Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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DOCUMENTOS

072 | Aparición y retiro de Simón Bolivar - Por Bartolomé Mitre (1821-1906)

Retrato de Simón Bolivar

En 1810, al hacer su primera aparición en el escenario americano, que debía llenar con su gran figura histórica, Bolívar contaba veintisiete años de edad. Nada en su estructura física prometía un héroe. Era de baja estatura -cinco pies con seis pulgadas inglesas-, de pecho angosto, delgado de cuerpo y de piernas cortas y flacas. Esta armazón desequilibrada tenía por coronamiento una cabeza enérgica y expresiva, de óvalo alongado y contornos irregulares, en que se modelaban incorrectamente facciones acentuadas, revestidas de una tez pálida, morena y áspera. Su extraña fisonomía, producía impresión a primera vista, pero no despertaba la simpatía. Una cabellera renegrida, crespa y fina, con bigotes y patillas que tiraban a rubio -en su primera época-, una frente alta, pero angosta por la depresión de los parietales, y con prematuras arrugas que la surcaban horizontalmente en forma de pliegues; los pómulos salientes y las mejillas marchitas y hundidas; una boca de corte duro, con hermosos dientes y labios gruesos y sensuales; y en el fondo de cuencas profundas, unos ojos negros, grandes y rasgados, de brillo intermitente y de mirar inquieto y gacho, que tenían caricias y amenazas cuando no se cubrían con el velo del disimulo, tales eran los rasgos que en sus contrastes imprimían un carácter equívoco al conjunto. La nariz, bien dibujada en líneas rectas, destacábase en atrevido ángulo saliente, y su distancia al labio superior era notable, indicante de noble raza. Las orejas eran grandes, pero bien asentadas, y la barba tenía el signo agudo de la voluntad perseverante. Mirado de frente, sus marcadas antítesis fisonómicas daban en el reposo la idea de una naturaleza devorada por un fuego interno; en su movilidad compleja, acompañada de una inquietud constante con ademanes angulosos, reflejaban, actividad febril, apetitos groseros y anhelos sublimes; una duplicidad vaga o terrible y una arrogancia, que a veces sabía revestirse de atracciones irresistibles que imponían o cautivaban. Mirado de perfil, tal cual lo ha modelado en bronce eterno el escultor David, con el cuello erguido, sus rasgos característicos delineaban el tipo heroico del varón fuerte de pensamiento y de acción deliberada, con la cabeza descarnada por los fuegos del alma y las fatigas de la vida, con la mirada fija en la línea de un vasto y vago horizonte, con una expresión de amargura en sus labios contraídos, y esparcido en todo su rostro iluminado por la gloria, un sentimiento de profunda y desesperada tristeza a la par de una resignación fatal impuesta por el destino. Bajo su doble aspecto, sus exageradas proyecciones imaginativas “preponderaban sobre las líneas simétricas del cráneo, le imprimían el sello de la inspiración sin equilibrio del juicio reposado y metódico. Tal el hombre físico en sus primeros años, y tal el hombre moral, político y guerrero.


Juventud de Bolivar

Huérfano a la edad de tres años y heredero de un rico patrimonio con centenares de esclavos como los patricios antiguos, tuvo como maestro a un filósofo, pero un filósofo de escuela cínica, revuelta con el estoicismo y el cureísmo greco-romano. “No quiero parecerme a los árboles que echan raíces en un lugar -decía- sino al viento, al agua, al sol, a todas las cosas que marchan, sin cesar.” Su pasión eran los viajes. No había cumplido aún los diecisiete años ( 1799), cuando Bolívar hizo un viaje a Europa. Era entonces teniente de un regimiento de milicias de que su padre había sido coronel a título de señor feudal. Visitó las Antillas y Méjico; recorrió toda la España y viajó por Francia (1801), coincidiendo su permanencia en París con la inauguración del glorioso consulado vitalicio de Napoleón Bonaparte, quien despertó en él gran entusiasmo. Formada su temprana razón por las impresiones que despertaba en su imaginación el espectáculo del mundo, más que por la observación y el estudio, regresó a su patria unido a la hija del marqués del Toro, nombre que figuraba en la alta nobleza de Caracas (1801). Antes de que transcurrieran tres años, era viudo. Emprendió entonces su segundo viaje a Europa (1803). Allí se encontró con su antiguo maestro, quien con su moral excéntrica, no era ciertamente el más severo mentor de una excursión de placer. En París cultivó el estudio de algunas lenguas vivas; visitó a Humboldt, que había hecho célebre su nombre ilustrando la geografía física y la historia natural del nuevo continente, que él ilustraría con otros descubrimientos no menos sorprendentes, en el orden de la geografía política y la historia universal; atravesó los Alpes a pie, con un bastón herrado en la mano y se detuvo en Chambery (1804), visitando como peregrino de la libertad y del amor, las Charmettes inmortalizadas por Rousseau, de cuyo «Contrato Social» tenía idea, pero en quien admiraba sobre todo por su estilo enfático, su creación sentimental de la “Nueva Eloísa”, que fue siempre su lectura favorita, aun en medio de los trances más congojosos de su vida. En Milán presenció la coronación de Napoleón como rey de Italia y asistió a los juegos olímpicos que se celebraron en honor del vencedor de Marengo.


Bolivar en el Aventino

Con estas impresiones y estas visiones resplandecientes de gloria, en que se renovaban las festividades de las antiguas repúblicas griegas, llegó Bolívar a Roma. Después de admirar las ruinas del Coliseo, subió al monte Aventino, el monte sagrado del pueblo romano, en compañía de Carreño- Rodríguez. Desde allí contemplaron ambos el Tíber que corre a su pie, la tumba de Cecilia Metella, y la vía Apia al lado opuesto; y en el horizonte, la melancólica y solitaria campiña de la ciudad de los tribunos y los Césares. Impresionados por aquel espectáculo, que despertaba tan grandes recuerdos, hablaron de la patria lejana, y de su opresión. El joven adepto, poseído de noble entusiasmo, estrechó las manos del maestro, y cuenta que juró libertar la patria oprimida. Esta escena dramática, que tiene algo de teatral, jamás se borró de su memoria: “Recuerdo -decía veinte años después- cuando fuimos al Monte Sacro en Roma, a jurar sobre aquella tierra santa, la libertad de la patria. Aquel día de eterna gloria, anticipó un juramento profético a la misma esperanza que no debíamos tener”. El papel que representó Bolívar en la revolución venezolana de 1810, no correspondió a sus entusiasmos juveniles. Después de su segundo regreso a Caracas, había vivido la vida sensual de noble señor feudal de la colonia, alternando la vida en sus haciendas en medio de esclavos que trabajaban para él, con sus mansiones placenteras en la ciudad. Nombrado coronel, a titulo de herencia, de regimiento de milicias que mandaba su padre, en la circunscripción de sus haciendas de campo, no tomó alguna parte en los aprestos militares. Al fin, su figura se diseña vagamente en la escena política; pero no como hombre de pensamiento o de acción, sino como diplomático en una misión equívoca, que tenía por objeto declarado buscar un modus vivendi pacífico con “la antigua metrópoli”.


Bolivar diplomático

Una misión conjunta de tres agentes venezolanos, solicitó una audiencia del ministro de relaciones exteriores, que lo era a la sazón el marqués sir Ricardo Wellesley, la que le fue concedida en carácter confidencial. Bolívar, como el más caracterizado y el que mejor hablaba francés, llevó la palabra en este idioma. Olvidando su papel de diplomático, pronunció un ardiente discurso, en que hizo alusiones ofensivas a la metrópoli española aliada de Inglaterra y expresó sus anhelos y esperanzas de una independencia absoluta de su patria, que era la idea que lo preocupaba. Para colmo de indiscreción, entregó al marqués, junto con sus credenciales, el pliego de sus instrucciones. El ministro británico que lo había escuchado con fría atención, después de recorrer los papeles que se le presentaban, contestóle ceremoniosamente: que las ideas por él expuestas se hallaban en abierta contradicción con los documentos que se le exhibían. En efecto, las credenciales estaban conferidas en nombre de una junta conservadora de los derechos de Fernando VII, y en representación del soberano legítimo, y el objeto de la misión era buscar un acomodamiento con la regencia de Cádiz, para evitar una ruptura. Bolívar no había leído sus credenciales ni sus instrucciones, ni dádose cuenta de su papel diplomático; así es que, quedó confundido ante aquella objeción perentoria. Al retirarse, confesó francamente su descuido y atolondramiento. Así sería siempre Bolívar, como diplomático y como guerrero. Preocupado de una idea, sin darse cuenta de los obstáculos externos. Por el momento, era la idea de la independencia lo que lo llenaba, y allá iba por línea recta. Durante su permanencia en Londres, conoció por primera vez al general Miranda, e iniciado en los misterios de su Logia, afilióse en ella, renovando el juramento del Monte Sacro, de trabajar por la independencia y la libertad sudamericana. Así se ligaron por un mismo juramento en el viejo mundo, con un año de diferencia, Bolívar y San Martín. Al contacto de la llama que ardía en el alma del precursor de la emancipación, la de Bolívar, encendida ya con las chispas de las ideas de Carreño-Rodríguez, se inflamó. Lleno siempre de su idea, volvió a olvidar sus instrucciones reservadas, que le prevenían, no recibir inspiraciones de Miranda ni tomar en cuenta sus planes, que podían comprometer la aparente fidelidad de la Junta de Caracas. Pensando que la presencia de Miranda en Venezuela, daría impulso a la idea de independencia, invitóle a regresar juntos a la patria para trabajar en común por ella. Bolívar regresó a Caracas al finalizar el año 1810 (5 de diciembre) conduciendo un armamento, y lo que creía más poderoso que las armas, al general Miranda, símbolo vivo de la redención del nuevo mundo meridional. Durante su ausencia la revolución venezolana había mudado de aspecto, y su horizonte empezaba a nublarse.


Primera campaña venezolana

Al tomar conocimiento de la revolución de Venezuela, la regencia de Cádiz declaró rebeldes a sus autores; y esquivando la mediación de Inglaterra le declaró la guerra con la amenaza de severos castigos, decretando el bloqueo de sus costas. El consejero de Indias, Antonio Ignacio Cortabarría, anciano respetable, con la investidura de comisario regio, fue encargado de intimar la sumisión, y en caso de resistencia someterlos por la fuerza. Miyares fue nombrado capitán general en reemplazo de Emparán. En las Antillas españolas se prepararon elementos de guerra para sostener el ultimátum. Esta provocación, rompió el primer eslabón de la cadena colonial. La Junta de Caracas, rechazó la intimación, reunió un ejército de 2.500 hombres para mantener su actitud, y confió su mando al marqués Fernando del Toro, rico propietario, improvisado general, ordenándole atacase la plaza de Coro, baluarte de la reacción en la costa occidental de Tierra Firme. Después de algunos combates parciales, el ataque sobre Coro fue rechazado (28 de noviembre de 1810). El ejército de la Junta, emprendió en consecuencia su retirada. Interceptado en su marcha, por una división de 800 hombres con un cañón y 4 pedreros, en el punto denominado la Sabaneta, la desalojó de su fuerte posición al cabo de dos horas de fuego, y continuó su marcha, perseguido de cerca por los corianos fanatizados, y hostilizado por la población del tránsito. El novel general, que había demostrado poseer pocas disposiciones militares, efectuó su retirada hasta Caracas con pérdidas considerables. Por entonces las hostilidades quedaron suspendidas de hecho, por una y otra parte. Tal fue el resultado de la primera campaña revolucionaria de Venezuela, en que se cambiaron las primeras balas entre insurgentes y realistas. Este era el estado político y militar de la revolución cuando a fines de 1810, Bolívar y Miranda llegaban a Caracas.


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