Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

INSTITUTO NACIONAL SANMARTINIANO

Ministerio de Cultura Escudo Nacional Presidencia de la Nación

Libertador José de San Martín
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DOCUMENTOS

071 | Relatos de contemporáneos - Recopilados por José Luis Busaniche

Conferencia de Punchauca

El 20 de agosto de 1820, zarpó del puerto de Valparaíso la expedición libertadora del Perú. Lord Cochrane, marino inglés que ya se había distinguido en la guerra de emancipación sud- americana, iba como jefe de la escuadra, compuesta de ocho buques de guerra y diez y seis transportes. Cuatro mil soldados argentinos y chilenos formaban el ejército libertador bajo el mando supremo del general San Martín. La mayoría de los soldados y oficiales eran argentinos.Un hecho que tuvo consecuencias en la guerra se había producido en España, a principios de ese año, coincidente con la caída del Directorio en Buenos Aires: El pronunciamiento del general Riego, que restauró la constitución liberal española sancionada por las cortes de Cádiz en 1812 y abolida por Fernando VII. De este nuevo régimen liberal, se esperaba una nueva política del gobierno español con los independientes americanos. Circunstancia es esta que debe tenerse muy en cuenta para juzgar la situación de San Martín en el Perú. La expedición desembarcó en la bahía de Paracas (septiembre) no muy lejos de Lima, hacia el sur. San Martín prometíase una victoria incruenta, por el estado de la opinión, por la situación de las autoridades españolas y sobre todo por que así convenía a su genio abnegado y altruísta. Proponíase también, con desembarcos inesperados en toda la extensión de la costa peruana, mantener disperso y debilitar al ejército español, muy superior al suyo en efectivos. Las tropas independientes obtuvieron éxitos diversos, y, el virrey Pezuela - que había jurado en Lima la constitución liberal española de 1812 - propuso un armisticio a San Martín. Cumplíase lo previsto por el Libertador. El general Guido, su ayudante de campo, y García del Río, su secretario, conferenciaron con los enviados de Pezuela en Miraflores. San Martín proponía, como condición esencial para la paz, la independencia del Perú. Pezuela no aceptó, y la expedición libertadora se hizo otra vez a la vela para desembarcar en Huacho, al norte de Lima, punto que se consideró más estratégico. Entretanto, Cochrane cumplía verdaderas proezas como marino en la bahía de Callao. Con la nueva operación militar, San Martín cortó las comunicaciones entre Lima y el norte del Perú que se plegó casi por entero a su causa. También Guayaquil se declaró por la causa revolucionaria bajo el amparo de San Martín y proclamó su independencia.

Por ese tiempo (noviembre 25 de 1820), Bolívar tuvo una entrevista con el general español Morillo en Trujillo, (Venezuela) donde firmaron un armisticio, abrazándose con mutuas protestas de confraternidad. Bolívar envió comisionados a España, para tratar la paz. Todo como resultado político operado en la Península. San Martín, dueño de la costa norte de Perú, y teniendo a Lima bloqueada, presionaba ya con su ejército en el interior. A fines de 1820, Arenales ganó la batalla de Pasco. Cundía el descontento en las tropas realistas, y en enero de 1821, el Virrey Pezuela fue depuesto por el ejército y sustituido por el general la Serna. El hecho se registró en un documento que se ha llamado “El acta de Asnapuquio”. Pezuela marchó para España, y una parte del ejército libertador realizó desembarcos en la costa sur del Perú. El general Miller ocupó Pisco y después Arica. La situación se tornaba grave para los españoles y San Martín se mostraba dispuesto a sacar ventaja para evitar en lo posible todo inútil derramamiento de sangre. En esas circunstancias, (abril de 1821) llegó a Lima el comisionado especial del gobierno español, don Manuel Abreu, que, al pasar por Huaura, estuvo con San Martín. Allí le comunicó que traía instrucciones de su gobierno para poner término a la guerra por medio de un tratado. San Martín se mostró dispuesto a entrar en negociaciones. El 3 de mayo -previas conferencias de sus comisionados con los del Virrey-, tuvo una entrevista con la Serna en la hacienda de Punchauca, distante cinco leguas de Lima. La entrevista fue muy cordial, como había sido la de Bolívar con Morillo. San Martín había propuesto como condición esencial el reconocimiento de la independencia del Perú; luego la formación de una regencia compuesta de tres miembros nombrados por él y por la Serna. Dos comisionados, irían a España en busca de un príncipe que ocuparía el trono del nuevo estado. La Serna aceptó individualmente la propuesta, no así los jefes del ejército español, que negaron su aprobación. La conducta de San Martín en Punchauca, ha sido objeto de severas críticas por cuanto no estaba autorizado para aventurar un paso de tanta magnitud, ni para comprometer el porvenir político de los pueblos independientes cuya soberanía se proclamaba. San Martín explicó más tarde su actitud en carta al general Miller: “El general San Martín, que conocía a fondo la política del gabinete de Madrid, estaba bien persuadido de que él no aprobaría jamás este tratado; pero como su principal objeto era comprometer a los jefes españoles, como de hecho lo quedaban habiendo reconocido la independencia, no tendrían otro partido que tomar que el de unir su suerte a la de la causa americana”. El general Tomás Guido, Ayudante de campo y testigo presencial en la famosa entrevista, la describe así: “Se acordó en la misma ocasión que, ratificado que fuese el armisticio, los generales la Serna y San Martín, acompañados de sus respectivos diputados y demás personas que convinieren, tuviesen una entrevista en el día y lugar que se designare, “para que vencidas las dificultades que por una y otra parte se presenten, decíase, procedan inmediatamente a ajustar el armisticio definitivo”. Habiéndose seguido las negociaciones sin interrupción en los términos de una cordial franqueza, invitaron los diputados independientes a los de la junta, el 30 de Mayo para que, de conformidad a lo acordado, tuviese lugar en la mañana del siguiente día, en la misma hacienda de Punchauca, la proyectada entrevista de los generales; anunciando al propio tiempo que el general San Martín “estaba dispuesto a concurrir a ella acompañado del jefe del Estado Mayor del Ejército de su mando, de dos jefes superiores, un ayudante de campo, un oficial de ordenanzas y cuatro soldados, la misma comitiva que el señor don José de la Serna podía designar si gustase”. La invitación fue en el acto aceptada. Mas sólo el 2 de Junio, a causa de una indisposición del Virrey, pudieron avistarse los campeones en cuyas manos estaba entonces la suerte del Perú. Desde el día 19, el General San Martín se puso en marcha para el lugar de la cita. Formaban su séquito los renombrados coroneles Las Heras, Paroissien, Necochea; los tenientes coroneles Spry, Raullet y cuatro ordenanzas: En el Campo de Carabayllo, a las cinco de la tarde, encontráronle sus diputados a quienes se había agregado el general Llano y el capitán Moar. Juntos se dirigieron al punto convenido. El día 2, a las 3 y tres cuartos, salieron a recibir al virrey del Perú -y general en jefe del ejército del rey- Llano, Las Heras, Paroissien, Necochea, Guido y Don Juan García del Río. Avistáronse con él al sud de Guacoy; venía acompañado del general la Mar, el brigadier Monet, el de igual clase Canterac, famoso por su denuedo y constancia, y los tenientes coroneles Landázuri, Ortega y Camba, el inteligente militar a cuyas memorias hemos apelado y apelaremos todavía en el curso de esta relación. La comitiva, escoltada por cuatro dragones españoles, llegó a las 3 y cuarto a Punchauca. Al aproximarse a la casa donde se le aguardaba, el general San Martín adelantóse al vestíbulo, y al estar al habla con los que venían y que se habían agrupado, preguntó con aire placentero quién de aquellos señores era el general la Serna. Este distinguido caballero español, de gallarda presencia y nobles modales, que traía oculta debajo de la sobrecasaca la banda carmesí, distintivo de su autoridad, diósele a conocer. Entonces se acercó a su caballo, y luego que el virrey puso el pie en tierra, lo abrazó estrechamente, saludándole con estas afectuosas palabras: - “Venga para acá; están cumplidos mis deseos, general, porque uno y otro podremos hacer la felicidad de este país.” La Serna le correspondió con igual cordialidad, y ambos del brazo entraron al salón, precedidos de aquellos briosos militares que por primera vez se contemplaban con mutua admiración y respeto. La primera media hora se pasó en tomar algunos refrescos y en esa conversación franca y animada, usual entre los hombres de armas de origen distinguido y culta educación. “Los protagonistas de esta escena, apartáronse durante algunos minutos y conferenciaron a solas. En seguida San Martín invitó a la Serna, los jefes principales y ambas diputaciones, a pasar a la pieza inmediata, en donde se reunieron presididos por uno y otro personaje. Entonces el general del Ejército Unido tomó la palabra, y dirigiéndose al caudillo español, le dijo con voz firme estos o idénticos conceptos: “General, considero este día como uno de los más felices de mi vida. He venido al Perú desde las márgenes del Plata, no a derramar sangre, sino a fundar la libertad y los derechos de que la misma metrópoli ha alarde al proclamar la constitución del año 12, que V.E. y sus generales defendieron. Los liberales del mundo son hermanos en todas partes, y si en España se abjuró después esa constitución, volviendo al régimen antiguo, no es de suponerse que sus primeros cabos en América, que aceptaron ante el mundo el honroso compromiso de sostenerla, abandonen sus más íntimas convicciones, renunciando a elevadas ideas y a la noble aspiración de preparar en este vasto hemisferio un asilo seguro para sus compañeros de creencias. Los comisionados de V.E., entendiéndose lealmente con los míos, han arribado a convenir en que la independencia del Perú no es inconciliable con los más grandes intereses de España, y que al ceder a la opinión declarada de los pueblos de América contra toda dominación extraña, harían a su patria un señalado servicio, si fraternizando con un sentimiento indomable, evitan una guerra inútil y abren las puertas a una reconciliación decorosa.

Pasó ya el tiempo en que el sistema colonial pueda ser sostenido por la España. Sus ejércitos se batirán con la bravura tradicional de su brillante historia militar. Pero los bravos que V.E. manda, comprenden que aunque pudiera prolongarse la contienda, el éxito no puede ser dudoso para millones de hombres resueltos a ser independientes; y que servirán mejor a la humanidad y a su país, si en vez de ventajas efímeras pueden ofrecerle emporios de comercio, relaciones fecundas y la concordia permanente entre hombres de la misma raza que hablan la misma lengua, y sienten con igual entusiasmo el generoso deseo de ser libres. No quiero, general, que mi palabra sola y la lealtad de mis soldados, sea la única prenda de nuestras rectas intenciones. La garantía de lo que se pactare, la fío a vuestra noble hidalguía. Si V.E. se presta a la cesación de una lucha estéril y enlaza sus pabellones con los nuestros para proclamar la independencia del Perú, se constituirá un gobierno provisional, presidido por V.E., compuesto de dos miembros más, de los cuales V.E. nombrará el uno y yo el otro; los ejércitos se abrazarán sobre el campo; V.E. responderá de su honor y de su disciplina; y yo marcharé a la península, si necesario fuere, a manifestar el alcance de esta alta resolución, dejando a salvo en todo caso hasta los últimos ápices de la honra militar, y demostrando los beneficios para la misma España de un sistema que, en armonía con los intereses dinásticos de la casa reinante, fuese conciliable con el voto fundamental de la América independiente”. “Aludiendo García Camba en sus memorias a esta proposición, que presenta en resumen, dice con picante llaneza: “Apoyada por el comisionado regio y sus dos socios Llano y Galdiano, en contravención de un artículo de las instrucciones reales, puso al virrey en embarazo para salir con habilidad de aquella verdadera Zalagarda”. “El hecho es que la Serna, sus diputados y sus jefes, escuchaban las palabras de San Martín con signos inequívocos de contentamiento y calurosa aprobación; y sin poder el primero disimular su obsecuencia a los designios que acababan de exponérsele, aplazó discretamente, en una alocución concisa y expresiva, el tomar en negocio de tanta trascendencia una resolución definitiva, prometiendo contestar en el corto espacio de dos días.

“Transportes de gozo y la fraternización más completa siguieron a esta escena. Adelantándose la imaginación a los sucesos, se entró luego a discurrir sobre el día y la forma en que las tropas de los dos ejércitos, reunidos en la plaza de Lima, deberían concurrir a solemnizar el acto de la declaración de la independencia peruana. Avenidos en estos puntos y de acuerdo en la traslación de la comisión pacificadora de Punchauca a Miraflores, para mayor facilidad en las comunicaciones, convirtióse la casa en la gran tienda de un cuartel general, en que americanos y españoles se felicitaban con efusión por el término de una guerra obstinada y por la perspectiva del más risueño porvenir. “A las cinco de la tarde se sirvió una mesa frugal a cuya cabecera se sentaron los dos famosos caudillos, quienes, a juzgar por su radiante alegría, habían completamente olvidado su rivalidad y la distinta ruta a que les empujaba la fortuna. El buen humor, una expansión entusiasta, reinaron durante el rústico banquete. Los jefes que lo presidían se saludaron con expresiones significativas y corteses. Pidió seguidamente la palabra el general La Mar, inspector general de infantería y caballería del ejército español, y después de una corta alocución llena de fuego y del sentimiento americano que desbordan en su pecho, bebió una copa al venturoso día de la unión y a la solemne declaración de la independencia del Perú . El general Monet, circunspecto y moderado, salió de su gravedad habitual y parado sobre la silla para mejor hacerse escuchar, siguió el mismo tema, excitando con los más ardorosos conceptos a festejar aquella memorable jornada. Los oficiales y los comisarios del ejército unido, no cedieron, como es de imaginarse, en la vehemente manifestación de sus votos, a ninguno de sus émulos del ejército real, y el festín convirtióse al cabo en una serie de libaciones entusiastas a la libertad y a la independencia peruana. En un intervalo, San Martín me llamó aparte y me abrazó con calor. Terminada la comida, que fue corta, el Virrey y su séquito se despidieron con señaladas muestras de congratulación, quedándose el general San Martín en Punchauca, de donde a poco tiempo regresó a su campo, mientras sus diputados se preparaban a trasladarse al nuevo alojamiento que se había convenido en las inmediaciones de la capital.” Tomás Guido.


Una entrevista con San Martín en la rada del Callao

Fracasada la negociación de Punchauca - como fracasó el armisticio de Bolívar con Morillo- reanudáronse las hostilidades por parte del ejército libertador. En ese mismo mes, (junio de 1821) Bolívar había derrotado al general español La Torre en el llano de Carabobo, obteniendo una espléndida victoria que le dio el dominio de toda Venezuela y la posibilidad de terminar la guerra en Nueva Granada. Después de la batalla, escribió al general San Martín: -“Mi primer pensamiento en el campo de Carabobo, cuando vi a mi patria libre, fue Vuestra Excelencia, el Perú y su ejército libertador. Al contemplar que ya ningún obstáculo se oponía a que yo volase a extender mis brazos al Libertador de la América del Sur, el gozo colmó mis sentimientos. Vuestra Excelencia debe creerme; después del bien de Colombia, nada me ocupa tanto como el éxito de las armas de V.E., tan dignas de llevar sus estandartes gloriosos donde quiera que haya esclavos que se abriguen a su sombra”. Después de Punchauca, el General San Martín concentró su atención en Lima y apuró el bloqueo del Callao. Por entonces, escribió a O’Higgins: “Por aquí puede usted calcular si podrá sostenerse el virrey mucho tiempo y máxime teniendo todas las provincias del norte en insurrección, no contando con ninguna entrada y el Callao en riguroso bloqueo”. No quería San Martín llevar un ataque sobre la ciudad ni entrar en ella como conquistador. Así lo dijo al capitán ingles Basilio Hall, marino destacado en el Pacífico, que le conoció el 25 de junio de 1821 en la rada del Callao y relata su entrevista en el diario de su viaje por las costas de Chile y Perú (Traducido por C. A. Aldao, con el título de “El general San Martín en el Perú”). “Junio 25 de 1821. Hoy tuve una entrevista con el general San Martín a bordo de una goletita de su propiedad, anclada en la rada del Callao para comunicarse con los diputados que durante el armisticio habíanse reunido en un buque fondeado en el puerto. “A primera vista había poco que llamara la atención en su aspecto, pero cuando se puso de pie y empezó a hablar, su superioridad fue evidente Nos recibió muy sencillamente, en cubierta, vestido con un sobretodo suelto y gran gorra de pieles, y sentado junto a una mesa hecha con unos cuantos tablones yuxtapuestos sobre algunos barriles vacíos. Es hombre hermoso, alto, erguido, bien proporcionado, con gran nariz aguileña, abundante cabello negro, e inmensas espesas patillas obscuras que se extienden de oreja a oreja por debajo del mentón; su color era aceitunado obscuro y los ojos, que son grandes, prominentes y penetrantes, negros como azabache, siendo todo su aspecto completamente militar. Es sumamente cortés y sencillo, sin afectación en sus maneras, excesivamente cordial e insinuante y poseído evidentemente de gran bondad de carácter; en suma, nunca he visto persona cuyo trato seductor fuese más irresistible. En la conversación abordaba inmediatamente los tópicos substanciales, desdeñando perder tiempo en detalles; escuchaba atentamente y respondía con claridad y elegancia de lenguaje, mostrando admirables recursos en la argumentación y facilísima abundancia de conocimientos, cuyo efecto era hacer sentir a sus interlocutores que eran entendidos como lo deseaban. Empero, nada había ostentoso o banal en sus palabras, y aparecía ciertamente en todos los momentos perfectamente serio, y profundamente poseído de su tema. A veces se animaba en sumo grado, y entonces el brillo de su mirada y todo cambio de expresión se hacían excesivamente enérgicos, como para remachar la atención de los oyentes, imposibilitándola de esquivar sus argumentos. Esto era más notable cuando trataba de política, tema sobre que me considero feliz de haberlo oído expresarse con frecuencia. Pero su manera tranquila era no menos sorprendente y reveladora de una inteligencia poco común, pudiendo también ser juguetón y familiar, según el momento, y cualquiera que haya sido el efecto producido en su mente por la adquisición posterior de gran poder político, tengo la certeza de que su disposición natural es buena y benevolente. Durante la primera visita que hice a San Martín, vinieron varias personas de Lima para discutir privadamente el estado de los negocios, y en esta ocasión expuso con claridad sus opiniones y sentimientos y nada vi en su conducta posterior que me hiciera dudar de la sinceridad con que entonces habló. La lucha en el Perú, decía, no es común, no era guerra de conquista y gloria, sino enteramente de opinión; era guerra de los principios modernos y liberales contra las preocupaciones, el fanatismo y la tiranía.

“La gente pregunta -decía San Martín-, por qué no marcho sobre Lima al momento. Lo podría hacer e instantáneamente lo haría, si así conviniese a mis designios; pero no conviene. No busco gloria militar, no ambiciono el título de conquistador del Perú, quiero solamente librarlo de la opresión. ¿De qué me serviría Lima, si sus habitantes fueran hostiles en opinión política? ¿Cómo podría progresar la causa independiente si yo tomase Lima militarmente y aún el país entero? Muy diferentes son mis designios. Quiero que todos los hombres piensen como yo, y no dar un solo paso más allá de la marcha progresiva de la opinión pública; estando ahora la capital madura para manifestar sus sentimientos, le daré oportunidad de hacerlo sin riesgo. En la expectativa segura de este momento he retardado hasta ahora mi avance; y para quienes conozcan toda la amplitud de medios de que dispongo, aparecerá la explicación suficiente de todas las dilaciones que han tenido lugar. He estado ciertamente ganando, día a día, nuevos aliados en los corazones del pueblo. En el punto secundario de fuerza militar, he sido por las mismas causas igualmente feliz, aumentando y mejorando el ejército libertador, mientras el realista ha sido debilitado por la escasez y la deserción. El país ahora se ha dado cuenta de su propio interés, y es razonable que los habitantes tengan los medios de expresar lo que piensan. La opinión pública es máquina recién introducida en este país; los españoles, incapaces de dirigirla, han prohibido su uso; pero ahora experimentarán su fuerza e importancia”. Basilio Hall.


El General en su yate

He aquí otra visita de Hall a San Martín, antes de su entrada en Lima. “Cuando todo se tranquilizó en la capital, me fui al Callao, y oyendo que San Martín estaba en la rada, le visité a bordo de su yate. Encontré que estaba perfectamente al corriente de todo lo que sucedía, pero sin prisa por entrar en la ciudad, y parecía, sobre todo, anheloso de evitar cualquier apariencia de actuar como vencedor. “En los últimos diez años -decía- he estado ocupado constantemente contra los españoles, o mejor dicho, en favor de este país, porque yo no estoy contra nadie que no sea hostil a la causa de la independencia. Todo mi deseo es que este país se maneje por sí mismo, y solamente por sí mismo. En cuanto a la manera en que ha de gobernarse, no me concierne en absoluto. Me propongo únicamente dar al pueblo los medios de declararse independiente estableciendo una forma de gobierno adecuada, y verificado esto, consideraré haber hecho bastante y me alejaré”. “Al día siguiente fue enviada una diputación compuesta de personas principales de Lima para invitar a San Martín formalmente a que entrara en la Capital, como los habitantes habían consentido después de madura deliberación, en las condiciones propuestas. Accedió a este pedido, pero aplazó su entrada hasta el 12, algunos días después. “Es proverbialmente difícil descubrir el temperamento y carácter real de los grandes hombres y, por consiguiente, yo estaba atento a aquellos pequeños rasgos de San Martín que parecían proyectar luz sobre su disposición natural, y debo decir que el resultado fue muy favorable. Me apercibí, especialmente, de la manera bondadosa y cordial de vivir con los oficiales de su clase y con todos aquellos a quienes sus ocupaciones lo obligaban a tratar. Un día, en su mesa, después de comer, le vi sacar la cigarrera y, mientras sus pensamientos estaban evidentemente muy lejos, escoger un cigarro más cilíndrico y compacto que los demás y darle una mirada inconsciente de satisfacción, cuando una voz desde la extremidad de la mesa, resolló: “Mi general”. Volvió de su ensueño y, erguida la cabeza, preguntó quién había hablado. “Era yo”, dijo un oficial desde su asiento, que lo había estado observando: “solamente deseaba pedirle el favor de un cigarro”. “Ah, ah!”, dijo sonriendo bonachonamente, y al punto tiró su cigarro al oficial, acompañándolo con una fingida mirada de reproche. Con todos era afable y cortés, sin el menor indicio de alboroto, y nunca pude percibir en él la mínima traza de afectación, o en suma, nada que no fuere la sensación real del momento. Tuve ocasión de visitarle una mañana temprano, a bordo de su goleta, y no habíamos estado mucho tiempo hablando juntos, cuando los marineros empezaron a lavar la cubierta. “Qué plaga es - dijo San Martín-que estos muchachos insistan en lavar la cubierta de este modo”. “Deseo, mi amigo -dijo a uno de los hombres-, que no nos moje y se vaya a la otra banda”. El marinero, sin embargo, que tenía que cumplir su deber y estaba bien acostumbrado a las suaves órdenes del general, prosiguió su tarea y nos salpicó bruscamente. "Temo -exclamó San Martín- tengamos que bajar, aunque nuestro camarote no sea más que un agujero miserable,

porque en realidad no se puede persuadir a estos muchachos que dejen su modo usual”. Estas anécdotas y muchas otras de la misma laya, son muy insignificantes, es cierto; pero estoy equivocadísimo si no dan mayor penetración de la disposición real, que una larga serie de actos oficiales pues la virtud pública desgraciadamente se considera tan rara que nos hace desconfiar de un hombre en el poder, por los mismos actos que, en condición humilde, hubieran conquistado nuestra confianza y estimación.” Basilio Hall.


Entrada en Lima

Pocos días después de la entrevista en la hacienda de Punchauca, -principios de julio de 1821- el Virrey la Serna decidió hacer abandono de Lima y retirarse con su ejército al interior del Perú para organizar la guerra. Los vecinos más expectables de Lima, resolvieron solicitar de San Martín que no retardara su entrada en la ciudad, amenazada por el desorden. Cumplíanse así los deseos del general. El Capitán Hall, testigo de estos hechos, los ha narrado así: “12 de julio de 1821. Este día es memorable en los anales del Perú, a causa de la entrada del general San Martín en esta capital. Cualesquiera sean los cambios que ocurran en los destinos de aquel país, su libertad ha de establecerse; y jamás se olvidará que el primer impulso se debió enteramente al genio de San Martín, quien proyectó y realizó la empresa que estimuló a los peruanos para pensar y actuar por si mismos. En vez de venir con pompa oficial, como tenía derecho a hacerlo, esperó obscureciese para entrar a caballo y sin escolta, acompañado por un simple ayudante. En realidad, fue contrario a su intención primitiva entrar en la ciudad este día, pues estaba fatigado y deseaba ir tranquilamente a descansar en una quinta situada a legua y media de distancia, para entrar a la mañana siguiente al venir el día. Había desmontado, en consecuencia, y apenas alojado en un rincón, bendiciendo su estrella por estar alejado de los negocios cuando entraron dos frailes que por uno u otro medio había descubierto su retiro. “Cada uno le dirigió un discurso que fue escuchado con su habitual bondad. Uno le comparó con César, el otro con Lúculo. - “¡Justos cielos! -exclamó el general cuando salieron los padres,- ¿qué vamos a hacer? Esto no promete” - “Allí, señor - respondió el ayudante-, hay dos o tres de la misma calaña que están a la mano”. - “¿Es posible? Entonces volvamos a ensillar los caballos y tomemos el portante”. “En vez de ir directamente a palacio, San Martín fue a casa del marqués de Montemira, que se hallaba en su camino y, conociéndose al momento su venida, se llenaron pronto casa, patio y calle. Sucedió me hallaba en una casa de la vecindad, y llegué al salón antes que la multitud fuese impenetrable. Ansiaba ver la manera de comportarse del general en momento de no ordinaria dificultad, y, en verdad, se desempeñó muy bien. Había, como puede suponerse, grande entusiasmo y lenguaje muy agitado en aquella ocasión; y para un hombre innatamente modesto ,y con natural aversión a exhibición u ostentación de cualquier clase, no era muy fácil recibir estas laudatorias sin mostrar impaciencia. “Al entrar yo en el salón, una linda mujer de edad mediana se presentó al general; cuando él se adelantó para abrazarla, ella cayó a sus pies, le abrazó las rodillas y mirando hacia arriba, exclamó que tenía tres hijos que ofrecerle, los que, esperaba, se convertirían ahora en miembros útiles de la sociedad en vez de ser esclavos como hasta entonces. San Martín, con mucha discreción, no intentó levantar a la dama del suelo, sino que le permitió hacer su pedido en la postura elegida por ella, y que, naturalmente, consideraba como la más adaptada para dar fuerza a su elocuencia; pero se encorvó mucho para oír todo lo que ella le decía, y cuando pasó la primera explosión, gentilmente la levantó; y en seguida ella le echó los brazos al cuello y concluyó el discurso colgada sobre su pecho. Su respuesta fue dada con la seriedad conveniente, y el corazón de la pobre mujer parecía a punto de estallar de gratitud por su atención y afabilidad. “En seguida fue asaltado por cinco damas que al mismo tiempo querían abrazarle las rodillas; pero como esto no podía hacerse, dos de ellas le trabaron el cuello y las cinco clamaban tanto por atraer su atención y pesaban tanto sobre él, que tuvo alguna dificultad para mantenerse en pie. Pronto satisfizo a cada una de ellas, con una o dos palabras bondadosas, y luego, viendo una niña de diez o doce años perteneciente al grupo, pero que había estado temerosa de acercarse, levantó a la asombrada criatura y, besándole las mejillas, la volvió a bajar en tal éxtasis, que la pobrecita apenas sabía dónde se encontraba.

“Su manera fue completamente diferente con la persona que en seguida se adelantó: un fraile joven, alto, huesudo, de faz pálida, con ojos hundidos, azules obscuros, y una nube de cuidado y disgusto vagando por sus facciones. San Martín adoptó aspecto de seria solemnidad, mientras oía el discurso del monje, que aplaudía su modo pacífico y cristiano de entrar en una gran ciudad, conducta que, confiaba, sería solamente anticipo del suave carácter de su gobierno. La respuesta del general fue en el mismo estilo, alzando solamente un poco más la voz, y era de ver, cómo, la manera ceremoniosa y fría del sacerdote se animaba; gradualmente por la influencia de la elocuencia de San Martín; pues, al fin, olvidando su carácter tranquilo, batió palmas, y gritó: - “¡Viva, viva nuestro general!”. - “No, no -dijo el otro-, no diga así, pero diga conmigo: ¡Viva la independencia del Perú!”. “El Cabildo, reunido apresuradamente, entró en seguida, y como muchos de ellos eran nativos del lugar y liberales, apenas podían ocultar su emoción y mantener la majestad apropiada para tan grave corporación, cuando llegaban por primera vez a presencia de su libertador. “Viejos, viejas y mujeres jóvenes, pronto se agruparon en torno de él; para cada uno tuvo una palabra bondadosa y apropiada, siempre yendo más allá de lo que esperaba cada persona que a él se dirigía. Durante esta escena estuve bastante cerca para observarlo atentamente; pero no pude distinguir, ya sea en sus maneras o expresiones, la mínima afectación; nada había de arrogante o preparado, nada que pareciera referirse a sí mismo; no pude siquiera descubrir el menor signo de una sonrisa de satisfacción. Pero su modo, al mismo tiempo, era lo contrario de frío, pues estaba suficientemente animado, aunque su satisfacción parecía ser causada solamente por el placer reflejo de los otros. Mientras estaba observándole así, me reconoció, y atrayéndome hacia él, me abrazó a estilo español. Di lugar a una bella joven, que, con grandes esfuerzos, había atravesado la multitud. Se arrojó en los brazos del general y allí se mantuvo durante un buen medio minuto, sin poder proferir otra cosa que: “¡Oh, mi general, mi general!” Luego intentó separarse; pero San Martín, que había sido sorprendido por su entusiasmo y belleza, la apartó atrás, gentil y respetuosamente, e inclinando su cabeza un poco a su lado, dijo, sonriendo, que debía permitírsele demostrar su grato sentimiento de tan buena voluntad con un beso cariñoso.

Esto desconcertó completamente a la sonrojada beldad, que, dando vuelta, buscó apoyo en el brazo de un oficial que estaba cerca del general, quien le preguntó si ahora estaba contenta: “¡Contenta, exclamó: oh, señor !“.

Quizá sea digno de observación que, durante todo el tiempo no se derramaron lágrimas, y aun en las partes más teatrales, nada llegó hasta el ridículo. Es claro que el general hubiera de buena gana evitado todo este espectáculo, y, a tener éxito su plan, lo hubiera conseguido, pues su designio fue entrar en la ciudad a las cuatro o cinco de la mañana. Su disgusto por la pompa y ostentación se probó de igual modo cuando volvió a Buenos Aires, después de haber vencido en Chile a los españoles, en 1817. Allí se manejó con mejor éxito que en Lima, porque, aunque los habitantes estaban preparados para hacerle una recepción pública consiguió entrar en la capital sin ser sentido. “13 de Julio. La mañana siguiente fui a caballo con dos caballeros al cuartel general de San Martín, un poco afuera de las murallas de la ciudad, en el camino del Callao. Había venido a este lugar la noche anterior, desde la casa del marqués de Montemira, en vez de ir al palacio, pues temía se repitiese el mismo alboroto. Estaba completamente rodeado por ocupaciones, pero él mismo las atendía, y era curioso observar todos los que salían de su presencia complacidos con la recepción que les había dispensado, hubieran o no obtenido éxito en sus gestiones. “Así que entramos, reconoció a uno de mis acompañantes, excelente dibujante a quien había visto a bordo de la goleta quince días antes. Había oído lo mucho que la desconfianza de los españoles había impedido los entretenimientos de mi amigo, y le dijo que ahora podría bosquejar a gusto y tendría escolta si deseaba extender sus investigaciones al interior del país. “Un anciano entró en ese momento con una niñita cargada en brazos, con el único fin de que el general la besase, cosa que el cordialmente hizo; el pobre padre salió perfectamente feliz. La siguiente persona que entró, entregó una carta al general de manera algo misteriosa y, averiguando, encontramos que era un espía que había sido enviado al campamento enemigo. Siguió una diputación de la ciudad para hablarle de la trasladación del hospital militar de Bellavista, que estaba a tiro de cañón del castillo del Callao. De este modo pasaba de una cosa a otra con admirable rapidez, pero no sin

método y con gran paciencia y cortesía para todos. Esto sería útil al principio; pero, si un comandante en jefe hubiese de manejar tantos detalles personalmente, malgastaría su tiempo con muy poco resultado; así, quizás, pensó el general, pues el mismo día llevó su cuartel general al palacio y a la tarde tuvo su primera recepción en esta vieja morada de los virreyes españoles. No fue la concurrencia numerosa, siendo dedicada solamente a los jefes de repartición. La gran galería de audiencia estaba iluminada por ventanas que se abren a un largo corredor del lado del jardín que adornaba el gran patio del palacio. Durante la recepción, estas ventanas estaban llenas con multitud ansiosa de mujeres esforzando sus ojos para ver rápidamente a San Martín. Al pasar junto a uno de estos grupos, me pidieron condujese al general, si era posible, cerca de la ventana donde se hallaban. En consecuencia, después de consultar a uno de los ayudantes, ideamos entre nosotros hacerle entrar en conversación acerca de unos despachos que yo iba a enviar y llevarlo, entre tanto, hacia nuestras amigas. Cuando casi había casi llegado al sitio, estuvo a punto de dar vuelta, lo que nos obligó a revelarle nuestro plan; rió e inmediatamente se acercó a las damas, y después de charlar con ellas algunos minutos, las dejó encantadas de su afabilidad.” Basilio Hall.


Proclamación de la Independencia del Perú

A los pocos días de la entrada de San Martín en Lima, (28 de julio) fue proclamada la independencia del Perú, ceremonia descripta también por el Capitán Hall: “Como medida de primordial importancia, San Martín buscaba implantar el sentimiento de la independencia por algún acto que ligase los habitantes de la capital a su causa. El 28 de julio, por consiguiente, se celebraron ceremonias para proclamar y jurar la independencia del Perú. Las tropas formaron en la plaza Mayor, en cuyo centro se levantaba un alto tablado, desde donde San Martín, acompañado por el gobernador de la ciudad y algunos de los habitantes principales, desplegó por primera vez la bandera independiente del Perú, proclamando al mismo tiempo con voz esforzada: “Desde este momento el Perú es libre e independiente por voluntad general del pueblo y por la justicia de su causa, que Dios defiende”. Luego, batiendo la bandera, exclamó: “¡Viva la patria! ¡Viva la independencia! ¡Viva la libertad!”, palabras que fueron recogidas y repetidas por la multitud que llenaba la plaza y calles adyacentes, mientras repicaban todas las campanas y se hacían salvas de artillería entre aclamaciones tales como nunca se habían oído en Lima. La nueva bandera peruana representa el sol naciente apareciendo por sobre los Andes, vistos detrás de la ciudad, con el río Rimac bañando su base. Esta divisa, con un escudo circundado de laurel, ocupa el centro de la bandera que se divide diagonalmente en cuatro piezas triangulares: dos rojas y dos blancas. “Del tablado donde estaba de pie San Martín y de los balcones del palacio se tiraron medallas a la multitud, con inscripciones apropiadas. Un lado de estas medallas llevaba: “Lima libre juró su independencia, en 28 de julio de 1821”; y en el anverso: “Baxo la protección del exercito Libertador del Perú, mandado por San Martín” (sic). “Las mismas ceremonias se celebraron en los puntos principales de la ciudad, o como se decía en la proclama oficial: “en todos aquellos parajes públicos donde en épocas pasadas se anunciaba al pueblo que debía aún soportar sus míseras y pesadas cadenas”. “Después de hacer el circuito de Lima, el general y sus acompañantes volvieron al palacio para recibir al Lord Cochrane, quien acababa de llegar del Callao. “La ceremonia fue imponente. El modo de San Martín era completamente fácil y gracioso, sin que hubiese en él nada de teatral o afectado; pero era asunto de exhibición y efecto, completamente repugnante a sus gustos. Algunas veces creí haber percibido en su rostro una expresión fugitiva de impaciencia o desprecio de sí mismo, por prestarse a tal mojiganga; pero, de haber sido así, prontamente reasumía su aspecto acostumbrado de atención y buena voluntad para todos los que le rodeaban. “El día siguiente, domingo 29 de julio, se cantó Te Deum y celebró misa mayor en la catedral, cantada por el arzobispo, seguida de sermón adaptado a la ocasión por un fraile franciscano. Apenas terminó la ceremonia religiosa, los jefes de las varias reparticiones se reunieron en palacio y juraron por Dios y la Patria, mantener y defender con su fama, persona y bienes, la independencia peruana del gobierno de España y de cualquiera otra dominación extranjera. Este juramento fue hecho y firmado por todo habitante respetable de Lima, de modo que, en pocos días, las firmas de la declaración de la independencia montaba a cerca de cuatro mil. Se publicó en una gaceta extraordinaria y circuló profusamente por el país, lo que no solamente dio publicidad

útil al estado de la capital, sino que comprometió profundamente a quienes hubiera agradado que su adhesión a la medida hubiera permanecido ignorada. “Por la noche, San Martín dio un baile en palacio, de cuya alegría participó él mismo cordialmente; bailó y conversó con todos los que se hallaban en el salón, con tanta soltura y amabilidad, que de todos los asistentes, él parecía ser la persona menos embargada por cuidados y deberes. “En los bailes públicos y privados prevalece una costumbre extraña en este país. Las damas de todo rango no invitadas, vienen veladas y se paran en las ventanas o en los corredores, y a menudo entran en el salón. Se las llama “tapadas”, porque sus rostros están cubiertos y su objeto es observar la conducta de sus amigos, que no pueden reconocerlas, a quienes atormentan con dichos maliciosos, siempre que están al alcance de su voz. En palacio, la noche del domingo, estaban las “tapadas” algo menos adelante que de costumbre, pero en el baile del Cabildo, dado con anterioridad, la parte inferior del salón estaba llena de ellas, y mantuvieron un fuego graneado de bromas con los caballeros al finalizar el baile.” Basilio Hall


Proclamación y juramento de la Independencia del Perú

Una crónica anónima que figura en el Archivo de San Martín (tomo XI) da cuenta de la misma ceremonia, en los siguientes términos: “Desde la aclamación pública del 15 de julio anunciada en la gaceta núm. 1, la cual suscribieron el mismo día, han continuado suscribiendo en los posteriores las primeras y más distinguidas personas de este vecindario, quedaron los votos de esta capital uniformados con la voluntad general de los pueblos libres del Perú. Nadie hubo que no ansiase desde entonces por el momento de consolidar la base de la independencia del modo más solemne y extraordinario, cual correspondía a un pueblo soberano en el acto de recuperar el goce de los derechos imprescriptibles de su libertad civil. Destinóse al efecto la mañana del 28 de este mes; y, ordenado todo por el excelentísimo ayuntamiento conforme a las disposiciones de S. E. el señor general en jefe don José de San Martín, salió éste de palacio a la Plaza Mayor, junto con el Excelentísimo señor teniente general Marques de Montemira, gobernador político y militar, y acompañándole el estado mayor y demás generales del ejército libertador. Precedía una lucida y numerosa comitiva compuesta de la universidad de San Marcos con sus cuatro colegios; los prelados de las casas religiosas; los jefes militares; algunos oidores y mucha parte de la principal nobleza con el Excelentísimo Ayuntamiento: todos en briosos caballos ricamente enjaezados. Marchaba por detrás la guardia de caballería y la de alabarderos de Lima: los húsares que forman la escolta del Excelentísimo señor general en jefe: el batallón número ocho con las banderas de Buenos Aires y de Chile, y la artillería con sus cañones respectivos. “En un espacioso tablado prevenido en medio de la Plaza Mayor (lo mismo que en las demás de la ciudad), S.E. el general en Jefe enarboló el pendón en que está el nuevo escudo de armas de ésta, recibiéndole de mano del señor gobernador que le llevaba desde palacio: y acallado el alborozo del inmenso concurso, pronunció estas palabras que permanecerán esculpidas en el corazón de todo peruano eternamente: “El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad general de los pueblos, y por la justicia de su causa que Dios defiende”. Batiendo después el pendón, y en el tono de un corazón anegado en el placer puro y celestial que sólo puede sentir un ser benéfico, repitió muchas veces: ¡Viva la Patria! ¡Viva la libertad! ¡Viva la independencia!, expresiones que como eco festivo resonaron en toda la plaza, entre el estrépito de los cañones, el repique de todas las campanas de la ciudad, y las efusiones de alborozo universal que se manifestaba de diversas maneras y especialmente con arrojar desde el tablado y los balcones no sólo medallas de plata con inscripciones que perpetúen la memoria de este día; sino también toda especie de monedas pródigamente derramadas por muchos vecinos y señoras, en que se distinguió el ilustre colegio de abogados. “En seguida procedió el acompañamiento por las calles públicas, repitiendo en cada una de las plazas el mismo acto con la misma ceremonia y demás circunstancias, hasta volver a la Plaza Mayor en donde le esperaba el inmortal e intrépido Lord Cochrane en una de las galerías del palacio, y allí terminó. Más no cesaron las aclamaciones generales ni el empeño de significar cada cual el íntimo regocijo que no podía contener dentro del pecho.

“Manifestó éste con especialidad el Excelentísimo Ayuntamiento, disponiendo en las salas capitulares un magnífico y exquisito dessert, la noche de aquel día. La asistencia de cuantos intervinieron en la proclamación de la mañana; el concurso numeroso de los principales vecinos, la gala de las señoras, la música; el baile, sobre todo la presencia de nuestro Libertador, que se dejó ver allí mezclado entre todos con aquella popularidad franca y afable con que sabe cautivar los corazones, todo cooperaba a hacer resaltar más y más el esplendor de una solemnidad tan gloriosa. “Al siguiente día, 29, reunida en la iglesia catedral la misma distinguida concurrencia entre un numeroso gentío de todas clases, y con asistencia del Excelentísimo e Ilustrísimo señor Arzobispo, entonó la música el Te Deum, y celebróse una misa solemne en acción de gracias, y en ella pronunció la correspondiente oración el padre lector fray Jorge Bastante, franciscano. “Concluido este deber religioso, cada individuo de las corporaciones, así eclesiásticas como civiles, en sus respectivos departamentos prestaron a Dios y a la Patria el debido juramento de sostener y defender con su opinión, persona y propiedades la independencia del Perú del gobierno español y de cualquiera otra dominación extranjera: con lo cual finalizó este primer acto de ciudadanos libres cuya dignidad hemos recuperado. “Por último, para complemento de tan extraordinaria solemnidad, S.E. el señor general en jefe dio una liberal muestra de su justa satisfacción y de su afecto a esta capital, haciendo que todos los vecinos y señoras concurriesen aquella noche al palacio, en donde se repitieron, si no es que superaron, junto con la esplendidez del refresco, los mismos regocijos que la noche anterior en el cabildo. “Aquí sería de desear que pudiese descubrirse la magnificencia de ésta y de las demás funciones, como igualmente la costosa decoración de caprichosas iluminaciones, jeroglíficos, inscripciones, arcos, banderas, tapicerías y otras mil invenciones con que en tales casos se ostenta el público regocijo, y en las cuales compitió a porfía este vecindario. Basta decir que todos y cada cual se excedieron a sí mismos, hallando el interés del bien común, recursos en donde las exhorbitantes exacciones del extinguido gobierno y la ruina de las propiedades parecía no haber dejado ni medios para la precisa subsistencia. ¡Tanto distan del obsequio tributado involuntariamente al despotismo, las espontáneas efusiones de alegría en un pueblo entusiasmado por la posesión de una felicidad inexplicable!” Basilio Hall


San Martín Protector del Perú

El 3 de agosto de 1821, San Martín asumió el título de Protector del Perú. Hall comenta el suceso con estas palabras: “9 de agosto. Al llegar a la ciudad, supe que el general San Martín había asumido el título de Protector, uniendo así en su persona la autoridad civil y militar de las provincias libertadas. La proclama que salió con este motivo es curiosa: poco tiene del estilo ampuloso acostumbrado en tales documentos, y aunque no desprovista de jactancia, es varonil y decidida, y según firmemente creo, por numerosas circunstancias, perfectamente sincera. “DECRETO: por don José de San Martín, Capitán General y Comandante en Jefe del Ejército Libertador del Perú, Gran Cruz de la Legión del Mérito de Chile, Protector del Perú. “Al encargarme de la empresa de libertar a este país no tuve otro móvil que el deseo de adelantar la sagrada causa de América y promover la felicidad del pueblo peruano. Parte muy considerable de estos objetos ha sido ya alcanzada; pero la obra quedaría incompleta y mi deseo a medias logrado, si no estableciera para siempre la seguridad y la prosperidad de esta región. “Desde mi arribo a Pisco, anuncié que el imperio de las circunstancias me obligaba a asumir la autoridad suprema y que era responsable de su ejercicio. Las circunstancias no han cambiado desde que hay aún en el Perú enemigos extranjeros que combatir, y por consiguiente, es de necesidad que continúen reunidos en mí el mando político y militar. “Espero que, al dar este paso, se me hará la justicia de creer que no estoy dominado por miras ambiciosas, fuera de las que conducen al bien público. Es demasiado notorio que no aspiro sino a la tranquilidad y al retiro de tan agitada vida; pero pesa sobre mí la responsabilidad moral que requiere el sacrificio de mis más ardientes anhelos.

La experiencia de diez años de revolución en Venezuela, Cundinamarca, Chile y las Provincias Unidas del Río de La Plata me ha enseñado a conocer los males causados por la prematura convocatoria de los congresos, cuando aún subsistían enemigos en aquellos países. Lo primero es asegurar la independencia y después pensar en afianzar sólidamente la libertad. La religiosidad con que he cumplido mi palabra, en el curso de mi vida pública, me da derecho a ser creído, la vuelvo a empeñar al pueblo del Perú, prometiendo solemnemente que, en el instante que sea libre su territorio, renunciaré al mando para dar lugar al gobierno que tenga a bien elegir. La franqueza con que hablo, debe servir como nueva garantía de la sinceridad de mis intenciones “Podría haber dispuesto las cosas de manera que electores nombrados por los ciudadanos de los departamentos libres designasen la persona que había de gobernar hasta que se reuniesen los representantes de la nación peruana; pero, como por otra parte las repetidas y simultáneas invitaciones de un gran número de personas de elevado carácter e influencia decisiva en esta capital, me dan seguridad de ser elegido popularmente para la administración del Estado, y por otra, ya había obtenido los sufragios de los pueblos que están bajo la protección del ejército libertador, he juzgado más conveniente y decoroso seguir una conducta abierta y franca que debe tranquilizar a los ciudadanos celosos de su libertad. “Cuando tenga la satisfacción de renunciar al mando y dar cuenta de mis acciones a los representantes del pueblo, estoy seguro que no descubrirán, durante el período de mi administración, ninguno de los rasgos de venalidad, despotismo y corrupción que han caracterizado a los agentes del gobierno español en Sud América. Administrar estricta justicia para todos, premiando la virtud y el patriotismo, y castigar el vicio y la sedición donde quiera que se encuentren, es la regla a que se ajustan mis actos, mientras permanezca a la cabeza de esta nación. Siendo, por tanto, conveniente a los intereses del país nombrar un gobierno vigoroso que lo preserve de los males que la guerra, licencia y anarquía pudieran producir, declaro lo siguiente: “1º De hoy en adelante, el mando supremo, político y militar de los departamentos libres, estará unido en mí, bajo el título de Protector.

“2º Será ministro de Relaciones Exteriores, don Juan García del Río, secretario de Estado....(y siguen los demás funcionarios de gobierno.) “Dado en Lima, a tres de agosto de 1821, año segundo de la libertad del Perú. (Firmado): José de San Martín”. “San Martín, ciertamente, procedió bien asumiendo el mando supremo, obligado por las circunstancias, especialmente con fuerzas enemigas todavía en el país. Cualquier nombre que hubiese elegido para disfrazar su autoridad, el hubiera sido el principal motor de todo; porque no había ningún individuo en el país que tuviera la pretensión de rivalizar con él en capacidad, o que, admitiendo poseer igual capacidad, esperase ganar tan completamente la confianza del ejército y de los patriotas. Era más honorable concentrar toda la autoridad de manera varonil y abierta, que burlarse del pueblo con la apariencia de una república y, al mismo tiempo, visitarlo con la realidad de un despotismo. El sabía, conocía, por propia experiencia, el mal inherente a la implantación precipitada de gobiernos libres representativos en Sud América; se apercibía que antes de levantar cualquier durable edificio político, debía gradualmente rozar la preocupación y el error diseminados sobre la tierra y luego cavar hondo en suelo virgen para apoyar el cimiento. En aquel tiempo no había ilustración ni capacidad bastante en la población para formar un gobierno libre, ni aun aquel amor a la libertad sin el que las instituciones libres son a veces peores que inútiles, desde que, en sus efectos tienden a no corresponder a la esperanza, y así, por su ineficacia práctica, contribuyen a relajar ante la opinión pública los sanos principios en que reposan. “Desgraciadamente, también los habitantes de Sud América tienden primero a equivocar el efecto de tales cambios y concebir que la mera implantación de las instituciones libres en la forma, importa que sean inmediata y debidamente comprendidas y disfrutadas, cualquiera haya sido el estado social precedente. Que nacerá el gusto por la libertad como consecuencia de la juiciosa implantación de las instituciones libres y de la facultad de ejercer los derechos civiles, es incuestionable; el error está en suponer que esto se producirá de golpe; con este gusto vendrá la habilidad de sacar más ventaja de las oportunidades para afirmar estos valiosos derechos y asegurarlos con las correspondientes instituciones.Con el andar del tiempo, se desenvolverá naturalmente mutua confianza y mutua tolerancia, que fue estrecha política del gobierno anterior desanimar, y la sociedad entonces actuará de concierto y firmemente, en vez de ser. como hasta aquí, una cuerda de arena sin fuerza ni cohesión.” Basilio Hall.


La Fundación de la Orden del Sol

La posición de San Martín en Lima, se afirmó con la rendición de la fortaleza del Callao, en el mes de setiembre. Pero el Protector del Perú había tenido un ruidoso incidente con Lord Cochrane, por divergencias habidas en el pago de los marinos, incidente que trajo el retiro del Almirante a Chile y una campaña detractora contra San Martín, de que dan testimonio las memorias del Lord. El Protector, sin descuidar sus planes guerreros, adoptó en Lima una serie de reformas de sentido liberal y dio un estatuto al nuevo estado. Tenía como ministros a José Hipólito Unanue, José García del Río y Bernardo Monteagudo, este último argentino Entre las fundaciones de San Martín, cuenta una biblioteca pública, a la que donó sus propios libros, y la Orden del Sol bajo el modelo de “Legión de Honor” de Francia. La ceremonia de esta última fundación fue presenciada por el capitán Hall: “Domingo 16 de diciembre. La ceremonia de fundar la Orden del Sol se verificó este día en palacio. “San Martín congregó los oficiales y civiles que iban a ser recibidos en la Orden, en uno de los salones más antiguos del palacio. Era habitación larga, angosta, vieja, con friso de madera obscura cubierto de adornos dorados, cornisas talladas y fantásticos artesonados de relieve en el techo. El piso estaba cubierto con rico tapiz gobelino; y a cada lado estaba adornado con larga línea de sofaes (sic) y sillas de brazos de altos respaldos con perillas doradas, talladas en los brazos y patas, y asientos de terciopelo punzó. Las ventanas, que eran altas, angostas y enrejadas como de cárcel, miraban a un gran patio cuadrado, plantado con profusos naranjos, guayabos y otros frutales del país, mantenido tibio y fresco por cuatro fuentes que funcionan; en los ángulos. Por sobre la copa de los árboles, entre las torres del convento de San Francisco, se podían ver las cimas de los Andes cubiertas de nubes. Tal era el gran salón de audiencias de los virreyes del Perú.

“San Martín se sentaba en el testero del salón, ante un inmenso espejo, con sus ministros a ambos lados. “El presidente del Consejo, en el otro extremo del salón, entregaba a varios caballeros las cintas y condecoraciones; pero el Protector en persona les imponía la obligación, bajo palabra de honor, de mantener la dignidad de la Orden y la independencia del país.” Basilio Hall.


San Martín se retira del Perú

Lo publicado por Guido, Espejo y Lafond, ilustra suficientemente sobre el renunciamiento de San Martín “en aras de destinos que consideró más altos que el suyo”. Las siguientes páginas del general Tomás Guido, consignan episodios del más alto interés histórico y psicológico sobre los últimos días del general San Martín en el Perú. “De regreso de su célebre entrevista con el general Bolívar en la ciudad de Guayaquil, el general San Martín me comunicó confidencialmente su intención de retirarse del Perú, considerando asegurada su independencia por los triunfos del ejército unido y por la entusiasta decisión de los peruanos; pero me reservó la época de su partida que yo creía todavía lejana. “Por este tiempo se instaló el Congreso Nacional en Lima, lo que importaba un gran paso en el sentido de la revolución. El general se presentó ante él, despojándose voluntariamente de las insignias del mando supremo que investía con el título de Protector del Perú. Sus palabras en aquella ocasión fueron dignas de tan solemne ceremonia. Al retirarse fue colmado por la multitud de vítores y aplausos. Yendo a tomar su carruaje para trasladarse a la quinta de la Magdalena en los arrabales de la capital, me pidió lo acompáñese, diciéndome en el camino, deseaba descansar y pasar la noche sin visitas. “Miembro entonces del gobierno de Lima, en el que desempeñaba el ministerio de guerra y marina, mi ánimo se hallaba sobrecogido por el recelo de trastornos fundamentales en el Estado, viendo caer de pronto su más fuerte columna. Subí al carruaje con el general, llegando juntos a su morada campestre. Nadie vino a perturbar su deseada quietud. En medio de cordial expansión, sin otra sociedad que la mía, paseábase por la galería de la casa, radiante de contento. De repente, dando a su conversación un giro inesperado, exclamó con acento festivo: “Hoy es, mi amigo, un día de verdadera felicidad para mí; me tengo por un mortal dichoso; está colmado todo mi anhelo; me he desembarazado de una carga que ya no podía sobrellevar, y dejo instalada la representación de los pueblos que hemos libertado. Ellos se encargarán de su propio destino, exonerándome de una responsabilidad que me consume”. “Las palabras del general revelaban ingenuidad y su semblante un júbilo extremado; pero, inopinadamente, fue interrumpido por el aviso de una ordenanza, de hallarse a la puerta una comisión del Congreso que pedía hablarle. En el acto pudo traslucirse en su fisonomía el disgusto que le causaba la visita. No obstante, no hesitó en recibirla, como lo hizo, con la debida cortesía. La comisión la componían cinco diputados elegidos entre los más notables del Congreso. El ciudadano que la presidía dirigió al general a nombre de su comitente el más simpático saludo, manifestándole en lenguaje escogido, el vivo aprecio que sus eminentes servicios habían merecido de la Nación y el encarecimiento con que el Congreso le pedía continuase ejerciendo el poder, revestido de amplias facultades, confiado en que se prestaría a aceptarlo. Mostróse sorprendido el general por esta eminente oblación, y agradeciéndola en términos proporcionados a la magnitud de la ofrenda, declaró a los comisionados la indeclinable resolución en que estaba de negarse a volver al gobierno político del país. Después de esta declaración, inútil fue la expresiva insistencia de la comisión, que se retiró desanimada. “Terminada esta entrevista, el general recobró la alegría, y se felicitaba chistosamente de haber escapado del precipicio a que se le empujaba. Mas no bien habían corrido para él tres horas de solaz, conversando conmigo familiarmente, cuando le fue anunciada una nueva y más numerosa comisión del Congreso, que le causó muy seria inquietud, dándole asunto a picantes apóstrofes, sobre la posición embarazosa en que se le colocaba. La segunda diputación del Congreso fue recibida como la primera con exquisita urbanidad. Su presidente apuró la oratoria, bajo la inspiración del más puro civismo, para persuadir al general de la cumplida confianza que la nación depositaba en él y de la conveniencia de ceder a la súplica de verle al frente de una obra que, iniciada con tan venturosos resultados, debía ser terminada por el mismo campeón a quien la Providencia y el amor de los pueblos habían encumbrado a una posición excepcional. “Revistióse entonces el general de notable firmeza, y abundando en la expresión de su gratitud a la predilección con que el Perú le honraba, contestó en tono resuelto, que su deseo por la libertad del país no reconocía límites; que no habría sacrificio personal a que se excusase por consolidar su independencia; pero que su presencia en el poder político, ya no sólo era inútil sino perjudicial. Dijo que la tarea de ejercerlo incumbía a ilustrados peruanos; que la suya estaba terminada desde que podía regocijarse de verlos en plena posesión de sus derechos. Manifestó asimismo que por rectas que sean las intenciones de un soldado favorecido por la victoria, cuando es elevado a la suprema autoridad al frente de un ejército, considérase en la república como un peligro para la libertad. Agregó que conocía esos escollos y no quería fracasar en ellos sin provecho público; que con esta presunción se desprendía del mando, y faltaría a la majestad del Congreso y aún a su pundonor, si su actitud ante tan respetable cuerpo no importase un desistimiento franco, y sin disfrazada ambición del distinguido puesto de que se apartaba para siempre. Terminó pidiendo a los comisionados lo asegurasen así a la representación nacional, con la efusión de su profundo reconocimiento, y en la certeza de que su partido estaba tomado irrevocablemente. “Entrada ya la noche, cuando la diputación se despidió regresando a Lima a dar cuenta de su encargo, el general, tan preocupado de su segunda entrevista como receloso de una tercera invitación, me dijo acalorado: “Ya que no me es permitido colocar un cañón a la puerta con que defenderme de otra incursión por pacífica que ella sea, trataré de encerrarme”. Se retiró en seguida a su aposento por sentirse ya fatigado. Allí se entretuvo en un rápido arreglo de papeles. Hasta entonces continuaba ocultándome su plan de retirada que había preparado para esa misma noche. A las 9 me hizo llamar por su asistente, invitándome a tomar el té en su compañía. “Nos hallábamos solos. Se esmeraba el general en probarme con agudas ocurrencias el íntimo contento de que estaba poseído, cuando de improviso preguntóme: “¿Qué manda Vd. para su señora en Chile?” y añadió: “El pasajero que conducirá encomiendas o cartas las cuidará y entregará puntualmente”. ¿Qué pasajero es ese, le dije, y cuándo parte? “El conductor soy yo”, me contestó, “ya están listos mis caballos para pasar a Ancón, y esta misma noche zarparé del puerto”. “El estallido repentino de un trueno no me hubiera causado tanto efecto como este súbito anuncio. Mi imaginación me representó al momento, con colores sombríos, las consecuencias de tan extraordinaria determinación. Mi antigua amistad se afectaba también ante la perspectiva de la ausencia de aquel hombre a quien consideraba indispensable, ligándome a él los vínculos más estrechos que puedan crear el respeto, la admiración y el cariño. Dejando aparte, empero, lo relativo a mis conexiones personales, recapitularé aquí tan solo lo concerniente a la política, mis fervorosas interpelaciones al general, y las contestaciones que me dio. “Bajo la penosísima impresión que experimenté al anuncio de su inmediata partida, le pregunté agitado si había medido el alcance del paso que daba separándose del Perú precipitadamente, y el abismo a cuyo borde dejaba a sus amigos y la grandiosa causa que nos llevó a aquellas regiones. Preguntéle también si consentía en que se vulnerase su nombre, exponiendo su obra a los azares de una campaña no terminada todavía; si acaso faltó nunca un caluroso apoyo en la opinión y en las tropas, y si no recelaba que, apartado de la escena, sobreviniese una reacción turbulenta que hiciese bambolear el Congreso y derribase al presidente destinado a subrogarle, privado, como quedaría, de la más sólida garantía de su autoridad. En este caso, le dije, dueño el enemigo de la sierra, ¿no podría caer al llano como un torrente para aprovecharse del desquicio en que quedaríamos y restablecer su predominio? Interrogué al general qué contestaría a su patria y a la América, si sustrayéndose a la inmensa gloria de terminar la guerra, se retirase del país cuando quedaba expuesto a un trastorno fundamental que malograría tantos afanes y el sacrificio de la sangre derramada por nuestra independencia; qué explicación daría a sus camaradas, que le habíamos acompañado con sincera fe, desde las orillas del Plata, y a quienes iba a dejar en orfandad y expuestos a la más peligrosa anarquía. Por fin, terminé mi caluroso desahogo pidiéndole encarecidamente desistiese de un viaje tan funesto, y recordándole que el ejército argentino y chileno conducido por él al Perú bajo augurios felices realizados hasta entonces conforme a nuestras esperanzas, había venido firmemente decidido a libertar al Perú del yugo colonial,y que esta noble misión quedaría incompleta si en vez de organizar la república, la abandonaba delante de sus enemigos armados. “Todo eso lo he meditado con detenimiento - repuso el general visiblemente conmovido-, no desconozco ni los intereses de América ni mis imperiosos deberes, y me devora el pesar de abandonar camaradas que quiero como a hijos, y a los generosos patriotas que me han ayudado en mis afanes; pero no podría demorarme un solo día sin complicar mi situación; me marcho. Nadie, amigo, me apeará de la convicción en que estoy, de que mi presencia en el Perú le acarrearía peores desgracias que mi separación. Así me lo presagia el juicio que he formado de lo que pasa dentro y fuera de este país. Tenga Vd. por cierto que por muchos motivos no puedo ya mantenerme en mi puesto, sino bajo condiciones decididamente contrarias a mis sentimientos y a mis convicciones más firmes. Voy a decirlo: una de ellas es la inexcusable necesidad a que me han estrechado, si he de sostener el honor del ejército y su disciplina, de fusilar algunos jefes; y me falta el valor para hacerlo con compañeros de armas que me han seguido en los días prósperos y adversos”. Al oír al general dominado de tal idea, no pude contenerme, y valido de su amistosa deferencia, le interrumpí diciéndole me permitiese oponerme a sus apreciaciones. Para convencerse de su inexactitud bastaba recordar, le dije, que los jefes a que aludía, ya que contrariasen su política o comprometiesen la moral del ejército, podían en todo caso ser inmediatamente alejados, de preferencia a ocurrir a ninguna otra medida violenta, pues por más influencia que se atribuyesen a sí mismos, era de todo punto incontestable que el general contaba con la adhesión de los soldados y la lealtad de bravos jefes y oficiales cuyos nombres le indiqué. “Bien, -prosiguió el general-, aprecio los sentimientos que acaloran a Vd., pero en realidad existe una dificultad mayor, que no podría yo vencer sino a expensas de la suerte del país y de mi propio crédito y a tal cosa no me resuelvo. Lo diré a Vd. sin doblez. Bolívar y yo no cabemos en el Perú: he penetrado sus miras arrojadas: he comprendido su desabrimiento por la gloria que pudiera caberme en la prosecución de la campaña. El no excusará medios por audaces que fuesen para penetrar a esta república seguido de sus tropas; y quizá entonces no me sería dado evitar un conflicto a que la fatalidad pudiera llevarnos, dando así al mundo un humillante escándalo.

Los despojos del triunfo de cualquier lado a que se inclinase la fortuna, los recogerían los maturrangos, nuestros implacables enemigos, y apareceríamos convertidos en instrumentos de pasiones mezquinas. No seré yo, mi amigo, quien deje tal legado a mi patria, y preferiría perecer, antes que hacer alarde de laureles recogidos a semejante precio; ¡eso no! entre, si puede, el general Bolívar, aprovechándose de mi ausencia; si lograse afianzar en el Perú lo que hemos ganado, y algo más, me daré por satisfecho; su victoria sería, de cualquier modo, victoria americana”. “En vano me esforcé por borrar en el ánimo del general las impresiones que le precipitaban a una fatídica abnegación. El resistía repitiendo: “No, no será San Martín quien contribuya con su conducta a dar un día de zambra al enemigo, contribuyendo a franquearle el paso para saciar su venganza”. “Todos mis razonamientos se estrellaban, pues, en su inconmovible propósito. Como mi primer ímpetu fuese seguirlo a su destino, el general me pidió no me alejase del general La Mar, a quien, según sus palabras llenas de elogios hacia ese digno americano, esperaban pruebas difíciles en su futura presidencia. Resuelto con mejor consejo a quedarme, le manifesté que permanecería en la República hasta que se disparase el último cañonazo por su independencia; como en efecto lo hice, no regresando a mi patria sino a fines del año 26. “Conforme se acercaba la hora de la partida, el general, sereno al principio de nuestra conversación, parecía ahora afectado de tristes emociones, hasta que avisado por su asistente de estar prontos a la puerta su caballo ensillado y su pequeña escolta, me abrazó estrechamente, impidiéndome lo acompañase, y partió al trote hacia el puerto de Ancón. “Esto pasaba entre nueve y diez de la noche. En la mañana del siguiente día, recibí la carta que copio íntegra a continuación, cuyo autógrafo conservo y que nunca leo sin enternecimiento. “Señor general don Tomás Guido. “A bordo del Belgrano a la vela, 21 de Setiembre de 1822, a las 2 de la mañana. “Mi amigo: Vd. me acompañó de Buenos Aires uniendo su fortuna a la mía; hemos trabajado en este largo período en beneficio del país lo que se ha podido; me separo de Vd., pero con agradecimiento, no sólo a la ayuda que me ha dado en las difíciles comisiones que le he confiado, sino que con su amistad y cariño personal ha suavizado mis amarguras, y me ha hecho más llevadera mi vida pública. Gracias y gracias y mi reconocimiento. Recomiendo a Vd. a mi compadre Brandzen, Raulet y Eugenio Necochea. “Abraze Vd. a mi tía y Merceditas. Adiós. “Su San Martín.” “La lectura de esta carta, que me causó la más honda conmoción, y en cuyo laconismo se refleja el carácter afectuoso y varonil de su autor, desvaneció en mí toda esperanza de que el ilustre amigo que me la escribía volviese atrás de su resolución. El adalid que ocupa el primer lugar en nuestros fastos militares; aquel cuyo nombre era nuncio de victoria para las armas argentinas; el general don José de San Martín, solo, y dejando a la espalda la América que había contribuido tan poderosamente a libertar, surcaba ya los mares en dirección a las remotas playas donde ha terminado su venerable existencia. “Confúndese el espíritu ante la determinación de aquel varón esclarecido, sin poder marcar el límite entre un desinterés magnánimo y el abandono de la empresa que descansaba sobre sus fuertes hombros. La historia misma vacilará antes de fallar sobre una acción que ha dado margen a apreciaciones tan diversas. Por fortuna el general San Martín tuvo en Bolívar un digno sucesor. En honor de su fama que nos es tan cara debe presumirse que su intuición admirable, le dejó claramente percibir la prodigiosa altura a que era capaz de remontarse el cóndor de Colombia. “Entretanto, si los argentinos sentíamos el pesar profundo de ver disuelto el ejército, como el primer fruto de la ausencia de su amado jefe, los restos de nuestros guerreros en quienes palpitaba todavía la inspiración del genio que atravesó los Andes, llevaron a gloriosos campos de batalla el contingente de su pericia y de su antiguo valor, concurriendo así a sellar definitivamente con su sangre la independencia del Perú.” Tomás Guido


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