Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

INSTITUTO NACIONAL SANMARTINIANO

Ministerio de Cultura Escudo Nacional Presidencia de la Nación

Libertador José de San Martín
Click

 

 

DOCUMENTOS

077 | A bordo de la Santa Dorotea - Por Jorge Guillen Salvetti

A principios del año 1797, varias compañías del Regimiento de Infantería de Murcia, que pocos años antes se había batido valerosamente contra los revolucionarios franceses en la guerra del Rosellón, y en las que figuraba el primer subteniente D. José de San Martín, se hallaban estacionadas en la ciudad de Cartagena. Su misión consistía en guarnecer militarmente la plaza y varios castillos que, desde diversas montañas, controlaban con sus cañones la entrada de los buques a la bahía. Las tropas se alojaban en el espacioso Cuartel de Antiguones, que todavía se conserva (aunque vacío, por haber sido desalojado recientemente por el Ejército español). La ciudad era ya conocida por San Martín que, en 1791, siendo cadete, había observado una cuarentena cautelar en el castillo de San Julián, antes de partir a luchar a Orán. Al evacuarse dicha plaza en 1792, volvió a Cartagena, donde permaneció de guarnición siete meses. La ciudad albergaba una importante base naval, potenciada extraordinariamente por Fernando VI y Carlos IV, que la habían fortalecido con importantes murallas, numerosos edificios militares y un poderoso arsenal repleto de bien surtidos almacenes, en el que no faltaban diques, los más modernos de Europa después de los ingleses, donde raro era el día en que no se botaba un navío o una fragata. Era capitán de navío del Departamento Marítimo un veterano marino, don Francisco de Borja, que vivía en un palacio cartagenero. El arsenal lo mandaba el capitán de navío D. Juan Antonio Salinas. El núcleo más importante de la ciudad lo constituían cómo no, los marinos de guerra, que, asentados allí desde hacía dos siglos, formaban parte de las mejores familias, habiendo desempeñado también algunos de sus miembros labores de gobierno en el Ayuntamiento y Hacienda locales. La ciudad, sin llegar a tener la importancia de otras capitales portuarias como Cádiz o Barcelona, tenía una gran animación, como consecuencia del intenso tráfico de escuadras de guerra y de buques mercantes.

El puerto era visitado incesantemente por barcos de todas las naciones, que cargaban y descargaban toda clase de mercancías. Las compañías mercantiles mantenían relaciones con todos los puntos del Mediterráneo, desarrollando un comercio floreciente. En la base naval, navíos, fragatas, corbetas y otros buques menores se adiestraban continuamente o participaban en operaciones navales. La sociedad cartagenera, influida en gran parte por la oficialidad de marina, era culta, alegre, sociable y cosmopolita. Existían varios establecimientos de venta de libros en los que se podían encontrar todas las obras que contaban con las autorizaciones eclesiásticas y gubernativas. Incluso había uno en la propia Contaduría de Marina. También era posible comprar detrás del mostrador libros prohibidos, de ideas avanzadas. Existía un gran contrabando de libros franceses que operaba del siguiente modo: al llegar a las proximidades del puerto, barcos mercantes arrojaban al mar cajas metálicas llenas de libros, cerradas herméticamente, atadas a boyas que las permitían flotar, hasta que eran recogidas por sus avisados destinatarios, que acudían hasta allí en bote San Martín, ávido lector y estudioso, frecuentaba todas las librerías, donde compraba numerosas obras con las que fue formando su biblioteca. También se vendía allí el “Semanario Literario y Curioso”, segundo diario publicado en España, en el que la mayoría de redactores eran marinos y donde se escribía de historia natural, física, matemáticas, medicina, química, agricultura, etc. Incluía naturalmente todos los sucesos, avisos y noticias que sucedían en Cartagena. El “Semanario” se subvencionaba principalmente por sus suscriptores, entre los que figuraban marinos, militares y funcionarios, varios de ellos residentes en otros lugares. Se encontraban entre ellos el teniente general marqués de Montehermoso, fundador de la Real Sociedad Bascongada, el capitán de navío D. Félix O´Neylle, que fue luego superior de San Martín, el teniente de navío D. José de Salazar, que mandó el apostadero de Montevideo, el teniente coronel de caballería D. Manuel Aguirre, autor de una importante obra de geografía científica, y el teniente coronel D. Francisco Javier de Castaños, futuro vencedor de Bailén. Eran redactores de este diario los alféreces de navío D. Martín Fernández de Navarrete, más tarde director de la Real Academia de la Historia, y D. Luis de Salazar, que llegó a ministro de Marina.

La ciudad contaba con varios teatros, ya que la afición a este arte era muy grande. Por ella pasaban con frecuencia compañías que ofrecían representaciones públicas, sobre todo de temas clásicos y religiosos. Había también compañías italianas que daban representaciones de música y baile, y actuaban también compañías cómicas profesionales. San Martín, que tuvo la pena de ver morir unos meses antes (diciembre de 1796, en Málaga) a su padre, estaba muy relacionado con algunos de sus hermanos, Manuel y Juan, a los que veía con frecuencia. Manuel, teniente del Regimiento de Soria, estuvo la mayor parte del año 1797 en el reino de Murcia dedicado a la búsqueda y captura de desertores y malhechores, por lo que pasaba por Cartagena de vez en cuando. Juan, subteniente del mismo Regimiento, había embarcado en enero en la Escuadra, y recalaba con frecuencia en Cartagena. Participó en el mes de febrero en el desgraciado combate de San Vicente, ganado por los ingleses. San Martín le vio llegar y le acompañó en tierra después de esta derrota. Aparte de sus hermanos, San Martín conoció allí al teniente de navío D. José de Vargas Ponce, historiador y futuro director de la Real Academia de la Historia, que se dedicaba por entonces a recoger todas las lápidas e inscripciones romanas diseminadas por calles y campos, que estudiaba y traducía, depositándolas después, para su custodia, en los locales del Ayuntamiento. También trató al piloto Alejo Berlinguero, profesor de dibujo de la Academia de Pilotos, que había estado varios años realizando misiones científicas en el virreinato de Río de la Plata, y que encandilaba al oficial con relatos de su tierra natal. Pero había en el arsenal un lugar que sugestionaba a San Martín y que visitaba muchas veces: la biblioteca de la Real Compañía de Guardiamarinas, parte de cuyos fondos procedía de la que fue del Colegio de Jesuitas, expulsados de España en 1767. La estancia de San Martín hubiera sido más placentera y feliz, si no fuera porque España rompió relaciones con Inglaterra, Obligad a por su unión política y militar con Francia. Los buques ingleses, al principio temerosos, abandonaron el Mediterráneo, pero, más tarde, organizados, regresaron y, poco a poco, fueron enseñoreándose del mar.

En febrero de 1797 derrotaron a los españoles en San Vicente, y en abril bloquearon Cádiz. Sus barcos surcaban el Mediterráneo con atrevimiento e impunidad, efectuando acciones corsarias y molestando al comercio. El ministro de Marina, Lángara, preocupado por el daño que causaban estas unidades enemigas, dispuso que se armara rápidamente una flotilla de fragatas rápidas que limpiaran el mar de las depredaciones británicas y recuperaran el control de las rutas marítimas. El día 4 de abril, Lángara escribía desde la Corte al intendente del Departamento Marítimo de Cartagena, en los siguientes términos: “Habiendo mandado el rey que luego que estén habilitadas de todas sus obras las Fragatas “Santa Dorotea” y “Santa Catalina”, se proceda sin perdida de tiempo al armamento de ambas, si fuera posible, y si no, al de la que estuviere más pronta en el concepto de que deben dotarse completamente, según el Reglamento de Guerra, como esta mandado por punto general para todos los buques de la Armada. Lo que prevengo a V.S. de orden de S.M. para su inteligencia y gobierno en la parte que le corresponde.” Dicho armamento incluía también la guarnición de los buques, formada por personal del cuerpo de brigadas o de artillería de marina y del cuerpo de batallones. Como estas fuerzas eran insuficientes, se completaban con tropas del Ejército, que embarcaban y se sumaban a las tripulaciones. San Martín se ofreció voluntario para embarcar en la “Santa Dorotea”, cuyo apresto y avituallamiento avanzaba rápidamente, atraído por el nuevo escenario bélico, por el prestigio de la bien organizada Marina de guerra y por los suplementos económicos que se percibían en ella. Precisamente acababa de ponerse en vigor una nueva Instrucción para la manutención de los generales, comandantes y oficiales embarcados, que les asignaba gratificaciones. El punto 7 de esta Instrucción, que había sido redactado personalmente por el mismo D. Martín Fernández de Navarrete, determinaba: “Tendrán gratificación personal de embarcados [...] todos los Oficiales de la Armada y el Ejército [...] que tuvieren destino en los buques”.

Una vez aprestada la “Santa Dorotea”, se determinó que formara división naval con la “Pomona” y la “Santa Casilda”, a cuyo mando se puso al capitán de navío D. Félix O´Neylle, caballero de la Orden de Santiago, jefe autoritario y culto que, como sabemos, había sido ávido lector del “Semanario Literario y Curioso”. Consta en uno de los libros de la Contaduría de Marina de Cartagena correspondiente a 1797, que San Martín embarcó en la “Santa Dorotea”, que había sido construida veintidós años antes en los astilleros de El Ferrol (una de los astilleros más importantes todavía en la península). Era una hermosa embarcación velera de 161 metros de eslora, 45 de manga, 20 de puntal y 614 toneladas. Contaba con veinte cañones de a 12 y ocho obuses de 32. La tripulación se componía de un capitán de fragata, dos tenientes de navío, tres alféreces de fragata, un contador, un cirujano, un capellán, trece oficiales subalternos, cuarenta y cinco artilleros, cuarenta marineros, setenta y un grumetes, siete pajes, diecinueve soldados de artillería y noventa y ocho soldados de artillería, estos últimos a las órdenes directas de San Martín. Mandaba el buque el capitán de fragata D. Manuel Guerrero, un experto y valiente marino que años antes había caído prisionero de los revolucionarios franceses en Tolón y había sufrido durísima prisión en París, estando a punto de morir guillotinado. Como detalle curioso, el capellán era un franciscano llamado Carlos San Martín, sin ninguna relación con nuestro héroe, que desembarcaría cuatro meses más tarde, pasando a otra unidad de la Armada. A los dos días, el contador de la “Santa Dorotea” satisfizo a todos los oficiales, con vistas a la próxima campaña que iban a efectuar, la gratificación de mesa correspondiente a los meses de julio y agosto (4.000 reales de vellón al comandante y 900 a cada oficial), firmando todos el recibo en la debida nómina. Este abono se practicó mensualmente durante toda la estancia de San Martín a bordo. La mayoría de estas nóminas se conservan en el Archivo Histórico del Arsenal Naval de Cartagena, todas ellas con la firma del joven oficial criollo, siendo las únicas que se le conocen de aquella intensa época. Se observa en ellas un trazo fuerte y erguido, con una gran rúbrica orgullosa que semeja una nube enmarañada vertical.

San Martín permaneció a bordo de la fragata trece largos meses, participando en todas sus navegaciones por el Mediterráneo, escoltando mercantes, conduciendo caudales, armamento y pertrechos, y persiguiendo embarcaciones corsarias. Recalaron varias veces en los puertos de Alicante, Mallorca, Mahón, Málaga, Almería, Argel y Barcelona, tras lo cual regresaban siempre a Cartagena, su base natural. San Martín no se conformaba con cumplir superficialmente su obligación de mandar la guarnición de a bordo, y dio en estudiar las ciencias de los oficiales de marina y alternar con ellos en las guardias de mar. Consiguió las obras navales de más prestigio: “Máquinas y maniobras”, de D. Francisco Ciscar, el “Examen marítimo”, de Jorge Juan, comentada por D. Gabriel de Ciscar; los dos tomos de “Maniobras navales”, de D. Santiago de Zuloaga; una “Ordenanza Real sobre las presas de mar”; el “Compendio de Navegación para el uso de los Caballeros Guardiamarinas”, de Jorge Juan; la “Ordenanza para los Arsenales de Marina”, y otras muchas que leyó y estudió ávidamente, incorporándolas a su biblioteca. Años después se llevaría todos estos libros a Argentina, donde los acabaría donando a la Biblioteca Nacional de Lima, fundada por él, perdiéndose en el desgraciado incendio de 1943. En mayo de 1798, navegando con toda la división al mando de O Neylle. El día 17 tuvo la oportunidad de entrar en el puerto francés de Tolón, donde encontraron, a punto de zarpar para Egipto, a una escuadra francesa compuesta de quince navíos, doce fragatas y cien buques auxiliares, en los que había embarcado un ejército de veinte mil hombres, al mando del mismo Napoleón Bonaparte. Los españoles habían acudido allí con la misión de comprar varios quintales de pólvora francesa, que se reputaba como excelente, y que luego resultó inferior a la suya. O Neylle visitó personalmente a Napoleón, que estaba a bordo del “Oriente”, siendo muy bien recibido por éste. El primer cónsul se excusó por no poder obsequiar a los españoles como deseaba, por su inminente salida, pero le dio tiempo de celebrar al día siguiente una recepción a la que acudieron varios españoles, y en la que se dice que Napoleón se acercó al joven San Martín, cuyo uniforme difería de los demás, cogiendo con su mano un botón de su casaca y leyendo en alta voz el nombre de su Regimiento.

Aparte de la gran impresión que le causó la proximidad del mejor general de su tiempo, los treinta días que permaneció la división naval en Tolón supuso para San Martín el conocimiento de un nuevo mundo lleno de riquezas extraordinarias. Se encontró allí con la cultura francesa, que él siempre había admirado. Pudo visitar a sus anchas numerosas librerías, con todas las obras que no podían entrar en España, portadoras de las ideas revolucionarias entonces en boga. Allí se inició su gran amor por la lengua francesa, que llegó a dominar, y por los libros franceses, que constituyeron más tarde, según Vicuña Mackenna, y Callet-Bois las cuatro quintas partes de su biblioteca. Allí se encontró, con mayor o menor aceptación, con los masones. En la Francia de finales del siglo XVIII, los revolucionarios franceses efectuaban numerosos actos de propaganda entre los extranjeros que los visitaban, sobre todo con las tripulaciones de los barcos. Y a estos movimientos no eran ajenas las logias masónicas, protegidas y estimuladas por Napoleón. Los masones invitaban a los españoles a copiosos banquetes de confraternización, en los que se brindaba por España y por Francia, y en donde les exponían sus ideas revolucionarias y liberales. Todas estas actividades excitaron grandemente la atención y curiosidad de San Martín. El 17 de junio las fragatas zarparon de Tolón definitivamente, regresando a Cartagena el 2 de julio. Pocos días más tarde salió la “Santa Dorotea” con su división en la que sería su última campaña. Días antes había embarcado el piloto D. Pablo Guillén al que siendo después teniente de navío, tocaría después ser el último comandante de las Malvinas. Fondearon en Argel, donde entregaron al cónsul varios candeles. Cuando regresaron, sufrieron una tormenta que desarboló el mastelero de velacho y el juanete mayor de la “Santa Dorotea”, que aminoró considerablemente su marcha. Como las desgracias nunca vienen solas, el 15 de julio se encontraron con un potente navío inglés, el “Lion”, de sesenta y dos cañones y artillería muy superior de calibre a la que montaban las fragatas. El “Lion”, viendo muy débil a la “Santa Dorotea” por sus averías, con sólo cinco cañones montados, se lanzó denodadamente a por ella, estableciéndose un bizarro y largo combate de cuatro horas, en el que la “Dorotea” sufrió un duro castigo con las bajas de la mitad de su dotación, a pesar de los intentos de ayuda de las otras fragatas que decidieron retirarse, rindiéndose la “Dorotea” finalmente con honor.

El comandante inglés Dixon escribía a su almirante lord Jervis, dándole el parte del combate: “El Comandante D. Manuel Guerrero, de bien notorio y distinguido carácter, defendió su buque con la más constante bizarría. Me es imposible expresar en palabras el osado espíritu y habilidad que manifestó durante la acción que fue tan fuerte contra él, y este bravo Oficial que tiene algunas ligeras heridas, me ha después manifestado que él es únicamente deudor de todos los elogios que le he conferido a la brava conducta de todos sus Oficiales y Tripulación”. La dotación del “Lion” acogió con gran respeto a los marinos de la “Santa Dorotea”, atendiendo con suma delicadeza a los heridos. Luego detuvieron una embarcación de la República de Ragusa, a la que transbordaron a todos sus prisioneros, que quedaron libres pero prisioneros de palabra, ya que no podían volver a empuñar las armas contra Inglaterra hasta que no fueran canjeados por prisioneros ingleses. La nave ragusana se dirigió a Mahon, donde dejo a Guerrero, a San Martin y a la mayoría de la tripulación. Estos pudieron embarcar en un bergantín el 4 de agosto, regresando a Cartagena el 9 del mismo mes. Poco después se enteraron de que la escuadra de Nelson había destruido en Abukir a la flota francesa con la que habían coincidido en Tolon. San Martin guardo un recuerdo imborrable de su estancia en la ciudad francesa y de los marinos galos que conoció. En el dormitorio donde falleció tenia colgadas de las paredes varias láminas representando escenas de dicha batalla, en la que figuraban los buques franceses que el había conocido. San Martín y sus compañeros tuvieron que permanecer en Cartagena sin tomar las armas hasta el año 1801, en que consiguieron ser canjeados, incorporándose después nuestro oficial a las fuerzas que penetraron en Portugal. Durante la ultima salida de la “Santa Dorotea”, un distinguido científico y matemático, el capitán de navío D. Gabriel de Ciscar, hombre de gran cultura, que dirigía la Real Compañía de Guardiamarinas de Cartagena, había sido comisionado para participar en París por el Gobierno español, con sabios de otros países, con el fin de establecer nuevas unidades de pesos y medidas, teniendo una actuación sobresaliente.

Esta noticia avivó el interés de San Martin por las matemáticas. Dedicado en el Cuartel de Antiguones a trabajos burocráticos, adquirió diversas publicaciones: “Elementos de Matemáticas”, “Compendio de la geometría práctica”, “Compendio de la geometría elemental”, de Toliño, que estudió y también regalaría a la Biblioteca de Lima. Volvió a encontrarse con el piloto D. Alejo Berlinguero, que era profesor de la Academia de Pilotos. Este Berlinguero tenía un gran arte para dibujar acuarelas marinas (en el Museo Naval de Madrid se conservan unas bellísimas laminas suyas que representan barcos de la época), afición que inculcó a San Martin, como contaría después Mitre. En estos tres años de inactividad se separaron sus hermanos Manuel y Juan. El primero cesó de perseguir malhechores y se incorporó a otro destino; el segundo marchó con la Escuadra a Brest, donde permaneció hasta 1802. Su madre y su hermana, María Elena, vivían en Aranjuez, acompañando a su hermano Justo, que era guardia de corps de Carlos IV. Todos los conocimientos que adquirió San Martin en su época naval influyeron grandemente en su formación militar, inculcándole una mentalidad naval, tan poco corriente en los oficiales del Ejercito, que le permitiría, años más tarde, acometer con éxito la campaña de liberación de Perú.


Instituto Nacional Sanmartiniano
Ministerio de Cultura de la Nación