Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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DOCUMENTOS

066 | Relatos de contemporáneos (Chacabuco) - Recopilados por José Luis Busaniche

Chacabuco

“Había yo recibido del general San Martín una comunicación llamándome, y le contesté que iría a servir en el ejército de su mando, sobre Chile: me puse en camino, y cuando llegué a Mendoza, habían ya marchado las fuerzas. El gobierno me facilitó vaqueanos, y con ellos alcancé el ejército en la Cordillera, y seguí sus marchas, nombrado primer edecán del general en jefe. Al bajar la cordillera, vistas por el general Soler las fuerzas enemigas, detuvo un tanto su división, y se vio precisado a enviar, como al sacrificio, al capitán D. Mariano Necochea, quien, con sola su compañía de granaderos a caballo, tuvo bravura y suerte de batirlas, con lo que fuimos dueños del Valle de Putaendo, y quedó preparado decisivamente el triunfo sucesivo en Chacabuco. “Muy pronto se ofreció ocasión de medir otra vez las armas con los españoles. El 12 de Febrero de 1817, tuvo lugar la acción de Chacabuco. Antes de emprender esa jornada, el general había puesto su mayor fuerza a las órdenes del Brigadier Soler, con las compañías de granaderos del 7 y 8, y un escuadrón de las de a caballo; los batallones números 7 y 8, con los tres restantes escuadrones de granaderos de a caballo, fueron puestos a las del Brigadier O’Higgins. “Dos ingenieros habían reconocido los caminos para calcular la llegada simultánea, aunque por distintos rumbos, de ambas divisiones al otro lado de la cuesta de aquel nombre. Marchamos, y puestos en la altura se observó que la infantería enemiga estaba en un viñal, y su caballería en ocultación a la falda de un monte. Después de esperar el aparecimiento del Brigadier Soler, y no verificándose éste, dispuso el general bajase una compañía de granaderos a caballo a explorar el campo, la que reforzada por otra, y contando como seguro que la otra división se dejaría ver de un momento a otro, ordenó bajase el resto de granaderos y los batallones 7 y 8. Salió entonces el enemigo de sus escondites, y se rompió el fuego. “Al poco rato se dispersó el número 8 e intentó el mismo movimiento el 7, pero contenido por el bravo y valiente general O’Higgins y su comandante Conde, guardó su formación, en circunstancias que el enemigo amenazaba cargar a la bayoneta. Entonces me dirigí a los granaderos a caballo y les dije: -¿qué es esto, granaderos de San Martín?

El coronel me preguntó por dónde debían pasar, y volviendo mi caballo contesté: “por aquí”; quise obrar con tanta velocidad, que mi caballo cayó en una zanja que estaba tras de mí; pero el peligro que corría el ejército de ser batido me precipitó el hablar y obrar del modo que dejo dicho, y dar órdenes que no había recibido. “Los granaderos, sin más voz que la mía y mi ademán, rompieron sobre el enemigo sable en mano, quien, atemorizado, se puso en fuga: volvió caras la caballería enemiga, y abandonó a la infantería, la que viéndose sin aquel apoyo, se dispersó también. Esta es la verdadera relación de la célebre batalla ganada en Chacabuco por el ejército de Buenos Aires, y en que se dio la independencia y libertad al reino de Chile.” Hilarión de la Quintana


Recuerdos de Chacabuco

El 11 de Febrero en la noche, víspera de la inmortal batalla de Chacabuco, el Ejército de los Andes vivaquiava (sic) al pie de la gran cuesta donde al día siguiente debían decidirse los destinos del Continente Sud-Americano. ¡Ah! Aún me parece estar viendo el gran Capitán, con su casaca de Granadero a Caballo, y aquellos ojos que centelleaban abrasando el espacio, en su tienda de Campaña, rodeado en junta de guerra de sus principales jefes: Soler, O’Higgins, Beruti, Zapiola, Las Heras, Alvarado, Crámer, Conde, Plaza, y el patriota chileno Ramírez, práctico de aquella topografía, diseñando sobre el croquis las dificultades del terreno para combatir. Cuando todos se retiraron a sus puestos, San Martín salió fuera de la tienda. Yo me paseaba cerca de la puerta por estar de guardia de su persona como segundo de los ochenta Granaderos a Caballo de que se componía su escolta. Cuando me vio me dijo: “- Y bien. ¿Qué tal estamos para mañana? · Como siempre Señor, perfectamente. - ¡Bien! Duro con los latones (sables) sobre la cabeza de los matuchos, que queden pataleando. - No tenga V. E. cuidado.

“Al día siguiente, la victoria coronó nuestros esfuerzos, y, concluida la lucha, el general estaba sentado en una silla en el patio de la casa de Chacabuco, hermosa hacienda, donde preconizaba la primer curación de unos 500 heridos de ambos ejércitos. Allí entramos, heridos y bañados en sangre, mi hermano Félix, capitán del batallón Nº 8, y Rico, Bogado y Villanueva, de Granaderos a Caballo. “Al momento que nos vio, se levvantó y dirigió hacia nosotros preguntándonos si era cosa de cuidado: “- No Señor, le contesté, es una bagatela. · Que diablos, también se le han afirmado a V. los godos, eh! - Sí Señor, le respondí. · Bien, allí tiene V. al malvado Sambruno,(tenebroso funcionario de la administración española que martirizaba a sus prisioneros y población en general, posteriormente fusilado por el ejército patriota luego de un juicio sumario por sus atrocidades), señalando un cuarto en cuya puerta se paseaba un centinela.

Cuando entramos a la capital de Santiago, se me mandó alojar en casa del rico propietario Don Manuel Saldívar, realista empecinado, quien como tal se había ocultado. “Por esto, y sus antecedentes, el gobierno había impuesto a la familia fuertes sumas de contribución. Una noche se me presentó en mi sala el Sr. Saldívar, diciéndome que “seguro de hablar con un oficial de honor, cuyo apellido conocía de mucho tiempo atrás”, (por mi padre), no había trepidado en ir a verme. Después de los cumplimientos del caso, me dijo: “Que nuevamente habían impuesto a la familia una contribución de 20.000 pesos que no podía entregar por falta de fondos disponibles, que si me era posible, me interesase con el General para ser eximido de aquel sacrificio”. “Yo estaba inmensamente agradecido a las atenciones y cuidados que me prodigaba aquella distinguida familia. Por otra parte, la justicia que hacía a mi caballerosidad, me impulsaron a ofrecerle ver al general, sin embargo que creía nada alcanzaría. “Al día siguiente fui al palacio, y me hice anunciar. El general me mandó entrar y en cuanto me vio, me dijo: “- Y bien, ¿cómo se halla V. de sus heridas? - Mejor, Señor, le respondí. - ¿Y qué se le ofrece a V.? - Señor, la familia de Saldívar, en cuya casa estoy alojado, se ha interesado conmigo para que me tome la libertad de venir a pedir a V. E. la gracia de que se suspenda la orden de que ponga en Cajas 20.000 pesos, que no tiene como cumplir. -¿Y V. viene a interesarse por un perro godo? - Señor, debo tanta estimación a esa familia... - Ese, es un matucho malo. - Sí Señor, ya lo sé, pero como... - ¡Bien! -sin dejarme concluir-Ahora escribiré a O’Higgins sobre eso. Vaya V. descuidado, pero no hay que capitular con los godos. “Ese mismo día se suspendió la orden.” Manuel de Olazábal.


El llano de Chacabuco

El viajero inglés Roberto Proctor, que pasó la cordillera dos años después, describe así el campo de Chacabuco en su libro Narraciones de Viaje por la cordillera de los Andes y residencia en Lima, etc. “Después de marchar ocho leguas llegamos al llano de Chacabuco, de larga fama por la victoria de San Martín sobre el ejército español. Es de grande extensión, la mayor parte cultivado, con algunas casas importantes anejas a los diferentes fundos. Sin embargo, colinas secas de arena están diseminadas en todos los rumbos, aunque el campo en general sea bastante abierto y, por consiguiente, muy apropiado para evoluciones de caballería de que siempre se enorgullecieron los españoles de América. Los ejércitos eran casi iguales en número, cada uno de cuatro mil hombres, aunque los españoles deben haber estado en mejor condición que las tropas de San Martín. “Pasamos la noche junto al campo de batalla, en un rancho ruin, sin más que un cuarto y éste ocupado por la familia; de modo que nos vimos precisados a dormir a la intemperie, disponiendo una especie de cobertizo con estacas y una frazada, como habíamos hecho en el corazón de los Andes. Aunque habíamos visto muchas casas tolerables en el camino, ahora era obscuro y demasiado tarde para volver: todo lo que podía era hacer de tripas corazón en nuestro mal hospedaje. De acuerdo con esto, entramos en la casa y nos sentamos, entreteniéndonos en ver la familia hasta que llegó la cena. La única porción de la familia que permanecía en el rancho, eran tres muchachonas atareadísimas en hacer pan de harina y grasa, mezcladas, golpeado violentamente con las manos y sobado en una batea semejante a artesa de carnicero. Esta ocupación era ejercicio muy duro y las muchachas se turnaban: sin embargo no les impedía cantar la célebre canción nacional chilena, compuesta a raíz de la victoria de San Martín en las inmediaciones. Lamento no recordar sino la primera estrofa y el coro, así concebidos: “Ciudadanos! el amor sagrado De la Patria os convoca a la lid; Libertad es el eco de alarma, La divisa triunfar o morir. El cadalso o la antigua cadena Os presenta el soberbio español; Arrancad el puñal al tirano, Quebrantadle su cuello feroz. CORO Dulce Patria! recibe los votos Con que Chile en tus aras juró: Que, o la tumba serás de los libres O el asilo contra la opresión. “El coro en que se unían todas las voces era particularmente armonioso.” Roberto Proctor.


Baile en honor de los vencedores de Chacabuco

Tres días después de Chacabuco, San Martín hizo su entrada triunfal en Santiago entre un inmenso júbilo popular. Proclamado gobernador por el Cabildo, declinó aquel honor y la elección recayó en O’Higgins. El gobernador español Marcó, fue tomado prisionero en Valparaíso y San Martín se contrajo a preparar el ataque contra las fuerzas españolas restantes en el sur de Chile. He aquí como describe don Vicente Pérez Rosales, el baile dado en casa de su abuelo en honor de los vencedores de Chacabuco: “Acabábase de proclamar a O’Higgins Supremo Director del Estado el memorable día 16 de febrero, y parecía tanto más justificada la alegría de los deudos de Rosales, cuanto que ya se sabía que el más apremiante afán de este bizarro jefe, era el de repatriar a los próceres chilenos confinados en Juan Fernández.

“Para que se vea cuán sencillas eran las costumbres de aquel entonces, voy a referir muy a la ligera lo que fue aquel mentado baile, que si hoy viéramos su imagen y semejanza, hasta lo calificaríamos de ridículo, si no se opusiera a ello el sagrado propósito a que debió su origen. “Ocupaba la casa de mi abuelo el mismo sitio que ocupa ahora el palacio del héroe de Yungay, y contaba como todos los buenos edificios de Santiago, con sus dos patios que daban luz por ambos lados al cañón principal. “Ambos patios se reunieron a los edificios por medio de toldos de campaña hechos con velas de embarcaciones, que para esto sólo trajeron de Valparaíso. Velas de buques también hicieron las veces de alfombrados sobre el áspero empedrado de aquellos improvisados salones. Colgáronse muchas militares arañas para el alumbrado, hechas con círculos concéntricos de bayonetas puntas abajo, en cuyos cubos se colocaron velones de sebo con moños de papel en la base para evitar chorreras. Arcos de arrayanes, espejos de todas formas y dimensiones, adornaron con profusión las paredes, y en los huecos de algunas puertas y ventanas se dispusieron alusivos transparentes debidos a la brocha-pincel del maestro Dueñas, profesor de Mena, quien, siendo el más aprovechado de sus discípulos, para pintar un árbol comenzaba por trazar en el lienzo, con una regla, una recta perpendicular, color de barro; cogía después una brocha bien empapada en pintura verde, embarraba con ella sobre el extremo de la recta, que él llamaba tronco, un trecho como del tamaño de una sandía, y si al palo aquel con cachiporra verde, no le ponía al pie, “este es un árbol”, era porque el maestro no sabía escribir. Tras de dos grandes biombos, pintados también, se colocaron músicas en uno y otro patio, y se reservó una banda volante para que acudiese, como cuerpo de reserva, a los puntos donde más se necesitase. Pero lo que más llamó la atención de la capital, fue la estrepitosa idea de colocar en la calle, junto a la puerta principal de la entrada al sarao, una batería de piezas de montaña, que contestando a los brindis y a las alocuciones patrióticas del interior, no debía dejar vidrio parado en todas las ventanas de aquel barrio. Los salones interiores vestían el lujo de aquel tiempo, y profusión de enlazadas banderas daban al conjunto el armonioso aspecto que tan singular ornamentación requería.“Ocupaba el cañón principal de aquel vasto y antiguo edificio una improvisada y larguísima mesa sobre cuyos manteles, de orillas


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