Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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Libertador José de San Martín
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DOCUMENTOS

067 | Relatos de contemporáneos (Maipú) - Recopilados por José Luis Busaniche

Cancha Rayada

O’Higgins no estuvo presente en la jura de Santiago, porque preparaba los movimientos defensivos que aconsejaba la marcha de Osorio hacia el Norte, desde Talcahuano. Entretanto, San Martín organizaba las fuerzas de Santiago y Valparaíso. Los españoles entraron en Talca. San Martín avanzó con el ejército sobre esa ciudad, dispuesto a presentarles batalla. Acampó en un sitio próximo, denominado Cancha Rayada, donde los españoles le atacaron en la noche, dispersando su ejército. La sorpresa de Cancha Rayada ha sido relatada por algunos de sus actores, entre ellos el mismo general Las Heras que, sin duda, desempeñó el papel principal en la salvación del ejército independiente. Damos preferencia al relato del coronel Hilarión de la Quintana, no por considerarlo más exacto, sino porque tiene más animación y movimiento. “Se recibió noticia de que una expedición de Lima venía a desembarcar en la costa de San Antonio, al O.S.O. de Santiago. El general San Martín dispuso mandar una división compuesta de tropas del ejército de los Andes, y, al lugar de las Tablas, inmediato a Valparaíso, al mando del general D. Antonio Balcarce, yendo yo de mayor general; pero se supo que los españoles habían sido reforzados en Talcahuano, ochenta leguas al sud, y que se preparaban a atacar al general O’Higgins. Marchamos, pues, en aquella dirección con prevención al director de que podría replegarse sobre nosotros, si fuese acometido, lo que en efecto sucedió. Nos unimos cerca de Talca, y nos dirigimos al enemigo; llevábamos nosotros una quebrada, y los españoles traían otras a nuestra derecha; ellos hubieran sido precisamente cortados; pero desgraciadamente los rancheros del regimiento del jefe D. Rudecindo Alvarado, se quedaron algún tiempo a retaguardia, faltando a las órdenes generales del ejército, y errando el camino, tomaron el que seguía el enemigo; fueron sorprendidos, y por ello descubierta nuestra ruta. “Retrogradaron los españoles, y sabido este movimiento, hicimos una marcha forzada para ocupar la salida única que tenían hacia Talca. El 19 de marzo a la tarde, pasamos el río Lontué, bastante caudaloso y rápido, poniendo la caballería para que quebrase la fuerza de la corriente, y para que a su amparo atravesase la infantería, enlazados del brazo unos soldados con otros.

“Luego que pasé, busqué al general San Martín, y lo encontré reclinado bajo un matorral, y cubierto con una manta, por los ardores del sol. Observé que la caballería, al mando del general Balcarce, había echado pie a tierra. Insté al general que diese la orden de marchar para alcanzar y concluir al enemigo; le hice presente ser el día de su cumpleaños, circunstancia favorable para que los soldados obrasen con entusiasmo; pero el me señaló el estado de la caballería. Sin contestar, me dirigí al general de esta arma y éste me dijo que esperaba a que acabase de pasar la infantería. Le dije que esto estaba ya hecho y que sería seguido inmediatamente. “De estas demoras, resultó que los enemigos pudieron salir de la garganta en que venían, y formasen para que nuestras tropas les encontrasen ya de frente, en un terreno que aquellos conocían bien, pues lo acababan de dejar. Atacó el general de caballería, pero las zanjas y contra-zanjas la desordenaron; entonces el enemigo la cargó por donde conocía serle más favorable el campo, y con esta ventaja, no sólo la enredó, sino que la hizo en parte volver caras. Este suceso era inesperado; la caballería enemiga era de 600 hombres escasos, y la nuestra de 1.400 y más soldados, todos selectos, constando nuestra infantería de 6.000 plazas. “Este acontecimiento funesto de la tarde, fue precisamente el que preparó la catástrofe en la sorpresa de la noche, pues desmoralizada la caballería, ni pudo obrar, ni se halló en estado de dar un buen ejemplo al resto del ejército. “En una obra que se ha publicado en Buenos Aires sobre las campañas del general Arenales, se hace referencia a la jornada de Cancha Rayada, y se dice ser célebre “por las particulares circunstancias que la caracterizaron, y por la brillante retirada que ejecutó el general Las Heras, salvando 4.000 hombres de la ala derecha que estaba a sus órdenes, con un buen tren de artillería”. El autor de esta obra quiere aparecer instruido a fondo de estos sucesos; sería de desear que ilustrase la materia. Entre tanto, yo que estuve en esa jornada, voy a describirla como realmente acaeció. “La derecha de nuestro ejército estaba a mi mando, y no al de Las Heras, y la izquierda al del general O’Higgins. Yo había formado en batalla, y viendo que el enemigo se dirigía hacia mi ala, envié a los ayudantes a decir a nuestra caballería desordenada e interpuesta, que le haría fuego si no pasaba inmediatamente a retaguardia, por el claro que quedaba entre mi fuerza y la del general O’Higgins.

“Nuestra situación era a corta distancia de Talca, en dirección hacia el N.E. Nuestra artillería rompió un fuego vivísimo, y contenido el enemigo por la vista de nuestras columnas, logró retirarse y entrar en la ciudad. “Llegada la noche, variando nuestras posiciones vino a mí el ingeniero D. Antonio Arcos para situar el ala de mi mando; en esta operación tardó demasiado tiempo y me detuvo, ya por razón de reconocer el terreno, ya por exigirme banderolas para alinear la tropa. No dudaba yo que el enemigo en esa noche intentaría una sorpresa, tanto por el suceso inesperado de la tarde, como porque le era imposible pasar en la obscuridad el caudaloso río Maule para tomar el lado del sud. “Situado, al fin, al norte de Talca, llame los ayudantes de los cuerpos (no los tenía jamás particulares desde la jornada de Sipesipe), y di la orden para que cada cuerpo pusiese 25 hombres al otro lado del Zanjón que teníamos al frente, y que aquéllos adelantasen centinelas, los que en caso de ataque hiciesen fuego y se replegasen todos a la línea, manteniéndose entre tanto los cuerpos en descanso, pero sin salir de la formación, ni fumar. “Di por señal de fuego un redoble a la cabeza, que repetiría cada regimiento y por la de cesar dicho fuego, otro redoble a la cabeza. Tenía yo también mi artillería competente. “A las 8 de la noche, rompió el fuego el enemigo: le contestamos; pero se oyeron voces de que lo hacíamos sobre nuestra ala izquierda que se suponía en marcha variando de posición, y lo mandé cesar. D. Juan Gregorio Las Heras, comandante del batallón Nº 11, notó que el costado derecho de la división no estaba cubierta por caballería. Llamé dos ayudantes para avisar al general que mi costado derecho estaba descubierto, y tardando éstos, porque sus caballos se habían espantado, me resolví a partir en persona a esta diligencia que no permitía demora, y dije a Las Heras que volvería pronto. “Al separarme, me avisó el comandante de la artillería que no tenía municiones a causa del fuego de la tarde. ¡Cuál sería mi incomodidad! Le hice notar su descuido en esperar aquella hora para dar este aviso, y le hice responsable de esta falta; pero ya era doble motivo para fiar a mí solo el remedio a los dos males tan urgentes.

“Llegaron los ayudantes del regimiento Nº 11 y salí con ellos; al llegar a mi costado izquierdo, vi la tropa no muy en orden, a pesar de que no había silbado aún entre nosotros una bala enemiga; sobre lo que hice las advertencias convenientes a su jefe. Seguí costeando al E. la retaguardia de mi división para que los ayudantes, que ya conocían el terreno, despuntasen la zanja que daba vuelta al S.E. como se hizo; volví sobre el Sud, donde estaba el fuego del enemigo, para buscar el cuartel general situado en un cerro pequeño a cuya vanguardia había estado yo en la tarde. “El enemigo dirigía sus fuegos sobre mi camino, y entonces era que nuestra ala izquierda empezaba a moverse. Encontré al comandante D. Mariano Necochea formado, quien, reconvenido porque no se había unido a mi división me contestó que no había recibido orden al efecto, y que no sabía del general. “Me dio un soldado que le pedí, con calidad de ser el más valiente, y mandé a uno de los dos ayudantes, Quiroga, a saber el estado de mi división. Más adelante, hallé también formado al comandante Viel, quien me dio las mismas contestaciones que el referido Necochea. Volvió Quiroga con la noticia de que el ala derecha de mi mando había abandonado su posición. De todos estos sucesos intermedios fue testigo el mismo Necochea, y no sé si también Viel. “Se presentó entonces el general San Martín con su escolta, y otro ayudante (creo que a su presencia) ratificó la ausencia del ala de mi mando. El comandante del S., D. Enrique Martínez, que había quedado en el cerrito que dije antes, venía, (dudo si con orden para ello) retirándose formado en cuadro, y el enemigo había suspendido ya sus fuegos. “El campo era todo confusión; entre tanto, inclinándome sobre la silla, descubrí la inmediación de los enemigos sobre nosotros. El general San Martín y D. Enrique Martínez, aseguraban que no había sino un corral o palizada; pero yo me mantuve en mi juicio anterior, porque antes de ponerse el sol había pasado por allí, y no había visto semejante estacada; repetí mi advertencia y se me contestó lo mismo. En el momento sonó el toque de degüello y haciendo fuego nos dieron una carga: se les contestó, y Necochea y Viel con sus cuerpos de caballería los acometieron y contuvieron. La infantería de Martínez seguía en retirada, a pesar de los esfuerzos que hacía el general para contenerla, la que emprendimos los demás luego que se nos replegó la caballería, defendiéndonos así (en retirada) una larga distancia de varias cargas, hasta que cesaron. “Habíamos sufrido el fuego de artillería que nos hacían (según creo, aunque no lo puedo asegurar) las piezas que habían caído en poder del enemigo en el cerrito. Zanjas escarpadas, tropiezos en bestias cargadas, ya andando, ya tiradas sobre cl campo, todo expresaba nuestra derrota. “Era imposible que guardásemos unión: una zanja hondísima y a pique, no nos dejaba lugar sino de defendernos de no ser oprimidos por las mulas que subían o caían cargadas desde su borde, así es que el cuerpo de Martínez, se nos separó; pero el enemigo había ya dejado de perseguirnos. “Quedó abandonado un parque inmenso y útiles de guerra sin número. Seguimos nuestra retirada, y al amanecer nos sorprendimos agradablemente al reunirnos con el general O’Higgins, que iba con sus ayudantes, aunque herido en un brazo. Supimos que mi división con parte de la de dicho general O’Higgins, iba marchando por nuestra izquierda. Llegamos a San Fernando, que encontramos abandonado, y el depósito de nuestros equipajes saqueado. Al día siguiente se nos presentó Las Heras. Algo desazonado el general con Brayer, oficial francés, que había hecho de mayor general, y a quien, no sé si con razón o sin ella, se atribuía no haber colocado bien las centinelas avanzadas en la noche de la sorpresa, me encomendó aquel cargo y comisionó a Las Heras para que siguiese conduciendo la división.” Hilarión de la Quintana.


Después de Cancha Rayada

La dispersión de Cancha Rayada, pudo ser fatal para la independencia de Chile y eclipsar el nombre de San Martín. El general Tomás Guido, (Revista de Buenos Aires, tomo III) refiere así el efecto en Santiago por la derrota. “Corría el año de 1818. La independencia de Chile acababa de jurarse solemnemente en la plaza principal de Santiago (en cuyo acto me cupo la honra de llevar en mis manos la noble bandera del nuevo Estado, como representante de las Provincias Unidas, asistiendo más tarde a igual ceremonia en la ciudad de Lima, al lado del general San Martín), cuando este ínclito Jefe se puso en marcha hacia el Sur. Era su intento concentrar las fuerzas que venían retirándose de Concepción, y marchar con ellas al encuentro del general Osorio, que avanzaba a la cabeza de las fuerzas realistas. Tuve entonces el honor de acompañarlo, hasta que llegando al río Lontué, formuló su plan estratégico y me envió con urgentes encargos, que tenían por objeto fortalecer la base de sus operaciones; y entre ellos el de obtener del general don Luis de la Cruz, Supremo Director interino de la República de Chile, la inmediata reunión de las milicias que debían estar prontas a salir a campaña en cualquier eventualidad azarosa, y acumular poderosos elementos con que levantar el bloqueo de Valparaíso, mantenido por buques de guerra de la escuadra española. “Me hallaba yo en Santiago en ejecución de las órdenes de nuestro general y próximo a trasladarme a Valparaíso, plenamente autorizado por el gobierno para organizar fuerzas marítimas con que destruir o alejar sin tardanza la escuadra bloqueadora, cuando empezaron a llegar en tropel los primeros dispersos, de los que se salvaron de la sorpresa en la funesta noche del 19 de marzo. Es fácil comprender la confusión y sobresalto propagado en una población, donde en lugar de un tremendo revés, se aguardaba confiadamente una victoria espléndida, haciéndose preparativos costosos para festejarla con suntuosidad. “La crisis en verdad presentábase con síntomas aterradores. El peligro de caer de nuevo bajo el absolutismo de un enemigo engreído con su triunfo, inquietaba. vivamente aun a los más firmes patriotas. Fue entonces que el Supremo Director del Estado, penetrado de la grandeza de su deber, se lanzó a emplear todo medio eficaz para levantar los ánimos consternados y prepararse a la defensa. Por mi parte, colocado en una posición excepcional, ya como representante de las Provincias Unidas y confidente de los designios del general San Martín, ya como americano ardorosamente empeñado en la empresa que acometíamos, creí llegado el momento de redoblar mis esfuerzos. Me apresuré desde luego a pedir al gobierno medidas instantáneas, con que restablecernos del quebranto sufrido, con cuanto material y tropa pudiese reunirse para reforzar el ejército.

“Por fortuna de la causa de América, el general Cruz, dotado de cualidades eminentes y de la fortaleza necesaria para hacer frente a las más graves circunstancias, desplegó la actividad reclamada por las exigencias del momento; exaltó con su ejemplo y su palabra el entusiasmo nacional, y secundado eficazmente y con extraordinaria actividad por el animoso coronel don Manuel Rodríguez, adoptó sin vacilación resoluciones vigorosas. “Muy pronto empezaron a reunirse en mi alojamiento jefes notables de diferentes armas, que extenuados de fatiga en el empeño de volver a la disciplina a la tropa dispersa, se restituían a sus cuarteles a espera de las órdenes del general en jefe, cuyo paradero ignoraban; no sabiendo tampoco la dirección que hubiese tomado la fuerte columna mandada por el valeroso coronel Las Heras, que salvo intacta de la sorpresa, por la posición que ocupaba al caer el enemigo en nuestro campo. “Para definir y aclarar esta crítica situación, pedí también al Supremo Director, convocase instantáneamente a junta popular a todos los jefes reunidos en la capital, entre los que sobresalía el teniente general conde Brayer, veterano del imperio francés, que, viniendo del campo de batalla, fue también mensajero del terrible fracaso. “El general Cruz no vaciló un momento en acceder a mis instancias. Convocó y reunió en palacio a ciudadanos distinguidos que residían en la capital, exponiendo en plena sala desembozadamente los peligros que amenazaban la patria, les pidió parecer, con la indeclinable protesta de poner en juego todos los recursos de la República, hasta exterminar al enemigo que se juzgaba vencedor. Esta enérgica promesa contribuyó eficazmente a reanimar aun a los más desalentados, que le prometieron su cooperación. “Y aquí es la ocasión de mencionar un incidente grave, ocurrido en esa reunión, por la trascendencia que pudo tener, en medio de la agitación pública. Sobresalía como he dicho, entre los concurrentes, el general Brayer, quien acababa de desempeñar en nuestro ejército las funciones de jefe de Estado Mayor, y que había presenciado el contraste de la noche del 19. Considerándolo el Director Cruz, de los más competentes por su experiencia militar y gloriosa carrera en el imperio, se dirigió a él de los primeros, para que, como actor en el teatro de la guerra, expusiera francamente si le parecía remediable nuestra desgracia, adelantándose el enemigo a marcha forzada hacia la capital en persecución de nuestra tropa desbandada.

“El general no titubeó en responder a esta interpelación con la autoridad de un militar experto: “que dudaba mucho pudiésemos rehacernos de la derrota sufrida”, y que por el contrario la completa “desmoralización del ejército y el estrago causado” en sus filas, disipaban, según el, toda esperanza de “reparar el golpe”. Fácil es imaginarse la impresión que en aquellos momentos dejaría en la asamblea la opinión emitida por un jefe tan competente; y era menester combatirla en precaución del desaliento que debía producir. “En mi situación especial por la razones expuestas, y pugnando contra mis opiniones las emitidas por el general Brayer, creí de mi deber contestarle de manera a desvanecer apreciaciones desanimadoras, precisamente en el trance en que era necesario apercibirnos para una resistencia obstinada.” V. S. no puede, le dije, juzgar del estado del ejército en retirada, después de la sorpresa que lo fraccionó, por haber dejado el campo bajo la impresión de un irreparable desastre. ¿Ignora V. S. que aun existe nuestro impertérrito jefe? Pues bien, yo puedo asegurar a esta asamblea con irrefragables testimonios que poseo, que el general San Martín, aunque obligado a replegarse a San Fernando desde Cancha-Rayada, dicta las más premiosas órdenes para la reconcentración de las tropas y reunión de las “milicias. Además, viene también en marcha una división del ejército que quedó entera en el asalto “de las tropas realistas, tomándose al mismo tiempo con partidas distribuidas por el Directorio, todas las avenidas de la cordillera, por donde pudieran evadirse los soldados dispersos. No hay pues, señor general, razón para temer que no veamos pronto nuestro ejército en estado de combatir y de conquistar la victoria con el apoyo y energía del país, decidido a todo sacrificio por mantenerse independiente”. “No bien había concluido mi contestación al general, cuando vinieron en auxilio calurosos acentos que fortificaron la confianza en los ánimos, y todavía rebosa en mí el contento, al recordar la fe patriótica con que fue combatido el inesperado dictamen del general Brayer, y desvanecida la zozobra del pueblo. “Algunos días después el general San Martín levantó su cuartel general en San Fernando y se puso en camino hacia la capital. Decidíme entones a alcanzarlo en marcha, y en la noche que atravesaba el extenso llano de Maipú, logré juntarme con él a eso de las ocho. Apenas recibió mi saludo, acercó su caballo al mío, me echó sus brazos, y dominado de un pesar profundo me dijo con voz conmovida: “¡Mis amigos me han abandonado, correspondiendo “así a mis afanes!” “No, general, -le respondí interrumpiéndole,- bajo la penosísima impresión de que me sentí poseído al estrecharlo; rechace Vd. con su genial coraje todo pensamiento que lo apesadumbre. Se bien lo que ha pasado; y si algunos hay que sobrecogidos después de la sorpresa le hubiesen vuelto la espalda, muy pronto estarán a su lado. A Vd. se le aguarda en Santiago como a su anhelado salvador. Rebosa en el pueblo la alegría y el entusiasmo al saber la aproximación de Vd. El general Cruz excita con celo infatigable el espíritu nacional. Rodríguez no sosiega. Por mi honor que no exagero; los jefes reunidos le esperan como a su Mesías y será Vd. recibido con palmas. He venido exprofeso a avisárselo a Vd. y a pedirle sus órdenes.” “El general me escuchó con bondad, y dándome las órdenes muy decisivas, me previno partiese en el acto a ejecutarlas y le esperase en su alojamiento de Santiago. Pero al separarme me dijo serenado: “Vaya Vd. satisfecho, mi amigo, y le prometo recobraremos lo perdido y arrojaremos del país a los chapetones.” “¡Palabras proféticas pronunciadas ante las estrellas en el mismo campo donde días después se rompió para siempre el yugo secular que pesaba sobre el bello Chile! Lo que sintió mi alma en aquel momento no tiene otra medida que la de mi intenso cariño al general y mi febril anhelo por el triunfo de nuestra causa americana. Corrí a cumplir mi comisión. El recibimiento que se hizo luego al general San Martín, ha sido descripto por el coronel Olazábal con los colores que reflejan la verdad de un hecho, no menos digno de un eterno recuerdo que lo es el denuedo de los valerosos Chilenos, prontos a la voz de la autoridad y a engrosar las filas de los defensores de la patria. ¡Ojalá más tarde la noble y patriótica conducta en aquellos momentos del inolvidable coronel Rodríguez, le hubiera escudado de caer víctima de las pasiones ensañadas!” Tomás Guido


La Batalla de Maipú

La descripción más viva y colorida sobre la batalla de Maipú, se debe a la pluma de Samuel Haigh, que estuvo presente en la acción al lado de San Martín “La mañana del domingo 5 de abril, la época más deliciosa del año en Chile, ni una sola nube obscurecía el brillante y eterno azul del firmamento; los pájaros cantaban y los azahares esparcían un perfume delicioso la brisa; había esa balsámica suavidad del aire tan propia del clima; las campanas llamaban a misa y un sentimiento religioso se deslizaba en los sentidos al unísono con la santidad del día; parecía sacrilegio que tan santa quietud se interrumpiese con estrépito de batalla. “A pesar de esto, yo sabía que así sucedería; por consiguiente, envolviendo una muda de ropa y una frazada doblada, y atándola en la montura, me armé con un par de pistolas y un sable, monte a caballo, con sólo tres doblones en el bolsillo, y fui a unirme con mis compatriotas Barnard y Begg. Pronto estuvieron equipados y armados como yo, y salimos de la ciudad en dirección al ejército patriota. Sentí algo como satisfacción al dejar la ciudad esa mañana, pues pocas horas pondrían fin al estado agonizante de esperanza y temor que había alternativamente agitado a todos desde el desastre de Cancha Rayada. En efecto, muchos de los habitantes de Santiago estaban medio locos. Cuando entramos en el llano, como a una legua de la ciudad, oímos los primeros cañonazos, a largos intervalos, pero, llegando a la posición patriota, encontramos los dos ejércitos empeñados encarnizadamente y el fuego era un solo rugido prolongado. “Los movimientos de la mañana fueron los siguientes: Cuando despuntó el alba, en el día decisivo, grande para los destinos de la libertad y de Chile, se descubrió el enemigo marchando desde Espejo, y, por un movimiento de flanco, a punto de ocupar el camino de Santiago. La intención de Osorio parece haber sido colocarse entre la ciudad y el ejército patriota, con lo que consideraba mejorar notablemente su posición. San Martín inmediatamente hizo mover su ejército y avanzó hacia el enemigo en columnas cerradas y, mediante una marcha rápida, llegó a tiempo de frustrar esta maniobra de ocupar el camino principal. Osorio, entonces, hizo alto y tomó posición sobre la lomada, frente a la chacra de Espejo, en el orden siguiente: “Su derecha fue ocupada por el regimiento de “Burgos” y su izquierda por el “Infante Don Carlos”; el centro lo formaban las tropas sacadas de Perú y Concepción; estaban en columnas cerradas, flanqueadas por cuatro escuadrones de dragones a la derecha y un regimiento de lanceros a la izquierda. El terreno que ocupaban era el borde de una loma que se extendía cerca de una milla, y en su extrema izquierda había un montículo aislado en el cual habían emplazado cuatro cañones y unos doscientos hombres. Su número subía a más de seis mil. “El ejército patriota se dispuso en columnas, como sigue: Su izquierda la mandaba el general Alvarado; el control el general Balcarce; la derecha el coronel Las Heras, y la reserva el general Quintana. La acción comenzó como a las once y se inició por la artillería patriota de la derecha; el cañoneo fue a intervalos sobre la izquierda realista que avanzaba; y antes de las doce, la acción se hizo general. Cuando los del “”Infante Don Carlos”” descendían la loma, recibieron el fuego muy destructor de la artillería del coronel Blanco, cuyos efectos eran visibles a cada cañonazo, llevando la destrucción y el desaliento a sus columnas. La batalla aquí fue bien disputada y estuvo indecisa mucho tiempo El coronel Manuel Escalada, con un escuadrón de Granaderos a Caballo, cargó al montículo en que estaban emplazadas las cuatro piezas de artillería y las tomó; los cañones en seguida fueron apuntados contra sus dueños primitivos. “A la derecha los realistas sacaron ventaja; el nutrido y bien dirigido fuego del regimiento de “Burgos”, introdujo confusión en el ala izquierda patriota compuesta principalmente de negros, y fueron al fin completamente dispersados, dejando cuatrocientos cadáveres en el campo de batalla. En este momento crítico, la reserva -al mando de Quintana-recibió orden de atacar. El “Burgos” avanzó tan rápido que se desordenó en parte y se había retirado algo para formarse, cuando la reserva patriota se lanzó sobre él, sufriendo un fuego mortífero dirigido con admirable precisión y efecto; y con tanta regularidad como si se tratase de una parada; este fue sin duda el momento más dudoso de la acción, y así fue considerado por Quintana que, reforzado por un escuadrón de Granaderos a Caballo, dio la orden de cargar. “El choque fue tremendo, cesando el fuego casi de golpe y ambos bandos cruzaron bayonetas. Los gritos repetidos de “¡Viva el Rey! ¡Viva la Patria!” demostraban que cada pulgada de terreno era disputada desesperadamente; pero, a causa del polvo y humo, difícilmente podíamos saber de que lado se inclinaba la victoria. Finalmente cl grito realista enmudeció, y el avance de los patriotas con grandes vítores de “Viva la Libertad” proclamaban que la victoria era suya. “Cuando el “Burgos” se apercibió de que sus filas estaban rotas, abandonaron toda idea de resistencia ulterior, y huyeron en todas direcciones, aunque principalmente hacia el Molino de Espejo. Fueron perseguidos por la caballería y despedazados sin piedad. En efecto, esta virtud había sido desterrada de los pechos en ambos bandos. La carnicería fue muy grande y me decían algunos oficiales que habían servido en Europa, que nunca presenciaron nada más sangriento que lo ocurrido en esta parte del campo de batalla. “Más o menos, al mismo tiempo que se efectuaba la carga contra el ala derecha enemiga, el coronel Las Heras había destruido la izquierda, que se retiraba igualmente hacia Espejo. En el centro la acción se sostuvo con gran determinación hasta que, dándose cuenta de que ambas alas estaban en derrota, los españoles cedieron y el desastre se hizo general, retirándose todos a todo correr hacia Espejo. “Esta hacienda tiene tres corrales y está rodeada por tapias macizas, capaces de proteger dos mil hombres; y es sorprendente que los realistas no sostuvieran esta buena posición, pues su defensa era muy practicable y les habría economizado muchas vidas y quizás habilitado para capitular en condiciones, honrosas; sin embargo, perdido todo orden, solamente pensaron en salvarse. “Los patriotas al mando de Las Heras, avanzaban por el callejón que conduce a las casas y al aproximarse, los realistas levantaron bandera blanca desde la ventana que hay encima de la entrada, pidiendo capitulación, que se otorgó, cuando acto continuo las puertas fueron voladas por un cañonazo con metralla, disparado desde el patio. Los patriotas, naturalmente, ya no dieron cuartel e instantáneamente cargaron; siendo recibidos por un nutrido fuego de mosquetería que se hacía desde puertas, ventanas y todas las troneras de la casa. Sin embargo, esto solamente duró breve tiempo, pues los patriotas entraron en gran número y rápidamente desalojaron al enemigo. “Los realistas ya no hicieron más resistencia; la voz de orden era “¡Sálvese el que pueda!” y hacían esfuerzos por salir de la casa con la rapidez posible, pero fueron perseguidos y masacrados por el implacable enemigo. Hay un gran viñedo detrás de la casa por donde huyeron muchos realistas, pero a estar al cómputo más bajo, quinientos hombres perecieron en la hacienda y el viñedo. “La linda hacienda de Espejo presentaba un horrible cuadro después del combate; las puertas y ventanas perforadas por balas de mosquete; los corredores, paredes y pisos, con porciones de sesos y coágulos y salpicaduras de sangre, y todo el lugar, dentro y fuera, cubierto de cadáveres. La casa estaba llena con el bagaje del ejército español, y el saqueo fue inmenso. Muchos soldados se enriquecieron durante la acción y es lamentable que varios oficiales atendieran más a sus bolsillos que al éxito de la jornada; ocurrieron algunos casos de rapacidad que ahora no es necesario mencionar; pero la conducta en general de oficiales y soldados fue admirable; combatieron desesperada y entusiastamente, “con corazones por la causa de la Libertad y manos para el golpe de la Libertad”. “Parte del regimiento de “Burgos” se había retirado a una eminencia donde no podía maniobrar la caballería patriota; estos capitularon y cayeron prisioneros. “En el período de la acción, en que el “Burgos” fue derrotado, mister Barnard y yo (que estábamos en el estado mayor del general San Martín) nos hallábamos a caballo junto a aquel general, cuando el capitán O’Brien regresó de la carga y anunció la victoria. Entonces el general nos pidió fuéramos en busca del coronel Paroissien, cirujano principal de las fuerzas, a quien deseaba ver inmediatamente; en consecuencia recorrimos el campo de batalla en varias direcciones y dimos con un molino, distante media milla a retaguardia del ejército, donde encontramos al coronel entregado a sus deberes profesionales. “Se había convertido el molino en hospital de sangre durante la acción y el patio del frente estaba lleno de heridos, principalmente negros, que habían sido recogidos del campo de batalla. El cirujano principal estaba amputando la pierna de un oficial que había sido destrozada por una bala de mosquete, y tenía sus manos cubiertas de sangre. Al transmitirle la orden del general, el coronel (una vez terminada la amputación), escribió un despacho para O’Higgins, en Santiago, pidiéndome me encargara de llevarlo, e informase también al Director que se necesitaban carros y carretas para llevar heridos a los hospitales de la ciudad.

“El pedazo de papel en que se escribió el despacho, fue recogido del suelo y estaba manchado de sangre. Dejé el molino, galopé para la ciudad y en breve tiempo llegué a la Cañada, gran arrabal en el camino de Valparaíso. Aquél día la ciudad estaba casi despoblada de habitantes, que se habían situado en este suburbio donde estaban esperando con la mayor ansiedad, saber: “How the sounding battle goes, If for them or for their foes; If they must mourn or may rejoice (“Como va la estrepitosa batalla, sí por ellos o por sus enemigos; si deben llevar luto o pueden regocijarse”) “Al entrar en la Cañada anuncié la victoria gritando con todas mis fuerzas ¡Viva la patria! y mostré el papel ensangrentado que llevaba para el Director. Apenas hube proferido estas palabras cuando en respuesta se alzó una gritería de la multitud que hizo retumbar el firmamento entero, y el tropel de la gente me envolvió, para obtener más detalles, casi ahogándome con el calor y polvo. Un señor anciano, a caballo, en los raptos de su patriotismo, me echó los brazos y casi me ahogó por el fervor de su abrazo, del que me libré de una maniobra que, debe haber “sentido”, tenía de todo menos de simpática. “Luego de desprenderme de este grupo, pasé por la Cañada; las campanas repicaban y resonaba el aire con exclamaciones de ¡Viva la Patria! ¡Viva San Martín! ¡Viva la Libertad!, pero a medida que me aproximaba a la ciudad, la multitud se hacía más densa, y me precipité por una calle excusada en las orillas de la ciudad; después de evitar una trinchera ancha y recién cavada, haciendo un rodeo, galopé a palacio. Encontré las entradas atestadas de populacho del que formaba parte mi sirviente, a quien dejé el caballo y, a empellones, me abrí paso con dificultad hasta la sala de audiencia. “Allí tuve la sorpresa de saber la ida del Director O’Higgins al campo de batalla. Fue tan gravemente herido la noche del 19, que los médicos habían opinado que le sería fatal afrontar la fatiga del servicio. En consecuencia permaneció en la ciudad, con unos pocos milicianos, relativamente tranquilo, durante las primeras horas de la mañana; pero así que llegó a sus oídos el cañoneo lejano, su valor impetuoso venció toda otra consideración y, poniéndose a la cabeza de su gente, salió a la carrera de la ciudad para tomar parte en la refriega. Encontré al coronel Fontecilla haciendo sus veces, a quien entregué el despacho, y le transmití el mensaje que me habían encomendado. “Saliendo de palacio, me encaminé hacia la casa del doctor Gana, cuya familia se había siempre distinguido por su patriotismo, e indudablemente había sido tratada con severidad por el tirano Osorio. La madre y sus tres bellas hijas estaban en la mayor ansiedad, pues cuatro hijos aquel día pelearon en el ejército patriota. Al asegurarles a las damas que “La Patria” había arrancado victoria completa, derramaron lágrimas de gozo, pero no sin mezcla, pues el destino de sus hijos y hermanos aún no se sabía. Recibí sus abrazos con sentimiento muy diferente de aquel con que había recibido el feroz que me propinaron en la Cañada. “En seguida fuíme a casa para cerciorarme de la situación en aquél barrio. “Mi dependiente, español, estaba en la mesa comiendo con varios amigos; habían oído un relato diferente de la batalla y parecían completamente satisfechos del resultado. Primero apoyé la idea y díjeles que sus compatriotas habían triunfado, y se exaltaron de placer; luego agregué que sus compatriotas habían perdido y la transición fue como de la luz del sol a un chaparrón. Después de comer, apresuradamente monté un caballo de refresco, para regresar al campo de batalla. Todas las campanas de las iglesias repicaban y los sacerdotes encendían fuegos artificiales desde las torres. Esta costumbre sudamericana, en los días festivos, y el renglón correspondiente a la pólvora, no es el mínimo en la lista de gastos eclesiásticos. “Alcancé mucha gente que se dirigía al teatro de la acción, algunos para buscar a sus amigos y parientes, otros por curiosidad y otros que quizás no habrían deseado hacer públicos sus propósitos. “Había varios sacerdotes a caballo. Un rollizo fraile dominicano con hábito, rosario, cuentas, sombrero de teja y toga de bombasí arremangada hasta las caderas, iba al galope. “Al preguntarle lo que podía decidir a un hombre de su humilde profesión para visitar una escena de carnicería, me dijo que él era tan óptimo patriota como buen cristiano, y que iba a felicitar a los generales y confesar a los heridos de muerte. Lo dejé en el terreno para poner en práctica esta piadosa intención .

“Aunque escasamente transcurridas dos horas después de la pelea, los huasos del campo (que todo el tiempo habíanse mantenido a caballo rondando apenas fuera de tiro) se ocuparon en desnudar a los moribundos y muertos; en efecto, muchos de los últimos estaban ya desnudos, y los nativos se alejaban con los despojos. Vi un hombre retirarse con pillaje cuantioso, entre otras cosas, una docena de mosquetes cruzados en la cabezada del recado; y tengo razones para saber que muchos pobres heridos infelices, especialmente españoles, no obtuvieron juego limpio durante este pillaje impío; mataron a muchos que habrían sobrevivido bastante bien si se les hubiera dejado al “tiempo y costumbre mortal”. “Me detuve para mirar un cadáver que confundí con el de mi amigo el capitán Sowersby, pero resultó un oficial español del “Burgos”; tenía perforada la frente de un balazo, y, al lado, se veía un panfletito de que me apoderé, desmontando al efecto; el panfletito y una gran escarapela roja española que encontré sueltas en el suelo, fueron los únicos trofeos que tomé en aquel memorable campo de batalla. “Después fui al Callejón de Espejo donde, en la hondonada de una colina, estaban reunido. San Martín y sus jefes. En este momento llegó O’Higgins y su encuentro con San Martín fue interesantísimo. Ambos generales se abrazaron a caballo, y mutuamente se felicitaron por el éxito de la jornada. “Los soldados estaban trayendo los oficiales (y tropa) españoles que habían caído prisioneros; entre los primeros se hallaban los generales Ordoñez, Primo de Rivera, Morgado, etc. Nada podía exceder al furor salvaje de los negros del ejército patriota; habían llevado el choque de la acción contra el mejor regimiento español, y perdido la mayor parte de sus efectivos, deleitábales la idea de fusilar los prisioneros. Vi un negro viejo, realmente llorando de rabia cuando se apercibió que los oficiales protegían de su furor a los prisioneros. “Se formaron dos líneas de jinetes y entre ellas marcharon los prisioneros. Los servicios de mis amigos, Begg y Barnard, y los míos, fueron requeridos en esta ocasión. Nuestra misión era mantener apartados a los soldados e impedirles sacrificar sus cautivos. Adelantaba al paso de mi caballo, y un oficial español que iba a mi lado estaba tan cansado, que apenas podía caminar y me pidió lo subiera en ancas, y ya iba a acceder cuando se opuso el coronel Paroissien, diciendo que solamente expondría la vida de los dos, pues seguramente los negros le harían fuego. Marchamos hasta llegar cerca del molino donde una guardia se hizo cargo de los prisioneros, y regresamos a Santiago mucho después de puesto el sol. “Además de los oficiales nativos que han sido ya mencionados en mi relato de la batalla, varios oficiales extranjeros se distinguieron altamente; entre ellos se cuentan O’Brien, Sowersby, Viel, Beauchef, D´Albe, Low y Lebas. El coronel Manuel Escalada fue despachado a Buenos Aires la noche de la batalla con noticias de la victoria, e hizo la jornada por la cordillera y las pampas en el breve término de diez días. También enviamos un chasque para hacer volver a nuestros amigos ingleses de la cumbre de los Andes, donde habían vivaqueado más de una semana. “El general Osorio; general en jefe del ejército realista, huyó del campo de batalla como a la una de la tarde escoltado por unos cien hombres; tomó el camino de Valparaíso y pasó por la Cuesta del Prado como a las tres. El activo capitán O’Brien eligió treinta Granaderos a Caballo y se puso a perseguirlo de cerca; informado que los fugitivos habían tomado la ruta del puerto, creyó probable hubieran ido a San Antonio, con el propósito de embarcarse en un buque que cruzaba frente a aquel punto; en consecuencia el capitán tomó un atajo por la Cuesta Vieja, y se situó en dirección de Valparaíso. Osorio, después de franquear la Cuesta Nueva, se había efectivamente detenido en las chozas al pie del cerro, mucho tiempo, para descansar; luego se lanzó a los desfiladeros de las montañas, dirigiéndose al Maule que alcanzó cerca de sus nacientes. El tercer día después de la batalla, propuso a los que lo seguían, en atención a haber disminuido el ardor de la persecución, hacer alto para reposar ellos y los caballos; así se hizo, y mientras sus compañeros dormían, el general eligió diez o doce de sus guardias y, escogiendo los caballos mejores, pasaron el río a nado y furtivamente desaparecieron, dejando a los demás compañeros librados a su suerte. “Al descubrir el procedimiento traidor de su jefe, el oficial que seguía en graduación se entregó a la fuerza patriota más próxima, y él y sus compañeros fueron enviados a Talca como prisioneros de guerra. “Se ha afirmado que, de los seis mil hombres que, formando parte del lindo ejército español, combatieron en Maipú, no pasaron de dos mil los que volvieron a Talcahuano; los demás fueron muertos o prisioneros; por consiguiente, era imposible una victoria más completa. “Así terminó la siempre memorable batalla de Maipú que, por la magnitud del número e importancia de sus resultados, excedió mucho a cualquier batalla librada en el lado occidental de los Andes. La carnicería, considerando el número de combatientes, fue inmensa; de doce mil hombres, tres mil quinientos quedaron fuera de combate. “Con esta victoria, la causa independiente se consolidó de modo tan firme, que subsiguientemente llegó a aplastar el poder español en Sud América; pues si la acción hubiera favorecido a los realistas, no es dudoso que tanto Perú como Chile, se hubieran mantenido hasta el presente bajo la corona española. “La batalla de Maipú preparó el camino para la de Ayacucho, que se libró con éxito para los independientes en el Perú, el 9 de diciembre de 1824 contra doble número de enemigos, y arrancó a España la última porción del antes vasto dominio de las Américas.” Samuel Haigh.


La noticia de Maipú en Buenos Aires (Abril 1818)

En el curso de este relato, se hace relación al viaje del coronel Manuel Escalada, que en diez días llegó a Buenos Aires con la noticia del triunfo de Maipú. El inglés Guillermo Parish Robertson, aquel que presenció el combate de San Lorenzo, ha dejado también unas páginas muy curiosas sobre el arribo del coronel Escalada a Buenos Aires con la fausta noticia. Pueden leerse en la obra de Robertson, “Letters on South America”, vol. 3, que aquí, con la debida traducción transcribimos: “Los habitantes de Buenos Aires, después de haberse mostrado orgullosos y exaltados por el éxito de la famosa batalla de Chacabuco -que de una vez abrió el camino para la ocupación de Santiago, la capital de Chile- no se mostraron menos deprimidos cuando sucedió la dispersión del ejército de San Martín en Cancha Rayada, que amenazó con la pérdida inmediata de su reciente e importante adquisición. “Y no sin razón esta noticia infundió gran tristeza en Buenos Aires: La “patria” misma, esto es, la independencia del país, estuvo en un inminente peligro. En Chile se había aventurado todo y si ese país caía otra vez bajo la dominación española, las Provincias del Río de la Plata, “cabeza y frente” de la revolución, podían temer por su propia existencia como nación libre e independiente. “En el interior, nada más podía hacerse ya; todo dependía ahora del genio de San Martín en Chile; día por día esperábamos con la más viva ansiedad las noticias en que todos cifrábamos nuestra esperanza, pero nadie osaba afirmar que serían de carácter favorable. Y digo “esperábamos” porque los extranjeros demostraban el mismo profundo interés en el asunto que los naturales del país. Esto ocurría a mediados de abril de 1818 y la dispersión se había producido el 19 de marzo. “Una tarde, estabamos ocho o nueve amigos bebiendo un vaso de vino en casa de Mister Dickson, donde nos habíamos reunido para cenar y se comentaba el tema del día: ¿Qué será de este país, si Chile se pierde? “El capitán S. que se había levantado de la mesa para ir a la puerta de calle, volvió al interior, y desde la ventana del comedor, nos dijo con toda tranquilidad: “El coronel Escalada llega con la noticia de que han sido derrotados completamente los españoles en Chile.” “Como el bizarro capitán era muy inclinado a bromear, tomamos como broma la noticia y todo lo que afirmó asegurando que se trataba de un hecho cierto. Luego el capitán se retiró, dejándonos sin creer lo que decía. Pero al instante, ¡pum!!!, nos sorprendió el estruendo de un cañonazo en el Fuerte... y antes de que sonara otro, echaron a repicar las campanas alegremente. Todos salimos a la calle y pudimos de inmediato comprobar que las noticias del capitán eran ciertas. La batalla de Maipú había consumado la independencia de Chile. El entusiasmo del pueblo no conoció límites; corrían todos por las calles e iban de casa en casa, congratulándose y abrazándose unos a otros. Los “vivas” y los “hurras” llenaban el aire, la población entera se hallaba embriagada de alegría y de orgullo patriótico. Nos dirigimos en grupo al Fuerte, que estaba muy cerca de la casa de Mister Dickson, y llegamos en el preciso momento en que nuestro amigo Manuel Escalada salía por la primera puerta, entre las aclamaciones de la multitud.

Agitaba en la mano una bandera española capturada en el campo de batalla y se encaminaba a casa de su padre, adonde no había podido llegar todavía. “Como de costumbre, fui por la noche a la tertulia de Escalada; no es posible imaginar una escena más alegre, animada y jubilosa que la que allí encontré. La casa estuvo repleta toda la noche por la sociedad más respetable de la ciudad. El joven coronel, que era uno de los edecanes de San Martín, le dio tanto trabajo a sus manos aquella noche, (para recibir plácemes) como el que le diera el día de la batalla. (El trabajo sería de calidad diferente, es verdad, pero no menos fatigoso). “La victoria de Maipú fue celebrada con fiestas, tertulias y bailes. Entre estos últimos fue muy notable el que dieron los residentes ingleses cuando San Martín llegó a Buenos Aires, desde Chile. Tuvo lugar en la casa de Sarratea, ocupada entonces por Mister Brittain, la cual se arregló hermosamente para el acontecimiento; el héroe de Maipú se manifestó altamente reconocido ante aquel homenaje de respeto que le fue ofrecido por sus amigos ingleses. El baile fue de un brillo inusitado y concurrieron a él, en gran proporción, las bellezas y todo lo más distinguido de Buenos Aires, bailándose hasta las siete de la mañana. La fiesta se desarrolló en orden, aunque los patios se vieron llenos de tapadas durante toda la noche. Es costumbre del país admitir -en ocasión de grandes tertulias y bailes- a damas que concurren embozadas, y van a mirar el baile desde los patios de la casa. Se les permite estacionarse en las puertas y en las ventanas, hasta en los zaguanes y puertas interiores, pero no deben, en ningún caso, entrar en los salones. Son muchas las damas que se reúnen así, para ver la fiesta y el baile, y muchas también las que prefieren más asistir a un baile como tapadas, que ser invitadas a él. Las familias que están de luto y que no podrían aceptar una invitación es seguro que concurren a la fiesta entre las tapadas.” J.P. y W. P. Robertson


San Martín en Buenos Aires después de Maipú

Como lo hiciera después de Chacabuco, San Martín emprendió la marcha a Buenos Aires después de Maipú. Se le esperaba el 12 de mayo, pero entró de incógnito en la madrugada del 11. Los agasajos al héroe de Maipú y las fiestas que a su arribo se celebraron en Buenos Aires, están consignadas en el Diario inédito o “Memorias curiosas” de Beruti. “El 12 de Mayo de 1818 entró en esta capital, de incógnito, como a las 4 de la mañana, el invicto general defensor de Chile Excimo. Sr. Don José de San Martín; dejando burladas las prevenciones que estaban hechas, en la calle principal de la Victoria, de varios arcos triunfales, jardines, colgaduras, etc., que con anticipación se habían puesto, tanto por el Supremo Gobierno, como por el Excimo. Cabildo, y vecindario, que lo querían recibir, y que su entrada fuera en triunfo, pues todo lo merecía la heroicidad de sus acciones militares. Su venida la ignoramos; pero creemos será con el fin de acordar algunas cosas, que resalten y aumenten las glorias de la Patria. “El 17 de Mayo de 1818, en virtud de Soberana orden del Congreso, se le dio las gracias al Gral. San Martín por la misma Soberanía, en su Sala de las sesiones, y a su nombre lo hizo el presidente de este augusto cuerpo; quien luego que entró San Martín, acompañado del Director Supremo del Estado, a éste le mandó sentar junto a su persona, y a San Martín en una silla que estaba preparada, entre medio del sitial del dosel y los diputados, en cuya presencia le dio las gracias de haber salvado la patria del furor de los enemigos, quien contestó a ello con la sumisión y términos que correspondía: Este grande honor se le hizo a San Martín por dicho Soberano Cuerpo, merecido a sus altos servicios; siendo el modo con que fue conducido al Congreso el siguiente: Todas las tropas de la guarnición se formaron en la calle, desde la fortaleza hasta la casa del Congreso, sus banderas y músicas; la carrera se colgó toda por el vecindario primorosamente y en la calle principal por donde debía de pasar se colocó un magnífico arco triunfal de cuatro frentes; bajo la cual, al pasar San Martín, cuatro damas, ricamente vestidas, le colocaron en la cabeza una corona de flores, en señal del triunfo con que era recibido, la que incontinente se la quitaron, y siguió andando. “El Estado Mayor General, con las demás corporaciones, fueron a su casa, lo sacaron, llevándolo en medio hasta el palacio directorial; cuyo Jefe supremo salió a recibirlo, y en su compañía con el Eximo. Cabildo e ilustre acompañamiento e inmenso y pueblo que lo rodeaba; lo condujo hasta la magnífica sala del Soberano Congreso, a donde lo presentó al augusto cuerpo nacional, en donde fue recibido y siguió lo que tengo manifestado en mi primer párrafo: lo que concluido, en los mismos términos siguieron al Fuerte donde dejaron al Supremo Director, y con la misma comitiva fue acompañado a su casa. “El 4 de Julio de 1818 se regresó de esta capital para la de Chile, el Sr. Gral. Don José de San Martín.” Juan Manuel Beruti.


Instituto Nacional Sanmartiniano
Ministerio de Cultura de la Nación