Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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DOCUMENTOS

061 | Sorpresa de Cancharrayada - Por Bartolomé Mitre (1821-1906)

Observando las maniobras de los patriotas posteriores a Chacabuco, y convencidos de su gran superioridad, los españoles celebraron al oscurecer una junta de guerra en la sala capitular del convento de los dominicos. Todos fueron de opinión de que una batalla campal les sería adversa; pero unánimemente se pronunciaron por la resistencia. Osorio, que desde que emprendió su retirada de Camarico se inclinaba a retroceder hasta Talcahuano, propuso continuarla hasta este punto, reembarcarse en él con el grueso del ejército según el plan trazado con el virrey, para efectuar la invasión por Valparaíso, cubriendo la línea del Maule con un cuerpo de observación que ocultase este movimiento. Ordóñez combatió enérgicamente este plan, y demostró, que aun siendo bueno, era imposible, por cuanto antes de atravesar el Maule serían irremisiblemente destruidos y activamente perseguidos por una caballería superior en número y calidad; opinó que sólo un golpe de audacia podía salvarlos, haciendo una salida durante la noche, para caer de sorpresa sobre el campo enemigo, y ofrecióse a ejecutar personalmente la empresa. La mayoría de los jefes apoyó este parecer. Osorio, irresoluto, difirió su voto, manifestando que su esperanza estaba en el favor del cielo y en la intervención de la virgen del Rosario, patrona jurada de las armas españolas, y se retiró a orar en la iglesia del convento.


Sorpresa en Cancharrayada

A las 7.30 de la noche revistaba Ordóñez la columna expedicionaria, y la proclamaba infundiéndole su heroico espíritu. A las 8, desplegaba la línea de masas en el llano de Cancharrayada en tres divisiones centrales de dos batallones cada una y dos escuadrones de caballería en ambas alas. Tomó el inmediato mando de la columna central con el “Burgos” y el “Arequipa”; dio el de la derecha, compuesta de las compañías y Granaderos, a Primo de Rivera, y el de la izquierda con el “Concepción” y el “Infante don Carlos” al coronel Bernardo Latorre. En este orden, hizo la señal de marcha y avanzó silenciosamente en medio de la oscuridad, guiándose por los fuegos del campo patriota, que el general O’Higgins había hecho encender a vanguardia de las líneas para alumbrar el terreno. La columna de la derecha, que era la más avanzada en razón de la menor distancia que recorría por la oblicuidad de la línea en su punto de partida, recibió los fuegos de la partida de caballería patriota que dio la señal de alarma. El resto aceleró su marcha, y siguió en perfecto orden con resolución y confianza. Al aproximarse a la altura en que al anochecer habían visto formada la primera línea patriota, encontraron desocupado el terreno, y a poco andar fueron recibidos por sucesivas descargas cerradas que les derribaron más de cien soldados muertos y varios oficiales, y entre ellos el coronel del “Concepción”, Juan José Campillo. Era O’Higgins que resistía con la segunda línea. Casi al mismo tiempo otra descarga recibía el extremo izquierdo de la línea atacante, que venía más atrasada. Era una compañía destacada por Las Heras, al mando del capitán Deheza, que con arreglo a sus instrucciones apagaba sus fuegos y se replegaba a la nueva posición de la división derecha. Hubo un momento de vacilación en las filas españolas, y sin la presencia de espíritu de Ordóñez que se puso a su cabeza y alentó a todos con su ejemplo cargando intrépidamente a la bayoneta, tal vez hubieran desistido de su empresa.El general O’Higgins, a la cabeza de los batallones núm. 1 de Cazadores y 7 de los Andes y el núm. 2 de Chile, que formaban la segunda línea, sostuvo con denuedo el desigual combate, cayendo muerto de un balazo el caballo que montaba y recibió una herida en el codo, a tiempo que subía sobre otro que le presentaba uno de sus ayudantes. Desde este momento, todo fue confusión en el campo patriota. La artillería de la izquierda quedó abandonada, los Granaderos a caballo despertados al ruido de las descargas se dispersaron poseídos de pánico. La caballería de la derecha se replegó en desorden al cuartel general situado más a retaguardia en la falda occidental de los cerrillos. El batallón núm. 1 de Chile que ocupaba el centro, se desorganizó, y replegóse sobre el núm. 8 que formaba la reserva, siendo recibido a balazos en los primeros momentos por considerarlo enemigo. El comandante Alvarado que con el núm. 1 de Cazadores de los Andes cubría la izquierda, considerando inútil toda resistencia en la posición que ocupaba, tuvo la inspiración del momento: mandó avanzar de frente inclinándose sobre su derecha, dio un rodeo, y pasando atrevidamente por el flanco derecho del enemigo se corrió por su retaguardia en busca del ala derecha cuya nueva posición conocía, y al aproximarse sufrió una descarga que le. derribó 24 hombres; pero reconocido luego como amigo, se incorporó a ella. El núm. 2 de Chile, mandado por el mayor José Rondizzoni, distinguido oficial italiano del ejército de Napoleón, que ocupaba el extremo opuesto, tuvo la misma inspiración, y describiendo una curva a retaguardia fue a reunirse con Alvarado sobre el flanco izquierdo del enemigo. Ordóñez, prosiguiendo su victoria trepó por su extremidad sur los cerrillos de Baeza y mandó romper el fuego en todas direcciones, esparciendo el espanto en las informes masas contrarias. Las balas del cerro llegaban hasta el cuartel general situado al pie, y una de ellas mató al lado de San Martín, a su ayudante Juan José Larrain, miembro de la patriota familia chilena del mismo nombre, que lo acompañaba como voluntario. El general, despechado, se negaba a alejarse del fuego, y parecía haber perdido su habitual sangre fría; pero pronto reaccionó sobre sí mismo y comenzó a dictar con precisión las órdenes convenientes para salvar al menos las reliquias de su disuelto ejército, mandando retirar la reserva y concentrarse en el cerrillo del norte, y al efecto empeñó un corto y desordenado combate; pero vióse muy luego obligado a ponerse en retirada con los dispersos, perseguido muy de cerca. O’Higgins le siguió con el resto de su división y la artillería de reserva, y ambos atravesaron sucesivamente el Lircay en la noche. Todo parecía perdido.


Famosa retirada de Las Heras

Eran las 11 de la noche. La luna de otoño aparecía en aquel momento en el cielo sombrío, esparciendo una pálida claridad sobre el campo antes ocupado por el ejército argentino-chileno, que yacía en profundo silencio. A la distancia se oían algunos tiros, y las carreras de la caballería realista que perseguía a los fugitivos. Mientras tanto, la división de la derecha que había cambiado de posición a las 8 de la noche, reforzada con los batallones 1 de cazadores de los Andes y núm. 2 de Chile, permanecía formada sobre la izquierda de los vencedores en la sorpresa, abrigada al frente y al flanco por el barranco antes señalado. A su frente se divisaba una masa negra, que permanecía inmóvil: era un escuadrón que estaba en observación, y que por varias veces dio el ¿quién vive? a la línea confusa que percibía a su costado, sin acertar a distinguiría. La división que no había podido tomar parte en la acción permanecía en inacción y silencio. No tenía quien la mandase. Su jefe, el coronel Hilarión de la Quintana había acudido en los primeros momentos a tomar órdenes del cuartel general, y no aparecía. En tal situación, los jefes en junta de guerra, resolvieron ponerse bajo las órdenes del coronel Las Heras, como el más caracterizado y el más capaz de salvarlos. Las Heras, asumió el mando con serenidad, penetrado de su gran responsabilidad. Pidió una noticia verbal de la fuerza, y resultó que podía contar con 3.500 hombres. Mandó preguntar al comandante Blanco Encalada, jefe de la artillería, cuál era su estado y le fue contestado que no tenía ni un cartucho por pieza, por haber agotado sus municiones en el cañoneo de la tarde. No contaba, pues, con artillería, ni tampoco con un solo soldado de caballería. La situación era apurada; perro tenía cinco batallones de infantería intactos con cincuenta tiros en la cartuchera, y esto bastaba para pelear en caso necesario. Dispuso entonces que la artillería, que ocupaba el flanco derecho, pasase a vanguardia para ponerla a salvo. Con los batallones 11 y 7 de los Andes, Cazadores de Coquimbo y núm. 1 de Chile, formó una columna en masa, pregonando a la sordina un bando de pena de la vida al que se separase a diez pasos de los flanqueadores. A retaguardia, colocó el batallón núm. 1 de Cazadores de los Andes para cubrir la retirada. En esta disposición, rompió la marcha, a las 12.45 de la noche, siguiendo el camino de Talca a Santiago recorrido en la tarde por el ejército español, y atravesó el Lircay, perseguido por el escuadrón realista, al que contuvo con su actitud en el vado.Al amanecer el día 20 la columna de Las Heras se hallaba a 26 kilómetros del campo de batalla. Dio una hora de descanso a su tropa, y pasó una revista, resultando de ella que en la noche se habían dispersado como 500 hombres. A las 10 de la mañana continuó su marcha y a poco andar se encontró con algunas municiones de artillería extraviadas, con las cuales dotó sus piezas, disponiéndolas convenientemente a los flancos y la retaguardia de un cuadro de columnas, que circundó por cortinas de tiradores, formadas al efecto. Hacía dos días que no comían. Dos soldados acosados por el hambre separáronse de la columna y robaron una gallina. En cumplimiento del terrible bando, fueron fusilados en el acto, y la columna pasó a tambor batiente sobre sus cadáveres. A las 5 de la tarde llegó a Quechereguas, en cuya hacienda se fortificó en disposición de resistir todo ataque. A las 12 de la noche, atravesó el Lontué, y el 21 al amanecer acampaba sobre la margen derecha de este río y continuó su fatigosa retirada. A medio día llegó al estero de Chimbarongo, y allí tuvo noticias de que el general San Martín unido con O´Higgins se hallaba en San Fernando, reorganizando el batallón núm. 8 y reuniendo la caballería que había cruzado en desbande el Lontué.


Retirada de San Martín

El general salió al encuentro de la columna de Las Heras, para darle las gracias por su valeroso comportamiento, dirigiéndole palabras de aliento, que fueron contestadas con aclamaciones, y ordenó al coronel que continuase su marcha hacia Santiago. De regreso a San Fernando, encontró allí a O’Higgins, presa de la fiebre, a consecuencia de la herida, que se disponía a pasar a la capital para reasumir el mando. El cirujano Paroissien, que lo curaba, decíale, que mientras estuviesen en pie las Provincias Unidas no había por qué perder la esperanza. O’Higgins le contestaba con entereza, que mientras tuviera un soldado, pelearía en Chile. En cuanto a San Martín, escribió desde allí su conciso parte de la derrota en términos francos y varoniles: “Acampado el ejército de mi mando en las inmediaciones de Talca, fue batido por el enemigo, y sufrió una dispersión casi general, que me obligó a retirarme. Me hallo reuniendo la tropa con feliz resultado, pues cuento ya 4.000 hombres desde Curicó a Pelequén. Espero muy luego juntar toda la fuerza y seguir mi retirada hasta Rancagua. Perdimos la artillería de los Andes, pero conservamos la de Chile”. Los caracteres se ponían a prueba y reaccionaban contra la derrota. El director Pueyrredón al recibir la noticia escribía desde las márgenes del Plata: “Nada de lo sucedido en la poco afortunada noche del 19 vale un bledo, si apretamos los puños para reparar los quebrantos. Nunca es el hombre público más digno de admiración y respeto, que cuando sabe hacerse superior a la desgracia, conservar su serenidad y sacar todo el partido que quede al arbitrio de la diligencia. Una dispersión es un suceso muy común, y la que hemos padecido cerca de Talca, será reparada en muy poco tiempo”. La jornada de Cancharrayada costó poca sangre. Los patriotas habían perdido como 120 muertos, además de los dispersos y prisioneros, 22 piezas de artillería, cuatro banderas y todo su parque; pero el núcleo del ejército argentino-chileno estaba salvado, y con él la causa de la independencia americana, que habría sucumbido de haberse posesionado entonces los españoles de Chile. La pérdida del ejército realista fue mayor en muertos y heridos, pues pasó de 200 hombres, y su dispersión fue igualmente considerable, de manera que se halló en la imposibilidad de aprovechar inmediatamente su victoria, quedando lleno de cuidados por la retirada de la columna de Las Heras.


El pavor de Cancharrayada

La noticia del desastre de Cancharrayada llegó a Santiago en la tarde de 21 de marzo, propagada por los principales jefes de cuerpo del ejército, y entre ellos el mariscal Brayer, jefe del estado mayor. Todo lo daban por perdido. Se daba a San Martín por muerto; y algunos aseguraban haber visto su cadáver. O´Higgins mortalmente herido. Todo estaba perdido, según ellos. El pavor se difundió en la población. Grupos de mujeres levantando los brazos al cielo y mesándose los cabellos y hombres de todas las clases se reunían en la plaza pública, y se dispersaban llenos de consternación. En los barrios apartados se oían gritos aislados de ¡viva el rey! y se anunciaba en voz baja la próxima llegada a la capital de su ejército triunfante. Los más cobardes se disponían a emigrar a Mendoza o fugaban a refugiarse en los buques de Valparaíso. La aparición de cincuenta hombres del enemigo habría bastado para rendir la plaza. Los realistas, llenos de júbilo, y algunos notables de la aristocracia chilena para congraciarse se apresuraban a abrir comunicaciones con el vencedor, y uno de ellos mandó preparar un caballo de gala con herraduras de plata para ser presentado al general Osorio en su entrada triunfal. Aquella noche nadie durmió en Santiago.


Pánico de Cancharrayada

El gobierno, conturbado, no acertaba a dictar medidas, y mandaba construir una fortaleza en la estrechura de Payne, según el tradicional plan militar de 1812 y 1814, para contener la marcha del enemigo, a la vez que hacía retirar al norte los caudales públicos para ponerlos a salvo. El director delegado de la Cruz, hombre más de administración rutinaria que de gobierno en circunstancias extraordinarias, se afanaba, empero, en hacer frente a la situación, allegando elementos militares. Al efecto, mandó reconcentrar el batallón chileno de Infantes de la Patria y la artillería que guarnecía a Valparaíso, y reunir la guardia nacional de infantería y caballería de la capital, Quillota, Melipilla, Aconcagua y Petorca, mientras recibía noticias oficiales para darles dirección. No encontrando inspiraciones dentro de sí mismo para levantar el espíritu público abatido, convocó un cabildo abierto, a que fueron citadas las corporaciones civiles y los notables de la ciudad. La reunión tuvo lugar el 22 por la mañana, en momentos que se recibía la noticia de hallarse San Martín en San Fernando reuniendo sus dispersos. El Director delegado que la presidía, manifestó los peligros de la situación y su resolución de poner en juego todos los elementos para hacer frente a ellos. Interpelado por él, Brayer que se hallaba presente, para que como actor en la sorpresa de Cancharrayada expusiese su opinión, el general, después de titubear un momento, contestó que “no había esperanza de reaccionar contra la derrota sufrida.” Todos quedaron mudos y consternados ante esta declaración del famoso mariscal de Napoleón. Entonces se levantó la voz de don Tomás Guido, que en su calidad de representante del gobierno argentino había sido invitado a tomar parte en la deliberación. “No puede juzgar, -dijo-, del estado del ejército en retirada, el que ha dejado el campo bajo la impresión de un desastre. Yo puedo asegurar que el general San Martín, aunque obligado a replegarse, dicta las más premiosas órdenes para la reconcentración de sus tropas. No hay, pues, razón para temer que no veamos pronto a nuestro ejército en estado de combatir y de conquistar la victoria con el apoyo y energía del país, decidido a todo sacrificio para sostener su independencia”. A pesar de estas confortantes palabras, la reunión se disolvió perpleja sin tomar resolución alguna, poseída de un desaliento que deprimió más el estado de la opinión.


Manuel Rodríguez

El 23 llegó el parte de San Martín anunciando la salvación de la columna de Las Heras y hallarse al frente de 4.000 hombres. Pocos dieron crédito a estas palabras, y la población poseída de pánico se disponía a tomar en masa el camino de Mendoza. En tal momento se presentó un hombre, llamado a ser el héroe pasajero de las circunstancias como el corifeo de la tragedia antigua, y levantar un tanto el espíritu público de su postración. Fue éste, el doctor Manuel Rodríguez, aquel famoso guerrillero del sur, uno de los principales precursores de la reconquista de Chile en 1816. Nombrado auditor de guerra del ejército, su carácter díscolo, que se avenía mal con toda regla, dio motivos para separarle de su puesto, y se ocupaba en conspirar en favor de Carrera, o lo que es lo mismo, en romper la alianza argentino-chilena, cuando San Martín que le profesaba cariño, hizo que se le nombrara enviado cerca del gobierno argentino a fin de alejare y salvarlo. Hallábase próximo a emprender su viaje diplomático, cuando ocurrió el contraste de Cancharrayada. Pidió ocupar su puesto de combate en el peligro y se presentó a caballo en las calles de Santiago, arengando al pueblo como caudillo y tribuno, infundiéndole su espíritu anárquico y patriótico; se hizo seguir por la multitud entusiasmada y pidió a gritos otro cabildo abierto para salvar la patria. En la mañana del 23 reuniéronse de nuevo las corporaciones, y Rodríguez fue el primero en tomar la palabra: «El orgulloso ejército patriota que existía hace una semana, y en el cual fundábamos nuestras esperanzas, no existe ya. Se anuncia que el general O’Higgins ha muerto, y que el general San Martín abatido y desesperado, no piensa más que en atravesar los Andes. Es preciso, chilenos, resignarnos a perecer en nuestra propia patria defendiendo nuestra independencia con el heroísmo con que hemos afrontado tantos peligros.Esta perorata tan vacía como incoherente, que parecía calculada para disipar las últimas esperanzas, y proclamaba la deposición de los dos únicos hombres necesarios, produjo sin embargo el efecto contrario, y fue saludada con estrepitosos aplausos. Como sucede cuando todos dudan y temen y no saben qué hacer, y se presenta un hombre que cree en sí, todos creyeron que era aquél el llamado por la providencia a salvarlos, y a los gritos de ¡viva Rodríguez! fue nombrado unánimemente coadjutor en el gobierno en consorcio con el director delegado de la Cruz. El tribuno se convirtió en dictador, levantado por una verdadera revolución disolvente.Rodríguez, con su carácter enérgico, se hizo el árbitro de la situación, doblegándose ante su voluntad la de su colega en el gobierno. Impetuoso y atolondrado, todas las medidas que dictó llevaban el sello de su temperamento fogoso y de sus cualidades desequilibradas. Regreso de los caudales a la capital, proclamas ofreciendo pasaportes a los cobardes que quisiesen abandonar el país, prisiones de sospechosos, alistamientos populacheros sin plan ni método, distribución de vestuarios y de armas sin cuenta ni razón a los que las pedían, y por último, la organización de un cuerpo fantástico de nominado “Húsares de la Muerte”, vestidos de negro con sus fúnebres emblemas, cuyo mando se reservó él como guardia pretoriana, tales fueron los principales actos que señalaron la efímera y bulliciosa dictadura de Rodríguez. Empero, su actitud decidida contribuyó a dar temple a la opinión, reaccionando contra el miedo y la derrota, y aun cuando su papel en esta ocasión haya sido exagerado, fue como tribuno político-militar el hombre de las circunstancias, que llenó dramáticamente el intermedio histórico. Los grandes actores iban a reaparecer en la escena.


O'Higgins en Santiago

O´Higgins, al tener noticia de las novedades de la capital, apresuró su marcha, caminando día y noche a caballo (sic), para tomar posesión del gobierno. Pasada la media noche del mismo día, se apeaba en Santiago con el brazo en banda. En la mañana del 24 una salva de 21 cañonazos y un repique general de campanas anunciaban su arribo. Inmediatamente asumía el mando y convocaba una reunión, a que concurrieron todas las corporaciones. El director estaba taciturno, pero entero. “He visito todo, -dijo- y abrigo la profunda convicción de que hemos de salir vencedores en la primera batalla.” Desde este momento todo entró en quicio. Se impartieron órdenes metódicas para allegar los elementos de guerra, empezaron a acuartelarse las milicias para remontar el ejército, se reunió parte del armamento imprudentemente dispersado por Rodríguez, se compraron fusiles a los comerciantes ingleses a cuenta de la próxima victoria, se encendieron las fraguas de la maestranza y el parque empezó a funcionar activamente elaborando municiones. Ante la reaparición del orden administrativo y de la figura severa de O’Higgins, se eclipsó el dictador de 48 horas, para volver a reaparecer más tarde en una misteriosa tragedia, según se relatará a su tiempo. En la tarde del 25 de marzo llegó San Martín a Santiago, seguido de una escolta de caballería. Vestía el uniforme de Granaderos a caballo, con su sobretodo de campaña cubierto por el polvo de la derrota y su típico falucho forrado en hule. En su rostro se dibujaban las fatigas del insomnio. Estaba triste y reconcentrado. Al llegar a los suburbios de la ciudad, salió a su encuentro su amigo y confidente Guido, y echándole los brazos desde a caballo, le dijo con voz conmovida: “Mis amigos me han abandonado, pero recobraremos lo perdido y arrojaremos del país a los chapetones”.


Discurso de San Martín

Al anuncio de su llegada, se echaron a vuelo las campanas, el pueblo lo recibió con aclamaciones, y al cruzar la plaza, después de conferenciar dos horas con el director O’Higgins, la muchedumbre le pidió una palabra que la confortase. El general no era orador ni hombre de movimientos espontáneos; pero sea que la conciencia lo inspirase o hubiese preparado de antemano el efecto de su golpe dramático, detuvo su caballo a la puerta del palacio episcopal que le servía de alojamiento, y con acento sonoro pronunció el primer y último discurso de su vida: “¡Chilenos! Uno de aquellos acasos que no es dado al hombre evitar, hizo sufrir a nuestro ejército un contraste. Era natural que este golpe inesperado y la incertidumbre os hiciera vacilar; pero ya es tiempo de volver sobre vosotros mismos, y observar que el ejército de la patria se sostiene con gloria al frente al enemigo; que vuestros compañeros de armas se reúnen apresuradamente y que son inagotables los recursos del patriotismo. Los tiranos no han avanzado un punto de sus atrincheramientos. Yo dejo en marcha una fuerza de más de 4.000 hombres sin contar las milicias. La patria existe y triunfará, y yo empeño mi palabra de honor de dar en breve un día de gloria a la América del Sur”. El tono resuelto con que fueron pronunciadas estas palabras, el ademán varonil que las acompañaba y la expresión grave del rostro inspirado del orador, impresionaron hondamente al pueblo que prorrumpió en estruendosos vivas. Un hombre del pueblo, un roto, se le acerca, y exclama:“Mi general, ¡un abrazo!” Su edecán O’Brien hizo el ademán de apartarlo, pero él, que como se ha dicho, necesitaba hacer brotar nuevas legiones de la tierra, y esperaba que aquel abrazo le daría muchos soldados, echó pie a tierra y lo abrazó en medio de grandes aplausos de la multitud. Confirmando oficialmente las seguridades dadas por San Martín, el gobierno expidió una circular a los departamentos, pidiendo un auxilio de 4.000 mulas y víveres: “El general ofrece con su cabeza no dejar una de las del enemigo, si los ciudadanos del Estado creen en su palabra; pero pide por condición precisa que lo ayuden en la esfera de sus alcances. El gobierno lo pagará todo religiosamente”.


Junta de Guerra

En el mismo día reuníase una junta de guerra en el alojamiento del general, a que concurrieron el director O´Higgins y todos los jefes militares presentes en Santiago. Las opiniones estaban divididas. Unos proponían replegarse a Aconcagua y reorganizar allí el ejército. Otros estaban por sostenerse en la misma capital. San Martín guardaba silencio. Uno de los jefes, indicó que antes de tomar una determinación era necesario oír el informe del jefe del parque, a fin de conocer los elementos de guerra con que se contaba para seguir uno u otro plan. El general mandó llamar a Beltrán, y limitando el alcance de la pregunta, le interrogó: “¿Cómo estamos de municiones?” El capitán fraile, levantando la mano en alto, contestó lacónicamente: “¡Hasta los techos!”. La verdad era que no había diez mil cartuchos de fusil en los depósitos; pero San Martín que lo sabía, y tenía su idea, se dio por satisfecho, y declaró en tono perentorio, que el ejército se pondría en campaña cubriendo la capital, para esperar en esta actitud al enemigo y librar una batalla. Así quedó acordado. Mientras tanto, Beltrán pedía al gobierno hiciera una leva de trabajadores, sin distinción de hombres, mujeres ni niños. Pasaba la noche en vela trabajando, y al día siguiente daba parte que tenía cincuenta mil cartuchos prontos.


Ejército unido

Los trabajos militares se activaron, los cuerpos se remontaron, establecióse un campo de instrucción a diez kilómetros al sur de la ciudad en el llano de Maipu, donde se reunieron los regimientos de Granaderos y Cazadores, dos batallones de infantería y la artillería de nueva creación, con las piezas de repuesto montadas en el parque, la escuela disciplinaria de Mendoza y de Las Tablas volvía a abrirse. El 28 de marzo llegó al nuevo campamento la columna salvadora de Las Heras, saludada por una salva de 21 cañonazos y las dianas precursoras de la victoria, recibiendo nuevamente las congratulaciones del general en jefe en medio de las aclamaciones populares. Las Heras, el tipo de la disciplina valerosa, vestía un uniforme azul mezclilla hecho jirones, llevaba la espada en la mano, y recibía las ovaciones modestamente en la actitud del soldado que espera nuevas órdenes para cumplirlas.La confianza pública volvió a renacer; pero San Martín, prudente siempre, no fiaba nada a la fortuna. Para mostrar que no cedía el campo, estableció una vanguardia de caballería en Rancagua a veinticuatro kilómetros de su campamento; pero al mismo tiempo en previsión de un contraste, impartía órdenes secretas señalando la provincia de Coquimbo como punto de reunión, y se establecían depósitos desde Santiago a la Serena marcando con ellos el itinerario de una retirada posible hacia el norte. El intendente del ejército al cumplir estas instrucciones decía: “Las precauciones tomadas para un caso funesto, son siempre prudentes en un general, aún cuando tenga la superioridad de las armas”. El coronel Luis de la Cruz fue encargado de organizar en este sentido las provincias del norte. Previendo hasta el caso de que no fuera posible la retirada a Coquimbo, y hubiese que trasmontar la cordillera, establecíase un parque en Santa Rosa de los Andes y otro en la Guardia Vieja, cubriendo con una reserva de milicias todos los boquetes y portezuelos de las montañas. A los diez días de la derrota de Cancharrayada, el Ejército Unido estaba reorganizado y pronto a renovar la batalla. Constaba de nueve batallones, cinco chilenos y cuatro argentinos, con cerca de 4.000 plazas; tres regimientos de caballería, dos argentinos y uno chileno con más de 1.000 jinetes y 22 piezas de artillería, sumando un total de más de 5.000 hombres de línea. El General de los Andes seguro esta vez de vencer, le había infundido su espíritu y esperaba con confianza al enemigo triunfante.


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