Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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DOCUMENTOS

057 | Subordinados europeos - Por Diego Alejandro Soria

Subordinados europeos del General San Martín

La batalla de Waterloo puso punto final a un cuarto de siglo de guerras en el Viejo Mundo. A partir de entonces, las potencias europeas pudieron dedicar su atención a la guerra de la independencia hispanoamericana. De ellas, mientras que Gran Bretaña impulsaba la causa de la emancipación, motivada por sus intereses económicos, las otras, integrantes de la Santa Alianza apoyaban al rey de España. Muchos militares europeos, la mayor parte de ellos veteranos que habían combatido en ambos bandos en esos conflictos, acudieron al continente americano a ofrecer sus servicios a los bisoños ejércitos independentistas. Como solamente Gran Bretaña simpatizaba con los revolucionarios, se la asoció con el desarrollo de las campañas de la independencia. La guerra de la independencia hispanoamericana se libró en tres teatros de guerra claramente diferenciados: 1) México; 2) Venezuela, Nueva Granada y Quito; 3) Río de la Plata, Alto Perú y Chile. La participación británica en México fue prácticamente nula, en la Gran Colombia fue muy importante y en el sur se manifestó solamente a través de sus marinos y embarcaciones (vendidas a buen precio a los patriotas). En abril de 1817, Luis López Méndez, agente venezolano en Londres, sondeó al Foreing Office sobre el reclutamiento de voluntarios. Simultáneamente, Lord Wellington discutía el licenciamiento del ejército de ocupación que se mantenía en Francia. Aunque recién Agosto de 1819 el Parlamento británico aprobó el Foreing Enlistment Bill, desde diciembre de 1817 había comenzado el reclutamiento de mercenarios ingleses e irlandeses con destino a Venezuela. Este continuó en los años siguientes, incluyendo también a veteranos alemanes de la King’s German Legion del ejército británico. En general, se reclutaban unidades enteras, con armamento, vestuario y equipo, así como oficiales y suboficiales para encuadrar cuerpos a formar con reclutas locales. En total, alrededor de 5.000 veteranos del ejército británico sirvieron en las fuerzas de Bolívar, quien hasta su muerte tuvo siempre algún ayudante de campo inglés o irlandés.

Este apoyo le permitió a Gran Bretaña aumentar su influencia en la Gran Colombia, lo que le brindaba buenas oportunidades comerciales y emplear a los veteranos que se desmovilizaban. En el sur del continente, en nuestros teatros de operaciones, el aporte más importante fue hecho por marinos británicos y también de otras nacionalidades europeas, así como norteamericanos que sirvieron en las cuadras argentinas y fundamentalmente en la chilena, que apoyó la expedición libertadora al Perú. El almirante de esta escuadra fue lord Tomás Alejandro Cochrane, un brillante y valiente marino, pero cuyo deshonestidad y su afán de lucro desmerecieron su desempeño. El más sobresaliente de sus subordinados, que tuvo serios desacuerdos con él, que motivaron su alejamiento de la marina chilena, fue Martín Jorge Guisse. Cuando San Martín creó la escuadra del Perú, Guisse, fue uno de sus oficiales más destacados, muriendo en combate, siendo su almirante en la guerra contra Colombia en 1829. En 1815, cuando San Martín se desempeñaba como gobernador intendente de Cuyo, alrededor de medio centenar de residentes británicos en Mendoza formaron la compañía de milicias patrióticas de cazadores, incorporada al Batallón de Cívicos Blancos, cuya misión era la defensa del territorio en caso de invasión. Debe tenerse en cuenta que el porcentaje de ciudadanos británicos residentes en esa ciudad era elevado, por cuanto ella fue asignada como lugar de residencia a numerosos prisioneros de las invasiones inglesas de 1806 y 1807. Los oficiales de la compañía fueron elegidos por sus integrantes; recayendo la jefatura en el capitán D. Juan Young. Aunque las milicias no debieron afrontar ninguna invasión, algunos de sus miembros se incorporaron al Ejército de los Andes, entre ellos el capitán Young. Si bien no muy numerosos, hubo algunos europeos que sirvieron a órdenes del Libertador, tanto en el Ejército de los Andes, como en los de Chile y Perú. Entre ellos podemos mencionar a los británicos Carlos Bownes, Carlos Jagrae, los franceses Alberto Bacler d’Albe, Jorge Beauchef, Luciano Brayer, Alejo y Eustaquio Bruix, Pedro Raulet, Carlos Renard y Benjamín Viel, los polacos Bulewsky y Sowersby, y el alemán Pedro Selza. La mayoría de estos oficiales sirvió lealmente a órdenes del Libertador, aunque hubo dos grandes excepciones, dos jefes de la más alta jerarquía que lo odiaron y se convirtieron en sus detractores, calumniándolo ferozmente. Uno de ellos, el ya mencionado almirante Cochrane, impulsado por los celos y su codicia, a la que San Martín había obstaculizado. El otro fue el general francés Miguel Brayer, quien se incorporó al Ejército Unido con ese grado, que había ganado en las guerras napoleónicas, pero que fue separado de las filas por el Gran capitán a causa de sus desaciertos y de las dudas que sobre su valentía dejó su actitud en vísperas de la batalla de Maipú. Entre los oficiales europeos que se destacaron, vamos a recordar especialmente a tres británicos, en cuyas vidas hay un gran paralelo y que gozaron de la entera confianza de San Martín, de quien se desempeñaron como ayudantes de campo, y dos franceses, cuya valentía mereció el aprecio de nuestro héroe.


Federico de Brandsen

Nació en París, en 1785. Tras prestar servicios en la secretaría del Ministerio de Guerra, se incorporó en 1811 como subteniente de caballería en el ejército del Reino de Italia, cuyo monarca era Napoleón y en el que servían numerosos franceses. Participó en 1813 en la campaña de Alemania, siendo herido en tres acciones diferentes, condecorado y ascendido a capitán. Tras la abdicación de Napoleón en 1814 y la disolución de su reino italiano, regresó a Francia, donde se le reconoció su grado de capitán de caballería. En los 100 Días, intervino en la campaña, recibiendo una nueva herida. Terminada la guerra, Brandsen pidió la baja del ejército francés y se trasladó a Buenos Aires, donde se lo dio de alta en septiembre de 1817 como capitán de caballería, siendo destinado al Regimiento de Granaderos a Caballo, al que se incorporó en Chile. Tomó parte en la campaña del Bío-Bío, en 1818-19. Pasó posteriormente a los Cazadores a Caballo, con los que estuvo en la Expedición Libertadora al Perú, siendo ascendido a sargento mayor por méritos de guerra.

En 1821, al formar el general San Martín el ejército peruano, lo nombró jefe del Regimiento de Húsares de la Legión Peruana de la Guardia, con el grado de teniente coronel. En septiembre de 1822, a punto de abandonar el Perú, el Libertador lo ascendió a coronel. Anteriormente le había concedido la Orden del Sol. Participó activamente en las operaciones contra las fuerzas realistas en 1822 y 23. A fines de este año tomó partido por el presidente Riva Aguero, quien lo hizo general de brigada, pero al disolverse el ejército que le respondía, sus jefes cayeron en poder de Bolívar. Brandsen fue puesto en prisión y posteriormente desterrado por el Libertador de la gran Colombia en 1825. Tras una breve permanencia en Santiago de Chile se trasladó al Río de la Plata, donde su gobierno lo designó jefe del Regimiento 1 de Caballería con el grado de coronel. Al frente de su unidad estuvo presente en la campaña contra el Imperio del Brasil. Su capacidad profesional hacía que su opinión tuviera mucho peso en las Juntas de Guerra en las que participaba. Finalmente, el 20 de febrero de 1827, en la batalla de Ituzaingó, su regimiento enfrentó a la infantería brasileña que ocupaba una fuerte posición protegida por un profundo zanjón. El general en jefe Carlos de Alvear le ordenó atacar frontalmente, a los que Brandsen le observó que era imposible obtener éxito en esas condiciones. Alvear no aceptó sus prudentes argumentos y con sus palabras tocó el amor propio del valiente jefe, quien cargó a la cabeza de sus tropas, muriendo heroicamente. El ataque fracasó, pero la batalla se ganó porque otros jefes enmendaron los errores del general en jefe. San Martín tenía gran afecto por Brandsen, de quien era compadre.


Hipólito Bouchard

Nación en Saint Tropez, en 1783, y prestó servicios en la marina mercante francesa, participando en operaciones de corso contra los ingleses. En 1809, se estableció en Buenos Aires y al formarse la primera escuadrilla al mando de Juan Bautista Azopardo, se le confió el comando del bergantín 25 de Mayo, con el que intervino en el Combate de San Nicolás. Posteriormente, comandó otras embarcaciones, hasta que a fines de 1811 se desarmó la bisoña marina rioplatense y se licenció a sus tripulaciones. Al organizar San Martín su Regimiento de Granaderos a Caballo, Bouchard se incorporó a él con el grado de alférez, ascendiendo poco después a teniente. Tomó parte en el Combate de San Lorenzo, en el que conquistó una bandera realista, matando a su abanderado, según consta en el parte del coronel San Martín. El 29 de abril de 1813, recibió de la Asamblea Constituyente la ciudadanía argentina. Pero Bouchard era marino de alma y dejó el regimiento en el que se había desempeñado brillantemente para tomar el mando de la corbeta Halcón, en la que se desempeñó en la expedición de Guillermo Brown al Pacífico, en 1815 y 16. Al año siguiente, con el grado de sargento mayor de Marina, inició su famoso crucero en la fragata corsaria “Argentina” con la que dio la vuelta al mundo. A los dos años de su partida llegó a Valparaíso donde el almirante Cochrane lo puso en prisión y se apoderó de su buque y su importante botín de guerra. El gobierno chileno le restituyó la libertad, regresando a Buenos Aires con sus pertenencias y una justa fama. En 1820 estuvo presente en la expedición libertadora al Perú, al mando de su fragata, ahora convertida en transporte de tropas y bautizada “Constancia”. Cuando el Protector del Perú creó la marina de ese país, confió a Bouchard el comando de la fragata “Prueba”. En 1829, en la guerra entre Perú y Colombia, sucedió al almirante Guisse en el comando de la escuadra tras su muerte frente a Guayaquil. Dejó después el servicio y se dedicó al cultivo de la caña de azúcar en una hacienda que estableció a ese efecto y en la que murió asesinado por un mulato, en 1843.


Juan Thomond O'Brien

Nació en Battingloss, Irlanda, en 1786. En 1812, llegó a Buenos Aires con un importante crédito para dedicarse al comercio, pero al poco tiempo dejó esta actividad para incorporarse al Regimiento de Granaderos a Caballo con el grado de alférez y participar en la campaña de la Banda Oriental. Posteriormente, sirvió como teniente de su regimiento en el Ejército de los Andes. Tras la batalla de Chacabuco, fue ascendido a capitán y nombrado ayudante de campo del general San Martín, acompañándolo en su viaje de Santiago a Buenos Aires y regreso, por lo que en dos meses atravesaron dos veces la cordillera y cabalgaron 5.000 kilómetros. Acompañó a su jefe en cancha Rayada y Maipú y fue el único testigo de un episodio que muestra nobleza del Libertador. O´Brien había comandado un pelotón de granaderos que capturó el equipaje del general realista Osorio, en el que se encontraba correspondencia que comprometía a importantes personajes chilenos. San Martín la quemó, disculpando esas debilidades humanas. O´Brien quedó muy impresionado por esto y años después, ya retirado, compró el terreno en que ocurrió este hecho, erigiendo en él un pequeño monumento con una inscripción recordativa. Participó de la expedición libertadora al Perú, siempre como ayudante del Libertador, pero también pudo combatir valientemente, haciéndolo incluso a órdenes de Guillermo Miller. A fines de 1821, San Martín lo ascendió a coronel, le otorgó la Orden del Sol y lo envió a Buenos Aires para entregar las banderas realistas capturadas. Cumplida esta misión se retiró del servicio y viajó a su patria. A su regreso al continente americano, se dedico al comercio. En 1835 se reincorporó al servicio en el Perú, donde el presidente Andrés Santa Cruz lo ascendió a general de brigada. Dos años más tarde estuvo en Buenos Aires, de paso para Europa, y fue encarcelado por cuanto, habiendo declarado la Confederación Argentina la guerra a la Confederación Peruano-Boliviana (hecho que O´Brien desconocía), se desconfió de sus intenciones. Enterado de ello San Martín escribió al gobernador de Buenos Aires, general Rosas, intercediendo por su antiguo subordinado. O´Brien promovió la erección de un monumento a San Martín en Lima. En 1861, de regreso de su tierra natal a Sudamérica, murió en la escala del barco de Lisboa. Sus restos reposan en el cementerio de la Recoleta de Buenos Aires.


Diego Paroissien

Nació en Londres en 1783. Se recibió de médico en esa ciudad y en 1806 se dirigió al Río de la Plata. Detenido y procesado por la autoridad virreinal por conspirador, la Revolución de Mayo lo salvó de esa comprometida situación. Adhirió a la causa revolucionaria, incorporándose al ejército expedicionario al Alto Perú como cirujano. A fines de 1811 fue uno de los primeros ciudadanos extranjeros que recibió carta de ciudadanía del gobierno patrio.Se le concedió el grado de teniente coronel de artillería y se le encomendó la dirección de la fábrica de pólvora de Córdoba. En 1816, fue designado cirujano mayor del Ejército de los Andes. En él sirvió tanto como cirujano como en su jerarquía de teniente coronel, tomando parte en todas las operaciones hasta Maipú, siendo recomendado en los partes del general San Martín por su comportamiento y ascendido a coronel. Estuvo presente en la expedición libertadora al Perú como ayudante del Libertador, quien en 1821, lo ascendió a general de brigada y le otorgó la Orden del Sol. Posteriormente, cumplió una misión diplomática en Europa y murió a su regreso en un viaje entre el Perú y Chile, en 1827.


Guillermo Miller

Nació en Wingham, Inglaterra, en diciembre de 1795. A los quince años se incorporó al ejército británico, combatiendo en la Península Ibérica. En 1814 formó parte de la expedición sobre Nueva Orleans en la guerra contra los Estados Unidos. Al año siguiente se batió en la batalla de Waterloo como teniente del Tren de Artillería.En agosto de 1817 llegó Buenos Aires, para ofrecer sus servicios a la causa de la independencia, y dos meses después fue dado de alta como capitán de artillería, incorporándose al batallón de esa arma del Ejército de los Andes en el campamento de Las Tablas, cerca del Valparaíso. En la sorpresa de Cancha Rayada, salvó dos piezas de artillería de su unidad. En reconocimiento, San Martín lo ascendió a sargento mayor y lo nombró su ayudante de campo. Después fue jefe de las tropas de infantería embarcadas en buques de la marina chilena, teniendo destaca actuación en las operaciones que Blanco Encalada y Cochrane realizaron sucesivamente en el Pacífico. Ascendiendo a teniente coronel por mérito de guerra en 1820, San Martín lo nombró segundo jefe del Batallón de Infantería 8 (argentino), con el que participó de la expedición libertadora al Perú. Se destacó por su valor en las operaciones en esa campaña, cumpliendo numerosas misiones independientes y poniendo en jaque con reducidos efectivos a fuerzas realistas superiores. Proclamada la independencia del Perú, el libertador formó su ejército, dándole a Miller el grado de coronel y nombrándolo jefe del Regimiento de Infantería de la Legión Peruana de la Guardia. También le concedió la Orden del Sol. Siguió combatiendo con denuedo, siendo ascendido a general de brigada en 1823, cuando contaba tan sólo 27 años de edad. Tuvo brillante actuación en la batalla de Junín y se encontró también entre los vencedores de Ayacucho. Terminada la guerra de la independencia, siguió al servicio de Perú cumpliendo variadas funciones de gobierno, diplomáticas y militares. En 1835 fue ascendido a gran mariscal. Recibió numerosas heridas en combate a lo largo de su prolongada carrera militar. En 1861 murió en un barco en el que se disponía a viajar a Europa para reponer su salud. Sus restos reposan en Lima. Miller visitó a San Martín en su exilio en Bruselas y el Padre de la Patria le retribuyó la visita en oportunidad de su viaje a Inglaterra. También le envió numerosos datos, así como croquis y un retrato, para las memorias que el valiente soldado publicó, redactadas por su hermano, John Miller. En 1826, en una carta que el Libertador escribió desde Bruselas al general Miller, le dijo lo siguiente: “Aunque su natural moderación se ofenda, permítame Ud. que le diga que si yo hubiera tenido la felicidad de tener en el ejército que mandaba sólo seis jefes que hubieran reunido las virtudes y conocimientos de Ud., yo estoy bien seguro que la guerra del Perú se habría terminado dos años antes de lo que ha concluido”.


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