Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

INSTITUTO NACIONAL SANMARTINIANO

Ministerio de Cultura Escudo Nacional Presidencia de la Nación

Libertador José de San Martín
Click

 

 

DOCUMENTOS

075 | San Martín y Bolivar en Guayaquil - Por Enrique Mario Mayochi

San Martín y Bolivar en la entrevista de Guayaquil

El 26 y 27 de julio de 1822, José de San Martín, libertador de la Argentina, Chile y Perú, y Simón Bolívar, libertador de Venezuela y Nueva Granada (actual República de Colombia), se entrevistaron en la ciudad de Guayaquil. A esto debemos agregar, adelantándonos a lo que se dirá después, que en 1974 se inauguró en Quito, actual capital de la República del Ecuador, la estatua ecuestre de nuestro Libertador. En esa ocasión, el Instituto Sanmartiniano de Quito hizo grabar en el bronce la siguiente leyenda: “Al General José de San Martín, creador de los ejércitos de la Argentina, Chile, Perú y Ecuador”. Precisemos cuál era entre fines del s. XVIII y comienzos del s. XIX la situación política del territorio que hoy corresponde a la República del Ecuador. En el s. XVIII la ciudad y puerto de Guayaquil, así como su región circundante, fueron puestos en diversas ocasiones bajo la dependencia del Virrey del Perú, pero después de la creación del Virreynato de Nueva Granada y hasta la iniciación de las luchas por la independencia americana, el territorio guayaquileño antes mencionado fue parte integrante del llamado reino de Quito, a su vez dependiente del Virreynato de Nueva Granada. Pero esta no fue la definitiva situación política de Guayaquil. Con el propósito de centralizar la defensa de las fuerzas realistas del Perú ante el avance de los soldados libertadores de San Martín, Guayaquil fue incorporada al Virreynato del Perú, por lo menos transitoriamente. Cuando este Virreynato entró en crisis por obra de la expedición libertadora de San Martín, Guayaquil quedó, podríamos decir, en situación confusa desde el punto de vista político. Bolívar, que avanzaba desde el Norte, había decidido por sí que Guayaquil debía incorporarse a la Gran Colombia, creada por él en el papel, quedando así unidas, unificadas sería mejor decir, las actuales repúblicas de Venezuela, Colombia y Ecuador. Sin duda, la decisión de Bolívar se fundaba en una inteligente concepción Geopolítica, porque la anexión del actual Ecuador permitiría fijar los límites sureños de la Gran Colombia, dentro de lo que denominamos fronteras naturales. San Martín, en cambio, había adoptado una actitud ecléctica, como era propio de su concepción americanista. Para comprender esto, es preciso tener presente que mientras la región de Quito estaba subordinada a Nueva Granada, Guayaquil que lo estaba al Perú, aunque más no fuese que transitoriamente, se sublevó en la noche del 8 al 9 de octubre de 1820, o sea, al poco tiempo de tener noticia que el ejército de San Martín había desembarcado en tierra peruana el 8 de septiembre anterior. La junta de gobierno que se formó en Guayaquil rebelada tomó contacto con San Martín, se mostró proclive a mantenerse unida al Perú y contó, tiempo después, con la ayuda militar prestada por el Libertador. Esto explica la razón de lo que hemos denominado una actitud ecléctica de San Martín: él consideraba conveniente que no fuera ni su sable ni sus planes políticos los que fijasen límites a las naciones americanas independizadas, sino que juzgaba más pertinente que los propios guayaquileños acordaran sobre cuál sería su futuro político. A la postre, la razón estaría del lado de nuestro Libertador, porque en 1830 la región, que había sido ocupada y dominada por imperio de la espada bolivariana, separaría de la Gran Colombia y constituiría la actual república del Ecuador. Me ha parecido necesario precisar en el comienzo de este ensayo un asunto tan importante, porque su debida comprensión contribuye definitivamente a explicar qué ocurrió -y porqué ocurrió-durante la entrevista de los dos libertadores. Pasemos ahora a perfilar a los dos insignes varones que protagonizarán la tan trajinada entrevista. Como bien señaló en 1972, el académico sanmartiniano José Carlos Astolfi, San Martín es el militar estadista; Bolívar, el militar caudillo. Mientras aquél opera con serenidad apolínea, éste acciona con furor dionisíaco; a la vez, general, diplomático, libertador, montonero y tribuno. Es, con palabras del uruguayo José Enrique Rodó, “el barro de América atravesado por el soplo del genio”. Y es así: su genio, el genio de Bolívar, plasmó en el barro nativo al ciudadano, al hombre independiente, modelándolo en la arcilla estancada por el hábito secular de la servidumbre, pero que conservaba en latencia una energía pronta a la germinación redentora”. Hasta aquí la cita textual del profesor Astolfi, de quien tomamos inspiración para continuar. Bolívar vino al mundo en el ambiente propio de la aristocracia criolla y peninsular, siendo descendiente de vascos radicados en Venezuela desde fines del s. XVI. Nació en el seno de familias formadas por grandes terratenientes, dueños de muchos bienes y vastas extensiones agrícolas trabajadas por esclavos, tan explotados éstos como la tierra. Los entronques familiares eran casi incontables, como las actividades sociales y los cargos políticos desempeñados por tan vasta parentela. En su seno y en la ciudad de Caracas, nació Simón Bolívar el 24 de julio de 1783, es decir, cuando nuestro San Martín contaba con algo más de cinco años de edad y se aprestaba a viajar a España llevado por sus padres. Los padres del niño caraqueño eran el Coronel Juan Vicente Bolívar y Concepción Palacios Blanco. Simón era el menor de cuatro hermanos, dos varones y dos mujeres. Cuando tenía tres años de edad, falleció el padre; seis años corridos, moriría la madre. El recibiría la herencia paterna, que no era menguada y gozaba de la titularidad de un rico mayorazgo que en su favor había instituido un primo sacerdote. Como el ejercicio de las armas parecía ser su vocación, a los 13 años de edad ingresó como cadete en un batallón de milicias de blancos del que su padre había sido coronel. Ascendió a subteniente un año después, pudiéndose leer en su foja lo siguiente: “Valor: conocido; Aplicación: sobresaliente”. Mientras tanto, por obra de su hermandad crecía librado al azar de blandas tutorías, las que dejaron ancho campo al desarrollo de su precoz y poderosa personalidad. En 1799, aún adolescente, viajó a Europa. En Madrid hizo los estudios propios de quien estaba destinado al mundo y al ejercicio de las armas. En 1802 contrajo matrimonio y retornó a Caracas, donde, a poco de llegar, falleció su joven cónyuge. Volvió a Europa, pasó por España y se estableció en París. Los placeres mundanos atraerán su atención como la realidad fascinante de una Europa bullente en lo político por obra de los sucesos que ponen en marcha el genio y la audacia de Napoleón Bonaparte. Es asiduo concurrente a teatros y salones, donde a la vez que conoce bellas mujeres, trata como Alejandro de Humboldt y Amado Bonpland. Vuelve a encontrarse con Simón Rodríguez, su viejo maestro, y en Roma, en 1805 jura no dar descanso a su brazo ni reposo a su alma hasta haber independizado el mundo hispanoamericano de la monarquía borbónica. Un nuevo matrimonio con una pariente cercana fatal desenlace diez meses después, dejándolo viudo por segunda vez. Tras regresar a su tierra, no intervendrá en primera línea en el movimiento liberador venezolano iniciado el 19 de abril de 1810. Planteada la lucha militar entre los partidarios del rey Fernando VII, prisionero de los franceses, y los independentistas, aquella provocará el fracaso de Francisco de Miranda, jefe natural de las fuerzas armadas, quien capitula ante el jefe realista Monteverde. sus compatriotas lo entregarán al enemigo, que lo envía a España, donde morirá en un calabozo en 1816. Este episodio echará una sombra sobre Bolívar, cuya actitud esquiva ante los sucesos, es hasta hoy motivo de dura polémica. La restauración borbónica obligará a Bolívar a exiliarse de su tierra y ponerse al servicio de los neogranadinos, también sublevados. En 1813 cumplirá una sensacional campaña, la que lo llevará a penetrar en Venezuela, a proclamar “la guerra a muerte”, a recorrer 1200 kilómetros y vencer, por sí o por sus subordinados, en seis batallas y muchos combates. El 6 de agosto entra en Caracas, donde se los proclama Libertador. La reacción realista vence a Bolívar, quien primero se refugiará en Jamaica y luego en Haití. Recobrados los bríos, vuelve a la lucha, que ahora se prolongará de 1816 a 1821, enfrentándose en su transcurso con Morillo, el mejor general enviado desde España. Bolívar sitúa su cuartel en Angostura, donde reorganiza su ejército y es elegido presidente por un congreso. En 1819 inicia una nueva campaña, pero ahora desde Venezuela, con rumbo a Nueva Granada. Logra pasar el contrafuerte andino, cruza la selva y llega al valle. Tras triunfar en Boyacá, proclama la Gran Colombia, integrada por Colombia, Venezuela, Nueva Granada y Ecuador, aún no liberado. Quizá ya estaba en su mente formar un imperio republicano que llegará hasta el río de la Plata. El 24 de junio de 1821 obtendrá la gran victoria de Carabobo, que marca el inevitable final del régimen realista. Las fuerzas libertadoras colombianas a las órdenes de Antonio José de Sucre emancipan al Ecuador con la batalla de Pichincha, librada el 24 de mayo de 1822. Esta campaña victoriosa aseguró su éxito gracias a las tropas enviadas por San Martín desde el Perú, tropas entre las que figuraban los Granaderos a Caballo, que al mando de Lavalle, triunfaron con gloria en el combate de Riobamba. Para Bolívar ha llegado el momento de Guayaquil. Dejamos al libertador del norte para volver a San Martín, de quien hablaremos con mayor brevedad porque, por se nuestro, nos es más conocido. Fue hijo de españoles pertenecientes a familias de modesta hidalguía, formadas ambas en dos cercanas aldeas de la región castellano-leonesa, o sea, en el corazón de la hispanidad. Juan de San Martín, militar de carrera lenta y sin relieve contrae matrimonio en Buenos Aires y por poder, con Gregoria Matorras. De esta unión nacerán una mujer, que será la primogénita, y cuatro varones, entre ellos José Francisco, el menor, nacido en Yapeyú,. el 25 de febrero de 1778. Mientras el padre cumple funciones administrativas en antiguas posesiones de los jesuitas, recientemente expulsados, la familia desarrolla las virtudes cardinales propias de su linaje y modesta condición: sobriedad, sentido del honor y el deber, escrupulosa honestidad, fe acendrada y carácter firme. Cuando José transcurre los seis años de edad, los padres y la prole marchan a España. Todos los varones serán militares, como don Juan, ya retirado del servicio. José, antes de cumplir los doce años de edad, es cadete del Regimiento de Murcia. Casi no habiendo vivido su infancia, se formará en la severa vida del cuartel y del combate, sin gozar de las dulces expansiones del hogar. Pero no fue un soldado rudo, porque desde un primer momento se contrajo al estudio profesional con dedicación y asiduidad. Lo demuestra sin lugar a dudas la biblioteca que formó en España y que trajo a América. Pro obra de las circunstancias conocerá la lucha en la inhóspita tierra africana, en la montaña, en Portugal, y en el mar. Conocerá el duro transcurrir del prisionero y estará a punto de sufrir en carne propia los desbordes populares que llegan a los extremos más inconcebibles. en 1808, como oficial del ejército real, luchará contra las tropas napoleónicas que pretender dominar España. El combate de Arjonilla y la Batalla de Bailén lo cuentan entre sus participantes. Es un oficial distinguido, obtiene sucesivos ascensos y el camino del generalato está abierto para él. 33 años tenía San Martín a mediados de 1811 y más de 20 de continuada milicia. En Cádiz, ya había tomado contacto con otros jóvenes americanos, a la sazón residentes en Europa, todos preocupado por la situación política que soportaba España y por la crisis de la monarquía. Ciertamente ésta era total. Si de la dinastía reinante se trataba, nadie en lo íntimo de su corazón osaba defender al caduco ex rey Carlos IV y a su hijo Fernando VII, el rey que parecía estar más complacido por se prisionero bien tratado en Francia que apenado por la situación de las Españas. En cuanto al gobierno del territorio metropolitano aún libre, los estados críticos se sucedían cada vez con mayor agudeza. El panorama político era por demás confuso, y el futuro no permitía alentar muchas esperanzas. Todas estas incógnitas se habrán planteado, seguramente, en la conciencia de San Martín. El tiempo lo urgía para que optase y las alternativas no eran muchas: desde América llegaban noticias sobre la iniciación del proceso independentista y el único camino para llegar hasta allí pasaba por Inglaterra, dueña de los buques que surcaban los mares. Para el futuro libertador, la hora de la decisión había llegado y urgido por “serás lo que debas ser, o no serás nada”, eligió un camino que fue consecuencia natural de la lealtad que siempre había tenido para consigo mismo. Años después, en 1820 dirá en un documento público: “Supe la revolución d mi país, y al abandonar mi fortuna y mis esperanzas solo sentía no tener más que sacrificar al deseo de contribuir a su libertad”. Juzgando con gran lucidez ese momento de la vida del héroe, dice José Luis Busaniche: “Es común presentar a San Martín en actitud equívoca, abandonando la causa victoriosa de España después de veinte años de servicios para unirse a los revolucionarios de América... Esto lo dicen generalmente quienes se sienten inclinados en la historia a profetizar lo pasado... y el coro lo repite. Sin embargo, por poco que se examine la situación de la península en 1810 y 1811, caemos en la cuenta de que en 1811 la causa de España se hallaba perdida. Lo único que había conseguido Wellington (jefe de las tropas británicas aliadas a la resistencia española) era expulsar a los franceses de Portugal. ¡Y habían sido tantas las alternativas de la guerra! Bien podía ser él expulsado de Portugal al año siguiente... No era posible adivinar lo que ocurriría en 1812... Nadie podía estar al cabo en España de que Napoleón pensaba invadir Rusia y mucho menos que fracasaría en esa campaña”. La decisión sanmartiniana puesta en su contexto -o sea, en medio de la crisis de la monarquía española- y vinculada con una problemática de una Europa de signo cesarista, se muestra asentada sobre una lógica irrebatible. Su decisión, la decisión de un americano residente en la metrópoli, fue tan cuerda y dotada de sentido retrospectivo como la tomada por los pueblos hispanoamericanos, algunos ya pronunciados al promediar 1811 y otros por hacerlo en el tiempo próximo. El hombre americano -el americano José de San Martín que prestaba servicio en España como oficial del ejército real; el americano Manuel Belgrano (elijámoslo a él como modelo para encarnar una situación) que vivía en si tierra nativa-optó inteligentemente en la emergencia histórica que le tocó sortear. Su decisión hará posible para la América una Independencia que dará su razón definitiva al Descubrimiento, así como las naciones surgidas por obra de aquélla se constituirán a la postre en la máxima justificación de esa gesta impar que hizo la cristiandad hispana por obra de la Conquista y de la comúnmente llamada colonización, expresión que el eminente historiado Guillermo Furlong S.J., prefería cambiar por la de “Transplante Cultural”. La opción formulada por el hombre americano incrementaría inevitablemente la tragedia del español metropolitano residente en el nuevo mundo. Su tierra nativa había perdido la libertad a manos de Napoleón, y ahora América hispana iniciaría el proceso de su independencia, y con el, su separación política de la monarquía que también reinaba en España. Bajo sus pies sentía conmoverse hasta desaparecer esa tierra repartida en dos continentes y que consideraba propia. Más paradojal se presentaría la realidad para el metropolitano que, mientras luchaba en su amada patria por la recuperación de una independencia nacional que juzgaba como un derecho inalienable, se negaba tozudamente a reconocer que esa independencia era también un derecho natural para el hombre americano. Dispuesto a enfrentar a uno y otro, y hechos a la luz del día los trámites pertinentes, el oficial José de San Martín dejaba en septiembre de 1811 para siempre la tierra de sus padres. Se dirigía a América, haciendo una escala obligada en Londres “a fin de prestarle nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos se había de empeñar”, según dirá después en cartas dirigidas al peruano Castilla. A impulsos de un decidido espíritu americanista comenzaba, pues, la epopeya sanmartiniana. De regreso en Buenos Aires, donde arribó en mayo de 1812, comenzó a cumplir ese propósito con la precisión propia de una jugada maestra de ajedrez. Creó el regimiento de Granaderos a Caballo, que no fue una unidad militar más, sino el paradigma, el modelo de la disciplina, el honor y la mística militar. Paralelamente, fundó la logia Lautaro para hacer de ella el nudo del compromiso político asumido por quienes se manifestaban dispuestos a poner la independencia de la tierra sobre todas las cosas. Fue por este tiempo en que formó familia al contraer matrimonio con Remedios de Escalada.

Tras el exitoso combate de San Lorenzo, llegará el momento de su traslado al norte, primero para ser segundo de Belgrano y después su jefe. No le demandará mucho convencerse de que por allí la patria no hará camino para llegar a su límite natural que es el río Desaguadero, en el Alto Perú, o sea, el curso de agua que lo separaba del Virreynato del Perú. Por entonces, el Alto Perú, ocupado por tropas peruanas, hacía de antemural e impedía destruir el centro del poderío español. Sea suyo el plan de la famosa operación de pinzas que debía cerrarse sobre el Perú -una pinza por el océano Pacífico y la otra por el Alto Perú- o haya sido entrevisto por otro y asumido por él, en adelante ése será su plan. Tanto como para que tenga elegido al jefe que deberá penetrar por el Alto Perú cuando él llegue al Pacífico ese jefe será, ni más ni menos que Martín Miguel de la Mata Guemes. Pero San Martín no permanecerá mucho tiempo allí. Recuperada su salud, pasa a la gobernación intendencia de Cuyo. Allí desarrollará una triple tarea: como militar puesto a cargo del gobierno civil de Cuyo, trabajará por darle a la región una mejor calidad de vida; como jefe militar, que lo es y que no quiere dejar de serlo, comienza a preparar la fuerza que deberá acompañarlo al Pacífico; como ciudadano del país, gravita hasta la extenuación sobre los congresistas de Tucumán para que declaren la independencia. La derrota sufrida por los chilenos en Rancagua y la inmediatamente nueva dominación de Chile por tropas del virrey del Perú, lo obligarán a ampliar su plan. Diríamos que a agregar un prólogo, ¡y qué prologo!: a cruzar la cordillera con enemigos del otro lado y liberar a Chile. No es el caso ahora de hablar de esa maravillosa formación del ejército de los Andes ni de exaltar nuestro ánimo describiendo un cruce por lugares hasta entonces sólo reservados a los cóndores. Chacabuco, Maipú y la campaña del sur chileno -con el paréntesis de la derrota de Cancha Rayada- asegurarán la independencia de Chile. San Martín no acepta el mando civil, que será para un chileno (su amigo Bernardo O´Higgins), e insiste en declarar, o reiterar si se quiere, la declaración de la independencia de Chile. Casi me animo a decir que la exige. No quiere que se lo confunda con un conquistador. El es un libertador de pueblos que deben independizarse de la monarquía y darse su propio gobierno. Después, si quieren se unirán a otros pueblos, pero eso ya no es de su cuerda, no porque no le interese, sino porque no le compete. Aquí está la gran diferencia con el libertador del Norte.

Mientras se desintegra el gobierno político de su patria, con la caída del gobierno directorial y la disolución del Congreso, él se embarca el 20 de agosto de 1820 rumbo al Perú, donde desembarcará el 8 de septiembre en la Bahía de Paracas. Allí no le aguardan tropas enviadas del virrey del Perú, como había ocurrido en Chile. Allí lo aguarda el virrey del Perú con ese ejército que supera al suyo cinco veces. Pero él confía en que ahora comience a actuar el otro brazo de la pinza, ese que a las órdenes de Guemes, deberá penetrar en el Alto Perú y reconquistarlo aprovechando el retiro de tropas que inevitablemente deberá ordenar el Virrey del Perú para enfrentar a los hombres y a los barcos que lo acosan en la costa marítima peruana y en el océano Pacífico. Todo comienza a complicarse. Desgraciadamente, una herida curable sufrida por Guemes se convertirá en fatal por la hemofilia. Nada cabe esperar de Buenos Aires, donde tiene predominio político Bernardino Rivadavia, su enemigo de antes, de entonces y de después. El caudillo cordobés Juan Bautista Bustos no logra reemplazar a Guemes. Mientras tanto, en Chile comienza un proceso que podríamos llamar de introversión, de interés solamente por lo propio y de desdén por la aventura sanmartiniana. En el Perú, donde San Martín se preocupa por apresurar la declaración de la independencia, lo que logrará concretar el 28 de julio de 1821, no tiene otra alternativa que aceptar el singular cargo de Protector, singular decimos por que realmente tiene que ser tal: el protegedor de un país y de un pueblo donde la división impera hasta el odio en las clases superiores y en los posibles grupos gobernantes. Pero si aceptado el mando civil como quien tiene que someterse a un proceso doloroso para evitar el deterioro de la salud, no deja de lado la próxima convocatoria del Congreso que deberá asumir el mando político del Perú y organizar su gobierno. Por otra parte, la campaña militar no está terminada: con un ejército diezmado por la peste, con un ejército insuficiente para ocupar nuevos territorios, con un ejército que nada puede esperar ni de Chile ni del Río de la Plata, San Martín tiene que enfrentar un conjunto de jefes realistas, absolutistas o liberales, unidos o divididos, pero aún fuertes, porque tienen bajo su mando a 20.000 hombres repartidos entre el Perú y el Alto Perú. Comprende que su situación militar es complicada y su espíritu se siente acosado por la división existente entre los civiles peruanos. Pero no se arredra: mientras por una parte ayuda con hombres y armas a los guayaquileños rebelados, por la otra llega hasta considerar la posibilidad de aceptar., él, que es republicano por convicción, que se instaure una monarquía transitoria en el Perú como la más segura prenda de unión para acabar con el enemigo común. Mientras tanto, arriba a la conclusión de que Bolívar ha logrado concluir exitosamente su campaña y que nada riesgoso cabe esperar del norte. Su poderosa inteligencia militar lo lleva a la convicción de que debe variarse el plan inicial de la operación de pinzas por él concebida. Si ya no será posible lograr la reconquista del Perú -lo que permitiría reconstruir en gran parte el territorio propio de las Provincias Unidas del Río del Plata-, habrá que cerrar las pinzas con la ayuda que desde el Norte puede brindar Bolívar. En su concepto de que la independencia está ante todo y sobre todo, se muestra dispuesto a entrevistarse con Bolívar, para convenir la realización de un plan, que de tener éxito consolidará esa independencia hispanoamericana que ha sido norte y razón de todas sus acciones. Cuando se despida de su amigo José Tomás Guido dejará sangrar la herida oculta que lo desespera: “Tenga usted por cierto que por muchos motivos no puedo mantenerme ya en mi puesto bajo condiciones decididamente contrarias a mis sentimientos y convicciones más firmes. Voy a decirlo: una de ellas es la inexcusable necesidad a que me han estrechado, si he de mantener el honor del ejército y su disciplina, de fusilar algunos jefes; y me falta el valor para hacerlo con compañeros de armas que me han seguido en los días prósperos y adversos” Un primer intento de entrevistarse con Bolívar se frustra. El seis de febrero de 1822 parte para reunirse con el Gran Venezolano, pero a la altura del puerto peruano de Huancacho recibe aviso que de que el Libertador del Norte no podrá acudir porque lo detiene la resistencia a su autoridad existente en Pasto, en el sur de Nueva Granada. Por fin la entrevista se concretará en julio de 1822, como antes dijimos. Pero no será en Quito, adonde esperaba llegar San Martín por la vía de Guayaquil, sino en la propia Guayaquil, ahora ocupada por las tropas de Bolívar. San Martín acepta esto sin hacer cuestión. Para él sigue siendo objetivo fundamental consolidar la independencia de las naciones hispanoamericanas y no hará nada que impida su logro.

En la entrevista no pudo llegarse al gran acuerdo deseado por San Martín para favorecer la rápida conclusión de la lucha por el definitivo triunfo de la causa americana. San Martín, entonces, resolverá inmolarse, abnegarse, para que el objetivo se alcance. Nos parece que es inútil seguir rodeando a la entrevista de Guayaquil de un halo de misterio que no se compadece con la realidad de los hechos no con cuanto pueda razonarse sobre la base del sentido común y de una afinada perspectiva política. Lo que se trató entre los dos libertadores está suficientemente explicado en la carta que San Martín envió a Bolívar desde Lima el 29 de agosto de 1822 y cuya copia, facilitada por el héroe argentino, publicó en 1844 el marino Gabriel Lafond de Lurcy en su libro “Viajes alrededor del mundo y viajes célebres. Viajes por las dos Américas”.

Mas si para muchos resulta discutible la autenticidad de este documento, publicado por Lafond cuando vivía San Martín, se convendrá en que lo allí afirmado es exacto porque coincide en sus líneas fundamentales con lo expresado por San Martín en la carta que remitió desde Bruselas el 19 de abril de 1827, carta cuya autenticidad nadie discute, al General Miller, su compañero de armas, quien le había requerido datos sobre la famosa entrevista para la redacción de sus “Memorias”. Recordemos lo que manifiesta por escrito San Martín a Miller: “En cuanto a mi viaje a Guayaquil, le dice, él no tuvo otro objeto que el de reclamar del General Bolívar los auxilios que pudiera prestar para terminar la guerra del Perú: auxilio que una justa retribución (prescindiendo de los intereses generales de América) lo exigía por los que el Perú tan generosamente había prestado para libertar el territorio de Colombia. Mi confianza en el buen resultado estaba tanto más fundada, cuanto el ejército de Colombia después de la batalla de Pichincha se había aumentado con los prisioneros y contaba con más de 9.600 bayonetas; pero mis esperanzas fueron burladas al ver que en mi primera conferencia con el Libertador me declaró que haciendo todos los esfuerzos posibles, solo podría desprenderse de tres batallones con la fuerza de 1.070 plazas. (N. del E.: en realidad 1.700 plazas). Estos auxilios no me parecieron suficientes para terminar la guerra, pues estaba convencido de que el buen éxito de ella no podía esperarse sin la activa y eficaz cooperación de todas las fuerzas de Colombia.

Así es que mi resolución fue tomada en el acto creyendo de mi deber hacer el último sacrificio en beneficio de la patria. Al siguiente día, en presencia del vicealmirante Blanco, dijo al libertador Bolívar que, habiendo convocado al Congreso del Perú para el próximo mes, el día de su instalación sería el último de su permanencia en el Perú añadiendo: “Ahora le queda a usted, General, un nuevo campo de gloria en el que va usted a poner el último sello de la libertad de la América.” “Yo autorizo y ruego a usted, -le dice San Martín a Miller- escriba al general Blanco a fin de ratificar este hecho.” Y prosigue “A las dos de la mañana siguiente me embarqué, habiéndome acompañado Bolívar hasta el bote, y entregándome su retrato con una memoria de lo sincero de su amistad. Mi estada en Guayaquil no más que de cuarenta horas, tiempo suficiente para el objeto que llevaba”. Y conociendo la sinceridad con que perpetuamente obró San Martín, no puede caber la menor duda que durante la entrevista, como se lee en la denominada Carta de Lafond, nuestro Libertador ofreció a Bolívar servir a sus órdenes con las fuerzas a su mando. Como resultaba imposible conseguir del Libertador de Colombia los auxilios que le demandaba, San Martín propuso durante la entrevista la unión de los ejércitos con la conducción bolivariana. Esto se conjuga perfectamente con el pensamiento sanmartiniano expuesto en su célebre carta a Artigas, en la que dice: “Paisano mío, hagamos un esfuerzo, transemos todo, y dediquémonos únicamente a la destrucción de los enemigos que quieren atacar nuestra libertad”. Sólo nos falta recordar un documento más, también de indiscutible autenticidad. Es la carta que San Martín envía desde Boulogne-sur-Mer, el 11 de setiembre de 1848, al presidente del Perú, Mariscal Ramón Castilla, su antiguo subordinado. Dos años antes de morir le dice: “...yo hubiera tenido la más amplia satisfacción habiéndole puesto fin con la terminación de la guerra de la independencia en el Perú, pero mi entrevista en Guayaquil con el General Bolívar me convenció, no obstante sus promesas, que el sólo obstáculo de su venida al Perú con el ejército de su mando, no era otro que la presencia del General San Martín, a pesar de la sinceridad con que le ofrecí ponerme a sus órdenes con todas las fuerzas de que yo disponía.

“Si algún servicio tiene que agradecerme la América, es el de mi retirada de Lima, paso que no sólo comprometía mi honor y reputación, sino que era tanto más sensible cuanto que conocía que, con las fuerzas reunidas de Colombia, la guerra de la independencia hubiera sido terminada en todo el año ‘23. Pero este costoso sacrificio y el no pequeño de tener que guardar un silencio (tan necesario en aquellas circunstancias) por los motivos que me obligaron a dar este paso, son esfuerzos que usted podrá calcular y que no está al alcance de todos el poder apreciarlos.” Dejemos de lado la discutida “Carta de Lafond”. Quedémonos con las cartas a Miller y Castilla, que nadie niega ni refuta. Tomemos de estas dos cartas los datos que convienen a nuestro análisis y fijemos estas cuatro conclusiones: 1) San Martín pidió a Bolívar el auxilio militar que le era imprescindible para continuar la guerra. 2) Bolívar no envió los refuerzos esperados por San Martín. 3) San Martín ofreció a Bolívar ponerse bajo sus órdenes. 4) Como San Martín comprendía que él y Bolívar no cabían en el Perú, optó por retirarse y dejarle el campo libre al Libertador del Norte para concluir la lucha por la independencia americana, como así ocurrió. Todavía cabría agregar algo más: el desacuerdo de Guayaquil podría haber determinado un avance de Bolívar al frente de sus topas sobre el Perú. Avance que, inevitablemente, tendría que ser resistido por San Martín al frente del ejército peruano. No es necesario poner énfasis acerca de lo que ésto hubiera tenido de negativo para la causa americana. Me limitaré a recordar lo dicho por el Libertador al Capitán Manuel Alejandro Pueyrredón en una carta que le remitió en 1829, poco después de rechazar en Montevideo el ofrecimiento hecho por Lavalle de que se pusiera al frente de la facción unitaria que había derribado al gobernador legítimo de Buenos Aires Manuel Dorrego. San Martín dijo ésto: “Yo no podría aceptar sus ofertas (las de Lavalle), por que José de San Martín poco importa, pero el General San Martín mucho peso da a la balanza, y tu sabes que he sido enemigo de las revoluciones, que no podía ir y ponerme al servicio de una de ellas. Cuando Bolívar fue al Perú, yo tenía 8.000 hombres, podía sostenerme, arrojarlo; pero era preciso dar el escándalo de una guerra civil entre dos hombres que trabajaban por la misma causa y preferí resignar el mando.” Atrás quedaba la conferencia de Guayaquil. Por razones obvias, los dos libertadores se comprometieron a guardar en lo inmediato el secreto de lo tratado. Nada tienen que ver en esto ni la masonería y ni otras razones que se arguyen sin fundamento alguno. Simplemente, ese secreto era necesario para que un enemigo, que todavía era fuerte, no se enterase de lo que ocurriría próximamente. San Martín retorna a Lima. El 20 de septiembre instala el Congreso Peruano y en la noche de ese día deja el país. Después de pasar por Chile llega a Mendoza, donde se radica momentáneamente, aunque bien sabe que en Buenos Aires lo espera una tierna esposa cada vez más acosada por la enfermedad. Pero permanece en Mendoza hasta tener la seguridad de que Bolívar se decide a avanzar por tierra peruana y que su dictadura -esa que él nunca quiso ejercer- será el requisito necesario para que los peruanos depongan sus divisiones en homenaje al bien común. Ya puede partir rumbo a Buenos Aires, y de aquí al viejo mundo llevando a su hija con el propósito de educarla a la europea. Se marcha con el propósito de volver, pero no podrá hacerlo porque siempre se interpondrá una u otra dificultad. A los dos libertadores les cupo un final harto distinto. Bolívar murió a los cuarenta y siete años de edad, el 17 de diciembre de 1830, huyendo de sus compatriotas, con la convicción de haber arado en el mar y de que se había frustrado su colosal proyecto de unidad sudamericana. San Martín falleció en Francia el 17 de agosto de 1850, rodeado por su familia y venerado a la distancia por sus compatriotas. Murió con la tranquilidad de saber que, como él había ansiado, Hispanoamérica era independiente de la monarquía borbónica y que las nuevas repúblicas, herederas de virreinatos y capitanías generales, marchaban hacia sus grandes destinos, aunque aún no hubiesen alcanzado el orden político y la paz social ansiados por todos los que en ellas vivían.


Instituto Nacional Sanmartiniano
Ministerio de Cultura de la Nación