Argentina 200 años de Independencia

200 AÑOS DE INDEPENDENCIA

 

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Libertador José de San Martín
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DOCUMENTOS

081 | Retrato de Cochrane - Por Bartolomé Mitre (1821-1906)

El dominio del mar Pacífico era condición indispensable de éxito para la expedición al Perú. El mismo San Martín lo había dicho dos años antes después de Chacabuco: “Sin una fuerza naval que domine el mar Pacífico, yo no expondré al ejército expedicionario a ser desbaratado por dos o tres buques de guerra, que pondrá el Perú en precaución de la invasión que es el mayor mal que puede venirle a su existencia”. Si bien la captura de la “María Isabel” y de los transportes de guerra que convoyaba había dado preponderancia a la naciente marina chilena, no le había dado el predominio absoluto del mar y de las costas desde Chiloé hasta Panamá, ni reducido a la impotencia las fuerzas navales españolas en el Pacífico, que podían medirse con ella, aunque con desventaja, y que según noticias que se tenían de la Península iban a ser reforzadas con dos navíos y una fragata. Nombrado Cochrane jefe de la naciente escuadra chilena después de aquel feliz ensayo, recibió por instrucciones, afirmar definitivamente ese dominio, destruyendo la escuadra enemiga, si era posible, o encerrándola en sus puertos, batir en la mar el anunciado refuerzo. El nuevo almirante al desplegar su insignia en la “O’Higgins” pudo como los viejos almirantes holandeses enarbolar una escoba en lo alto de sus mástiles. El barrería el mar Pacífico de naves españolas, que, como bandada de pájaros amilanados, se encerrarían en sus puertos para sucumbir en ellos, uno por uno, desde el primero hasta el último. Era lord Cochrane el tipo ideal del héroe de aventuras extraordinarias. Como el Teseo de Plutarco, el Hércules de la fábula o el Aquiles épico, diríase que fue el engendro de alguna diosa liviana de la mitología que incorporara su fuego sagrado a la arcilla humana. Alma soberbia que no admitía la superioridad de nadie, naturaleza poderosa, ávida de acción y de emociones y presa de apetitos complicados; figura atlética cuya varonil belleza con rasgos de enérgica fealdad realzan luces resplandecientes contrastadas por sombras que las oscurecen: era uno de los primeros entre los héroes de la primera marina del mundo, y fue el primero sin disputa en los fastos navales de la independencia de tres naciones sudamericanas. Pero este genio singular, animado por la potencia individual que domina los acontecimientos dentro de una determinada esfera de acción, no dominó nunca su propio destino, ni fundó escuela siquiera para prolongar su espíritu en su posteridad. Dotado de notables facultades intelectuales y morales, aunque sin talentos políticos ni método en sus operaciones, llevó a cabo hechos prodigiosos, sin conquistar en la historia esa página comprensiva que da una significación moral y una potencia intelectual a las acciones humanas. Héroe universal, por el dilatado campo de sus hazañas marítimas y por las diversas banderas que en ambos mundos adoptó como suyas, no tuvo patria ni se identificó por el amor con los pueblos que después han levantado estatuas a su fama póstuma. Su patria lo repudió con ira y menosprecio, y él se separó de ella maldiciéndola como una prostituta. De Chile, del Perú, del Brasil y de Grecia se alejó con enojo, después de contribuir en primera línea a su independencia, y en su testamento histórico los estigmatizó, -no sin alguna razón para ello-, como ingratos, estimando en oro, como una mercancía, el precio de sus trabajos. Gobernado por su carácter impetuoso, por una imaginación ardiente unida a un ingenio fecundo en expedientes, era un héroe de aventuras, más bien que un hombre de guerra metódica, aún cuando todas sus empresas y golpes de mano fueron bien concebidos y perfectamente calculados hasta en sus más minuciosos detalles, aún aquellos que rayaban en lo imposible. Faltóle, empero, a su grandeza moral una pasión más ideal y desinteresada, un sentimiento más austero del deber, un espíritu más equitativo y un juicio más equilibrado, cualidades sin las que, el heroísmo es cuestión de temperamento y el mismo genio una luz intermitente. Este hombre singular amaba por temperamento el peligro, y su alma intrépida permanecía tranquila en medio de las tempestades o de los combates. Amaba el oro con sensualidad, y a esto debió el perder su patria natal, y enajenarse en vida el amor y la estimación de los que premiándole con parsimonia, le cuentan en el número de los ilustres fundadores de su independencia. Amaba la gloria con imperio, sin admitir émulos y sin elevarse siempre hasta el principio generador que da su carácter moral a las hazañas dignas de memoria por su ejecución y por su significación. Amaba en abstracto la libertad, y su genio y su espada sólo se pusieron al servicio de las grandes causas de su tiempo, combatiendo contra Napoleón y en pro de la Grecia contra el despotismo turco en Europa; y por la emancipación del nuevo mundo en sus luchas contra la España y el Portugal. Amaba, sobre todo, a su esposa, cuya belleza fascinadora según algunos con temporáneos , hacía prorrumpir en gritos de entusiasmo a los soldados americanos, cuando pasaba delante de sus filas manejando graciosamente su caballo en traje de amazona.


Hazañas de Cochrane

Una de sus primeras y más señaladas proezas a la edad de 26 años, fue la captura del “Gamo”, fragata española de 32 cañones con 219 hombres de tripulación, por el bergantín “Speedy” de 158 toneladas y 14 cañones, que él mandaba con 54 tripulantes. Cerrando alternativamente las vergas de su barquichuelo sobre los aparejos del buque enemigo y tomando distancia para hacer jugar su artillería, se resolvió al fin a abordarla. Dejó el “Speedy” a cargo del cirujano en el timón, y con el resto de su diminuta tripulación, dividida en dos partidas, condujo personalmente el ataque, y se apoderó de la fragata con la sola pérdida de cuatro muertos y diecisiete heridos, tomando más prisioneros que combatientes tenía a sus órdenes. Sus últimas hazañas en el viejo mundo, antes de entrar al servicio de Chile (1806- 1809), son memorables. La primera de ellas fue el combate que con un solo buque sostuvo contra una fragata y tres bergantines franceses protegidos por las baterías de la isla de Aix, obteniendo los honores del triunfo, hecho que según los historiadores difícilmente será igualado y nunca sobrepujado. La segunda fue la destrucción de parte de la escuadra francesa en la misma bahía de Aix (o de Basques) por medio de tres brulotes cargados con 1.500 barriles de pólvora a que puso fuego por su propia mano. Estas acciones llamaron sobre él la atención de la Europa casi a la par de Nelson e hicieron estremecer al mismo Napoleón quién tributó a su audacia la merecida justicia. Durante su crucero por las costas de Francia, envió en una ocasión sus botes tripulados con el objeto de destruir una batería de costa. La expedición regresó al anochecer, declarando el jefe de ella, -que había acompañado a Cochrane en sus más temerarias empresas,- que la operación era impracticable. Lord Cochrane, lo interpeló con benevolencia en presencia de los tripulantes:“Bien Jack, vos creéis imposible hacer volar la batería?” Veinte voces respondieron al mismo tiempo: “No, mylord; podemos hacerlo si vos vais?".

Poco después, la expedición conducida por él en persona llevando Jack un barril de pólvora al hombro, hacía volar la batería.


Primera campaña naval de Cochrane

A los veinte días de recibir Cochrane del mando de la escuadra (14 de enero de 1819) zarpó del puerto de Valparaíso con cuatro buques: el navío “San Martín”, de 60 cañones, capitán Wilkinson; las fragatas “O’Higgins” (capitana) y “Lautaro”, con 48 cañones la primera y 46 la segunda, al mando de los capitanes Forster y Guise, y 283 hombres cada una, y la corbeta “Chacabuco”, capitán Carter, con 109 hombres, sumando un total de 174 cañones y 1131 tripulantes entre marineros y soldados. El contralmirante Blanco debía incorporársele en las aguas del Perú con parte de los buques restantes. El 10 de febrero hallábase la escuadra chilena en inmediaciones del puerto del Callao, y se dispuso todo para atacar a la enemiga en su fondeadero, debiendo la “O’Higgins” abordar a la “Esmeralda” y la “Lautaro” a la “Venganza”, mientras permanecían los otros dos buques en reserva. Para que pueda formarse una idea clara de las operaciones que van a seguirse, se hace necesario dar una descripción del teatro de ellas.


El Callao

El Callao es una de las más espaciosas bahías del mar del sur. Las montañas de la cadena occidental de los Andes que corre paralela a las costas del Pacífico, forma en lontananza el fondo del paisaje, grandioso, pero triste y desolado en el primer plano, como toda la región marítima del Perú. A su pie, en una planicie baja, está fundada la ciudad del Callao sobre el terreno de aluvión que se conoce con la denominación de costa. A poco más de cinco kilómetros de distancia, se encuentra la entrada del risueño valle del Rimac en que se asienta la ciudad de Lima, cruzada por el río del mismo nombre que se derrama en el seno de la bahía del Callao, en cuya boca los buques hacen su aguada. Lo que propiamente se llama el puerto, es una gran rada cerrada por dos islas. La más grande de estas islas lleva el nombre de San Lorenzo y dista como once kilómetros y medio de la población. Situada al extremo austral de la bahía, prolóngase del sudeste al nordeste en una extensión de otros once kilómetros, rompe la mar tendida, abrigándola de todos los vientos del cuadrante con excepción de los del oeste hasta el sudnordeste que nunca soplan con fuerza en aquella latitud. Entre la punta sur del Callao (que es la lengua de tierra baja) y la extremidad sur de la isla de San Lorenzo, encuéntrase una pequeña isla que lleva el nombre de Frontón, y entre ésta y la tierra un canal estrecho, algo peligroso, que puede navegarse bordeándolo en cinco brazas de agua, pero que hasta entonces no había sido practicado. Esta entrada, sembrada de escollos, lleva la denominación de Boquerón para distinguirla de la gran entrada abierta por donde pueden penetrar buques de mayor calado. Por último, al norte de la boca del Rimac existen varias lagunas que rebalsan en el mar y forman un banco de arena que se extiende como dos kilómetros, cuyo bajo se denomina de Bocanegra, que es el nombre de las lagunas.


Escuadra española

Las fortificaciones bajo cuyos fuegos se proponía atacar Cochrane la escuadra española, eran las que habían reemplazado las antiguas murallas de que estaba rodeada la primitiva ciudad, destruida como Lisboa por un terremoto en 1746. Tres gigantescos castillos circulares, coronados de altos torreones, y ligados entre sí cubrían los extremos de las fortificaciones, y entre ellos se extendían las líneas de las baterías del Arsenal y de San Joaquín, artilladas con más de 165 piezas de grueso calibre, que barrían con sus fuegos toda la bahía. Bajo la protección de estas formidables fortificaciones estaba anclada la escuadra española compuesta de las fragatas “Esmeralda” y “Venganza” de 44 cañones cada una; la corbeta “Sebastiana” de 34; los bergantines “Pezuela”, el “Maipú” y el “Potrillo” de 18 cañones; la goleta “Moctezuma” de 7, el paquebote “Aranzazú” de 5, y 26 lanchas cañoneras, además de seis buques mercantes armados en guerra, a saber: la “Resolución” de 36, la “Cleopatra” de 28, el “San Fernando” de 26, el “Mosha” de 20, el “Huarney” y el “San Antonio” con 18 cada uno, formando un total de 350 cañones.

El 28 de febrero al amanecer, que era el día señalado por Cochrane para dar el ataque, una densa niebla cubría la bahía que se disipaba por intervalos a proporción que el sol se elevaba en el horizonte tras de las montañas del oriente. Era precisamente el día elegido por el virrey Pezuela para pasar revista a sus fuerzas navales y ejecutar con ellas un simulacro de combate. El virrey presenció el comienzo del simulacro desde tierra, y poco después se embarcó en el velero bergantín “Maipú” (corsario independiente apresado por los realistas) para presenciarlo más de cerca. A las once de la mañana había cesado el fuego del simulacro, cuando al aproximarse el “Maipú” a la isla de San Lorenzo, descubrió a sotavento a través de la niebla que comenzaba a elevarse, una hermosa fragata que navegaba en demanda del fondeadero orillando el bajo de Bocanegra, con larga bandera española, las portas cerradas y las velas con ese color oscuro que toman en las largas navegaciones, y que al avistarlo se puso en facha. “¡Buque de España!” gritaron los tripulantes del “Maipú”. El virrey pidió al comandante del bergantín se acercase a la fragata, pero éste le contestó que le estaba prohibido reconocer ningún buque teniendo la primera autoridad del reino a su bordo, y que además, perdería la línea de barlovento, de manera que ni a las cinco de la tarde podría ganar el fondeadero. El virrey desistió, y salvóse así de caer prisionero de Cochrane. La fragata avistada era la “O’Higgins” antes “María Isabel” capitana de la escuadra chilena.


Primer ataque del Callao

La niebla había separado los buques independientes. Atraídos por el cañoneo del simulacro, encontráronse a eso de las dos de la tarde reunidos a la entrada de la bahía, sobre la cabeza norte de la isla de San Lorenzo, pero algo distanciados unos de otros. La “O’Higgins”, que era la más velera y llevaba la delantera, penetró al puerto, y apresó una lancha cañonera del enemigo tripulada por veinte hombres que había quedado retrasada. Sin esperar a las demás embarcaciones, la capitana chilena avanzó sola seguida de cerca por la “Lautaro”, y con el “arrojo más temerario”, -dice un historiador español, testigo presencial,- se puso dentro del tiro de cañón de las baterías a favor de la niebla. A la distancia, como de novecientos metros, echó un anclote por la popa, izó la bandera chilena (hasta entonces llevaba bandera norteamericana), y rompió el fuego sobre los buques y castillos españoles, que fue vigorosamente contestado por ellos. En esos momentos empezó a disiparse un tanto la niebla, y vióse que el “San Martín” y la “Chacabuco” habían quedado a retaguardia fuera de tiro por falta de viento. El desigual combate se prolongó así por espacio de una hora, interrumpido por las intermitencias de la niebla que separaba de tiempo en tiempo a los combatientes de la vista. La situación de los buques independientes llegó a ser muy crítica bajo los fuegos de 500 piezas de artillería de grueso calibre (declaración española), de las cuales, 250 por lo menos funcionaban activamente. El capitán Guise de la “Lautaro” se hallaba gravemente herido, y su teniente maniobró tan mal, que se separó al principio del combate y no volvió a entrar en línea. La “O’Higgins” tenía el botalón tronchado y la jarcia despedazada. Pero Cochrane no era hombre de retroceder ante ningún peligro. Quería dominar moralmente al enemigo con su golpe de audacia, establecer su ascendiente sobre sus subordinados, y notando la mala puntería de los españoles, sostuvo solo el combate una hora más; pero al aproximarse la noche y habiendo caído el viento, retiróse al fin lentamente con muy pocas pérdidas de muertos y heridos. Al día siguiente, reparadas las averías, volvía a entrar a la rada interior con la “O ‘Higgins” y la “Lautaro”, rompiendo el fuego sobre la línea de lanchas cañoneras que obligó a refugiarse maltratadas bajo sus baterías. Los realistas asombrados, decían que el mismo diablo debía haber tomado el mando de la escuadra chilena: luego supieron que era el lord Cochrane y su solo nombre bastó para mantenerlos al ancla y a la defensiva dentro de sus puertos al amparo de sus baterías de tierra, y aún allí mismo no seguros.


Nuevos ataques de Cochrane al Callao

Malogrado el proyecto de un ataque por sorpresa, pensó renovar en el Callao la hazaña de Aix. Al efecto, se posesionó de la isla de San Lorenzo, y estableció allí un laboratorio de mixtos para armar dos brulotes a fin de incendiar la escuadra española en su fondeadero. El 22 de marzo estaba todo listo para la nueva empresa que meditaba. En la noche, se hizo a la vela con los cuatro buques, y se dirigió con ellos sobre los fuertes para ocultar la marcha de uno de los brulotes, que se había dejado ir a la deriva a merced de las olas que lo llevaban a la costa. La “O’Higgins” penetró hasta la proximidad del muelle, desafiando los fuegos combinados de los fuertes y las embarcaciones. Cuando el brulote se hallaba como a tiro de fusil, encalló, y una bala de cañón de las baterías de tierra le abrió un rumbo. El viento había caído en ese momento y hallándose muy distantes de la capitana los demás buques que debían sostenerla el almirante hubo de renunciar a su ataque y dejar que el brulote se fuese a pique. Dos días después (24 de marzo), intentó Cochrane un nuevo ataque parcial en que fue más feliz, consiguiendo apresar la goleta “Moctezuma” y algunos buques mercantes, apoderándose de algunas lanchas cañoneras. Los marinos españoles despechados, al ver que una sola nave había quedado de centinela en el puerto, hicieron una salida con el objeto de abordar a la “O’Higgins” A favor de una espesa niebla y de una calma, acercáronse a ella a remo como a tiro de pistola, pero recibidos por algunas andanadas bien dirigidas y habiéndose levantado una ventolina que permitió a la fragata dar la vela, los asaltantes volvieron a refugiarse bajo sus baterías, escapando con dificultad.


Primer crucero de Cochrane

“No habiendo producido más que demostraciones inútiles las tentativas hechas” dice el mismo Cochrane en sus “Memorias” y hallándose su escuadra falta de agua y de provisiones, dirigióse con ella al puerto inmediato de Huacho, dejando a la “Chacabuco” en San Lorenzo para cruzar y dar avisos. El 1 de abril se incorporó en este punto el vicealmirante Blanco Encalada con el “Galvarino” de 22 cañones y el “Pueyrredón” de 16. El almirante resolvió dividir sus fuerzas y ordenó a Blanco Encalada que con el “San Martín”, la “Lautaro”, la “Chacabuco” y el “Pueyrredón” mantuviese el bloqueo del Callao, mientras él con el resto de los buques se dirigía a los puertos del norte. El almirante extendió su crucero hasta el último puerto al norte del Perú, donde hizo un desembarco y apoderóse a viva fuerza de la plaza y de la artillería de bronce de sus fuertes, haciendo varias presas y esparciendo en las costas las proclamas de O’Higgins y San Martín que anunciaban una próxima expedición libertadora, que acompañó con una suya en que decía a los peruanos: “Los repetidos ecos de la libertad que resonaron en la América del Sur, fueron oídos en la Gran Bretaña, en donde no pudiendo resistir al deseo de unirme a su causa, determiné tomar parte en ella. La república de Chile me ha confiado el mando de sus fuerzas navales. A ella compete cimentar la soberanía del Pacífico. Con su cooperación serán rotas vuestras cadenas.” A su regreso al Callao encontró abandonado el bloqueo de este puerto. El vicealmirante Blanco Encalada, dando por razón hallar se escaso de víveres, lo había levantado y regresado con sus cuatro buques a las costas de Chile. Cochrane resolvió entonces dar por terminada su primera campaña marítima, que consideró como un simple reconocimiento, habiendo conseguido uno de sus principales objetos, que era encerrar la marina española en el Callao y reducirla a la impotencia, dominada moralmente.


Los cohetes a la Congreve

E1 17 de junio de 1819 entraba Cochrane con sus dos buques a Valparaíso, decidido a tentar nuevamente la destrucción de la escuadra enemiga, poniendo en práctica un plan que tenía meditado. Desde Inglaterra traía en su cabeza dos ideas: introducir en la guerra marítima la novísima invención de buques a vapor aún no generalizada en la navegación, y emplear como principal agente de destrucción los cohetes a la Congreve ensayados con tanto éxito por Nelson en Copenhague y usados por él mismo en el ataque de Aix pocos años antes. No dudaba que con este nuevo proyectil incendiaría la flota española del Callao, y le dio preferente atención durante tres meses, encomendando su elaboración al ingeniero Goldsack, que había trabajado en el arsenal de Woolwich con el mismo inventor, y al efecto le acompañara desde Inglaterra. En presencia del almirante se hizo un ensayo de los cohetes en la bahía de Valparaíso, y quedó plenamente satisfecho de su buena dirección, alcance y terribles efectos. Uno de los morteros de nueve pulgadas remitidos por el gobierno de Buenos Aires con tal objeto, fue agregado al material de la escuadra. Esta se aumentó con la fragata “Curacio” de 28 cañones, la que tomó el nombre de “Independencia”; organizóse para su servicio militar una brigada de marina de 400 plazas, cuyo comando se dio a un distinguido oficial inglés, Jagrae Charles, que había hecho la guerra en toda la Europa, y por segundo al mayor Miller. Listo todo, el “Pueyrredón”, comandante Prunier, el “Intrépido” (argentino) comandante Carter, y la “Moctezuma” capitán Casey, fueron despachados a los puertos del sur para vigilar el paso de la expedición naval de la Península que se esperaba. La escuadra expedicionaria zarpó de Valparaíso dos días después (12 de setiembre), organizada del modo siguiente: la fragata “O ‘Higgins” , almirante; navío “San Martín”, con el vicealmirante Blanco Encalada y capitán Wilkinson; fragatas “Independencia” y “Lautaro”, comandantes Forster y Guise; bergantines “Galvarino” y “Araucano”, capitanes Spry y Thomas Crosbie, y dos de las fragatas apresadas al convoy español, la “Victoria” y la “Jerezana” destinadas para brulotes. La confianza del almirante en el éxito de su empresa era tal, que en vísperas de dar la vela escribía al director O’Higgins: que el 24 de setiembre a las ocho y minutos de la noche estaría ardiendo la escuadra española surta en el Callao, y que recibiría el parte de su destrucción el 15 de octubre sin falta.


Nuevo ataque de Cochrane al Callao

El 28 de setiembre llegó la escuadra chilena al fondeadero de San Lorenzo, y el 30 envió un parlamentario a tierra retando a la escuadra realista a salir fuera del puerto con los buques que quisiera y ofreciéndose a atacarlos buque a buque y cañón a cañón. “Esta propuesta de dudosa regularidad en los usos de la guerra, - dice Miller-, recibió una lacónica negativa; y la medida también inútil, de enviar un cohete a tierra en el bote de parlamento parra enseñarlo a los realistas, produjo una impresión diferente de la que se esperaba”. Los españoles estaban bien preparados a la resistencia: habían aumentado sus defensas con una estacada de maderos flotantes que cubría sus embarcaciones y perfeccionado a sus artilleros en el tiro, preparando hornillos de bala roja. E1 plan del almirante era penetrar al puerto, hasta ponerse a tiro de los buques españoles, con cuatro balsas de maderos de fuertes explanadas, dos de ellas con coheteras, una con el mortero y otra con el depósito de bombas y municiones, las que avanzarían a remolque, permaneciendo el grueso de su escuadra al ancla a la espera del incendio que ya veía arder en el horizonte. Después de dos reconocimientos previos, situase Miller en la noche del 2 de octubre a vanguardia del ala izquierda de la línea de ataque, hacia Bocanegra, con una balsa remolcada por el “Galvarino” llevando el mortero, y el “Pueyrredón” con el depósito.

Seguían a la derecha las dos balsas con cohetes a remolque del “Araucano” y de la “Independencia”, mandadas por el capitán Hind y el comandante Charles. Los tripulantes de las balsas iban provistos de salvavidas. Roto el fuego por el mortero a distancia como de setecientos metros, viose que las bombas llegaban hasta los fuertes, y una de ellas echó a pique una de las lanchas cañoneras del enemigo; pero inutilizado su afuste y fallando las trincaduras de la balsa, quedó fuera de combate. Los cohetes no surtieron ningún efecto, así por la mala construcción de estos proyectiles, como porque no era posible que las balsas se aproximasen lo bastante a tierra sin ser echadas a pique, y a la distancia a que funcionaron poco daño podían causar aún con mejores elementos. Los españoles tiraban a bala roja y con bastante acierto. Uno de sus proyectiles, o acaso un accidente, produjo una explosión en la balsa del capitán Hind, resultando éste y doce de sus tripulantes con graves quemaduras. El “Galvarino” recibió algunas averías y tuvo varios muertos, entre ellos su teniente Tomás Baylie que fue dividido por una bala de cañón. Convencido el almirante de la ineficacia del ataque mandó retirar las balsas al amanecer. La pérdida total de los independientes fue de veinte hombres, entre muertos y heridos. Empeñado el almirante en la destrucción de los buques enemigos, resolvió llevar un nuevo ataque combinado de las balsas con uno de los brulotes para hacer volar la valla de maderos flotantes que los protegía. El resultado fue el mismo de los cohetes. El brulote, conducido valientemente por el teniente Morgall, no pudo avanzar por falta de viento, y acribillado a balazos desde las baterías de tierra, con rumbos de agua, hubo que dar fuego a la mecha antes de tiempo, estallando lejos de la estacada. El almirante tuvo al fin que desistir de su intento; pero sin desanimarse por estos fracasos.


Nuevo crucero de Cochrane

Al día siguiente del último malogrado ataque, avistóse mar afuera una vela extraña, que luego se reconoció ser una fragata. La escuadra salió a darle caza; pero distanciada, y tomándola por un ballenero norteamericano, volvió a su anclaje. El buque avistado era la fragata “Prueba” de 50 cañones, que formaba parte del refuerzo que de la Península debía recibir la escuadra del Pacífico. De los dos navíos que la acompañaban, uno de ellos, el “Alejandro”, retrocedió desde la línea a causa de su mal estado, y el otro, el “San Telmo” se fue a pique al doblar el cabo de Hornos. Como uno de los objetos del crucero chileno era interceptar esta expedición, que unida a la escuadra del Callao habría dado la preponderancia marítima a los españoles, el almirante que ignoraba lo sucedido, y suponiendo hubiese recalado a Arica, se dirigió a este puerto con toda la escuadra. De regreso de esta inútil excursión, volvió a presentarse por dos veces en el horizonte la “Prueba” a la manera del buque fantasma; pero después de inútiles tentativas para penetrar al Callao desprendió un bote con oficios para el virrey, en que anunciaba su retirada a Guayaquil para ponerse a salvo. Cochrane decidió ir en su busca. Al efecto despachó a Valparaíso con el vicealmirante Blanco Encalada el “San Martín” y la “Independencia”, conduciendo los enfermos, que eran numerosos por efecto de las calenturas malignas de aquella región que se habían propagado en las tripulaciones. Dispuso que mientras él se dirigía a las costas del norte, el capitán Guise con la “Lautaro”, el “Calvarino” y el transporte «Jerezana», llevando un destacamento de 350 hombres de infantería de marina, verificase un desembarco en Pisco con el objeto de proveerse a costa de los realistas, de víveres frescos y de los renombrados aguardientes de aquella comarca. Llegado a la boca de la ría de Guayaquil (27 de octubre) con los tres buques restantes, encuéntrase allí con dos fragatas, que atacó y rindió después de un vivo cañoneo de veinte minutos: eran el “Águila” y la “Begoña” dos de los transportes salvados del convoy de la “María Isabel”, armados de 20 cañones cada uno, con un rico cargamento de maderas. Por los prisioneros supo, que la fragata que buscaba, aligerada de su artillería, había remontado el Guayas, y se hallaba en bajo fondo fuera de su alcance al amparo de las fortalezas de tierra. Dejando al “Pueyrredón” y al “Galvarino” posesionados de la isla de Puná que domina todo el golfo de Guayaquil, en observación de los movimientos de la “Prueba” y despachando la “Lautaro” a Valparaíso con las presas, puso la proa al sur con la almirante.


Ataque sobre Pisco

Mientras tanto, Guise con su expedición había practicado la operación que se le encomendara. Pisco, según los españoles, hallábase guarnecido por 400 infantes, 80 caballos y 4 piezas de campaña, y contaba con un fuerte artillado para la defensa del puerto, y a estar al testimonio de los oficiales patriotas, la fuerza pasaba de 800 hombres. A pesar de la superioridad numérica, Charles y Miller con sus infantes, apoyados por un destacamento de marineros con coheteras, desembarcaron y atacaron gallardamente a la bayoneta sin disparar un tiro, arrollando la fuerza enemiga, que se refugió en el pueblo, de donde fue desalojada a vivo fuego. En este encuentro fue mortalmente herido el comandante Charles, que terminó allí una carrera llena de esperanzas, quedando atravesado Miller por tres heridas. Por cuatro días permanecieron los independientes dueños de Pisco. Reunida poco después toda la escuadra en un puerto al norte del Callao, formó Cochrane allí su resolución. Él no volvería a Valparaíso sino triunfante, y triunfaría solo. Con este propósito, se desprendió de todos los buques de la escuadra, que enderezó como los demás a Valparaíso, y quedó solo con la “O’Higgins”. Una nueva y fabulosa hazaña, digna de las que habían ilustrado su nombre, iba a inmortalizar este crucero comenzado bajo tan desfavorables auspicios.


Hazaña temeraria

Oigamos al mismo Cochrane en este momento que iba a decidir de su destino americano. Al dispersar el crucero, había escrito al gobierno de Chile: “Me hallo cansado de estas operaciones, y enfermo de disgustos y de sentimiento, siendo imposible inventar medio alguno de hacer daño al enemigo”. Reconcentrándose en sí mismo, se decía: “Me hallaba contrariado por no haber conseguido mi intento en el Callao. El pueblo de Chile esperaba imposibles, y a fin de satisfacer mi amor propio herido, trabajé por encontrar un hecho que ejecutar y que correspondiese a tales esperanzas. No tenía más que un buque, y por consiguiente no había que consultar a nadie. Tenía el designio de capturar con la almirante y de un solo golpe de mano los numerosos fuertes y la guarnición de Valdivia, punto que se había creído hasta entonces inexpugnable. Estaba resuelto a no emprenderlo antes de haberme asegurado de su practicabilidad. La temeridad, bien que se me haya imputado muchas veces como una cualidad, no es inherente a mi carácter. Hay temeridad en aquellas empresas en que no se calculan las consecuencias; pero cuando éstas son previstas, la temeridad desaparece”. Pasada la latitud de Valparaíso, paseábase taciturno sobre el puente de la “O ‘Higgins” sumergido en profunda meditación. De improviso, acercóse al mayor Miller, que no bien repuesto de sus recientes heridas, mandaba la guarnición de la almirante y le dijo en inglés: “¿Qué dirían si yo con este solo buque me hiciese dueño de Valdivia?» Como lo observa un historiador, estas preguntas que indican una resolución tomada, no se contestan por los subalternos, y Miller se limitó a inclinar la cabeza en señal de obediencia. El se contestó a sí mismo, agregando: “¡Dirían que soy un loco!” Y enseguida, con acento reposado y con una lógica en que las probabilidades militares y morales se combinaban, empezó a desenvolver su teoría de la prudencia en la temeridad, como condición de éxito seguro. “Calculando fríamente, -le dijo-, “parece a primera vista una locura la toma de Valdivia; pero esto mismo es una razón para intentarlo, puesto que los españoles consideran imposible que lo intentemos siquiera. Las operaciones que no espera el enemigo son casi seguras, cuando se ejecutan bien, cualquiera que sea la resistencia, y la victoria justifica siempre la empresa de la imputación de temeraria”.


El Gibraltar de Sudamérica

La posición que Cochrane se proponía atacar, era reputada como el Gibraltar de América, por sus fortificaciones y por sus defensas naturales. Su bahía es un estuario, con dos pequeñas ensenadas en su fondo. El río Valdivia al derramar sus aguas en ella se abre en dos canales a manera de dársenas, tomando el del sur el nombre de Tornagaleones, rodeando ambos una isla en forma de delta que se denomina del Rey. Su extensión longitudinal es como de doce kilómetros; en su entrada mide un ancho de poco más de cinco kilómetros, y va gradualmente estrechándose hasta 1.700 metros, dilatándose luego en una expansión, que es la que propiamente constituye la bahía. En el centro de ésta, hállase la pequeña isla de Mancera, de un kilómetro de largo y 600 metros de ancho, fronteriza a la punta occidental de la del Rey de mucha mayor dimensión. Dentro de este seno sólo hay un puerto (el del Corral), y varias caletas de difícil acceso, siendo sus costas muy fragosas, acantiladas y pobladas de selvas. Por esta descripción se ve, que la bahía de Valdivia tiene dos costas, una al sur y otra al norte que sólo pueden comunicarse por agua, hallándose interceptadas, además de las dificultades del terreno, por los dos brazos del río de Valdivia y la isla intermedia del Rey. La parte exterior del norte, es inaccesible por los arrecifes que se prolongan en el mar y la rompiente que continuamente la bate; la del sur sólo tiene un desembarco en su extremidad oeste, denominado Aguada del Inglés, por ser el punto donde los buques hacían su aguada fuera del puerto. Este era el punto débil de la posición, y el que Cochrane con su penetrante golpe de vista descubrió luego. Valdivia, como el primer puerto de costa firme en el mar del sur, después de doblar el cabo de Hornos, llamó la atención de los primeros navegantes que lo frecuentaban, especialmente de los holandeses, que intentaron fundar allí una colonia a mediados del siglo XVII, proyecto que se abandonó.


Las fortificaciones de Valdivia

A consecuencia de esto, los virreyes del Perú ordenaron que la posición fuese convenientemente fortificada y se constituyó en plaza militar. En la época a que hemos llegado, Valdivia estaba defendida por nueve fortalezas y baterías situadas sobre ambas costas, artilladas por 128 piezas del calibre de 8 a 24, que cruzaban sus fuegos sobre la bahía. Dos de estas fortalezas estaban situadas en las islas del Rey y de Mancera, enfilando con sus fuegos las naves que penetrasen a ellas y defendían las bocas de los canales del río Valdivia. Por la parte del norte, la entrada estaba defendida por un castillo inexpugnable, llamado de “La Niebla”, tallado en la roca viva, y una batería llamada “Fuerte Piojo”, que cruzaba sus fuegos con las islas de Mancera y del Rey. Por la parte del sur, estaban: el “Fuerte del Inglés”, que dominaba la caleta del mismo nombre; el de “San Carlos”, situado en una pequeña península, y el “Amargos”, que cruzaban sus fuegos con el de “La Niebla” de la banda opuesta; y por último, el reducto “Chorocamayo” y el castillo del “Corral”, -único cerrado por la gola-, que defendían el puerto del mismo nombre, combinando sus fuegos en la bahía central con la batería Piojo y los fuertes de Mancera y del Rey. El bosque que cubre ambas costas hasta la orilla del agua, y que enmascaraba estas fortificaciones, era tan impenetrable y el terreno tan fragoso, especialmente del lado del sur, que los fuertes no podían comunicarse entre sí por tierra, sino por un camino estrechísimo y escarpado, que sólo permitía pasar a un hombre de frente. Este sendero, que ondulaba entre las rocas de la costa y el bosque virgen de la montaña adyacente, estaba interceptado por un hondo barranco, que enfilaban tres cañones de los reductos de Chorocamayo y del Corral. Valdivia estaba guarnecida como por ochocientos hombres de línea, y otros tantos milicianos que a la sazón se hallaban en el interior del país. Tales eran las posiciones, las fortalezas y las fuerzas que Cochrane se proponía atacar y rendir.


Reconocimiento de Valdivia

El 18 de enero de 1820, la “O’Higgins”, enarbolando bandera española, descubría la punta de la Galera, promontorio meridional del litoral de Valdivia, y poco después penetraba al puerto. Los españoles la tomaron por la fragata “Prueba”, tanto tiempo por ellos esperada. Hizo señales de pedir piloto, que inmediatamente le fue mandado de tierra con una escolta de honor. Por este medio, obtuvo el almirante todos los informes que necesitaba, y supo que el bergantín “Potrillo” estaba próximo a llegar conduciendo desde Lima el dinero para el pago de la guarnición. Cochrane, montando su falúa, se ocupó en reconocer los canales bajo los fuegos de los fuerte s , apercibidos de que el buque que tenían era enemigo. Dos días después, fue apresado el “Potrillo” en la boca del puerto con 20.000 pesos que conducía. Pero Cochrane se convenció que no tenía las tropas suficientes para emprender con éxito el ataque, y resolvió irlas a buscar a Talcahuano. El día 22 llegó la “O’Higgins” a Talcahuano, donde se encontró felizmente con el bergantín argentino «Intrépido» y la goleta chilena “Moctezuma”, que inmediatamente se pusieron a órdenes del almirante. Mandaba allí el coronel Freyre, quien entró de lleno en el plan de Cochrane, y le proporcionó 250 hombres de los batallones 1 y 3 de Chile, al mando del mayor Beauchef, el mismo que con tanto denuedo había subido al asalto de Talcahuano, recibiendo una herida.


Ataque sobre Valdivia

Con este refuerzo puso otra vez la proa a Valdivia. Al salir del puerto de Talcahuano, la “O’Higgins” tocó en una roca y gruesos trozos del forro y fragmentos de la falsa quilla empezaron a flotar alrededor de la fragata. El almirante, sin perder su serenidad, la puso a flote, echando una espía por la popa; pero el carpintero dio parte que el buque a popa tenía tres pies de agua en la sentina. Media hora después la sonda acusaba cinco pies de agua. Esto sucedía a treinta kilómetros de la costa. Las bombas estaban fuera de servicio. El agua inundó la “Santabárbara”. La opinión general era abandonar el buque. Cochrane, que entendía su oficio, se quitó la casaca, habilitó las bombas y después de repetidos ondajes, preguntó al carpintero: “¿Aumenta el agua?”. “No mylord”, le contestó. “¡Adelante! ¡flotaremos hasta Valdivia! ¡Es preciso tomar Valdivia! Mejor sería que nos ahogásemos todos que volver atrás.” Y proclamando enfáticamente a su tripulación y explicándole su plan, le infundió su heroica resolución. Antes de tomar tierra al sur de Punta Galera, el Almirante hizo transbordar la tropa de la “O’Higgins”, que dejó fuera de la vista del puerto, y con la “Moctezuma” y el “Intrépido” con banderas españolas se puso al habla con el Fuerte del Inglés, y pidió práctico, declarando pertenecer al convoy del “San Telmo” naufragado en el cabo de Hornos (febrero 3). Descubierta la estratagema por un accidente, el Fuerte del Inglés rompió el fuego, y una de sus balas atravesó los costados del “Intrépido”, matándole dos hombres. Entonces resolvió el desembarco a viva fuerza, a pesar del mar de leva que lo dificultaba, no contando para efectuarlo sino con dos lanchas y un esquife de seis remos que montó personalmente el almirante para dirigir la operación. Todos los fuertes estaban protegidos por una muralla sólida y un foso profundo a excepción del Fuerte del Inglés, que por lo escarpado del terreno sólo tenía una muralla cubierta por una estacada con seis piezas de menor calibre, que dominaba el desembarcadero a la distancia de quinientos metros. A los primeros cañonazos de alarma, el grueso de las guarniciones de los fuertes del sur de la bahía se reconcentraron en el Fuerte del Inglés, en número de 360 hombres. Un destacamento de 65 hombres, descendió a defender la caleta.

Al ponerse el sol, Miller con 50 artilleros de la “O’Higgins” y 25 soldados y marineros del “Intrépido” mandados por el capitán Francisco Erézcano y el teniente Daniel Cazón (ambos de Buenos Aires), y el subteniente Francisco Vidal (chileno), efectuó el desembarco, y a pesar del fuego de la infantería enemiga abrigada por las rocas de la costa, saltó en tierra, la desalojó y se hizo firme en el puerto. Apoyada inmediatamente por Beauchef con sus 250 infantes, quien tomó el mando superior, la vanguardia de Miller trepó en desfilada el estrecho sendero batido por las olas del mar, orillando el bosque, que conducía al fuerte, en momentos en que el destacamento derrotado se refugiaba en su interior y subía por una escala que retiró en el acto. La artillería y la fusilería de la muralla empezaron a jugar en medio de la oscuridad, pero mientras que sus tiros se dirigían a un punto donde la gritería de los asaltantes se hacía oír, el subteniente Vidal con un piquete de soldados se deslizaba silenciosamente por debajo del ángulo entrante del fuerte, descubría una entrada tapada con ramas y emboscada por los árboles que tocaban su flanco, hizo una descarga repentina, que seguida por un ataque vigoroso dirigido por Beauchef, derramó el espanto en la guarnición que huyó en desbande abandonando la posición. Los 300 hombres de los demás fuertes, que formados en una plaza de armas a espaldas de la muralla servían de reserva, huyeron también contaminados por el pánico, siguiendo una senda tan estrecha y escabrosa como la del desembarcadero, perseguidos de fuerte en fuerte por los patriotas. Un resto de 200 hombres de los fugitivos, se refugió en el Corral, sin alcanzar a hacer jugar las tres piezas que enfilaban el barranco intermedio entre el castillo y el fuerte Chorocamayo, siendo arrebatada la posición a la bayoneta a la una de la madrugada a favor de un lienzo desmoronado de su muralla. Allí terminó la resistencia porque allí terminaba la comunicación por tierra con la banda del norte: como cien hombres se salvaron en las embarcaciones del puerto del Corral; otros tantos fueron muertos en el combate, y el resto quedó prisionero o huyó a los bosques. Al amanecer del día 4, los patriotas eran dueños de los cinco fuertes, el Inglés, San Carlos, Amargos, Chorocamayo y Corral con la sola pérdida de 9 muertos y 34 heridos.


Toma de Valdivia

En la mañana del 4 penetraron a la bahía el “Intrépido” y la “Moctezuma” recibiendo los fuegos de los fuertes del norte en que aún se sostenían los españoles. Para desalojarlos de estas últimas posiciones, embarcáronse 200 hombres en el bergantín y la goleta; pero el “Intrépido” al atravesar el canal, varó en un banco fronterizo a la isla Mancera, y se fue a pique. Así terminó su carrera el único buque de guerra que con bandera argentina figuró en la memorable escuadra chilena del Pacífico. Poco después apareció la “O’Higgins”, y los españoles alarmados, abandonaron todos los fuertes del norte y de las islas, retirándose por el río a la ciudad de Valdivia, mientras la almirante casi llena de agua tenía que vararse en fondo cenagoso para no irse a pique como el “Intrépido” La ciudad de Valdivia fue ocupada al día siguiente, sin que los enemigos intentasen hacer resistencia. Así perdieron los realistas su base de operaciones en el sur de Chile, y Chile conquistó todo su territorio poblado, con excepción del archipiélago de Chiloé.


Ataque sobre Chiloe

Cochrane pensó coronar su glorioso crucero apoderándose de Chiloé como se había apoderado de Valdivia. Al efecto, hizo que el capitán Carter con la marinería y tropa argentina del “Intrépido” tripulase un transporte capturado denominado “Dolores”, embarcando en él y la “Moctezuma” 200 hombres y se dirigiese a Chiloé. Gobernaba allí el coronel Quintanilla, destinado como Rodil, a hacerse memorable, prolongando su resistencia aún después que toda bandera española hubiese caído rendida en todo el continente americano, y a mantenerla en alto en esta ocasión. Cuando el 17 de febrero se presentó Cochrane frente a la bahía de San Carlos, en cuyo fondo se asienta la capital del archipiélago, el gobernador español estaba mejor apercibido para la defensa que el de Valdivia. Miller, con 170 hombres de desembarco, tomó tierra en una pequeña ensenada inmediata, se apoderó una pieza de campaña situada en su playa protegida por 100 infantes, y enseguida del fuerte Coron y de una batería, que defendían el puerto principal; pero sus esfuerzos se estrellaron contra la principal fortificación, que era el fuerte Aguirre, artillado con 12 piezas de a 18.

Llevado osadamente el ataque, fue rechazado, cayendo herido Miller con 38 de sus soldados, de los cuales 20 quedaron muertos bajo los fuegos de la metralla y la fusilería. El capitán Erézcano que con la guarnición argentina del “Intrépido” formaba parte de la columna de asalto, sucedió en el mando a Miller, dispuso la retirada con arreglo a las órdenes del almirante, y la sostuvo con valentía, salvando todos sus heridos, después de clavar los cañones de las baterías tomadas, acompañándolo en ella el subteniente Vidal que junto con él tanto se había distinguido en la toma de Valdivia. Así terminó este memorable crucero, en que Cochrane agregó un lauro más a su corona naval.


Resultados de la campaña naval

El territorio de Chile estaba cuadrado y garantizado de toda agresión seria. El mar Pacífico estaba dominado. Cochrane recibía en recompensa los merecidos honores del triunfador. Al llegar a Santiago se encontraba allí con San Martín, que en los primeros días de enero de 1820, precisamente en los momentos en que él atacaba a Valdivia, había salido de Mendoza y atravesado los Andes, buscan do el camino de la expedición al Perú franqueado por el heroico almirante.


Cochrane y San Martín

La exigencia de San Martín tenía otro objeto a que el oficio del ministro de guerra respondía, al declarar que su persona no podía ser subrogada por nadie en la proyectada empresa. Era que el almirante Cochrane, ensoberbecido con su reciente triunfo sobre Valdivia, soñaba con los tradicionales tesoros del Perú, y mirando en menos los hombres y las cosas americanas, aspiraba a mandar en jefe la expedición, con el propósito de suplantar al vencedor de Chacabuco y Maipú. Si alguna prueba se necesitaba de la falta de juicio y aspiraciones codiciosas de este genio desequilibrado, bastaría ésta para juzgarlo: Héroe de aventuras, con las inspiraciones súbitas del relámpago que herían como el rayo, pero sin plan de conjunto ni largos propósitos, su golpe de vista era de corto alcance, aún en el círculo de su acción propia. Además de que no poseía todas las cualidades militares que requería una campaña tan complicada

como la del Perú, y estaba totalmente desprovisto de los talentos políticos como es de notoriedad, le faltaba el reposo para madurar sus planes y la paciencia para ejecutarlos, arrastrándolo su temperamento a buscar el triunfo pronto más que el éxito seguro. Habría jugado todo el azar de una batalla, que habría ganado o perdido, pero nunca hubiera fundado nada, además de que no estaba animado de la intensa pasión que lo identificaba con los hombres y las cosas de la revolución americana, de la que sólo era un heroico auxiliar. San Martín, era el hombre americano y el hombre necesario, el señalado por todo el continente para libertar al Perú; era el árbitro de Chile que tenía a sus órdenes un ejército suyo, que constituía el nervio de la empresa, sin cuyo concurso nada podía ejecutarse. Así, la pretensión de suplantarlo, sería simplemente un rasgo de insensatez.


Aspiraciones de Cochrane

El sueño dorado de Cochrane, como lo atestiguan sus Memorias y lo prueban los documentos que citaremos, fue siempre tener a su bordo una división de desembarco para poner a contribución todas las costas del Pacífico, viviendo a costa del enemigo, y enriquecerse, enriqueciendo a sus marinos. Sus planes de campaña eran la repetición de las irrupciones de los antiguos filibusteros, y se inspiraban en el ejemplo de sus compatriotas Drake y Anson, que combinaron gloriosas hazañas con provecho propio. Desde su segunda campaña marítima, pretendió que se pusiese a su bordo una fuerza de 600 hombres de tropa, además de los 1.200 tripulantes de su escuadra y de un cuerpo de 400 plazas de infantería que formaba parte de ella, cuando las operaciones que debía ejecutar eran puramente navales, pensando que con esas fuerzas podría asaltar y tomar los castillos del Callao. En julio de 1819, el director O’Higgins se dirigía al senado, urgiendo por el despacho de la autorización competente para emprender “la prometida y deseada expedición al Perú, retardada por una fatalidad inexplicable”, en cumplimiento de las decisiones de la Logia y de sus compromisos con San Martín, consignando en su mensaje estas palabras: “Lentamente nos vamos consumiendo hasta que reciba su muerte el cuerpo político en el momento que se le acabe su sangre, que es el dinero. El senado no debe ocuparse de otra cosa que de proporcionar recursos para sostener la nueva actitud que vamos a tomar, para efectuar la expedición al Perú, que yo miro como el eje sobre que gira la libertad de América, y la felicidad de las generaciones presentes y futuras. Si no llevamos la guerra al Perú, es imposibles sostenernos, es preciso que sucumbamos”.


Los planes de Cochrane

Un año después, el almirante presentaba al gobierno de Chile un contraproyecto de expedición, que el Director pasó igualmente al senado, a fin de que este cuerpo “meditase sobre las razones de conveniencia o de oposición que envolvía.” El proyecto, formulado por escrito en un solo artículo de veinte renglones, se reducía a dotar a la escuadra con 800 hombres escogidos de las tres armas, y una plana mayor de oficiales para organizar otros tantos, con víveres para cuatro meses y las armas y municiones necesarias para hacer la guerra de corso en el Pacífico y “exigir contribuciones de los enemigos en el Perú, con el triple objeto de beneficiar al gobierno de Chile, pagar a los individuos empleados en su servicio marítimo y rehabilitar la escuadra para otros destinos”. Era un plan sin alcance político ni militar, contrario al honor de Chile y a los intereses de la América, que convertía la bandera libertadora en bandera de corsario, y como lo dice enérgicamente el escritor chileno que exhibe este documento “era fiar el crédito de la naciente república a una flotilla aventurera, sin otra misión que destrozar las propiedades particulares para poder vivir”. El proyecto fue rechazado. Resuelta la expedición, después del terminante emplazamiento de San Martín, todavía persistió el almirante en su propósito de embarazarla o apropiársela, aún cuando fuera en punto menor, procurando persuadir al gobierno de Chile que, más conveniente que enviar un ejército de línea al corazón del Perú, era hacer una excursión marítima sobre sus costas, para cuyo efecto pedía 2.000 hombres “fuerza más que suficiente, decía, para asegurar la independencia de Guayaquil, y logrado esto, si Chile tiene los medios que algunos suponen (aludiendo a San Martín) para formalizar una gran expedición al Perú, nunca sería excusado tener los recursos en los extremos para asegurar el éxito en el centro.” Extendíase sobre el proyecto de dirigir “un ejército pesado sobre Lima”, y lo comparaba “con las ventajas que resultarían de una fuerza transportada de un punto a otro, cuyas intenciones y destino ignoraría el enemigo”. Esto equivalía a inmovilizar la guerra de la emancipación americana, y reducirla a lo sumo a la ocupación pasajera de un punto; era subordinar las operaciones militares al lucro personal, burlando las esperanzas del Perú y aún las del mismo Chile. Como lo observa un historiador chileno: las dos campañas marítimas del almirante habían demostrado, que para destruir el poder español en el Perú, no eran suficientes las solas fuerzas navales de la república. Las naves enemigas habían abandonado su natural elemento y entregado a la discreción de la escuadra de Chile el comercio español y las costas peruanas. Mas en el interior del país, un ejército poderoso y disciplinado ahogaba el patriotismo de los habitantes y mantenía dominadas las extensas y ricas comarcas donde España había asentado la base de su imperio secular. La protección que la escuadra podía ofrecer a los patriotas peruanos era débil, comparada con la obra inmensa que se tenía que derribar, y si bien ella habría alarmado los ánimos, hostilizado las costas, destruido el comercio y ajado el prestigio de los dominadores, no podía ofrecer un centro de acción en cuyo torno se reuniesen los esfuerzos del pueblo peruano. Era preciso que el gobierno pensase seriamente en una expedición terrestre. Por consecuencia, el nuevo proyecto del almirante, fue igualmente desechado, y el 6 de mayo de 1820 era nombrado San Martín Generalísimo de la expedición al Perú, por el voto del pueblo y del senado chileno. Aún después de resuelta definitivamente la expedición terrestre y nombrado San Martín Generalísimo de ella, continuó el almirante oponiéndole obstáculos. El ministro de guerra y marina, Zenteno refutando las especiosas observaciones del almirante, le decía oficialmente: “Sería largo demostrar las poderosas e imprescindibles causas que han decidido al gobierno, al senado y a todo el pueblo por el proyecto a realizar la expedición al Perú con la fuerza de 4.000 hombres o más si se pudiese. El voto general la tiene sancionada, la autoridad suprema la ha decretado, y es deber de los agentes y funcionarios públicos el cooperar activamente a la ejecución de esa unánime y expresa voluntad del pueblo. No pudiéndose revocar este acuerdo, tampoco es obstáculo la dificultad que apunta V.S. que entre los buques de guerra y transportes sólo hay capacidad para 2.500 hombres de desembarco porque para el completo de las toneladas, no sólo son obligados los empresarios a tomar flete todos los buques de nuestra bandera, sino los de cualquier otra”.


Cochrane y la escuadra

Entonces el almirante pretendió que se le confiara el mando en jefe de la expedición, que antes había declarado inconveniente o imposible, y con tono altanero exigió “que se entregase a sus solas manos la escuadra y el ejército de Chile y la suerte del Perú”. La nota del almirante no fue contestada, pero se le hizo entender que su pretensión era inadmisible; y como insistiera nuevamente en sus pretensiones, haciendo presión con sus multiplicadas renuncias, se le significó cortésmente que si se obstinaba en llevar adelante sus propósitos, no sería difícil encontrar quien pudiera sucederle en el mando de la escuadra. El candidato para reemplazarlo era Guise, quien apoyado por Spry y una parte de la oficialidad inglesa, le hacía oposición y de aquí el rencor que él abrigó siempre contra estos dos marinos. El gobierno de Chile estuvo por un momento decidido a destituir a Cochrane, pero la interposición de San Martín, que se empeñara porque se le conservase en el mando, lo salvó de este ultraje. El altivo marino hubo de resignarse a obedecer, aunque de mala voluntad. Esta rivalidad caprichosa del almirante Cochrane, puso en conflicto al gobierno de Chile, que no lo consideraba necesario para asegurar el éxito de la empresa; pero San Martín era indispensable, y no podía vacilar en la elección. “Razones de justicia, -dice un escritor chileno-, de gratitud, y sobre todo de alta política, inducían a confiar la dirección de la empresa al general San Martín, al vencedor de Chacabuco y Maipú, al jefe poderoso y lleno de prestigio que estaba colocado por sus victorias y su talento al frente de miles de soldados admiradores de su gloria, al generalísimo de un ejército que como un volcán habría estallado al menor desaire, envolviendo a la nación en los horrores de la guerra civil, en los momentos mismos en que la concordia y la paz interior de Chile eran indispensables para coronar la independencia continental. Sólo un extranjero, extraño a la situación, podía soñar que hubiese otro general para la expedición libertadora, que no fuese San Martín”.


Manejos de Cochrane

Frustrado en sus aspiraciones, el almirante intentó despertar el espíritu nacional, buscando un candidato chileno que oponer a San Martín. “El ejército chileno, -según confesión de un historiador del país-, no contaba con ningún jefe de bastante prestigio que pudiera colocarse a su cabeza, ni sobre el ejército argentino podía soplarse la desunión, tan insubordinado como era, sin exponerse a un cataclismo”. Otro escritor chileno, es más explícito aún: “Es preciso hablar con franqueza, y sobre todo, desprendernos del espíritu estrecho de nacionalismo, confesando que en el año 1820 no había entre nosotros ningún general que arrastrase consigo la gloria, el prestigio y la merecida reputación de hombre de genio que acompañaban a San Martín. La empresa de libertar al Perú requería indispensablemente mandar un hombre hábil, sagaz, y que ya hubiese dado pruebas de ello. San Martín había reducido a cenizas el poder español en Chile, y bien podía hacerlo en el Perú”. A pesar de esto, Cochrane trabajó por que se diese el mando en jefe de la expedición a Freyre, que si bien era la primera espada del ejército de Chile, era también una completa nulidad militar y política que habría sido un instrumento en manos del almirante. Así terminaron por el momento los trabajos de Cochrane para embarazar la expedición al Perú y suplantar a San Martín, lo que presagiaba una desinteligencia futura entre los dos principales jefes de la expedición, desinteligencia que más adelante veremos estallar, y que estos antecedentes explicarán en parte.


San Martín y Cochrane

Por el momento, conseguido su objeto de definir la situación, comprometiendo a Chile en su empresa, y dueño de su dirección, quiso remover con prudencia los obstáculos que el almirante oponía a ella. Comprendiendo la importancia de la cooperación del ilustre marino, que por su parte era el dueño de la escuadra, se dirigió a Valparaíso con el objeto de activar los preparativos de marcha y tener una conferencia amistosa con él. “Mylord, -le dijo-, nuestro destino es común, y yo le protesto que su suerte será igual a la mía”. Enseguida trató de persuadirlo de que una formal expedición terrestre era exigida por las circunstancias y los intereses generales de la América, y sobre todo, una resolución firme del pueblo, del gobierno y del senado, que debía emprenderse de cualquier manera. Otras razones políticas aconsejaban a Chile la expedición al Perú, siendo la principal que ya San Martín y su ejército no cabían en Chile, y que de no realizarla su situación interna experimentaría un trastorno. “Aunque San Martín (dice Zenteno) hubiese rehusado el mando de la expedición, estaba en nuestros intereses no dispensar medio alguno para hacerle salir al frente del ejército, según las palabras de una nota del senado (de mayo 1820). San Martín y sus soldados no eran sólo una carga materialmente gravosa para el erario agotado, que mal podía soportar el pago de más de 8.000 hombres de línea, eran además un elemento de desconfianza y de compromisos. San Martín era el Cochrane de tierra, con la diferencia que no pedía dinero, sino poder e influencia. La ambición de mando, este pecado de los grandes hombres, dominaba también al libertador a quien tanto debemos, y a quien casi no podríamos pagar por más que fuese nuestra disposición hacia él. El proyecto de expedición al Perú lo allanaba todo: poder y gloria, grandes hazañas, un nuevo teatro de nobles servicios en favor de la libertad oprimida, todo lo ofrecía el Perú, al ejército y a la escuadra. Al concebir, pues, el plan del ejército expedicionario a las órdenes de San Martín, el gobierno de Chile no sólo acometió una hazaña heroica y digna de la gratitud de la América: dio también un paso profundamente político para salvar la situación. Si no hubiera estado el Perú en poder de los españoles el año 20, no se sabe lo que hubiera sido de Chile, y es difícil calcular los resultados del descontento o de la ambición”.


Instituto Nacional Sanmartiniano
Ministerio de Cultura de la Nación