Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

INSTITUTO NACIONAL SANMARTINIANO

Ministerio de Cultura Escudo Nacional Presidencia de la Nación

Libertador José de San Martín
Click

 

 

DOCUMENTOS

076 | Relatos de contemporáneos - Recopilados por José Luis Busaniche

La entrevista de Guayaquil

Mientras San Martín consolidaba su situación en Lima con la ocupación de la fortaleza del Callao, el general Sucre, lugarteniente de Bolívar, -desembarcado con tropas en Guayaquil- atacó al general español Aymerich, dueño de Quito, y sufrió una seria derrota en Huachi. Sucre pidió auxilios militares a San Martín que se los franqueó generosamente. Más de mil seiscientos soldados y jefes, muchos argentinos, entre ellos un escuadrón de granaderos a caballo al mando de Lavalle, marcharon en esa expedición bajo las órdenes del coronel Santa Cruz. Con este auxilio, alcanzó Sucre las victorias de Río Bamba y Pichincha que le dieron -sobre todo esta última batalla- el dominio de Quito. (24 de mayo de 1822). Poco tiempo después, Bolívar, triunfante en Bomboná, entró también victorioso en Quito. Completaba así Bolívar la independencia de Venezuela y Nueva Granada, dejando también establecido en ambos territorios el gobierno de la Gran Colombia, república fundada por su genio guerrero y político después de diez años de lucha continua por la libertad de América. Quito había pertenecido al virreinato de Nueva Granada y lo mismo Guayaquil, que era su puerto natural, si bien esta última ciudad declaró su independencia dos años antes con ayuda de San Martín que deseaba su incorporación al Perú. Bolívar no desconoció la ayuda prestada por San Martín a Sucre. En un decreto suyo, dejó establecido: “El gobierno de Colombia, se reconoce deudor a la división del Perú de una gran parte de la batalla de Pichincha”. Y escribió a San Martín: “El ejército de Colombia, está pronto a marchar adonde quiera que sus hermanos lo llamen y muy particularmente a la patria de nuestros vecinos del Sur, a quienes por tantos títulos debemos preferir como los primeros amigos y hermanos de armas.” Pero afirmó su propósito de anexionar Guayaquil a Colombia. Por otra parte, San Martín escribió aceptando expresamente el concurso ofrecido por Bolívar: “Los triunfos de Bomboná y Pichincha, han puesto el sello de la unión de Colombia y del Perú. El Perú es el único campo de batalla que queda en América...”. Cuando Bolívar entró como triunfador en Quito, San Martín había experimentado algunos quebrantos: unos de carácter militar, por la derrota de los independientes en Ica, y otros de índole política por algunos síntomas de descontento que se dejaban sentir en Lima. A esto se agregaba el problema de Guayaquil.

El Protector deseaba mantener una entrevista con el Libertador de Colombia para decidir los destinos de la guerra y la política continental. Convocó un congreso en el Perú y partió para Guayaquil. Bolívar se apresuró a llegar con tropas a esta ciudad y de allí escribió al Protector: “Usted no dejará burlada el ansia que tengo de estrechar en el suelo de Colombia al primer amigo de mi corazón y de mi patria”. El Protector encontró al Libertador en Guayaquil, suelo de Colombia, y esa circunstancia agravó la situación. El 26 de julio desembarcó San Martín, y en ese día y el siguiente, tuvieron lugar las conferencias: Bolívar no correspondió a lo que el Protector del Perú esperaba de sus efusivos oficios y cartas en cuanto a colaboración militar. Demostró también -Bolívar- que no deseaba compartir con San Martín la terminación de la guerra. Tampoco estuvieron de acuerdo respecto a la suerte de Guayaquil y a la política de los estados independientes. Las circunstancias eran desfavorables a San Martín por la situación creada en el Perú. “La conferencia se verificó bajo malos auspicios - dice el general Mitre- para establecer igualdad en la partición de la influencia continental: el libertador del norte, dueño de su terreno, que pisaba con firmeza, tenia de su lado el sol y el viento; el del sud se presentaba...sin base sólida de poder propio”. Sobre “la parte externa y ostensible de la entrevista” (Mitre) han quedado algunas crónicas, porque las conversaciones entre los libertadores fueron secretas. Al libro del coronel de artillería y guerrero de la independencia Jerónimo Espejo, “Entrevista de Guayaquil”, pertenecen las páginas que se transcriben, basadas en unos apuntes del general Rufino Guido, y en los recuerdos del autor. Los apuntes de Guido -que difieren en su forma de los citados por Espejo- se publicaron también (anónimos) en la Revista de Buenos Aires. (Tomo IV). “Voy a hacer referencia para que nuestros compatriotas conozcan este hecho hasta en sus minuciosidades. Mas, no obstante conservarlas frescas en la memoria, cual sucede por lo general con toda ocurrencia que hondamente impresiona en la juventud, algunos años después escribí al coronel don Rufino Guido pidiéndole datos sobre el particular, como testigo presencial que había sido en esa ruidosa escena y tuvo la amabilidad de responderme con lo que sigue, cuya descripción autógrafa conservo original entre mis papeles. Ella refiere: “Que tan luego como el general San Martín llegase a Puná y se le instruyera de la situación, le ordenó embarcarse en un bote con doce remeros, encargándole fuese a felicitar al Libertador por su feliz arribo y anunciarle que al siguiente día tendría el gusto de hacerle una visita. A vela y remo navegó toda esa noche llegando a Guayaquil como al mediodía, y en el acta de desembarcar se encaminó a la morada de Bolívar a cumplir su comisión”. “Presentado a éste, fue recibido del modo más cumplido y caballeresco; y así que le expresó la enhorabuena que le dirigía el general San Martín por su intermedio, contestó: “Que estimaba mucho la atención y el anuncio de la visita, que podría haber excusado, pues que él ansiaba por verlo; que inmediatamente iba a mandar dos ayudantes que le encontrasen en su camino a darle la bienvenida en su nombre y que le acompañaran hasta el puerto.” “En seguida ordenó se le sirviera un buen almuerzo. Le hizo muchas preguntas sobre distintas cosas y, terminado el desayuno, se despidió para regresar con la respuesta, esparciéndose por la ciudad como la luz del relámpago la noticia de la llegada del general San Martín. “A su regreso a la “Macedonia”, encontróla cerca de Guayaquil, y cuando subió a bordo, ya vio allí los dos edecanes que le indicara el Libertador, dando cuenta al general de su comisión e instruyéndole de cuanto había ocurrido y observado”. “Poco rato después, fondeó la goleta en el puerto, y algunos momentos más tarde llegaron otros dos edecanes de Bolívar a saludar de nuevo a San Martín, y a anunciarle en su nombre que deseaba verle cuanto antes. Como desde la mañana todos estaban listos para desembarcar, lo verificaron por el muelle que hay frente a la casa del señor Luzárraga en que debía hospedarse. El general bajó a tierra con toda su comitiva, y desde el muelle hasta aquélla se hallaba formado un batallón de infantería en orden de parada, el que hizo los honores correspondientes a su alto rango”. “Bolívar, de gran uniforme y acompañado de su estado mayor, lo esperaba en el vestíbulo de la misma y al acercarse San Martín, se adelantó unos pasos y, alargando la diestra, dijo: “Al fin se cumplieron mis deseos de conocer y estrechar la mano del renombrado general San Martín.” Este contestóle congratulándose también de encontrar al Libertador de Colombia, agradeciendo tan cordial demostración, pero sin admitir los encomios. Juntos subieron la escalera, siguiéndoles ambas comitivas, hasta el gran salón de la casa en que tomaron asiento. En seguida se retiró el batallón que había hecho los honores, dejando a la puerta una guardia de honor mandada por un oficial.” “Bolívar presentó a los generales que le acompañaban, principiando por Sucre, y a pocos momentos, empezaron a entrar las corporaciones de la ciudad a felicitar a su nuevo huésped. Luego apareció un grupo considerable de señoras con igual objeto, dirigiéndole una alocución la matrona que las encabezaba. San Martín contestó con aquella cortesana galantería con que acostumbraba tratar al bello sexo, y pasado un momento de silencio, adelantándose una joven como de diez y siete años, dirigió a éste, (que al lado del Libertador se mantenía en medio de la sala) un discurso lleno de encomios patrióticos, y al concluir colocó sobre sus sienes una corona esmaltada de laurel. Sonrojado por su natural modestia con aquella demostración inesperada, quitándosela con aire de simpática amabilidad, expresó a la señorita que estaba persuadido que él no merecía semejante muestra de distinción; pues había otros cuyo mérito era más digno de ella; pero que tampoco pensaba deshacerse de un presente de tanto mérito, ya por las manos de quien venía, como por el patriótico sentimiento que lo había inspirado, y que se proponía conservarlo como uno de sus más felices días. Terminada aquella escena, se retiraron las corporaciones, la reunión de señoras y el cuerpo militar, quedando el Libertador con sólo dos edecanes. Los coroneles Guido y Soyor invitaron a éstos a pasar a otra habitación a efecto de dejar solos a los dos grandes personajes que tanto habían ansiado verse reunidos”. “Ellos cerraron las puertas por dentro y los edecanes estaban a la mira de que nada les interrumpiera; así permanecieron por hora y media, siendo este el primer acto de la entrevista, que según la expresión de ambos, había sido por tanto tiempo deseada.” “Callan los apuntes que voy reproduciendo, acerca de los tópicos de que se ocuparon en esta vez, ni si al general San Martín, en la condición reservada que le era característica, en ese día o los siguientes, se le escapara el más leve indicio sobre la materia. “Que terminada dicha conferencia abrieron las puertas del salón y el Libertador salió para retirarse a su morada, seguido de sus dos edecanes, acompañándole San Martín hasta el pie de la escalera, donde le hizo un cumplimiento de despedida”.

“Desde la llegada de éste a Guayaquil, se veía una inmensa masa de pueblo agrupada al frente de la casa en que se hospedó, la que aclamaba sin cesar al Libertador del Perú, y después que el general Bolívar se retirase, saliendo a los balcones, saludó la reunión con palabras de benevolencia y gratitud, por las expresiones patrióticas con que se le distinguía. En ese momento se anunciaron otras visitas de vecinos notables de la ciudad, por lo cual tuvo que dejar el balcón para pasar al salón a recibir aquellas nuevas atenciones de conocida simpatía”. “Así que esos señores se retiraron, aprovechando el paréntesis de tan incesante afluencia, salió el general acompañado de sus edecanes a visitar al Libertador Bolívar en su casa. Este cumplimiento duraría media hora, más o menos, después del cual regresó, acercándose la hora de comer, lo que hizo en su morada sin más compañía que sus edecanes y el oficial de la escolta; y por la noche recibió otras visitas y entre ellas algunas de señoras. “Al día siguiente, a la una de la tarde, volvió el general a casa de Bolívar, pero dejando ya arreglado y listo el equipaje y la escolta, con la orden de que se embarcaran en la Macedonia, a las once de la noche, pues en esa misma debía verificarlo él también, al salir del baile a que estaba invitado. Luego que llegó a lo del Libertador, después de los cumplimientos sociales, ambos se encerraron en el salón, encargando que no se les interrumpiera. Así permanecieron por cuatro horas aproximadas, siendo este el segundo acto de la entrevista. Serían las cinco de la tarde cuando abrieron la puerta, porque a esa hora empezaban a llegar los generales y otros señores, como hasta el número de cincuenta, a un gran banquete con que el Libertador obsequiaba al general San Martín. En seguida pasó la reunión al comedor que estaba espléndidamente preparado y la mesa cubierta con suntuosidad. El primero ocupó la cabecera colocando al segundo a su derecha. Llegada la ocasión de los brindis, los inició Bolívar; parándose con la copa en la mano e invitando a que lo acompañaran los señores concurrentes, dijo: “Brindo, señores por los dos hombres más grandes de la América del Sur, el general San Martín y Yo.” Pasado un momento, llenado éste su rol, contestó con la modestia que le era característica: “Por la pronta terminación de la guerra, por la organización de las nuevas Repúblicas del Continente Americano y por la salud del Libertador.” A éstos siguieron dos o tres brindis de los generales y siendo como las siete de la noche, se levantaron de la mesa. “Después del banquete, nuestro general regresó a su casa a descansar, volviendo a salir a eso de las nueve para asistir al baile a que había sido invitado por la Municipalidad. Cuando llegara, ya estaba allí el Libertador, con sus generales y el cuerpo de jefes y oficiales”. Para llenar mejor, por mi parte, la descripción de esa fiesta, me permito copiar literalmente la que se hace en los apuntes que me sirven de base. “Fue muy agradable, -prorrumpe Guido-la impresión que nos hizo la casa del Cabildo por el brillante conjunto del adorno de los salones y aposentos. La iluminación era sobresaliente y profusa, pero, sobre todo, la hermosura de las damas guayaquileñas que realzaba tanto más la elegancia y el esmerado gusto de sus trajes y cuyos encantos y méritos son reconocidos en toda la costa del Pacífico. Este fascinador golpe de vista formaba un incombinable contraste con el grupo de oficiales colombianos, de aspecto poco simpático, de modales algo agrestes y que así cortejaban y bailaban con aquellas preciosas criaturas. El vals era su danza favorita. No podíamos explicarnos cómo era que ellos alternasen con los generales y con el Libertador mismo, cuando sabíamos que, lejos de tolerarlos en otros actos de la vida y del servicio, los trataba con altivez, sobrada dureza y casi sin la menor consideración. Pero a poco andar comprendimos que era costumbre general y muy admitida entre ellos, pues vimos al propio Bolívar sacar a una niña muy linda a bailar un vals y que lo hacía por el mismo sistema que los subalternos: modales que nos parecían opuestos a su alto rango, quizás porque los observábamos por la vez. primera. Después que los colombianos pasaron a Lima, vimos repetido ese estilo en los bailes, aunque conociendo ellos que se hacían notables por cuanto nadie los imitaba, se modificaron algún tanto.” “El general San Martín (continúan los apuntes) se conservó puramente como espectador sin tomar parte en el baile, preocupada su cabeza, al parecer, de cosas de otra magnitud, hasta que, a la una de la noche, se acercó a Guido, diciéndole: “Llame usted al coronel Soyer: ya no puedo soportar este bullicio” El general hizo su despedida del Libertador sin que nadie se apercibiera de ella, lo que probablemente así había sido acordado entre ambos para no alterar el buen humor de la concurrencia. Un ayudante del segundo, dirigiólos por una escalera secreta, por donde salieron a la calle,

compañándolos hasta el muelle en el que los esperaba un bote de la Macedonia. San Martín se despidió del edecán, se embarcó, y en cuanto montó a bordo, la goleta levó sus anclas y se hizo a la vela. Al otro día llegó a Puná y sólo se detuvo el tiempo necesario para que se transbordaran los generales que habían ido en la comitiva, y sin más, continuó su navegación al Callao. “Al día siguiente de nuestra partida, se levantó el general, al parecer, muy preocupado y pensativo, y paseándose sobre cubierta, después del almuerzo, dijo a sus edecanes: “Pero ¿han visto cómo el general Bolívar nos ha ganado de mano? Mas espero que Guayaquil no será agregado a Colombia, porque la mayoría del pueblo rechaza esa idea. Sobretodo, ha de ser cuestión que ventilaremos después que hayamos concluido con los chapetones que aún quedan en la Sierra. Ustedes han presenciado las aclamaciones y vivas tan espontáneos como entusiastas que la masa del pueblo ha dirigido al Perú y a nuestro ejército.” En efecto (agregan los apuntes que voy extractando) esos fueron los sentimientos que los guayaquileños expresaban incesantemente a San Martín en los días de su permanencia en la ciudad y el tema general que los más notables de ellos tomaban para sus conversaciones con aquél y con los edecanes. Pero apenas llegó al Callao y fue instruido por el capitán del puerto y comandante general de marina del estado de Lima y de la deposición y extrañamiento del Ministro Monteagudo, la escena cambió, y el general, concentrado y taciturno, desembarcó en el acto y pasó a su casa de campo de la Magdalena. Desde ese momento se persuadió San Martín que la anarquía asomaba en el Perú y que las aspiraciones se desencadenarían sin respetar nada. En seguida asumió el mando supremo, y todas las medidas que dictó fueron tendientes a reunir el congreso constituyente, alejarse de los negocios públicos y dejar el país entregado a su propio destino”. Jerónimo Espejo


Los Libertadores en Guayaquil

El Capitán Gabriel Lafond marino y viajero francés, conocido también por Lafond de Lurey, sirvió en la marina del Perú cuando San Martín se encontraba en Lima.Años más tarde, (1844) publicó en Francia un libro titulado: “Voyages autour du monde et naufrages celèbres. Voyages dans les deux Amériques.” ( 8 vol. ) donde se encuentra una pequeña biografía de San Martín y una silueta que dice así: “El General San Martín es de talla elevada, de rostro noble y agradable, mirada benévola; es afable y accesible a los consejos. Se decía en Lima que gustaba mucho de las mujeres y que Miraflores era la Capua del “Héroe americano”. Pero lo que interesa en el libro del viajero francés y lo que en su época constituyó una revelación para los aficionados a la Historia de América, son sus noticias sobre la entrevista de Guayaquil, según las propias declaraciones de San Martín y de acuerdo a nuevos documentos que aparecieron en la obra. “En 1839 -dice el general Mitre (Historia de San Martín, III, 639),-hallándose Lafond en Europa, solicitó por escrito de San Martín, le proporcionase documentos para escribir sobre la guerra de la independencia del Perú y refutar los juicios de algunos escritores, que consideraba calumniosos. Entre los papeles de San Martín, hemos encontrado ocho cartas del Capitán Lafond dirigidas a él, con dos borradores de billetes de contestación, que manifiestan aprecio por el autor, como lo muestra el hecho singular de haberse prestado por primera vez a suministrar datos sobre su vida pública”. Alberdi tradujo, el primero, al escribir su biografía de San Martín en vida de este último, las páginas de Lafond relativas a la entrevista con Bolívar, así como los documentos suministrados por el prócer, pero su versión es poco fiel y el juicio de San Martín sobre Bolívar contiene algunos agregados, si bien es verdad que no alteran el sentido general del texto. He aquí la traducción de algunas páginas pertinentes del tomo II: “Hacía mucho que el general San Martín deseaba tener una entrevista con Bolívar a fin de entenderse sobre los medios para terminar la guerra del Perú. El 8 de febrero de 1822, se había embarcado en el Callao, para Guayaquil, pero esta entrevista no se llevó a efecto, porque Bolívar, llamado por las exigencias de la guerra, se encontraba en otro lugar. La necesidad de decidir la suerte de Guayaquil, determinó un segundo viaje del Protector. Partió de Lima en el mes de julio del mismo año, en su goleta favorita “Moctezuma”, no llevando con él sino algunos edecanes y a nuestro compatriota Soyer, en calidad de secretario. Antes de su partida, delegó el poder en el Marques de Torre Tagle, con el titulo de Supremo Delegado y nombró Ministro de Relaciones Exteriores a Monteagudo. Hasta el 26 de julio, no llegó el general a Guayaquil. Bolívar había llegado el 14. Con el fin de no dejar al Protector ningún pretexto de pedir la reunión de Guayaquil al Perú, se apresuró a declarar a las autoridades y a la población que Guayaquil pertenecía a Colombia, y formaba parte de la República Colombiana. En seguida, y por su orden, el pabellón y el escudo de Colombia, reemplazaron a los colores de la naciente república. “San Martín se sintió muy sorprendido, al llegar a la Puná, cuando supo que el nudo gordiano había sido cortado por Bolívar; pero otros intereses superiores le llevaron a continuar su viaje y llegó a Guayaquil, triste y descontento, pensando también que esta entrevista, de la que había esperado felices resultados, sería el final de su carrera política. “Stevenson, Miller y Baralt, confiesan en sus obras que ignoran las cuestiones tratadas entre los dos libertadores de la América española, y que no les ha sido dado levantar el velo que las cubre. Yo he sido más feliz y he podido remontarme a las fuentes mismas. He aquí los informes que he podido obtener del mismo general San Martín y del edecán de Bolívar que le sirvió de secretario en esa ocasión. “San Martín deseaba tratar tres puntos principales: 1 ) La reunión de Guayaquil al Perú. 2 ) El reemplazo de los soldados de la división peruana, muertos en la batalla de Quito (Pichincha). 3º) Los medios de concluir la guerra en el Perú. “Este último punto era el que más interesaba. San Martín preveía la dificultad de terminar pronto la guerra si no era ayudado por las fuerzas colombianas. Las divisiones chilenas y argentinas estaban reducidas a la mitad. En cuanto a las tropas peruanas, habían dado en Ica, una triste demostración de su valentía y de su capacidad. Esperaba, pues, San Martín, que el gobierno de Colombia -ya libre del enemigo- y por el propio interés de la independencia americana, pusiera sus tropas a disposición del gobierno del Perú. Hasta creía que el gobierno colombiano vería con agrado salir esas tropas fuera del territorio de la República, por cuanto quedarían sustraídas a la influencia de los ambiciosos que quisieran trabar la acción del congreso. Además, el Estado se libraba de una pesada carga, en cuanto las tropas serían mantenidas y pagadas por el gobierno del Perú.

“El primer punto ni siquiera se discutió. Habiendo hollado Bolívar los intereses de Guayaquil, al privarlo de su independencia, poco dispuesto debía encontrarse para favorecer la del Perú. “En cuanto al reemplazo de los soldados de la división del Perú, respondió que este asunto sería tratado de gobierno a gobierno. “Sobre la última cuestión, la más importante de todas, dio seguridades a San Martín de la simpatía de Colombia por el Perú y le prometió distraer dos mil hombres de su ejército que serían enviados al mando de sus lugartenientes, porque el Presidente de la República no podía salir de los límites de su territorio. “Hasta entonces, San Martín había hecho más por la libertad de la América española que el Libertador de Colombia. Había contribuido a organizar la República de Buenos Aires, constituido la República de Chile y libertado casi por entero el Perú de los españoles que ocupaban solamente el interior. Bolívar, mientras tanto, acababa de terminar la guerra de Colombia más por obra de sus generales que por propia iniciativa. Páez en Carabobo - aunque Bolívar comandaba el ejército- fue el héroe de la jornada, y Sucre ganó la batalla de Pichincha con tropas de Colombia y del Perú. “Pero estas consideraciones no podían sobreponerse al amor sincero y profundo que San Martín había consagrado a su patria. “Yo combatiré a las órdenes de usted”, le dijo a Bolívar con la más noble abnegación. “Para mí no existen rivales cuando se trata de la independencia de América. Esté usted seguro, general, venga al Perú y cuente con mi cooperación sincera. Yo seré su teniente.” “Bolívar no pudo creer en tanto desinterés; vaciló, y terminó por rehusarse a contraer ningún compromiso con el Protector. Este último, viendo que no podía inspirarle entera confianza, resolviese a volver al Perú dispuesto a adoptar una resolución conforme a las necesidades del momento. Tales fueron los resultados de esa entrevista que debía decidir de la suerte de América, como en otro tiempo la entrevista de Niemen decidió la suerte de Europa. “Muy graves sucesos se habían desarrollado en Lima durante la ausencia de San Martín. El pueblo, exasperado con el Ministro Monteagudo, lo había expulsado del país. El Marqués de Torre Tagle, gobernante inhábil, no había sabido dar fuerza al gobierno ni regularidad a la administración. Los enemigos del general San Martín hacían correr absurdos rumores de que aspiraba a la realeza. San Martín se sintió con todo esto vivamente afectado y adoptó una resolución extrema, censurada por los verdaderos amigos de América como un alarde de orgullosa virtud, y calumniada por sus enemigos diciendo que abandonaba el Perú porque desconfiaba de sus propias fuerzas. La verdad es que el Protector, al comprobar que su presencia en los negocios públicos era la causa real de que Bolívar se negara a venir al Perú con sus tropas, creyó que su deber era sacrificarse a los intereses del país. Así fue que reunió el congreso, le hizo entrega del poder, y, a pesar de las instancias de este ilustre cuerpo para que permaneciera en el Perú , como generalísimo de las fuerzas de mar y tierra, se embarcó para Chile, no llevando con él sino el estandarte de Pizarro que le fue obsequiado por el Cabildo como testimonio del reconocimiento público. Y entonces escribió al general Bolívar esta carta que traduzco literalmente: “Excimo. Señor Libertador de Colombia, Simón Bolívar. Lima, 28 de agosto de 1822. “Querido general: Dije a usted en mi última del 23 del corriente, que habiendo reasumido el mando supremo de esta república, con el fin de separar de él al débil e inepto Torre Tagle, las atenciones que me rodeaban en aquel momento, no me permitían escribirle con la extensión que deseaba; ahora, al verificarlo, no sólo lo haré con la franqueza de mi carácter, sino con la que exigen los grandes intereses de la América. “Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la pronta terminación de la guerra. Desgraciadamente, yo estoy íntimamente convencido, o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus órdenes con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa. Las razones que usted me expuso, de que su delicadeza no le permitirá jamás mandarme, y que aún en el caso de que esta dificultad pudiese ser vencida, estaba seguro que el congreso de Colombia no consentiría su separación de la República, permítame general le diga, no me han parecido plausibles. La primera se refuta por sí misma. En cuanto a la segunda, estoy muy persuadido que la menor manifestación suya al congreso sería acogida con unánime aprobación, cuando se trata de finalizar la lucha en que estamos empeñados, con la cooperación de usted y del ejército de su mando; y que el alto honor de ponerle término refluirá tanto sobre usted como sobre la república que preside.

“No se haga V. ilusión, general. Las noticias que tiene de las fuerzas realistas son equivocadas; ellas montan en el Alto y Bajo Perú a más de 19.000 veteranos, que pueden reunirse en el espacio de dos meses. El ejército patriota, diezmado por las enfermedades, no podrá poner en línea de batalla sino 8.500 hombres, y, de éstos, una gran parte reclutas. La división del general Santa Cruz (cuyas bajas según me escribe este general no han sido reemplazadas a pesar de sus reclamaciones) en su dilatada marcha por tierra, debe experimentar una pérdida considerable, y nada podrá emprender en la presente campaña. La división de 1.400 colombianos que V. envía será necesaria para mantener la división del Callao, y el orden de Lima. Por consiguiente, sin el apoyo del ejército de su mando, la operación que se prepara por puertos intermedios, no podrá conseguir las ventajas que debían esperarse, si fuerzas poderosas no llamaran la atención del enemigo por otra parte, y así la lucha se prolongará por un tiempo indefinido. Digo indefinido porque estoy íntimamente convencido, que, sean cuales fueren las vicisitudes de la presente guerra, la independencia de América es irrevocable; pero también lo estoy, de que su prolongación causará la ruina de sus pueblos, y es un deber sagrado para los hombres a quienes están confiados sus destinos, evitar la continuación de tamaños males. “En fin, general; mi partido está irrevocablemente tomado. Para el 20. del mes entrante he convocado el primer congreso del Perú, y al día siguiente de su instalación, me embarcaré para Chile, convencido de que mi presencia es el solo obstáculo que le impide a usted venir al Perú con el ejército de su mando. Para mí hubiese sido el colmo de la felicidad, terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general a quien la América debe su libertad. El destino lo dispone de otro modo y es preciso conformarse. “No dudando que después de mi salida del Perú, el gobierno que se establezca reclamará la activa cooperación de Colombia, y que usted no podrá negarse a tan justa exigencia, remitiré a usted una nota de todos los jefes cuya conducta militar y privada pueda ser a usted de alguna utilidad su conocimiento. “El general Arenales quedará encargado del mando de las fuerzas argentinas. Su honradez, coraje y conocimientos, estoy seguro lo harán acreedor a que usted le dispense toda consideración.

“Nada diré a usted sobre la reunión de Guayaquil a la república de Colombia. Permítame, general, que le diga que no era a nosotros a quienes correspondía decidir. Concluida la guerra, los gobiernos respectivos lo hubieran transado, sin los inconvenientes que en el día pueden resultar a los intereses de los nuevos estados de Sud América. “He hablado a usted, general, con franqueza, pero los sentimientos que exprime esta carta, quedarán sepultados en el más profundo silencio; si llegasen a traslucirse, los enemigos de nuestra libertad podrían prevalerse para perjudicarla, y los intrigantes y ambiciosos para soplar la discordia. “Con el Comandante Delgado, dador de esta, remito a usted una escopeta y un par de pistolas, juntamente con un caballo de paso que le ofrecí en Guayaquil. Admita usted, general, esta memoria del primero de sus admiradores. “Con estos sentimientos y con los de desearle únicamente sea usted quien tenga la gloria de terminar la guerra de la independencia de la América del Sud, se repite su afectísimo servidor.” José de San Martín “El Cincinato americano cumplió su promesa. Al día siguiente de la convocatoria del primer congreso peruano se embarcó a bordo del Belgrano (Capitán Primier, otro francés) para Chile. “Sus previsiones se realizaron: la guerra duró todavía dos largos años y el Callao no se rindió hasta dos años después. Era gobernador del Callao el general Rodil, hoy Marqués de Rodil y ministro de guerra en España. “No haré ningún comentario sobre esta carta que hoy se publica por primera vez; ella basta para hacer apreciar el carácter noble y desinteresado y la grandeza de alma del general San Martín. Su desinterés debe ser garantía de su imparcialidad y por eso creo que ha de interesar a la historia la opinión de San Martín sobre los generales Bolívar y Sucre. Esta opinión servirá para juzgar con rectitud a esos dos hombres que prestaron los más grandes servicios a la independencia.


Opiniones del General San Martín: sobre Bolivar

“No he visto al general Bolívar sino durante tres días, cuando estuve con él en Guayaquil; por lo tanto, y en un tiempo tan corto, si no me fue imposible, por lo menos me resultó difícil apreciar con exactitud a un hombre que, a primera vista, no predisponía en su favor. Sea como fuere, he aquí la idea que me formé según mis propias observaciones y las de algunas personas imparciales que vivieron con él en intimidad. “El general Bolívar demostraba tener mucho orgullo, lo que parecía en contradicción con su costumbre de no mirar nunca de frente a la persona que lo hablaba, a menos que fuese muy inferior a él. Pude convencerme de su falta de franqueza en las conferencias que tuve con él en Guayaquil, porque nunca respondió de modo positivo a mis proposiciones sino siempre en términos evasivos. El tono que usaba con sus generales era en extremo altanero y poco apropiado para conciliar su afecto. “Advertí también, y él mismo me lo dijo, que los oficiales ingleses que servían en su ejército eran quienes le merecían más confianza. Por lo demás, sus maneras eran distinguidas y revelaban la buena educación que había recibido. “Su lenguaje era en ocasiones un poco trivial, pero me pareció que este defecto no era natural en él, y quería, de esa manera, darse un aire más militar. La opinión pública lo acusaba de una desmedida ambición y de una sed ardiente de mando y él se ha encargado de justificar plenamente ese reproche. Se le atribuía también un gran desinterés, y esto con justicia, porque ha muerto en la indigencia. “Bolívar era muy popular con el soldado y le permitía licencias no autorizadas por las leyes militares, pero lo era muy poco con sus oficiales a los que ha menudo trataba de manera humillante. “En cuanto a los hechos militares de este general, puede decirse que le han merecido y con razón, ser considerado como el hombre más asombroso que haya producido la América del Sud. Lo que le caracteriza, por sobre todo, y forma, por así decirlo, su sello especial, es una constancia a toda prueba que se endurecía contra las dificultades, sin dejarse jamás abatir por ellas, por grandes que fueran los peligros a que se hubiera arrojado su espíritu ardiente”.


Sobre Sucre

“No conocí personalmente al general Sucre, pero mantuve con él una activa correspondencia después de haberle enviado una división del ejército del Perú para ayudarle en sus proyectos de atacar a la ciudad de Quito. Esta división quedó bajo sus órdenes hasta después de la batalla de Pichincha y estoy persuadido de que sus operaciones y la toma de Quito como consecuencia de la batalla, hubieran merecido la aprobación de los más célebres capitanes. “Valiente y activo, reunía a estas cualidades una gran prudencia; era un excelente administrador, como lo prueban el orden y la economía establecidas en las provincias que estuvieron bajo su mando. Sus tropas estaban sometidas a una severa disciplina y esto contribuía a que fueran amadas de las poblaciones, cuyos intereses respetó, disminuyendo los males inevitables de la guerra. “El general Sucre era muy instruido y también poseía conocimientos militares más amplios que los del general Bolívar. Si a esto se agrega una gran moderación y mucha modestia, se llegará al convencimiento de que fue uno de los hombres más meritorios de Colombia, le sirvió hasta el final con la más sincera consagración”. “Agregaré a este retrato trazado por el general San Martín, que Sucre tenía un tacto exquisito para elegir a los hombres que le acompañaban y que fue el Bayardo y el Lannes de América, sin miedo y sin tacha como estos dos inmortales guerreros.” Gabriel Lafond


Conferencia de Guayaquil

Texto manuscrito de puño y letra de Domingo Faustino Sarmiento descubierto entre los papeles suyos existentes en el Museo Sarmiento de Buenos Aires y hecho conocer por el director de ese Museo señor Antonio P. Castro en la conferencia leída en el Círculo Militar el 13 de agosto de 1947 y publicada en folleto por el Museo ese mismo año. Debemos aclarar que se trata de un borrador que el insigne autor no pudo o no quiso hacer público. “No obstante el tiempo transcurrido, reina grande oscuridad sobre el objeto de la Conferencia de Guayaquil entre San Martín y Bolívar.

“El señor Bramat, Ministro de Venezuela en Washington y contemporáneo de aquellos sucesos, creía todavía en 1866 que se había tratado, a indicación de San Martín, de establecer monarquía en América. Es de creer que Bolívar esparció este rumor, a fin de no dejar conocer la parte poco justificable que él tuvo en aquella transacción. La carta de San Martín a Bolívar desde Lima apenas regresado de Guayaquil, publicada por Lafond, y en la que recapitula y encarece las razones por él expuestas en la conferencia, anunciando su intento de separarse del ejército, era de por sí suficiente para alejar toda duda. San Martín demuestra, con cifras, la casi imposibilidad de vencer a los españoles, fuertes en el interior de 18.000 hombres ¿Qué ocasión era ésta para pensar en el gobierno futuro de países que aún no están emancipados? “En 1846, gozando de muy cordial consideración de parte de San Martín, visítelo frecuentemente en Grand-Bourg, su residencia de campo, a los alrededores de París. Se me había prevenido que el general gustaba poco de hablar de lo pasado. Una vez, después de almorzar, habíamos ambos pasado a su habitación a fumar. Sobre la puerta de entrada estaba una litografía que representaba a Bolívar. Fumando y mirándola, como los que no tienen nada mejor que hacer, pregunté al general: “¿Se parece esta pintura a Bolívar?” “Bastante”, me contestó. La conversación continuó sobre este punto y he aquí lo más substancial: “Era, -dijo el general-, un hombre de baja estatura; movedizo; miraba de soslayo: nunca, durante toda la conferencia, pude conseguir que me mirase la cara. Estábamos ambos sentados en un sofá” “El objeto de mi visita (continuó San Martín) era muy simple. Desde luego la anexión de Guayaquil, que había dado ocasión de desavenencias. Nuestra misión como generales, le decía yo, es sólo vencer a los españoles, y era necesario reunir nuestras fuerzas. Iba, pues, a ofrecerle el mando en jefe de ambos ejércitos, poniéndome yo a sus órdenes. A todo esto, Bolívar oponía que él dependía absolutamente del Congreso de su país y que no podía arreglar nada de por sí.” “San Martín me decía, al referirme esto “Imagínese usted que yo lo dominaba de todo mi busto, y estaba viendo a aquel hipócrita, confuso, mirando a un lado mientras daba estas pueriles excusas, para disimular su deseo de mandar solo. No pude arrancarle una respuesta clara y la conferencia terminó sin arribar a resultado alguno.”

“A la noche se presentó, -añadió San Martín-, un general en mi dormitorio a ofrecerme el mando del ejército colombiano en nombre de todos los generales del ejército, cansado, decía, del despotismo y falta de miramientos de Bolívar. Contestéle que todo el servicio que podía hacerle era no dar aviso inmediatamente a Bolívar de aquel designio que desaprobaba altamente, conjurándole a permanecer en los límites de la subordinación.” “El General Mosquera (hoy Presidente de los E. U. de Colombia) decía en Chile a propósito del sistema militar o más bien de caudillo de Bolívar: “Cuando nos reunimos al ejército del Perú, vimos por la primera vez, jerarquía militar, respetados y considerados jefes y oficiales, según sus títulos. Nuestro ejército se componía de un jefe absoluto, Bolívar, y de soldadesca. Los jefes éramos tratados como los soldados, a veces peor”. Sarmiento.


Instituto Nacional Sanmartiniano
Ministerio de Cultura de la Nación