Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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078 | Su interés por lo naval - Por Laurio H. Destefani

San Martín, uno de los mas grandes capitanes de la época moderna, fue un genio militar integral. Sabía conducir y combatir; conocía la estrategia y la táctica militar, tanto terrestre como marítima. Los conocimientos de la guerra marítima los adquirió durante su juventud a bordo de la fragata de guerra española “Santa Dorotea” y en las bases navales de Cartagena y de Cádiz. Como segundo teniente del Regimiento de Infantería Murcia (“El Leal”), se embarcó en dicha fragata el 23 de junio de 1797 y permaneció en ella -y en las bases mencionadas- hasta el 15 de julio de 1798. Durante este tiempo realizó seis campañas navales contra Inglaterra, en el mar Mediterráneo. La “Santa Dorotea”, nave de 614 toneladas, estaba comandada por Manuel Guerrero y Zerón, un jefe valiente y con servicios distinguidos. Componían su dotación 15 oficiales y pilotos y 300 marineros. En el transcurso de su quinta campaña fondeó en el puerto de Tolón, el 17 de mayo de 1798. Allí sus tripulantes vieron anclada la flota francesa que se aprestaba a invadir Egipto, compuesta por 20.000 hombres embarcados en cientos de transportes que debían ser escoltados por 15 navíos, 14 fragatas y 72 naves de guerra menores. Los oficiales del buque español, entre ellos San Martín, tuvieron la oportunidad de visitar a Napoleón Bonaparte. En su sexta y ultima campaña, la “Santa Dorotea” se hallaba averiada, y fue alcanzada y batida por el navío inglés “Lion”, luego de una heroica resistencia favorablemente comentada por el jefe enemigo. Los oficiales prisioneros fueron llevados a Nápoles y luego, en un bergantín ragusano, repatriados a Barcelona, previa internación en la isla balear de Menorca. Devuelto a su base de Cartagena “bajo palabra” el joven oficial San Martín meditó profundamente sobre el poder naval enemigo. También le impresionó el peligro de la poderosa expedición naval a Egipto batida por los ingleses en la batalla de Aboukir, cerca de Alejandría. El almirante Nelson había dado una gran lección sobre el dominio del mar y Napoleón, humillado por primera vez, debió regresar con peligro de ser capturado.

San Martín nunca olvido los sucesos de Aboukir: en su habitación de Boulogne-sur Mer conservó seis marinas coloreadas, de las cuales cuatro representan igual número de momentos de la famosa batalla naval. La “Santa Dorotea” fue la escuela marinera de San Martín: en ella mandó a un centenar de soldados de infantería, libró tres combates y sintió el poderío naval de la flota inglesa. En la base naval de Cartagena, una de las tres más importantes de España, también en vivió el ambiente marinero. Se supone que allí aprendió a pintar marinas. El puerto de Cádiz fue residencia alternativa de San Martín entre los años 1803 y 1811. Allí recibió la lección de Trafalgar del 21 de octubre de 1805 y seguramente trató a muchos de los heroicos vencidos de la escuadra franco-española. En ese mismo puerto gaditano, ingresó en la logia patriótica de los “Caballeros Racionales” y conoció a varios marinos argentinos que compartían sus inquietudes: José Matías Zapiola, Manuel Blanco Encalada y Matías Aldao. En América, San Martín puso en práctica sus conocimientos navales en cuanta oportunidad tuvo de ello. En San Lorenzo escarmentó uno de los desembarcos que hacían los españoles para dominar el río. Cuando, en 1814, conoció la victoria naval de Montevideo, escribió a Guido: “El triunfo sobre la escuadrilla realista es lo más grande hecho hasta ahora por la revolución americana.” A través de la frondosa correspondencia sanmartiniana se observa su constante preocupación por los problemas navales y sus grandes conocimientos en la materia. La amistad y el frecuente trato que mantuvo con distinguidos marinos como Zapiola, Blanco Encalada, Matías de Irigoyen, Martín de Guise, Hipólito Bouchard y otros, como también la cantidad de obras náuticas de su biblioteca, cartas marinas y tratados de puertos y fortificaciones, hablan a las claras de su concepto del dominio del mar como requisito primordial para poder invadir, en el futuro, y por esa vía, el virreynato del Perú. Con esa idea fundamental, San Martín insistió en la creación de la escuadra chilena, contando para ello con el apoyo del Director Supremo de ese país, Bernardo O’Higgins, de su ministro de guerra y marina José Ignacio Zenteno y de otros destacados patriotas argentinos y chilenos.

España, cuyo poder naval en el Pacifico se hallaba en decadencia, tenía solamente un bergantín armado en 1816, cuando se realizo la expedición corsaria del almirante Brown. Después de esta gloriosa campaña, precursora de la acción sanmartiniana en el mar, los realistas incorporaron dos buenas fragatas: la “Esmeralda” y la “Venganza” y, más tarde, en 1819, la fragata “Prueba”. En abril de 1818, San Martín había escrito a Pueyrredón: “No dominando el mar es inútil pensar en avanzar una línea fuera de este territorio y, por el contrario, es preciso prepararse a una guerra dilatada que debemos desviar para no acabar de mutilar a Chile.” La escuadra chilena se fue conformando a partir de la captura del bergantín mercante “Águila”, fondeado en el puerto de Valparaíso, después de Chacabuco. Su primer capitán patriota fue el irlandés Raimundo Morris, que perteneció al Ejército de los Andes y su primera acción al servicio de la emancipación, el rescate de prisioneros de la isla Juan Fernández, entre ellos el sargento mayor Manuel Blanco Encalada, futuro héroe en Maipo y verdadero gestor de la marina de guerra de Chile. A mediados de 1818, Blanco Encalada capturó, el “María Isabel” y a varios transportes. Estas incorporaciones, sumadas a las adquisiciones de otras naves en Inglaterra y Estados Unidos, significaron el comienzo de la escuadra chilena. Siguió la etapa de lord Cochrane, excelente profesional de la escuela de Nelson, que fue contratado en Londres por los enviados chilenos para la adquisición de material naval, Alvarez de Condarco, Manuel Aguirre y Alvarez de Jonte, con la garantía del gobierno argentino. El almirante Cochrane se hizo cargo de la escuadra chilena a fines de 1818. San Martín comenzó a vislumbrar, desde principios de 1820, que la escuadra chilena dominaba ya el Pacifico y que era capaz de transportar su ejército, con seguridad, hasta el Perú. A mediados de agosto de 1820, la llamada Escuadra Libertadora, estaba lista: para zarpar desde el puerto de Valparaíso. La componían nueve unidades de guerra, catorce mercantes para transporte y once lanchas cañoneras. El genio y la voluntad de San Martín habían conseguido crear esta poderosa escuadra. Era la expedición mas grande de la guerra de la independencia hispanoamericana, concretada en poco tiempo, con arduas gestiones y cuantiosos desembolsos.

Tras la desvinculación de lord Cochrane de las órdenes de San Martín, luego de haberse apoderado indebidamente de los caudales del gobierno, el Libertador creó la escuadra peruana, necesaria para mantener el dominio en el Pacifico. En mayo de 1822, la marina del Perú contaba con once unidades y varios transportes. Con enorme esfuerzo, San Martín consiguió no sólo armar los buques con 200 cañones y tripularlos con 1.400 hombres, sino que también impuso su infraestructura, dictó sus reglamentos, organizó sus servicios y aseguró su trascendencia. Completó la organización naval con la creación de la marina mercante peruana, para lo cual dictó el “Reglamento Provisorio de Comercio” y el “Reglamento Provisional de Presas”. A estas disposiciones se añadieron las atinentes a las funciones de contador embarcado; normas para el fomento de pesca, patentes de buques mercantes, nominación de buques, uso de símbolos nacionales a bordo y otras, que ponen de manifiesto sus conocimientos marítimos, su espíritu de organización y el deseo de dotar al Perú, desde su inicio como nación, de una verdadera independencia económica. San Martín se retiró del Perú en setiembre de 1822, a bordo del bergantín “Belgrano”. Deseamos recordar, porque no ha sido muy reconocido, que cuando San Martín se retiró del Perú, su acción marítima continuó subsistiendo en pro de la causa de América Al liberar el Pacifico de la presencia española Simón Bolívar ya no tuvo enemigos en ese flanco. Los españoles no podían recibir, por esa vital vía, ni pertrechos, ni refuerzos, ni órdenes de la península. Los ejércitos realistas en el Perú quedaron librados a sus propias fuerzas y sin esperanzas.


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