Edad Media, en Italia, los grandes personajes la utilizaron como montura de lujo. A fines del siglo XVIII los artilleros las destinaban al transporte de bagajes, cañones y municiones, en la región alpina. En España, el hispano-romano Columela, contemporáneo de Jesucristo, en su célebre obra “Los doce libros de la agricultura”, le dedica dos capítulos. Debido a la popularidad de estos animales en la península ibérica, durante el reinado de Felipe IV (1605-1665), hubo problemas para reunir 80.000 caballos (dado que se prefería a los híbridos antes que a los equinos) y en los tiempos de Moliere (1622- 1673) eran la montura preferida de médicos, magistrados y prelados, lo que originó que La Fontaine dijera: “La mula es un prelado que se las echa de noble.” Durante el siglo XVIII la cría de mulas tuvo altibajos en España y Francia, llegándose a reglamentar como se debía cubrir las yeguas por los garañones. Para evitar la cría de caballos bajos o poco vigorosos, se prohibió destinar al cruzamiento, yeguas que tuvieran mas de cuatro pies de alzada bajo pena de muerte y confiscación, dejando así aquellas para ser cubiertas por padrillos. La sustitución de la llama por la mula como animal de carga en la región andina, entre los años 1600 y 1630, convierte al discutido híbrido del siglo XVI en “el fulgurante animal del siglo XVII.” Por distintos medios los reyes de España procuraron mantener en tierras americanas la supremacía que el caballo le daba al conquistador, como lo demuestran las disposiciones reales de tiempo del descubrimiento. Así se llegó al extremo que cuando Cristóbal Colón, debido a su mal estado de salud, no pudo montar más a caballo, debió solicitar permiso para montar en mula, porque desde 1494 se había prohibido a todos los habitantes del reino, emplear ese animal como cabalgadura. Como lo que se pretendía era fomentar la crianza del caballo, el rey dio el ejemplo dejando de andar en mula, como habitualmente lo hacía. En América se prohibió también utilizar carruajes de cualquier tipo, porque se consideraba que con ello los hombres perdían la habilidad de cabalgar. La prohibición de montar mulas se reiteró en el año 1505, exceptuando de esta medida sólo a los clérigos y a las mujeres. En 1528 se dieron instrucciones a la audiencia de México para que: “(...) so pena de muerte, no se vendieran a los indios (...) caballos ni yeguas, porque no se hiciesen diestros de andar a caballo y que no permitiesen mulas, para que hubiese más caballos (...).” No obstante las medidas dictadas para impedir el empleo de mulas, los caballeros que lucharon durante la conquista, corrientemente hacían largas jornadas montados en ese animal, llevando de tiro a su caballo de guerra, para que estuviese descansado al entrar en batalla. Más aún, se sabe que utilizaron algunas veces compañías montadas exclusivamente en mulas desde la misma época del descubrimiento. La mula fue introducida en el Nuevo Mundo por los españoles revolucionando el sistema de transporte hasta entonces conocido. A diferencia del ganado equino cimarrón que se reproducía libremente hasta entonces en América, la mula exhibe especial dedicación, tanto para su producción como para su cría, pero alguien dijo y con razón: “La mula es una mercancía que se transporta a sí misma”. Durante mucho tiempo, la producción de mulas se constituyó en el siglo XVII y XVIII en el comercio más importante entre el Perú y las provincias del norte, Córdoba, Cuyo y litoral, con la salvedad de que la mayor parte de las Cuyanas se vendían a Chile.


Las mulas y los ejércitos de nuestro país

Sobre la utilidad que la mula le presto a nuestros ejércitos desde 1810 hasta hoy hay una gran cantidad de literatura. En homenaje a la brevedad, solo se expondrán algunos referidos al siglo XIX, que pueden ser suficientes para demostrar cuanto le debe también nuestro país en este aspecto a este sufrido animal. Los comerciantes ingleses J.P. y G.O. Robertson, que vivieron varios años en el Paraguay y la Argentina en la época de la Independencia, relatan en sus libros con sus memorias, que después de la derrota de Huaqui (junio de 1811), las fuerzas patriotas al mando de Juan M. de Pueyrredón, ante la imposibilidad de mantenerse en Potosí, decidieron evacuarlo. Luego prosigue así: “A las doce de la noche, Pueyrredón dispuso que las mulas fueran llevadas a la Casa de Moneda, con orden a los comisionados de que empezaran a cargarlas (...). A eso de las cuatro de la mañana la tropa empezó a salir de la ciudad en el más absoluto silencio (...) Se les había quitado el cencerro a las mulas para no despertar a quienes ya se consideraban como tenaces enemigos. A pesar de todas las precauciones, desaparecieron tres mulas cargadas de plata (...). Atravesó así calles muy pobladas sin que pudiese oírse otro ruido que las pisadas de los animales. Cuando la luz del día 25 iluminó la caravana, advirtióse que ya se encontraban fuera del peligroso Paso del Socavón y el jefe respiró al hallarse en campo abierto.” Lo relatado lleva a dos reflexiones: la primera, que en toda época ha habido hombres corruptos, porque a las tres mulas cargadas con metales preciosos alguien las hizo desaparecer. La segunda, que la actitud valiente y decidida de Pueyrredón y sus hombres logró salvar el tesoro que iba a caer en manos de los españoles y que así se pudo destinar a la causa patriótica. Cuenta el general Paz en sus memorias que, ante la invasión realista del año 1817, se produjo la retirada del ejercito patriota, al que le faltaban toda clase de recursos, por lo que a veces hubo que recurrir para alimentarse a la carne de mula. Quizás el ejemplo más importante de lo que significó la mula para nuestros ejércitos se pueda leer en la Historia de San Martín escrita por Bartolomé Mitre. El Libertador utilizó este animal tanto para la silla como para la carga y el transporte. Cuenta Mitre que a fines de 1816 el gobierno nacional le negó a San Martín un envío de fondos, parte de los cuales necesitaba para comprar más de 13.000 mulas. Escribe el historiador: “Fue entonces cuando el general de los Andes lanzó con su sencillez y gravedad habitual, sus gritos más heroicos, que resonaran en la posteridad: “Si no puedo reunir las mulas que necesito, me voy de a pie”. Agrega Mitre: “Y Cuyo dio las trece mil mulas (...) y el 12 (tres días antes de lo calculado) el triunfo coronaba las armas redentoras de la revolución argentina”, refiriéndose a la victoria de Chacabuco. De más esta decir que estos animales llevaron también sobre sus lomos gran cantidad de vituallas, armamentos y alimentos, entre muchas cosas que eran indispensables para este ejército que libertaría Chile y Perú. Continúa Mitre: “Toda la tropa iba montada en mulas, y marchaba en desfilada por los estrechos senderos pero organizada a la manera de arrias. Las cuatro mil mulas montadas estaban divididas en 200 piaras, y cada 20 soldados ocupaban una piara a cargo de un peón.” Saltando en el tiempo hasta la época en que Adolfo Alsina era ministro de Guerra del presidente Avellaneda, se conoce una comunicación del general Julio Roca, cuando era comandante de la frontera en Córdoba, donde le informa que dispone de 500 mulas para enviarle a la frontera bonaerense, lo que revela un alto índice de utilización de esos animales en las guerras fronteriza con los indios. A su vez, el coronel Eduardo Recado, antes de que se iniciara la conquista del desierto comandada por Roca le envía a éste un telegrama donde le dice: “Con 600 mulas más, mi División estará pronta para la gran expedición”. Eduardo Rayano, en su libro “Las caballadas en la guerra del indio”, hace muy, interesantes observaciones sobre el tema, algunas de las cuales se transcriben a continuación. “Puede afirmarse que sin la mula las operaciones militares hubiéranse retardado muchísimo y sin los óptimos resultados alcanzados en tal corto número de años. Sobre las mulas realizáronse los avances de las fronteras; las persecuciones del indio; los cambios de ubicación de las unidades; amen de los bastantes y largos viajes con cargas desproporcionadas. La artillería fue llevada a lomo de mula en la gran campaña al lago Nahuel Huapi durante el año 1881, como lo habían hecho nuestros antepasados los guerreros de la Independencia cuando cruzaban los Andes. Donde la mula resultó inestimable y hasta admirable, si se quiere, fueron en las operaciones de nuestras tropas en la región cordillerana durante la campaña de los Andes, en los años 1882 y 1883. “Nunca fue desmentida la fe ciega que tenía el soldado en la firmeza de la mula para tales cruzadas. Las riendas, en ocasiones dejábanse flojas, particularmente en trances difcilísimos que debían quedar a merced de este animal tan rastreador y seguro.” Ramayon también explica características no muy conocidas de la mula, al decir que ésta, como el perro, participaba en la vigilancia en la frontera con el indio. En los fortines, pequeños reductos guarnecidos por escasas fuerzas, para detectar al aborigen y a los pumas se colocaban mulas aisladas en puestos estratégicos para reemplazar a los centinelas. Mas de una vez, el perro se hacia eco del rebuzno de una mula, repetido dos o más veces, lo que era señal de peligro, pues delataba la presencia de algo extraño. La mula y el perro son, en la oscuridad y la soledad, sobresalientes avizores. La primera denota un pánico indescriptible cuando ve o escucha algo que la asusta. En ciertas ocasiones extremas, sirvieron como alimento para los soldados, tanto en los fortines como en los campamentos Ramayon finaliza sus consideraciones sobre la mula con estas palabras: “Sintetizando, decimos: que la mula durante tan largas y severas campanas sirvió como el caballo”. Pero a diferencia de nuestro caballito criollo, no tuvo poeta que le cantara ..


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